I. Explosión demográfica

Un texto de Kevin E. Schmiesing, del Acton Institute.  Él es autor de “Within the Market Strife: American Catholic Economic Thought from Rerum Novarum to Vatican II” (Lexington Books, 2004). El tema tratado por el autor es el de la explosión demográfica, o mejor dicho el de su implosión.

En años recientes un cambio extraordinario ha ocurrido en el nivel de la discusión de política social internacional.

El lenguaje de los alarmistas de la “explosión demográfica” como Paul Ehrlich ha cedido a las advertencias de la “implosión demográfica” del gobierno europeo y de oficiales de las Naciones Unidas.

Concedido que trata de un fenómeno localizado, que se complica con fuerzas opuestas, la sabiduría convencional acerca de la sobrepoblación como el mayor problema global, se mantiene en las comunidades de políticas públicas y científicas.

A pesar de eso, en Europa y partes de Asia, especialmente, hay una nueva voluntad para enfrentar el problema de la reducción demográfica.

Llamando a esta situación “crítica”, el presidente ruso Vladimir Putin ha convocado a un plan de diez años para intentar revertir la caída a plomo de la tasa de nacimientos en esa nación. Putin tiene razón: la población rusa disminuye en 700,000 anualmente y hay más indicaciones de una caída mayor que de una reversión.

El presidente pide pagos en efectivo a las madres, más generosos permisos de maternidad y otros beneficios que fomenten el prospecto de tener hijos.

Corea del Sur ha asignado 35 mil millones de dólares durante los siguientes cinco años al problema de su baja tasa de natalidad. Muchas naciones europeas han colocado incentivos para incrementar el número de nacimientos y hay conversaciones para mejorar esos incentivos.

Estos debates de política poblacional tiene consecuencias económicas vitales. Se han reconocido ampliamente los apuros de los sistemas de bienestar social en Europa causados por una población creciente de personas mayores al mismo tiempo que números menores de trabajadores.

En algunos casos, la política puede ser realmente contraproducente. Joseph D’Agostino del Population Research Institute, ha señalado que en Corea del Sur la iniciativa será financiada por un impuesto especial “que incrementará la carga en la economía de Corea del Sur y podrá disminuir la tasa de nacimientos en el largo plazo”.

Pero el mayor y crucial punto a señalar es que todos esos esfuerzos de políticas son en si mismos limitados.

Los gobiernos pueden fomentar el tener hijos con políticas amigables a las familias (nunca más que manteniendo impuestos bajos y un crecimiento económico fuerte), pero las decisiones de tener hijos son naturalmente personales e íntimas —un fenómeno mucho más dependiente de factores culturales que de económicos o políticos.

Los gobiernos europeos occidentales han estado experimentando con incentivos filiales durante décadas y las tasas de nacimientos han bajado. La única excepción es Francia, donde la alta tasa de natalidad de una floreciente población musulmana ha moderado el promedio del país.

Es dudoso que la relativa alta fertilidad de los musulmanes tenga algo que ver con las políticas gubernamentales. Más probablemente la religión del Islam, con sus normas sociales, es el factor decisivo.

La solución de problemas de población que disminuye, por tanto, requiere enfocarse a los factores sociales que afectan a las tasas de natalidad. Pueden decirse muchas cosas sobre el tema, pero al final, el tener hijos demuestra dos cualidades: sacrificio y esperanza.

En la sociedad agrícola pre-moderna, los hijos podrían ser una bendición económica a la familia, al proveer trabajo en el campo después del período inicial de crecimiento y aprendizaje.

Dados los cambios culturales, de costumbres y los desarrollos económicos, ya eso no es cierto en la mayoría de los casos, en las naciones desarrolladas al menos. Un hijo puede ahora ser un accesorio agradable de una pareja a la moda, pero algo más que eso es un sacrificio financiero y de comodidad.

¿Qué es lo que alimenta esos sacrificios?

