Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Enseñanzas de Dios (dos)
Eduardo García Gaspar
1 agosto 2006
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
Catalogado en:


No es ésta la interpretación experta de un teólogo; pero sí es la reacción de un creyente convencido, quien ha intentado examinar con su limitada capacidad algunas de las ideas contenidas en los Evangelios. Perdón, pues, por algún error de interpretación que pueda existir, ante el cual únicamente puedo argumentar buena intención.

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Continuo esta peregrinación con mi segundo descubrimiento, algo tan obvio que no puede ser original.

No tengo duda de que Dios nos habla. El punto es escucharlo o no. Sencillamente lo creo con firmeza, Dios nos habla; no es ésta una cuestión de sentirse iluminado al estilo de los grandes santos. Es una cuestión de simple sentido común: las oportunidades para que Dios nos hable están allí a nuestra disposición, porque para hablar se necesitan dos. Si es uno solo el que habla y el otro no lo escucha, para éste es como si el primero no existiera.

Quizá no haya mejor ejemplo de la voz de Dios que la siguiente narración del Evangelio de Mateo. No titubeo en creer que estas palabras son una de las maneras en las que podemos oír hablar a Dios. Si lo quiero escuchar y tengo dificultad para ello, al menos tengo la seguridad de que leyendo los Evangelios lo puedo hacer; y más aún, conforme ellos son de nuevo leídos, más se escucha esa voz.

Las palabras de Mateo son preciosas y creo que muy significativas pues en ellas se habla del nacimiento de Jesús.

La concepción de Jesucristo fue así: estando desposada María, su madre, con José, antes de que conviviesen, se halló haber concebido María del Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido por ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien podrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados. Mt 1,18-21

San José tiene una conducta para la que los adjetivos más asombrosos quedan cortos. Un hombre que tiene noticia de lo sucedido a su futura esposa, si es un caballero, posiblemente decida eso mismo: no hacer ruido, no armar alborotos, simplemente hacerse a un lado y decidir el repudio. La calificación de hombre justo le viene muy bien; no quiere denuncia, no quiere escándalo.

Más aún, el texto dice que reflexionaba sobre esto, tal vez considerándolo sin haber tomado una decisión final y absoluta. Lo que esto revela es la personalidad de José, la del hombre cuya próxima esposa ha concebido antes de convivir con ella y reacciona sin aspavientos.

Esto habla de una conducta que nos conviene seguir, la de la paz interior que nos manda pensar, dar tiempo, considerar y reflexionar, antes de actuar en contra de quien pensamos nos ha lastimado de alguna manera. Aún en las condiciones más extremas.

Pero lo de José, que ya es una conducta extraordinaria, nos lleva a un nivel aún superior, muy superior. Él escucha la voz de Dios, por medio de un ángel, quien le da el mensaje más increíble que haya escuchado ser humano. Dentro de un contexto que señala el sentirse engañado por la futura esposa, José recibe otro golpe: el aviso de recibir a María en su casa como su esposa pues lo concebido por ella es la obra misma de Dios.

Y más aún, ese hijo futuro tiene que recibir un nombre ordenado por Dios, pues Jesús tiene una misión, la de salvar de los pecados al mundo.

La impresión es difícilmente describible y tan solo la podemos imaginar, lo que resulta en un buen ejercicio personal si tomamos el lugar de José y pensamos en nuestra reacción propia, como si a nosotros mismos nos hubiera sucedido exactamente eso.

Pienso que hay varios niveles en esta situación. El primero es la noticia de una traición de un ser amado y que es recibida por el futuro esposo. El segundo es la reacción de José, quien reflexiona, piensa y opta por una decisión humana, lógica, pero tranquila. El tercero es el mensaje que aclara la situación con una explicación poco creíble, pero que es recibida y aceptada; no fue una orden, sino un mensaje que José pudo rechazar siguiendo la reacción humana más natural en esas circunstancias. Y el cuarto es la revelación del hijo de Dios que nacerá para bien de los hombres.

