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Economía Mexicana
Selección de ContraPeso.info
19 septiembre 2006
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Federico Reyes Heroles, escrito para la presentación del libro ECONOMÍA MEXICANA PARA DESENCANTADOS de Manuel Sánchez González. Agradecemos el gentil permiso de reproducción. La presentación del libro se realizó el 13 de Julio pasado en la Ciudad de México.

La presentación en Monterrey, Nuevo León, se hará el próximo jueves 21 de septiembre en el Museo de Historia Mexicana a las 20:00 horas, con asistencia libre. Los presentadores serán Jorge Vázquez, Gerardo Cruz Vanconcelos y Eduardo García Gaspar, en una mesa moderada por José R. Mendirichaga, obviamente con la asistencia del autor.

La osadía de Manuel Sánchez González no podía ser mayor: invitarme a presentar este espléndido texto es recurrir a un neófito o lego en la materia. La irresponsabilidad mía de aceptar sólo encuentra explicación en el hecho de que es difícil negarse cuando un libro atrae.

Pero, por si fuera poco, Manuel me invita en compañía de tres de los mejores economistas del país siendo, además, que dos de ellos se encuentran en instituciones centrales de nuestra vida pública.

Así que, aquí estoy, entre el Secretario de Hacienda y un gobernador del Banco de México, quién es una pluma muy incisiva y con gran humor, aunque parezca extraño.

Como cereza sobre el helado quiero recordar que todos ellos son doctores, lo cual me convierte a mí, por default, en el paciente de esta intervención.

Quizá lo primero que habría de ser señalado del texto de Sánchez González es esta pretensión, no declarada explícitamente, de poner a prueba un paradigma para explicar la realidad contemporánea de México en un mundo globalizado.

Todos los que hemos tenido la oportunidad de seguir los textos de Manuel en las páginas de Reforma, conocemos de su profunda convicción: es un liberal, un liberal orgulloso de serlo, lo cual es doblemente extraño.

Aquí las palabras pueden ser engañosas, el uso político de la expresión neoliberal para descalificar políticas tendientes a la apertura y desestatización de la economía, nos ha llevado a perder de foco, en ocasiones a olvidar, los profundas principios rectores del pensamiento liberal que van mucho más allá de lo emprendido por la Sra. Thatcher o Ronald Reagan.

El liberalismo profundo puede ser una verdadera pasión, como ocurre en el caso de Manuel, que parte de una serie de convicciones y principios ético-políticos de gran profundidad y alcance. Con frecuencia se olvida que el primer libro escrito por Adam Smith no fue, contra lo que muchos pudieran pensar, un tratado sobre los alcances de los mercados sino un breve ensayo de ética denominado “Teoría de los Sentimientos Morales”. Se olvida que Smith estudió filosofía y fue, antes que nada, profesor de ética en la Universidad de Edimburgo.

Así que cuando hablamos de una convicción liberal profunda aludimos a una dimensión que va mucho más allá de la simple liberalización y desregulación de los mercados. Un verdadero liberal -y Manuel demuestra en estas páginas que lo es- pone al ser humano y su capacidad de discernimiento en el centro mismo de la discusión social.

Un verdadero liberal imagina permanentemente ese sistema de estímulos, de incentivos que deben guiar a los individuos, a las empresas y a las naciones en la obtención de beneficios individuales, empresariales y nacionales, estímulos que, tarde o temprano, redundan en la sociedad.

Esta última consideración es la que distingue a los simples utilitaristas del siglo XXI de los liberales. No se trata de edificar un palacio alrededor del individuo y sus derechos, sino de garantizar un sistema de libertades que generan prosperidad.

Ahí otro de los ejes rectores del pensamiento de Manuel que me parece de una gran valía. Nada justifica que un país se cancele a sí mismo alternativas de prosperidad. ¡Vaya que en el caso mexicano abundan los ejemplos! Así Manuel emprende una revisión de los efectos del comercio internacional pero no lo hace sólo a partir de las archiconocidas cifras de incremento en las transacciones, sino de la disminución de la pobreza extrema medida por múltiples instituciones en las últimas dos décadas.

No encontrará el lector una defensa de libre mercado por el libre mercado, dogma que genera muchas reacciones, sino una consideración humana de una vía que pareciera eficiente para disminuir ese horror que todavía abraza a cerca de más del 40% de la población en el orbe.

Se trata así de una revisión de los estímulos o carencia de ellos imperantes en nuestra sociedad, en el entendido de que la falta de estímulos o peor aún, los contra-estímulos son, en buena medida, las explicaciones de la pobreza.

Manuel emprende así una lectura cruda, casi diría yo despiadada de muchos mitos y anclas ideológicas que nos impiden mantener a nuestra sociedad en movimiento. ¿Cuáles son las consecuencias concretas de un sector energético que simplemente no responde a la demanda de los productos, que es incapaz de retener los dineros suficientes para modernizar sus instalaciones, que condiciona el desempeño de muchas ramas industriales, pero que, eso sí, palpita al ritmo del más profundo nacionalismo mexicano?

