Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Elevar el Salario Mínimo
Eduardo García Gaspar
4 octubre 2006
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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La disyuntiva siempre está allí: se eleva o no el salario mínimo, y qué sucede en cada caso. Una columna del WSJ trató este tema hace poco, iniciando con la cita del New York Times en 1987, “El salario mínimo correcto: $00.00”.

No es que se trabajara gratis, sino que debía no tenerse salario mínimo. Desde entonces ese diario ha cambiado drásticamente de opinión.

¿Elevarlo o no? En la primera impresión, quizá las personas vean que es una buena idea elevarlo. Después de todo, con más ingresos se vive mejor y todos queremos vivir mejor y así se remedia la pobreza. Pero la cuestión no es tan simple. Un buen economista, se ha dicho, examina los efectos secundarios de ese tipo de decisión.

Es aceptado que una elevación del salario mínimo producirá un beneficio real, pero sólo a los que tengan y mantengan su empleo. Quienes estén en busca de empleo saldrán lastimados con menos oportunidades.

Elevar el salario mínimo, en otras palabras, no es garantía de creación de empleos, sino de que ganarán más los que mantengan sus empleos. Y, de hecho, la elevación del salario incrementa el precio del trabajo, reduciendo la cantidad demandada. Es decir, se socava la creación de empleos, lo que tiene una implicación interesante: si el salario mínimo dejara de existir, se crearían más empleos.

La columna a la que me refiero dice que existe un cálculo aceptado: una elevación del 10 por ciento del salario mínimo destruye de 1 a 2 por ciento de los empleos de los jóvenes.

Desde luego que el problema es de largo plazo, afectando a jóvenes que sin empleo retrasan su acumulación de experiencia de trabajo, la formación de una familia y pueden elevar la informalidad económica e incluso la delincuencia. Más aún, el pronóstico de pérdida de empleos es general, no se sabe en qué sectores ocurrirá.

A pesar de la evidencia en ese sentido, el salario mínimo se mantiene, supongo que más para uso político que beneficio económico. El gobernante puede usar al salario mínimo como herramienta de popularidad, cuando prometa elevarlo, una medida seguramente aplaudida por quienes no ven los efectos secundarios. Pero aplaudida también por los sindicatos, cuyos miembros son protegidos por esa tarifa de entrada, el salario mínimo. Quienes estuvieran de acuerdo en trabajar por menos, no les significarán competencia a sus privilegios.

La realidad es que a pesar de eso sigue vigente una idea válida, la de qué hacer para mejorar el ingreso de las personas. Si la elevación del salario mínimo no es conveniente, queda por ver cómo resolver ese problema de ingresos muy bajos. Es un problema serio, de tal magnitud que moverá a demasiados a ignorar la realidad elevando ese salario, haciéndoles sentir que están haciendo algo, pero empeorando la situación a la larga.

La solución es conocida desde hace tiempo, la de facilitar la inversión o al menos no ponerle obstáculos. La inversión eleva la productividad y ésta es la única manera de elevar el ingreso personal. Más infraestructura, más instalaciones, más tecnología, más capacitación, en suma, más inversión, es decir, más capital. Mucho me temo que no hay de otra.

Pero esto tiene problemas. Por principio de cuentas, no produce resultados inmediatos y por eso no genera aplausos inmediatos al gobernante. En segundo lugar, algunas personas se opondrían a las medidas que faciliten la inversión, usando las consabidas frases de “capitalismo salvaje”, “neoliberalismo fracasado”, “reformas innecesarias”, “intereses imperialistas” y las demás de la lista usual.

Sin saberlo, son ellas la causa misma del problema que quieren resolver: el político porque se sostiene en popularidad inmediata y el socialista porque se niega a salir de su caja artificial. Todo me lleva a insistir en un punto que he hecho desde hace tiempo. El problema de la pobreza no es económico, sino político y consiste en los frenos que se le ponen a las inversiones de quien quiere abrir un negocio o expandirlo.

Pero también, me decía un amigo, es un problema de opinión pública: si las personas mayoritariamente entendieran estas cosas, los gobernantes no usarían al salario mínimo para elevar su popularidad. Tiene un punto mi amigo, el que le hace proponer que en las escuelas es muy necesaria la educación económica de sentido común.

POST SCRIPTUM

• El artículo al que me refiero está aquí de fecha de agosto. Su autor es David R. Henderson,  research fellow en la Hoover Institution y coautor de  “Making Great Decisions in Business and Life” (Chicago Park Press, 2006).

• La idea de elevar el salario mínimo como herramienta de prosperidad se enfrenta a dos problemas serios:

— Si así pudiera remediarse la pobreza, ella hubiera sido solucionada hace tiempo.

— La elevación de los salarios, sin productividad añadida, equivale a una elevación del precio de los bienes. Es decir, si alguien propone elevar el salario mínimo está proponiendo que se vive mejor con precios altos de los bienes. Véase Hazlitt, Henry (1979). ECONOMICS IN ONE LESSON. New York. Arlington House Publishers. 0517548232.

• La propuesta de liberar los salarios, para dejarlos en acuerdos personales, no está exenta de problemas. Sí, habrá abusos, por parte de empleadores y de empleados.


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