Por esto, cuando se trata de escuchar a Dios no es mala idea pensar en San José y lo que él hizo: hacer a un lado el alboroto, actuar con reflexión sin denuncias públicas, quizá con alguna decisión en el fuero interno. Pero sobre todo, creando la oportunidad de escuchar la voz de Dios; esa oportunidad se tiene que crear, se debe buscar.

Y puede llegar en algún momento, tal vez con una idea que al principio luzca paradójica y hasta loca; si alguien nos hace un mal grave, esa voz nos envió ya un mensaje, si nos pide no buscar la venganza, perdonar y amar a ése que nos lastimó.

Tal vez sea un signo de que Dios nos ha hablado cuando entendemos que lo mejor es hacer lo contrario de lo que hemos decidido en el momento de la ira y de la primera reacción. El mensaje del ángel a José fue lo contrario de lo que él pensaba hacer: no repudiar a la esposa, sino aceptarla y todo por una buena razón, la del hijo de Dios y su misión. Ese es otro signo del hablar de Dios, el darnos una explicación de lo que nos ordena, un bien mayor.

Lo que puede leerse en esta porción del Evangelio de Mateo es, desde luego, mucho más pues en ella está la misión de Jesucristo, la virginidad de María, el amor de Dios, incluso, de cierta manera, la libertad humana. No se lee el mensaje de Dios a José como una orden, pues primero le dice no temer y luego, aceptar a María.

Pero lo que me llama la atención es una clave para escuchar a Dios, la de dar y crear esa oportunidad, lo que es una responsabilidad de cada persona. Digo, es de sentido común que si deseamos escuchar a alguien, al menos debemos tratar.

Si alguien se queja de que Dios no le habla, puede ser que todo se deba a no haber propiciado la ocasión. Eso es lo que hay que hacer, crear el momento. Cada persona sabrá cómo y dónde y cuándo. El punto es crear el momento afortunado, propiciarlo, para lo que San José da una sugerencia, la de no reaccionar actuando de inmediato con la decisión que al instante parece la más sensata a nuestros ojos.

Y, si escuchamos o sentimos algo que suene extraño, raro, paradójico y hasta disparado, contrario a nuestra intención más obvia, quizá sí sea Dios el que habla.

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Mateo sigue con el mismo asunto y una nueva dimensión: si acaso hablamos con Dios, es más probable que lo sigamos haciendo después; su voz será ya conocida por nosotros, igual que a José cuando el ángel volvió a aparecer.

Partido que hubieron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: levántate, toma el niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al niño para quitarle la vida. Levantándose de noche, tomó al niño y a la madre y partieron para Egipto. Mt 2, 13-14

Otra aparición, otra orden extraña. Medio dormido, podemos imaginar a cualquiera que recibe esa orden y al menos la cuestiona y pone en duda, con un “mañana salgo”. La brevedad del texto de Mateo sugiere una acción inmediata pues ya José conocía esa voz y sabía que daba indicaciones extrañas aunque con una explicación. Ese niño está amenazado, lo van a matar. Más tarde, José recibe otra orden que sigue ese mismo patrón de conducta.

Muerto ya Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel, porque son muertos los que atentaban contra la vida del niño, Levantándose tomo al niño y a su madre, y partió para la tierra de Israel. Mt 2, 19-21

Puede verse en José, resumiendo, esa actitud que le lleva a crear un momento que da la oportunidad de un mensaje de Dios y una vez que lo recibe ya tiene la facilidad de reconocer quién le habla. Quizá otra de las enseñanzas de estos pasajes de Mateo sea también el saber que una vez que se crea la oportunidad y Dios nos habla, con mensajes extraños pero justificados, la siguiente vez será más sencillo reconocerle.

