Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Marxista Involuntario
Leonardo Girondella Mora
24 julio 2006
Sección: FALSEDADES, Sección: Análisis
Catalogado en:


Pensadores cuyos nombres ignoramos han escrito libros que jamás hemos leído. Y ellos dictan nuestras ideas.ContraPeso.info presenta un ensayo de Leonardo Girondella Mora. El tema es uno fascinante: pensadores cuyos nombres ignoramos han escrito libros que jamás hemos leído y, a pesar de eso, las ideas que tenemos son producto de lo que ellos escribieron.

La cita acostumbrada para hablar del tema, quien sea que lo trate, es la de J. M. Keynes —ésa que dice que aún los hombres más prácticos que se creen ajenos a la ideas de los intelectuales son los esclavos de algún economista muerto. O de un filósofo, o de un intelectual de cualquier tipo. Es muy cierto.

Para actuar necesitamos ideas e individualmente no podemos producir las ideas que necesitamos, por lo que tenemos que recurrir a las ideas de otros —no hay remedio. Es así que sin quererlo ni saberlo actuamos bajo la influencia de Platón, Aristóteles, Calvino, Marx, Locke, Mises y muchos otros más cuyas ideas no conocemos directamente. Han llegado a nosotros de maneras indirectas, resumidas, compactadas, popularizadas e incluso, distorsionadas.

Recientemente, un economista, Arnold Kling (Kling, 2006) trató el tema, y lo hizo con gran sentido común. Propuso una distinción entre las ideas escolásticas, las reales propuestas originalmente por el autor de ellas, y las ideas populares, del mismo autor, pero llevadas al plano de creencias generalizadas.

Las que más importan son las últimas, las que terminan siendo parte de lo que las personas creen y piensan. Tiene razón. Las consecuencias prácticas que se viven tienen como causa directa lo que la gente piensa, no lo que su autor original creyó.

Kling ejemplifica su punto usando dos casos de ideas “originales” e ideas “populares” creadas por las primeras:

• Uno de los elementos del Judaísmo, dice, es la doctrina del Pueblo Elegido, una frase de complicada explicación académica y que ha sido interpretada popularmente entendiendo a los judíos como diferentes del resto de las personas.

• Lo mismo sucede con las ideas de Keynes y el desempleo. En el terreno académico existen complejas discusiones incluso acerca de lo que él quiso decir, lo que no sucede en el terreno de las creencias populares. El keynesianismo popular es más simple y hace que exista preocupación cuando el consumidor decide no gastar, porque eso debilitará a la economía —lo que ha llevado a implantar políticas de elevación de gasto para producir progreso.

A los ejemplos anteriores, puede añadirse otro, quizá el más claro de todos. El caso de una teoría de la Física convertida en una tesis de la Moral. La Teoría General de la Relatividad fue llevada popularmente a generar la creencia de que todos es relativo. No lo dijo Einstein, pero eso no ha evitado que la creencia corriente y común sea ésa (Johnson, 1992).

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Los tres casos muestran lo que ha sido tratado por diversos autores —una obra de Hayek lo señala abiertamente también (Hayek, 1978). Es así que pueden verse casos diáfanos del fenómeno de la popularización de ideas cuando alguien habla de “las verdades éticas de cada cultura”, o de “la necesidad de reactivar la economía con una elevación del gasto público”.

Las consecuencias son enormes, ya que esas ideas populares llevan a acciones con efectos considerables, como la elevación del déficit público o la aceptación indiscriminada de acciones reprobables.

Uno de esos intelectuales de alto impacto, mencionado por Johnson y Kling, es S. Freud —sin duda uno de ideas contagiosas dado lo atractivo de expresiones como Complejo de Edipo y otras más. Llevadas al nivel popular, las ideas de Freud sin duda tuvieron un efecto profundo sobre la idea de la naturaleza humana y llegó a hacer pensar que la persona no era dueña y responsable de sus actos.

De la misma forma flotan dentro de la sociedad las ideas de muchos otros autores, nombres conocidos en los ambientes académicos y que pasan a ser parte de la cultura popular por algún accidente o circunstancia fortuita.

