Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Espejismo de Bienestar
Eduardo García Gaspar
27 septiembre 2006
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Hace unos pocos días, una alianza de cuatro partidos ganó las elecciones en Suecia, un pequeño país de menos de 10 millones de habitantes, que en muchas partes es conocido por dos causas: hace mucho frío y tienen un estado de bienestar que es envidiable. La alianza que ganó intentará lograr reformas liberales que pueden tener influencia mundial.

Quizá pueda tratarse de un regreso a sus orígenes liberales, a las políticas que lograron desarrollar a un país pobre y subdesarrollado a principios del siglo 20, hasta que a mitad de ese siglo comenzó a implantarse el estado de bienestar, es decir, el gobierno que asume las responsabilidades de cuidar a sus ciudadanos desde la cuna hasta la tumba. A principios de los 90 las cosas comenzaron a cambiar allí.

Suecia está físicamente alejado de México y de muchos otros países, pero en otro sentido es un país vecino. Vecino porque en esas naciones se pretende copiar a Suecia, a su estado benefactor, como lo proponía la plataforma de uno de los partidos mexicanos.

Se presupone que en modelo sueco de bienestar es exitoso. No lo es: sufre de mal crecimiento económico, inflación, déficit público, desempleo grande, monopolios, escasa fundación de empresas. Vive de lo logrado antes y ahora se ha beneficiado de algunas reformas económicas y desregulaciones. Y se ha quedado a la mitad del camino, no diferente a lo sucedido en México.

El desempleo actual es de 15 por ciento y de 22 para los jóvenes, con una ley laboral de la misma esencia mexicana: alta regulación para contratación y despido. E incluso con manipulación estatal de las cifras de desempleo para aparentar tasas menores. Sí, Suecia se ha movido hacia el libre mercado, pero está en el camino, igual a México, donde el intervencionismo estatal ahoga posibilidades de desarrollo.

El tema es interesante por esa razón, la similitud con México en eso de estar a la mitad del camino o menos en la ruta hacia la liberalización. Pero también lo es por la imagen de Suecia como un exitoso estado de bienestar que se tiene en muchas mentes, aunque eso no corresponda a la realidad. Copiar al estado benefactor sueco, creyendo que funciona bien, sería un error fenomenal.

Un estado de bienestar es un gobierno que asume la responsabilidad de brindar servicios totales de cuidado a sus ciudadanos: salud, educación, vivienda, pensiones, diversión, de tal manera que los ciudadanos estén a cargo del estado desde que nacen hasta que mueren. Es una forma de paternalismo que requiere grandes sumas para su financiamiento, las que son tomadas de los ciudadanos mismos por la vía de muy altos impuestos.

Es decir, un estado de bienestar hace lo siguiente: toma dinero de los bolsillos de los ciudadanos y se los devuelve, después de sus gastos de administración, en servicios de salud, educación, cultura y demás a través de instituciones gubernamentales generalmente monopólicas. Eso es todo.

En una sociedad liberal, el ciudadano decide con su dinero su educación, médicos, diversiones, pensiones, pero no en un gobierno de bienestar, donde el gobierno toma esas decisiones. Así se simple y de sencillo para demostrar que no funciona el estado de bienestar.

Las instituciones gubernamentales no tienen incentivos para dar buenos servicios pues sus ingresos no dependen de la decisión del usuario. Y los gobiernos obligan a los ciudadanos a pagar los servicios y los costos de administración. La apariencia es fenomenal, pero la realidad es desilusionante. Y esto me lleva a mi punto central, la fascinación con las apariencias.

Si usted fuera un político en campaña y quisiera lograr muchos votos, lo más aconsejable sería proponer un estado de bienestar prometiendo a las personas que el gobierno se encargará de ellos y lo que necesiten. Es una promesa atractiva que a muchos atraerá y que es más sencilla de explicar que su opuesto, el sistema de libertades ciudadanas, de bajos impuestos, responsabilidad personal y decisiones libres.

La paradoja es obvia: el sistema que no da resultados es el que más atractivo inmediato tiene y el sistema que sí tiene éxito es el más difícil de explicar. Solamente la existencia de una ciudadanía con sentido común y cierto escepticismo podrá entender la diferencia entre ambas propuestas.

POST SCRIPTUM

• Hay un artículo interesante al respecto de Suecia aquí y un ejemplo de la manipulación de cifras de desempleo aquí.

Aquí hay una referencia breve de un sueco al crecimiento de su país, donde dice:

En 1870, Suecia era más pobre de lo que hoy en día es el Congo. La gente vivía veinte años menos de lo que se vive en la actualidad en los países en desarrollo, y la mortalidad infantil era el doble de la del país en desarrollo promedio… Pero Suecia se salvó gracias a la liberalización. En unas pocas décadas, un grupo de políticos liberales le dieron a Suecia libertad religiosa, libertad de expresión, y libertad económica, de tal forma que la gente pudiera empezar sus propios negocios y vender y comprar libremente en el mercado.

Un acuerdo comercial con Inglaterra y Francia en 1865 hizo posible que los suecos nos especializáramos. No podíamos producir bien comida, pero podíamos producir acero y madera, y venderlos en el extranjero. Con el dinero que ganábamos podíamos comprar comida. Y debido a que contábamos con un mercado libre, las personas y las compañías tenían que pensar en nuevas y mejores ideas —de otra forma los consumidores le comprarían a otra gente.

En 1870 comenzó la revolución industrial en Suecia. Nuevas compañías exportaron a otros países alrededor del globo y la producción creció rápidamente. La competencia forzó a nuestras compañías a ser más eficientes, y viejas industrias fueron cerradas de tal forma que pudiéramos satisfacer nuevas demandas, tales como mejor vestimenta, servicios médicos y educación.

Para 1950, antes de que se forjara el Estado Benefactor sueco, la economía sueca se había cuadruplicado. La mortalidad infantil había sido reducida en un 85 por ciento y la expectativa de vida había aumentado milagrosamente en 25 años. Estábamos en camino a abolir la pobreza. Nos habíamos globalizado.

Aún más interesante es que Suecia creció a una tasa mucho más rápida que la de los países desarrollados con los que comerció. Los salarios en Suecia crecieron de un 33 por ciento del salario promedio de Estados Unidos en 1870 a un 56 por ciento a inicios del siglo XX, aún cuando los salarios estadounidenses habían aumentado considerablemente durante el mismo período.

Esto no debería sorprender a nadie. Los modelos económicos predicen que los países pobres deberían tener tasas de crecimiento más altas que los ricos si existe un flujo libre de capital, comercio e ideas entre ellos. Los países en desarrollo tienen más recursos potenciales que aprovechar, y se pueden beneficiar de la existencia de naciones más ricas a las cuales exportar bienes y de las cuales importar capital y tecnología más avanzada, mientras que los países más ricos ya han capturado muchas de esas ganancias.

• Leonardo Girondella trató el tema aquí.


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