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También en Mateo, hay otra parte en la que es posible reconocer el poder escuchar la voz de Dios. El pasaje también se encuentra en Lucas y Marcos; Mateo lo pone así.

Caminando pues, junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón que se llama Pedro, y Andrés, su hermano, los cuales echaban la red al mar, pues eran pescadores; y les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron. Mt 4, 18-20

La brevedad del texto es suficiente para sugerir una reacción inmediata de ambos, que dejan lo que estaban haciendo y van con Él. Pero Mateo añade un calificativo, “al instante”, para dejar más clara la idea. El evangelista, entonces añade otro pasaje.

Pasando más adelante vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que en la barca con Zebedeo, su padre, componían las redes y los llamó. Ellos, dejando luego la barca y a su padre, le siguieron. Mt 4, 21-22

Más tarde, en el mismo Evangelio, existen otros pasajes que muestran lo mismo.

Otro discípulo le dijo: Señor, permíteme ir primero y sepultar a mi padre; pero Jesús le respondió: sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos. Mt 8, 21-22 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, de nombre Mateo, y le dijo: sígueme. Y él, levantándose, le siguió. Mt 9, 9

Creo que Dios es todopoderoso y que podría hacer lo que le viniera en gana. Sin embargo, estos pasajes, que mencionan a la voz de Dios, muestran una característica importante: Dios no quiere hacer las cosas Él, quiere hacer participar a los hombres, sea José, sean los apóstoles.

Los quiere hacer partícipes de su obra, quiere que ellos le ayuden y que lo hagan por convencimiento propio. En nuestro mundo tenemos esas mismas posibilidades; si queremos que otra persona haga algo, tenemos ante nosotros la opción de obligarlo por la fuerza, o bien de persuadirlo.

Esas mismas opciones tiene Jesús ante sí en los Evangelios y siempre opta por el convencimiento; no usa la fuerza, sino la palabra. Esa es la palabra que podemos escuchar si creamos la oportunidad.

En el caso de los apóstoles, el común denominador es el seguirlo de inmediato, dejando atrás las redes, la barca, e incluso al propio padre, vivo o muerto. Se abandona el trabajo, también al ser querido. Eso lo puede hacer quien oye la voz de Dios y quien tiene el valor de dejarlo todo por Él.

Es lo contrario a lo que hizo el joven adinerado, al que Jesús pidió vender todas sus posesiones y seguirlo, y él no lo hizo; esto nos deja la idea de que valoró más sus posesiones que la oportunidad que tuvo de seguir a Jesús.

Me mueve todo lo anterior a pensar que es posible que Dios llame a las personas sin que ellas necesariamente hayan hecho algo para merecerlo. No hay forma de saber si, por ejemplo, Pedro y Andrés, eran de alguna manera excepcionales antes de ser llamados; igualmente, no hay forma de saber cómo es que la Virgen María se ha manifestado ante niños que antes de eso no parecían excepcionales.

Tal vez la lección aquí sea la de que Dios puede hablar a cualquiera, sea quien sea, incluso al mismo Pablo, perseguidor de cristianos; pero no puedo llegar a una conclusión que me satisfaga. Ignoro las razones de esas apariciones tan directas y de apariencia tan inequívoca a personas que nada de excepcional parecen tener. Pero lo que sí es posible concluir es que hay personas que reaccionan a esa voz y la siguen; y que hay personas que no hacen eso, que prefieren desaprovechar la oportunidad.

Y me quedo, al final, con una idea, no importa que yo sea una persona común y corriente, porque aún así, Dios me habla y lo que me queda es reconocer esa voz una vez al menos y así Él me hablará con más frecuencia.

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Esa voz, la de Dios, está en los Evangelios que son lo más sencillo de conseguir; esto me maravilla. Pienso que yo mismo pude haber pensado que quizá algún día Dios me hablaría por algún soñado milagro, sin ocurrírseme jamás que poco tenía que hacer más que tomar los Evangelios o una Biblia y leer. Lo que allí se dice no deja lugar a dudas.