Son variadas las motivaciones, pero la mayoría giran alrededor de algún tipo de visión religiosa que tiene que ver con el amor fructífero entre un hombre y una mujer, y el mandamiento relacionado de elevar el número de almas humanas —expresado en la tradición Judeo-Cristiana del mandato del Génesis, “sed fecundos y multiplicaos”.

El deseo de ser fecundos también proviene de una visión esperanzadora de la humanidad. Esto es diferente al fácil optimismo que piensa que el sufrimiento puede ser eliminado y que el progreso moral y económico es inevitable.

En realidad es una perspectiva que admite que el hombre es la causa de los problemas del mundo —pero también insiste en que es el solucionador de ellos. Se manifiesta en un gozo de la vida y comparte ese placer con un número creciente de personas humanas.

Su opuesto es una visión de los humanos como una plaga sobre la tierra: una población más numerosa está condenada a un futuro de guerra, enfermedad y catástrofes ambientales, mientras que un futuro más feliz es uno de menor población.

En el nivel individual, desde luego, es absurdo sacar conclusiones rápidas y duras acerca de la práctica religiosa o de las actitudes humanísticas, basadas en el número de descendientes. Pero al nivel de una nación, si la población está fallando en reproducirse a sí misma, parece razonable decir que hay escasez de las nociones religiosas de ser fecundos y multiplicarse.

Puede admirarse a Putin y gobernantes de ideas similares por su honestidad y determinación, pero al final sus esfuerzos son iguales a la acumulación de sacos de arena para detener una marejada creciente.

No mucho puede hacerse hasta que la marea se retire por sí misma —y en ese momento los esfuerzos han sobrado. Los países con demografía en caída necesitan redescubrir los valores del sacrificio y la esperanza. Es una tarea más allá de la capacidad de incluso más grande de los programas gubernamentales.

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II. «Madre tierra»

Otro texto de Kevin E. Schmiesing del Acton Institute. El tema tratado por el autor es la relación entre la maternidad y el medio ambiente, estableciendo dos visiones muy distintas.

“Madre tierra”. El nombre popular dado a nuestro planeta es atractivo porque percibimos que el aire, el suelo y el agua exhiben muchas de las características que asociamos con la maternidad: fertilidad, crianza, vida.

No obstante esa asociación semántica, parece existir alguna tensión en estos días entre mucho del movimiento ambiental y la real maternidad humana. Más exactamente, se denuncia que los hijos son el problema, lo que necesariamente llega también hasta la maternidad.

El tema central es el entendimiento básico del mandato ambiental y del papel de los humanos en él. El traslape entre grandes segmentos del ambientalismo radical y el cabildeo para el control poblacional ha sido de mucho tiempo y es muy conocido. Lo que sorprende, sin embargo, es la consistencia de ese traslape ante la dramática nueva situación de la demografía mundial.

Incluso, ante el creciente número de naciones que se añaden a la lista de las que enfrentan crisis de población —del tipo bajo más que del tipo sobre— algunos ambientalistas mantienen su insistencia al sostener aún que los logros del control poblacional no han sido suficientes.

Un nuevo reporte de la organización británica Optimum Population Trust (OPT), señala las consecuencias ambientales de la fecundidad y llama a los padres a procrear con responsabilidad. “El efecto en el planeta de tener un hijo menos es de un orden de magnitud mayor que que el de todas esas cosas que podemos hacer, como apagar las luces”, dice John Guillebaud de OPT, profesor emérito de planeación familiar en la University College London.

Paul Watson, presidente y fundador de la Sea Shepherd Conservation Society, hace un llamado para una masiva disminución de la población mundial a mil millones, con ninguna ciudad pasando de los 20,000 residentes. “Necesitamos vastas áreas del planeta donde los humanos no viven y donde otras especie sean libres para evolucionar sin la interferencia humana”, ha afirmado.

Para estas personas, es claro, que las madres son el enemigo.

Pueden ser estos ejemplos extremos, pero están muy difundidas ideas similares. El razonamiento simple manifestado en esos reclamos ignora totalmente el impacto positivo que los seres humanos pueden tener y en realidad ejercen. Se presupone que los hijos adicionales devorarán un cierto monto de recursos, pero se deja de tomar en cuenta que su ingenio puede contribuir a crear tecnologías que reduzcan la “carbon footprint” de todos.