Puede, por tanto, hacerse una clasificación adicional —la de autores que traspasan el umbral de la academia y llegan al ciudadano común y la de autores que no pasan ese umbral. Un ejemplo clásico de esta diferenciación es la establecida entre Keynes y Mises o Hayek. Keynes llegó al terreno de lo popular, pero no tanto los otros dos. Kling afirma que ese proceso de popularización es “misterioso”. Tal vez pueda ser explicado por factores como estos:

• La posibilidad de reducir las ideas a expresiones y frases de fácil comprensión para el no experto —creo que es más sencillo llevar a nivel popular las nociones de Complejo de Edipo, o de gasto gubernamental, que la de orden espontáneo en un mercado libre. La lógica superficial de la idea es un factor que facilita su entendimiento rápido.

• La generación de autores de segundo orden, podría decirse, cuya labor es la de difundir las ideas originales haciéndolas más entendibles a un público menos experto. Son como una especie de apóstoles y seguidores, a cargo de la difusión de las ideas de su maestro, y a las que ellos hacen contribuciones y aclaraciones.

• La influencia de factores aleatorios, ajenos al control humano, que lleva a algunas ideas a afianzarse en las creencias populares, pero no a otras —un concepto igual se maneja en la consolidación de tecnologías, como la del VHS sobre el Beta y otros casos similares (Waldrop, 1992) y que no es garantía de que las mejores prevalecerán.

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El proceso de la difusión de ideas es ya posible de ver con claridad: una persona genera una idea y la plasma en una obra que nada tiene de popular y está limitada a los círculos académicos —pero algo sucede y esa idea logra adeptos, una especie de patrocinadores que se encargan de expandirla, ampliarla y llevarla a terrenos fuera de la academia hasta convertirla en una creencia aceptada sin gran cuestionamiento por las personas en una sociedad o una buena parte de ellas.

El proceso puede tardar años, muchos años y los difusores de la idea pueden ser de muy diversos tipos. Desde otros intelectuales que la expandan en los primeros años hasta gente de medios informativos que la adopten y propaguen masivamente.

Lo largo del proceso va a producir oportunidades de distorsión con respecto al sentido original de la idea, pues las complejidades que puede manejar el experto al tratar por ejemplo a Maquiavelo no son admitidas por quien sólo puede usar al autor como un adjetivo.

Hay una pérdida lamentable e inevitable del refinamiento de la idea original y una ganancia también inevitable de su simplificación y posible distorsión. Tal vez, el ejemplo de un curso de Filosofía Política pueda ilustrar esto: el profesor en un semestre debe explicar una serie de autores, desde Platón hasta Mill, por ejemplo, solucionando un problema real, ¿cómo explicar a Hobbes en una semana a alguien que por primera vez enfrenta ese conocimiento? La simplificación es inevitable y acarrea en ella el germen de la distorsión, así sea involuntaria.

Incluso un alumno aventajado sale de ese curso con una idea panorámica de nociones políticas de varios autores, sobre las que posiblemente no profundizará mucho más y las llevará a su área de competencia —tal vez, convertido en un periodista, se vea influido por sus propias simpatías por algún autor favorito de él o del profesor, y las dé por supuestas simplificándolas aún más dando como resultado que sus lectores vayan siendo instruidos en lo aprendido durante una semana acerca de un autor. Las ideas del autor original tendrán consecuencias, así sean diferentes a las por él intentadas.

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Kling expone su idea, creo que magistralmente, contrastando dos situaciones, la de quienes tienen las ideas popularizadas de Locke y de Marx —son dos personas totalmente distintas y eso manda a proyectar la situación a niveles de países. Una nación en la que las ideas de Marx han sido enraizadas es muy diferente a otro país en el que predominan las de Locke.

• El “Locke popular” crea ideas como las de que las personas tienen derechos inalienables, que los gobiernos deben tener poderes limitados y deben servir a las personas. Sostener estas creencias de manera generalizada hace a la población renuente a sistemas autoritarios y genera sabiduría popular, como la de frases repetidas que resumen las creencias —”Denme libertad o denme muerte”, por ejemplo.