Por ejemplo, lo dicho por Jesús cuando se le preguntó cuál es el primero de todos los mandamientos. Su respuesta es clara y congruente.

Jesús contestó: el primero es: escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Mayor a estos no hay mandamiento alguno. Mc. 12, 29-31

He dicho congruente por lo visto en la primera parte de este ensayo, donde se ha hablado del amor como la esencia del mandato Divino y de que allí nace el resto de los preceptos. Hay en estas palabras el resumen más claro al que podemos aspirar leyendo los Evangelios. Y eso es Dios hablándome a mí, sin lugar a dudas; a todo aquél que lea eso y se dé un momento de tranquilidad para pensarlo.

Sin duda Dios nos habla en esas Escrituras y nos dice cosas que nos mueven; eso es, si es que nosotros tenemos la apertura para escucharlas. Por ejemplo, el pasaje del óbolo de la viuda, nos deja muy pocas dudas sobre lo que significa.

Estando enfrente al gazofilacio, observaba cómo la multitud iba echando monedas de cobre en el tesoro, y muchos ricos echaban mucho. Llegando una viuda pobre, echó dos leptos, que hacen un cuadrante, y llamando a los discípulos les dijo: en verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro, pues todos echan lo que les sobra, pero ésta de su miseria ha echado todo cuanto tenía, todo su sustento. Mc 12, 41-44

Es muy difícil no sentirse movido en el interior por la imagen de esa mujer y lo que ella hizo; todo esto va dirigido a nuestro interior, donde cada uno saca la lección de lo que su conducta debe ser a la luz de esas palabras Divinas. Esas palabras son notablemente didácticas, nacidas del amor del Creador que quiere dejar claro lo que debemos hacer.

Mientras hablaba, le invitó un fariseo a comer con él; y fue y se puso a la mesa. El fariseo se maravilló de ver que no se había lavado antes de comer. El Señor le dijo: mira, vosotros los fariseos, limpiáis la copa y el plato por de fuera, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que ha hecho lo de afuera no ha hecho también lo de adentro? Sin embargo, dad limosna según vuestras facultades y todo será puro para vosotros. ¡Ay de vosotros fariseos, que pagáis el diezmo de la menta y de la ruda y de todas las legumbres, y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Hay que hacer esto sin omitir aquello. Lc 11, 37-42

Igualmente, en el pasaje sobre la observancia del sábado, la voz de Dios nos deja claros sus principios. Lo que me llama la atención sin que pueda dejar de maravillarme por más que lo pienso es que esto es literalmente la voz de Dios, que la tenemos disponible cuando queramos.

Aconteció que un sábado, atravesando Él por los sembrados, sus discípulos arrancaban las espigas y frotándolas con las manos comían. Algunos fariseos dijeron: ¿cómo hacéis lo que no está permitido en sábado?…. Y les dijo: dueño es del sábado el Hijo del hombre… voy a haceros una pregunta: si es lícito hacer bien o hacer mal en sábado, salvar un alma o dejarla perderse. Lc 6, 1-9

La palabra de Dios está a nuestra disposición, lo único que hace falta es eso, nuestra disposición a escucharla y a darle tiempo, igual que José lo hizo. Aquí me viene a la mente una situación común.

Con frecuencia vemos la emoción que en muchas personas causa la presencia en su ciudad de algún cantante que se presentará en concierto; esto es suficiente a veces para causar desmayos en algunos y desde luego largas filas para comprar billetes de entrada. Ver en persona a esa celebridad es, desde luego, un gran acontecimiento.

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Pues bien, escuchar esa voz de Dios es algo más grande, pero similar a eso. Jesús, en persona, está con nosotros en cada misa y cada lectura del Evangelio; y esto, si se piensa, debe ser causa de una emoción gigantesca. Si podemos agitarnos por causa de un artista que veremos en persona, ¡qué más grande sensación tendremos al darnos cuenta que Jesús, nuestro Dios, también nos visita!

Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone por obra, os diré a quien es semejante. Es semejante al hombre que, edificando una casa, cava y profundiza y cimienta sobre roca; sobreviniendo una gran inundación, el río va a chocar contra la casa, pero no puede conmoverla porque está bien edificada. El que oye y no hace es semejante al hombre que edifica su casa sobre tierra, sin cimentar, sobre la cuál choca el río, y luego se cae, y viene a ser la ruina de aquella casa. Lc 6, 47-49

Una de las cosas que más asombro me causa en los Evangelios es esa serie de historias que usa Jesús para ejemplificar lo que Él quiere decirnos, las parábolas. El Evangelio de Lucas es el que más de ellas contiene; una es la que por años me ha impresionado. Jesús empieza la narración de la manera más sencilla posible.

Dijo pues: un hombre noble partió para una región lejana a recibir la dignidad real y volverse; y llamando a diez siervos suyos, les entregó diez minas y les dijo: negociad mientras vuelvo. Sus conciudadanos le aborrecían y enviaron detrás de él una legación, diciendo: no queremos que éste reine sobre nosotros. Sucedió que al volver él, después de haber recibido el reino, hizo llamar a aquellos siervos a quienes había entregado el dinero para saber cómo habían negociado. Lc 19, 12-15

En esas tan pocas palabras se plantea el caso, casi como un cuento en el que hay alguna dosis de curiosidad, casi una fábula que persigue ilustrar las bondades de un cierto tipo de comportamiento. Me parece que es una situación muy congruente con otras palabras de los Evangelios: obviamente el hombre noble de la parábola es el Señor que no quiere actuar solo, que quiere la ayuda de las personas, a quienes no deja sin recursos, pues les da algo para que hagan lo que deben.

Creo que eso que nos deja son sus palabras confiando en que nosotros las tomaremos y las convertiremos en obras; me agrada mucho esta visión, pues coloca a los seres humanos como personas libres y capaces, que gozan de la confianza de su Creador.

La historia continúa con la respuesta que los siervos dan al señor, es decir, una rendición de cuentas de lo hecho con las monedas.

Se presentó el primero, diciendo: señor, tu mina ha producido diez minas, Díjole: muy bien, siervo bueno; puesto que has sido fiel en lo poco, recibirás el gobierno de diez ciudades. Vino el segundo, que dijo: señor tu mina ha producido cinco minas. Dijo también a éste: y tú recibe el gobierno de cinco ciudades. Lc 19, 16-19

Las respuestas de los dos primeros siervos muestran que ellos han hecho algo con lo que su señor les dio y confió; a ese señor muestran los resultados, la multiplicación de lo que a ellos fue dado. Pero llega el tercer siervo y sucede algo diferente.

Llega el otro diciendo: señor, ahí tienes tu mina, que tuve guardada en un pañuelo, pues tenía miedo de ti, que eres hombre severo, quieres recoger lo que no pusiste y segar lo que no sembraste. Díjole: por tu boca misma te condeno, mal siervo. Sabías que soy hombre severo, que cojo donde no deposité y siego donde no sembré, ¿por qué, pues, no diste mi dinero al banquero, y yo al volver, lo hubiera recibido con intereses? Lc 19, 20-23

Hasta aquí, pienso, el que lee esto no tiene gran dificultad en entender lo que la historia ejemplifica. Es obvio que el Señor nos da recursos o capacidades o facilidades, y que eso nos impone una obligación con Él, la de entregarle más de aquello que nos dio. Quizá a unos dio más que a otros, eso no importa. Pero la parábola sigue.