Paradojas de nuestro laberinto: un país con una buena herencia divina de hidrocarburos que defiende a muerte la tesis estatista del manejo de los mismos es, a la par, ejemplo en los mejores centros académicos de injusticia social y desarrollo lento. Mientras tanto pululan las naciones sin hidrocarburos que han logrado regímenes de igualdad social y prosperidad mucho más avanzados que el mexicano.

Manuel pone el dedo en la llaga y recurre, faltaba más, que Adam Smith para recordarnos que la riqueza de las naciones proviene de su capacidad para agregar valor, no sólo de sus recursos. El siglo XXI, en boca de otros grandes liberales, le da la razón a Smith, y si no baste revisar el espléndido libro de David Landes “La riqueza y la pobreza de las naciones”.

Por cierto Manuel Sánchez González hace un manejo muy elegante de su bibliografía. En primer lugar este no es un libro de dos pisos, en el sentido de que tiene uno que estar permanentemente llevando los ojos a los que algunos cientistas sociales rimbombantemente llaman “el aparato crítico”, que no es otra cosa que las citas de los textos que inspiraron al autor.

En este caso los autores están incorporados al texto con lo cual se lleva a cabo un sano acto de desacralización. Marshall, Heckman, Stigler o Bastiat caminan por los pasillos del texto sin que Manuel les rinda una reverencia que muchas veces lo único que indica es incapacidad crítica frente a los grandes tótems. Pero regresemos al texto.

Ya dijimos que, como buen liberal, Manuel pone en el centro de sus reflexiones al individuo, su capacidad de decisión inteligente sobre el aprovechamiento de los recursos y sobre todo, el respeto a decisiones que muchas veces nos pueden parecer extrañas. Pero ese individuo cobra distintas facetas: a veces es empresario, a veces es comerciante, etc.

Lo que nunca deja de ser es consumidor. Uno de los grandes actores de este texto es el consumidor, un consumidor que racionaliza sus recursos a favor del bienestar, un consumidor que igual está en China, que en África o América Latina, un consumidor que está más allá de las clases sociales, de los gremios y corporaciones y que, de alguna manera, debe ser el gran factor de decisión en la sociedad moderna.

Cuando los gremios imperan sobre el consumidor son las familias las que salen perjudicadas; cuando el estatismo predomina sobre el consumidor son las burocracias las que se llevan la mejor tajada; cuando los intereses de las grandes corporaciones hieren al consumidor hay un empobrecimiento sustancial de la sociedad; cuando el nacionalismo impera sobre los criterios de bienestar y consumo nadie sabe muy bien quien es el beneficiado.

Manuel apuesta en sus cabezas con claridad a los temas explosivos y sin más apunta entradas como las siguientes: “La globalización no aumenta la Pobreza”, “Más comercio es mejor que menos”, “Una reforma eléctrica a favor de los usuarios”, “Mercado para la educación”, etc.

Como podrá imaginar el lector las opciones de lectura son múltiples en tanto que se pueden seguir distintas rutas que conducen a básicamente las mismas conclusiones. Es como si Manuel hubiera redactado una especie de Rayuela económica. Cortázar estaría de plácemes porque se puede empezar en el último capítulo y terminar en el tercero o viceversa, saltándose el quinto y de todas maneras los criterios que rigen a los argumentos son los mismos.

Una de las propuestas que más me llamó la atención del texto -nunca lo había yo visto así- es la puntual aseveración de Manuel sobre el miedo que los mercados libres causan a algunas buenas conciencias del estatismo.

Por supuesto que los mercados son, por definición, incertidumbre de corto plazo, incertidumbre que construye rumbo en el mediano y largo. Ese hecho de no saber a cabalidad lo que va a ocurrir es lo que, en la tesis de Manuel, genera una reacción casi diría yo primigenia. Se inicia ahí la búsqueda inconsciente acaso, de una autoridad central capaz de regir nuestros destinos o por lo menos pretenderlo. Me parece una sugerencia muy provocadora que merece reflexión.

Manuel aborda muchos mitos de la llamada idiosincrasia mexicana, lo hace con respeto pero sin concesiones. Hay, sin embargo, otra vertiente igual de importante que la anterior: me refiero a la ruptura del silencio sobre algunos temas.

Como buen liberal que soy, yo político, uno de los asuntos casi obsesivos que me asaltan una y otra vez es nuestra capacidad para vivir con derechos patrimoniales tambaleantes que a nadie preocupan.

Imaginen ustedes una conversación con un ciudadano, por ejemplo alemán, en la cual trata uno de explicar que la propiedad rural en México, en el fondo no es propiedad del todo pues se trata de una concesión del Estado. Imaginemos los ya de por sí los enormes ojos azules de nuestro interlocutor europeo creciendo exponencialmente al escuchar que la propiedad rural no se rige por el Código Civil, sino por un código especial al cual no accede cualquier ciudadano.