• “El Marx popular”, sigue diciendo Kling, crea otras circunstancias al sostener que la economía política es un escenario de lucha entre oprimidos y opresores —entre los dueños del capital y los proletarios. Con esta idea en mente, las personas inician una serie de creencias de conflictos adicionales: una raza contra otra, hombres contra mujeres, mayorías contra minorías, empresas grandes contra productores pequeños — es un mundo de villanos y víctimas, muy bien representado en el sesgo de las leyes laborales de muchos países.

La cultura popular importa (Harrison, 1985) y tiene consecuencias —las creencias arraigadas producen conductas y las conductas afectan a la realidad que las personas viven. El ejemplo de Locke versus Marx, popularizados ambos, es admirable para descifrar al menos en parte las diferencias entre las sociedades y admirarse en algunas casualidades de la historia.

El porvenir de algunas naciones y su bienestar pudo haberse generado en un salón de clases en el que estuvo presente un futuro gobernante que fue influido por la idea buena o mala que un profesor expuso —las lecturas de los padres fundadores de las naciones han afectado a millones de personas.

Puede hablarse entonces de un ambiente intelectual inclinado a ciertas ideas que elevan o reducen el bienestar de las personas —en palabras más extremas, existen personas que son marxistas sin saberlo ellas mismas, cuando entienden algún hecho en términos de conflictos entre víctimas y villanos. O keynesianos sin saberlo, cuando proponen y aceptan un gasto elevado para reanimar a la economía. La cuestión es de muy largo alcance y puede verse en el trasfondo de realidades en muchos lugares.

Las leyes laborales son un ejemplo clásico de marxismo popular —mediante disposiciones como indemnizaciones sustanciales por despidos, los legisladores pretenden imponer una protección al trabajador, considerado víctima, contra el opresor, que es el empleador.

Es muy difícil que esa mentalidad dualista comprenda que su acción produce desempleo, lo que sería muy claro para el no marxista. Es decir, el marxista involuntario ha producido una situación cuya causa es él mismo, pero que no entiende. Europa, en general, me parece es actualmente perjudicada por ese marxismo arraigado y en buena parte involuntario.

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Los climas intelectuales creado por los dos autores son muy diferentes —un ejemplo brillante es el de Cuauhtémoc Cárdenas, un político de izquierda en México, que en la más pura tradición marxista popular propone consistentemente impuestos sustancialmente mayores para los ricos y así beneficiar a los pobres (Enrique Calderón Alzati, 2005).

Pocas probabilidades de acuerdo habrá con quienes no comparten ese ambiente intelectual y razonan que los impuestos altos a los ricos pueden terminar perjudicando a los pobres.

La comparación entre naciones es una herramienta formidable de análisis cuando ellas se ven a la luz de las ideas que han predominado —los ejemplos extremos son ilustrativos con tal vez la URSS y los EEUU ocupando lugares destacados, aunque también pueden incluirse algunos países africanos posteriores al imperialismo europeo. Las diferencias producidas por los diferentes ambientes intelectuales no son accidentales, dice Kling.

El sistema político producido por la idea de que cada persona es individualmente valiosa y con derechos inalienables tendrá necesariamente que ser muy diferente al sistema político que produce la creencia en opresores y oprimidos, en el que estos últimos tienen más valor como personas y deben ser defendidos por el gobierno. Las probabilidades de avance son muy diferentes bajo ambos sistemas de gobierno.

Otro ejemplo, señalado múltiples veces en ContraPeso.info es el de las diferencias entre dos ideas acerca de la democracia en México:

• La idea popularizada es la creencia de la democracia como la elección honesta de gobernantes elegidos por la mayoría —y nada más. La consecuencia de esta definición de democracia lleva implícita la creación de un gobierno poderoso, destinado a seguir la voluntad mayoritaria según sea ella interpretada por el gobernante elegido. Y si a ella se añade el marxismo popular de víctimas y villanos, la consecuencia es creación de sistemas políticos que nada que ver tienen con quien define a la democracia de otra manera.