Y dijo a los presentes: cogedle a éste la mina y dádsela al que tiene diez. Le dijeron: señor, tiene ya diez minas. Díjoles: os digo que a todo el que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Cuanto a esos mis enemigos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá y delante de mi degolladlos. Y diciendo esto, siguió adelante, subiendo hacia Jerusalén. Lc 19, 24-27

Mateo narra la misma parábola y aunque utiliza otras palabras, la esencia es el misma. En conjunto, las dos versiones, producen una gran impresión y resulta curioso ver las diferencias en los detalles.

Porque es como si uno al emprender un viaje llama a sus siervos y les entrega su hacienda, dando a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad, y se va. Mt 25, 14-15

Aquí es más clara la idea de una diferencia entre los siervos; no todos reciben lo mismo y se enfatiza la idea de “a cada cual según su capacidad”. La historia sigue como en Lucas; el que recibió los cinco talentos fue y negoció y ganó otros cinco, igual sucedió con el que recibió dos, quien ganó otros dos. Pero el que recibió uno solamente decidió, no meterlo en un pañuelo y cuidarlo, sino enterrarlo para preservarlo.

Cuando regresa el señor, les pide cuentas y los siervos dan los frutos de lo logrado con esos talentos. A quienes han multiplicado esos bienes, el señor dice “muy bien siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré en lo mucho; entra en el gozo de tu señor”. Las excusas del siervo que no hizo nada son muy similares en ambos evangelistas y en la versión de Mateo el señor le responde:

Respondióle su amo: siervo malo y haragán, ¿con que sabías que yo quiero cosechar donde no sembré y recoger donde no esparcí? Debías, pues haber entregado mi dinero a los banqueros para que a mi vuelta recibiese lo mío con los intereses. Quitádle el talento y dádselo al que tiene diez, porque al que tiene diez se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aún lo que tiene se le quitará y a ese siervo inútil echadle a las tinieblas interiores; allí habrá llanto y crujir de dientes. Mt 25, 26-30

Nada hay en Mateo sobre la parte que menciona Lucas, “Sus conciudadanos le aborrecían y enviaron detrás de él una legación, diciendo: no queremos que éste reine sobre nosotros…. Cuanto a esos mis enemigos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá y delante de mi degolladlos”.

No importa, pues el mensaje sigue siendo el mismo, el de la voz de Dios dando su confianza a los hombres, dándoles responsabilidades. Esta, creo, es una visión muy optimista de la naturaleza humana.

Al final, lo vea como lo vea, el contenido de los Evangelios me hace ver un panorama que es extraordinario y lleno de optimismo: Dios confía en nosotros y por eso es muy lógico que ponga a nuestra disposición recursos y talentos o capacidades. Él quiere que le ayudemos en su obra, que en esencia es la de ser sus profetas o enviados; pero ésta es una opción para nosotros. Él nos deja en libertad de hacerlo o no.

De seguro, todos tenemos talentos y capacidades para hacer algo, poco o mucho. Es decir, veo aquí la obligación de hacer algo en concordancia con nuestros talentos para que al final, con el regreso del Señor, exista ese acto de rendir cuentas. También esto me parece optimista y lógico, pues es la presentación de una oportunidad que podemos seleccionar y esto es mucho mejor que las creencias de un mundo sin sentido, de normas relativas y sin recompensa al esfuerzo.

El punto, al menos en mi mente, es claro en todo esto. Es un hecho real que Dios habla a todos; por lo menos, todos tenemos la oportunidad de escucharlo y para hacerlo lo único que hay que hacer es leer las Escrituras, o bien poner atención cuando ellas son leídas en alguna ceremonia religiosa. Para escuchar esa voz tan solo debemos poner atención.

Y esto me parece un milagro que podemos vivir todos los días.


Con antecedentes desde 1995, ContraPeso.info funciona como información adicional a los medios dominantes.



No hay comentarios en “Enseñanzas de Dios (dos)”
  1. María Elena Rodríguez Dijo:

    Tus contenidos católicos le dan altura a tu sitio: muestras los colores de tu alma. Muy pocos lo hacen. ¡Mis respetos!





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