Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Confort Como Ideal
Eduardo García Gaspar
14 diciembre 2006
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
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Fue una serie de casualidades que me llevó a enfrentar un mismo tema en diversas ocasiones desde hace unos días. El tema fue una aseveración que alguien resumió muy bien en estas palabras: “nos hemos convertido en personas que aman la comodidad por encima de lo que sea”. Todo lo sacrificamos por la holgura y la facilidad, según la idea que escuché.

Puesto así, el tema queda demasiado vago. Buscar mejores maneras de hacer las cosas y hacerlas con mayor facilidad no es malo, al contrario, pues así vivimos mejor. Pero hay un buen punto cuando la comodidad se convierte en desánimo que lleva a evitar todo esfuerzo.

Usar el correo electrónico, por ejemplo, para hacer más productiva una comunicación, no tiene problema. Pero la desidia para escribir ese correo ahora y que alguien necesita, eso es malo.

Las personas con las que conversé se referían especialmente a la comodidad moral consistente en tomar la vía del menor esfuerzo. Lo ejemplificaban con el caso de un estudiante que dejó para lo último la realización de un trabajo y lo que presentó era un plagio de textos de diversas fuentes. Evitó el esfuerzo de escribirlo él mismo y se benefició momentáneamente de ello. Fue una posición cómoda.

Cómoda también es la conducta del que creyendo que debe visitar a una persona enferma, no lo hace. O del que debiendo ir a un funeral, no asiste a dar el pésame a sus amigos. La del que sabiendo que su familia quiere ir a cierto lugar, prefiere complacerse a sí mismo quedándose en casa. Es decir, llegamos a una mejor definición de la comodidad de la que se quejaban esos con quienes hablé: se referían a la comodidad moral.

Y consiste es rechazar el esfuerzo de realizar lo que debo hacer. El hijo debe ir a la escuela, pero cualquier pretexto es bueno para no llevarlo. Debe hacer sus deberes, pero cualquier excusa es buena para dejarlos sin hacer. Es el caso muy clásico de un amigo que dice ser católico, pero a su modo: no cumple con los mandamientos de la religión a la que dice pertenecer. Ése tiene de católico lo que yo de chino.

Su caso es muy ilustrativo de lo que quiero decir. Ese hombre dice pertenecer a una religión que como todas tiene sus mandamientos y ellos requieren esfuerzo. No es sencillo cumplirlos. Y él ha decidido tomar la posición más cómoda, la de no cumplir con los mandamientos pero decir que sí es católico. Su confort y bienestar no pueden ser mayores. Lo mismo sucede con cualquiera de nosotros en varias situaciones.

Por ejemplo, decimos que somos buenas personas, decentes y respetuosas de los demás. Pero puede suceder que al conducir un auto nos portemos exactamente al contrario de lo que se esperaría de nosotros, haciendo caso omiso de las señales de tránsito.

Es más cómodo no hacerlo y, por ejemplo, estacionar el coche impidiendo la salida de otros. Y, precisamente por eso, ya no somos tan buenas personas como decimos serlo. Es el caso del vecino de un amigo del que roba su señal inalámbrica de Internet, pero dice ser un buen tipo. Es cómodo hacer que otro pague por algo que yo uso.

Y sí, supongo que en ese sentido hay un buen punto en esa idea de que la comodidad es un defecto de nuestros tiempos: el respeto a ciertas reglas requiere esfuerzo y el confort que buscamos nos pide ignorarlas. Nada nuevo hay en realidad en esto. Es la añeja lucha entre el ser y el deber ser. Sólo que ahora se ha puesto en términos de comodidad, holgura y falta de esfuerzo.

Sucede eso, me imagino, en mayor proporción ahora porque la vida moderna contiene más facilidades que las de generaciones anteriores. Basta imaginar los trabajos diarios, agotadores, para sobrevivir en tiempos antiguos y compararlos con la simple posibilidad de abrir una llave para tener agua. Si ya no hay que realizar un viaje al río para llevar agua a casa, quizá ese tipo de comodidades nos ha hecho también tener pereza moral.

Porque al final de cuentas, de lo que hablaban esas personas al quejarse de la comodidad actual era en realidad pereza moral. Si ya no vamos por agua al río, tampoco ahora no queremos hacer el esfuerzo de respetar las señales de tránsito, o de escribir los trabajos de escuela, o de respetar el sueño de los vecinos y no hacer la ruidosa fiesta hasta la madrugada.


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