• La idea no popularizada es diferente, la democracia es entendida bajo las ideas de Locke/Montesquieu, lleva a un  sistema político opuesto —uno de gobierno limitado, con poderes acotados y división de poderes, bajo un estado de derecho, dentro de una sociedad de amplias libertades individuales, en donde las elecciones son una de las facetas del sistema político.

Ambos sistemas de gobierno, totalmente opuestos entre sí, serán sin embargo calificados de democráticos por sus partidarios. Se vuelve a la idea original, la del ambiente intelectual creado en buena manera de forma accidental y en el que pueden predominar ideas de un tipo o de otro, y sin siquiera saberlo abiertamente. Lo mismo sucede con ideas como igualdad, justicia, pobreza, progreso y otras, que serán interpretadas a la luz de las ideas subyacentes.

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Las consideraciones anteriores permiten estar en posición de postular la existencia de varios grupos de personas:

• Los expertos convencidos son quienes conocen las ideas originales, sus complejidades y son promotores de su difusión —son quienes conocen a Marx, o a Tocqueville, o a Mises, o a cualquier otro pensador, al derecho y al revés. Son capaces de escribir libros analíticos sobre esas ideas a las que apoyan.

• Los expertos no convencidos son quienes tienen igual capacidad de conocimiento y análisis, pero tienen ideas contrarias —un buen ejemplo de este tipo de personas es el de los partidarios de la Escuela Austriaca de Economía, reales expertos en marxismo, pero sus declarados opositores.

• Los convencidos conscientes parciales de su afiliación quienes son marxistas sin ser expertos, o tocquevillianos o, lockeanos sin ser conocedores ni haber ido a las fuentes originales —es gente que se alinea voluntariamente a algunos de los pensadores más en un plan de aficionados superficiales, pero conscientes de su afiliación.

• Los afiliados inconscientes. Son el grupo mayoritario y de mayor influencia, cuya mente analiza la realidad bajo premisas subyacentes de las que no tienen conocimiento —es el caso de ciudadanos comunes que interpretan los sucesos reportados en los medios de acuerdo, por ejemplo, a su entendimiento del mundo como dividido en villanos y víctimas. Su interpretación del conflicto judío-palestino, de la guerra en Irak, de la ley del contrato de primer empleo en Francia y de otros asuntos será muy diferente de quienes no interpretan al mundo de la misma manera.

En este punto, Kling asevera que “la vasta mayoría de los profesores universitarios son marxistas populares, aunque ellos no propongan el comunismo. Su marxismo popular es peligroso por ellos ni siquiera se dan cuenta hasta qué punto esa creencia afecta sus percepciones del mundo. Aunque la academia es también el último bastión de los marxistas convencidos, no son ellos los que me preocupan. No están ganando nuevos conversos”.

El peligro percibido es el refuerzo constante, pero involuntario, de una creencia inexacta, la del mundo dividido en víctimas y villanos. Si la influencia fuera reconocida no habría peligro sustancial y todo sería una cuestión de discutir sus bondades y defectos —abiertamente podría hablarse de si es o no válida de idea de entender a a la realidad como una en la que siempre existen grupos en pugna, donde la persona cuenta poco y lo que se necesita es dar la razón a quienes sean definidos como los oprimidos.

El peligro real no es que sea una mala idea, sino que es una idea que pasa sin ser percibida y por eso no es sujeta de análisis abiertos.

La profundidad de la idea impide su análisis y lo que se alcanza ser son solamente sus síntomas, como la teoría de la dependencia de los países, los ataques a MacDonald’s o a Wal-Mart, las marchas contra el libre comercio, las amenazas de violar patentes de medicinas, las justificaciones del terrorismo —en cada uno de esos eventos, si se escarba, está una idea común, la del mundo dividido en segmentos en conflicto. Pero ella no se percibe y por eso es rara vez puesta en tela de juicio.

