Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Esos Odiosos Santos
Eduardo García Gaspar
18 diciembre 2006
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Cuando escuchamos de acciones ejemplares y vidas heroicas, es decir, de real perfección humana, a todos nos choca siquiera un poco. Como que sus acciones nos hacen ver que lo que ellos hicieron también lo podemos hacer nosotros… pero no lo hacemos. Y eso es lo que  revienta en ocasiones. Los seres humanos, es cierto, somos imperfectos, podemos hacer el bien, pero también el mal.

Podemos atender a enfermos terminales en la mayor de las pobrezas, pero también podemos lanzar aviones contra edificios llenos de inocentes. La selección entre esas dos decisiones es nuestra, personal de cada uno.

El villano es ése que ha optado por la maldad extrema, en quien el mal ha sido personalizado y que, por ejemplo, mata a sangre fría a los integrantes de algún grupo humano. Creo que eso lo entendemos cuando lo rechazamos y nos horrorizan sus acciones.

Pero el otro extremo, el santo, nos mueve el piso en el que estamos parados. Muy bien, no somos los terribles villanos que matan inocentes o mutilan a sus secuestrados. Rechazamos esa maldad. Pero el santo nos pone en otra situación que es más difícil, la de aceptar una manera de ser. Es más sencillo rechazar algo que aceptarlo.

Resulta relativamente simple decir que alguna persona es un ejemplo de lo que no debe hacerse cuando eso tampoco lo hace uno.

Pero más complejo es aceptar que otra persona es una muestra de lo que debe hacerse, porque al hacerlo me doy cuenta de que eso mismo debería hacer yo. Y ya que no lo hago, entonces surge esa molestia que producen las buenas personas, a quienes he llamado santos, lo que me lleva a otra consideración.

¿Quién es un santo? La primera imagen que nos viene a la mente es la de quienes fueron muertos por causa de su fe, los mártires. No creo que pueda haber nadie mayor a ellos entre los seres humanos: ante la disyuntiva de renunciar a sus creencias religiosas o morir cruelmente, prefirieron morir. Aún suceden estas cosas en nuestro siglo 21 en algunas partes del mundo.

Pero es probable que en nuestras vidas no nos enfrentemos a esas circunstancias, con lo que supongo nuestro entendimiento de santidad se limite al ejemplo más conocido, el de la Madre Teresa, un extremo de bondad al que no nos enfrentaremos en nuestras vidas actuales. Es decir, la santidad la vemos lejana a nosotros, o al menos la sentimos distanciada. ¿En verdad lo está?

Pienso que está más cerca de lo que creemos, si bien no la santidad, sí las acciones santas por llamarlas así. Un caso, por ejemplo, es el de la persona que ha renunciado al ocio que su posición le permite y se dedica de tiempo completo a atender a mujeres jóvenes violadas.

Hay santidad en esas acciones, pero también en otras, como la de tomarse tiempo en denunciar crímenes a pesar de temer algunas consecuencias, la de no ser parte de una cadena de corrupción a pesar de lastimar los prospectos de una carrera. E incluso hay santidad en la realización de un trabajo bien hecho, como reparar un coche con piezas originales.

Consecuentemente, la santidad está más cerca de nuestra vida diaria de lo que creemos. Se trata simplemente de hacer cosas buenas cuando podíamos hacer cosas malas con alguna ventaja inmediata para nosotros y un daño para otro.

No hace mucho que vi un fragmento de santidad cuando acudí a un técnico a reparar un aparato electrónico descompuesto. Al revisarlo encontró una simple mala conexión interna de un componente. La reparó en segundos y no quiso cobrar por hacerlo. Podía haber inventado una descompostura seria y cara, y yo haberla creído.

Hay mucha gente así. No sé si son santos, pero hacen cosas santas, buenas. Supongo que conforme más de eso hagan, más se acercarán a la santidad. No es la santidad de un martirio, pero es santidad al fin y al cabo. Saber esto causa gozo y ya no hace sentirse mal cuando se habla de santos de perfección inalcanzable.

Es alegre y optimista pensar así. La terrible maldad que solemos ver en muchas partes tiene una contrapartida que existe y es real, aunque no sea tan sujeta de noticias. Es la santidad en millones de pequeños actos diarios de millones de personas que han preferido hacer algo bueno, como ir a visitar a un amigo enfermo. O algo tan simple como hacer bien un trabajo.


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