La quijada de nuestro interlocutor se va al piso cuando escucha que existe una categoría de jueces encargados  de administrar las sucesiones y todo lo relativo a la propiedad agraria pero que, esos jueces en realidad no son parte del Poder Judicial sino un extraño apéndice, extraño y muy largo apéndice, que se desprende del Ejecutivo.

Para inquietar aún más la noche de nuestro visitante recordémosle que más de la mitad del territorio es propiedad colectiva y la otra mitad es propiedad privada que al final del día tampoco lo es plenamente. Hablar de derechos patrimoniales en México es visto como una expresión que proviene, faltaba más, de los que son abiertamente reaccionarios, descendientes de don Porfirio, aseveración que es poco más que un insulto al abolengo familiar.

Pero resulta que en el siglo XXI sabemos que son esos derechos patrimoniales los que condicionan la inversión que los individuos y las familias realizan alrededor de los predios, de las propiedades. Es la defensa de esos derechos patrimoniales la que anima o desanima a los inversionistas a meterse a un campo que en el caso mexicano pareciera territorio minado.

Así, aunque alrededor del 23% del territorio nacional tiene vocación forestal, dimensión que sería la envidia de muchas naciones, México se da el lujo de importar celulosa y papel, entre otras razones porque no hay inversionistas que se sientan seguros de sus patrimonios serán bien resguardados en el largo proceso de maduración que esa actividad conlleva. Por favor el párrafo anterior no se lo cuelguen al Dr. Sánchez González sino a mi ronco pecho que encontró aquí oportunidad para expresarse.

Lo que sí pueden colgarle al autor es el muy puntual señalamiento de cómo la débil defensa de los derechos patrimoniales incide en múltiples áreas de la actividad económica de nuestro país. Los impredecibles y prolongadísimos litigios civiles que afectan a la banca, los laberintos jurídicos del régimen inmobiliario, el inexistente respeto a los derechos intelectuales, todo ello en una sociedad que, en todo caso, debería de encaminarse hacia la economía del conocimiento en la cual la velocidad condiciona casi todo.

Manuel, lanza en ristre, se arroja en su cabalgata en contra de todos los obstáculos que se le atraviesen. Recuerdo algunos. La rigidez laboral, ese mito que se desprende de la Ley Federal del Trabajo en el sentido de que la defensa del trabajador implica levantar obstáculos para la contratación o despido. Ella es quizá una de las explicaciones centrales del alto desempleo en nuestro país.

Basta recordar que México se encuentra en uno de los cinco últimos lugares en los índices de 145 naciones. Los perjudicados son, por supuesto, ambos bandos. Los trabajadores y los patronos que no pueden moverse con la agilidad que el siglo XXI nos demanda.

Pero no crean ustedes que el libro se mueve en altos niveles de abstracción que nunca logran encontrar algún terreno para aterrizar los razonamientos. Para nada.

Manuel se le va encima, por ejemplo, a las concesiones de taxis, que con el afán de regular un mercado lo único que consiguen es una brutal corrupción, un deficiente servicio y, por si fuera poco, una terrible inseguridad.

Y así Manuel se mete con todos, basta el ejemplo de su razonamiento sobre las distorsiones -¿qué tal el término económico?- de los colegios de notarios que son auténticas guildas que han logrado perpetuarse hasta la era de la nanotecnología. Del costo del servicio notarial y su impacto en la vida económica mejor ni hablamos.

Con la misma desfachatez el Dr. Sánchez González se le va encima a lo que llama la “Nomenklatura contable”, término con el que se refiere a esa burocracia encaprichada en leer superficialmente el impacto del intercambio comercial.

Uno de los capítulos más delicados y apasionantes es el que se refiere a la educación. En él Manuel da sus argumentos de la ineficiencia de nuestro aparato educativo, de las consecuencias de la falta de estímulos y por supuesto de cómo podría modificarse esta realidad con básicamente los mismos recursos. El tema es arriesgado, el tratamiento serio y provocador. Por cierto uno de los méritos de este texto es que siempre va más allá de la simple denuncia.

Manuel ofrece ideas de cómo solucionar las carencias. Como verán ustedes no queda títere con cabeza: una vez que se aplica el criterio de lo que Manuel llama la lógica potente de la economía es difícil detenerse.

Estamos ante un texto provocador, incisivo, bien escrito. La edición es limpia, casi no la visitan los duendes; el texto se deja leer sin gran esfuerzo, vamos, como debe ser.

La prosa de Manuel me recuerda al de otro economista, pero sobre todo hereje a quien mucho quise y admiré. No sé en verdad si sus criterios económicos habrían coincidido del todo con los de Manuel, pero al final del día pareciera lo de menos. La capacidad cuestionadora de Manuel, su sana irreverencia, su frescura para poner el dedo en la llaga me recuerdan los brillantes ensayos de mi amigo Josué Sáenz, quien muriera hace algunos años.

Hay en este texto juego de palabras, adjetivos no sólo pertinentes sino llenos de ironía y un uso del lenguaje que logra su finalidad: una reflexión estructurada, coherente, muy bien informada de por qué nuestro país no alcanza la prosperidad.

Felicidades Manuel, ¿cuándo viene el próximo?


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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