Explicar la idea del marxismo popular, la del paradigma de mundo dividido en opresores y oprimidos requiere considerar, primero, su sencillez.

Tiene su atractivo precisamente por eso, por su simplicidad —no requiere haber cursado ningún curso para entenderla y aplicarla a cualquier nuevo evento: la guerra de Irak tiene que ser causada por los intereses de los opresores que atacan a los oprimidos, o el despido de una mujer tiene que ser debido a los hombres opresores.

Segundo, ese paradigma de opresor-oprimido, tiene una dosis de verdad. Sí existen ocasiones en las que la realidad es ésa, pero no siempre. Dentro de un régimen dictatorial es claro que existe esa situación — recuérdese el caso cualquier dictadura, sea la de Pinochet o la de Castro, o más recientemente la de Chávez.

Sin embargo hay una gran distancia entre esas situaciones específicas y una regla de interpretación universal absoluta. Resultaría una simplificación exagerada el creer que todo puede ser explicado con ese paradigma.

La persona que ha llegado a una posición económica afortunada no necesariamente la alcanzó por medio de la opresión de otras personas —la vida cotidiana está llena de millones de ejemplos que contradicen el paradigma de opresor-oprimido. Sin embargo, el darlo por aceptado y cierto, imbuido en la forma misma de pensar, produce consecuencias posteriores de consideración al crear un ámbito mental oportuno para el crecimiento del aparato gubernamental.

El proceso trabaja así: una vez que la realidad ha sido definida como un campo de opresión, la consecuencia imposible de evitar es la defensa de los definidos como oprimidos, lo que por su cuenta requiere de un agente con fuerza, capaz de usar la coerción, y no hay otra opción que la del uso del aparato gubernamental —crecerá para garantizar la victoria de las víctimas sobre los villanos.

El efecto colateral no intencional es el crecimiento del aparato estatal y su entrometimiento en la vida social, lo que a su vez produce la pérdida del sentido individual de la persona. Ya no será ella responsable de sus actos, lo será el estado.

Lo anterior choca contra las ideas opuestas, las creadas por los pensadores que fueron popularizados en ideas como la del valor personal individual, las libertades, el gobierno limitado y similares. Las dos posturas chocan por partir de premisas muy ocultas en sus cimientos, incapaces de ser reconocidas por los afiliados inconscientes de ellas.

Bibliografía

• Enrique Calderón Alzati, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, René Coulomb Bosc, Roberto Eibenschutz Hartman, Carlos Lavore Herrera, Jorge Martínez Almaraz, Julio Moguel Viveros, Salvador Nava Castillo, Telésforo Nava Vázquez, Francisco Pérez Arce, Emi (2005). UN MÉXICO PARA TODOS: CONSTRUYAMOS UN PAÍS DE IGUALES CON JUSTICIA, LIBERTAD Y SOBERANÍA. (Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (coordinación)). México DF. Fundación para la Democracia/Fundación Arturo Rosembluth/Planeta. 9703702619.

• Harrison, Lawrence E (1985). UNDERDEVELOPMENT IS A STATE OF MIND : THE LATIN AMERICAN CASE. Lanham, MD. Center for International Affairs, Harvard University and University Press of America. 0819146854.

• Hayek, Friedrich A. von (1978). THE CONSTITUTION OF LIBERTY. Chicago. University of Chicago Press. 0226320847.

• Johnson, Paul (1992). MODERN TIMES : THE WORLD FROM THE TWENTIES TO THE NINETIES. New York, N.Y. HarperPerennial. 0060922834.

• Kling, Arnold (2006). TCS Daily – How Thinkers Influence Us. Accessed 10/03/06

• Kling, Arnold (2006). TCS Daily – Folk Beliefs Have Consequences. Accessed 10/03/06

• Kling, Arnold (2006). TCS Daily – The Moses Complex. Accessed 10/03/06

• Waldrop, M. Mitchell (1992). COMPLEXITY: THE EMERGING SCIENCE AT THE EDGE OF ORDER AND CHAOS. New York. Simon & Schuster. 0671767895.


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