Quienes igualan al crecimiento de la población con el empeoramiento de las condiciones ambientales, no pueden responder ante la ampliamente reconocida mejora de la calidad del aire, bosques y otras medidas ambientales observables en la mayoría de las naciones desarrolladas en el siglo pasado.

En verdad, la relación entre los seres humanos y el planeta que habitan es más compleja —y más prometedora— de lo que dicen los fatalistas. Sí, la gente puede contribuir a los problemas ambientales, pero la gente también puede contribuir a resolverlos.

La Declaración de Cornwall emitida por la Interfaith Council for Environmental Stewardship (ICES) promueve un entendimiento diferente del lugar del ser humano en la tierra: “Muchas personas equivocadamente ven a los humanos principalmente como consumidores y contaminadores en vez de productores y administradores. Por consiguiente ignoran nuestro potencial para sumar —como portadores de la imagen de Dios— a la abundancia de la Tierra”.

Para quienes comparten la evaluación positiva del ICES, las madres no propagan “virus” que se alimentan sin parar de la tierra, apresurando su destrucción. En su lugar, ellas crían hijos que —con apropiado cuidado, buena educación y moral— producirán más de lo que consumen, generarán prosperidad y dejarán al medio ambiente natural mejor de lo que lo encontraron.

Para aquellos que ven los prospectos de la humanidad como sombríos, al mismo tiempo, la celebración del Día de la Madre puede ser sólo limitado y provisional: la multiplicación de la humanidad no es una causa de esperanza sino el signo de una futura catástrofe. La perspectiva que ve a la maternidad con descarada admiración es más gozosa —y posee la ventaja adicional de estar mejor fundamentada en la realidad.

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III. H. Kung: momento malthusiano

una idea de Samuel Gregg del Acton Institute. Es autor de On Ordered Liberty y The Commercial Society. La idea central del escrito es examinar la carta abierta de Hans Küng, reproducida en muchos medios en 2010, especialmente en el tema de la sobrepoblación.

En abril pasado, el mundo recibió otra carta global del teólogo suizo de 82 años, Fr. Hans Küng. El quizá más célebre católico disidente de la enseñanza católica, Fr. Hans Küng escribió “una carta abierta” a los obispos católicos del mundo conteniendo su crítica acostumbrada del papado y sus conocidas y ahora tediosas recetas de cambio de la Iglesia Católica.

Hace casi 31 años, obispos católicos de Roma y Alemania despojaron a Küng de su permiso para enseñar como teólogo católico porque, según lo admitió Küng mismo, él no cree en algunos de los dogmas centrales de la fe católica. Algunos dirán que la acción de Roma fue tan sólo un ejercicio de verdad publicitaria. Sin embargo, esto no ha detenido a Küng, quien continúa exhortando al Catolicismo a seguir el camino seguido por muchas confesiones protestantes dominantes en Occidente desde los años 60.

Como ha señalado George Weigel, en “An Open Letter to Hans Küng”, la carta de Küng está llena de errores y de lógica errónea.

Más aún, Küng parece olvidar la realidad sociológica de que las comunidades cristianas que han abrazado caminos similares a los que él propone para el Catolicismo, están en un estado terminal de colapso. Carentes de coherencia doctrinal, ellas son a menudo conducidas por clérigos para quienes la existencia de Dios y la divinidad de Cristo están sujetas a discusión, para quienes la concepción de moralidad es tan relativista como la del izquierdista secular promedio, y quienes aseguran conocer con absoluta seguridad que el mundo se dirige a un apocalipsis climático.

Hubo, sin embargo, una aseveración en la carta de Küng que merece un mayor escrutinio. Es su aseveración de que África —y por extensión, el mundo en desarrollo— está sufriendo un problema de población excesiva, lo que por implicación, hace de los 2,000 años de enseñanza católica sobre el tema, una causa de pobreza y hambre.

No es un secreto que muchas personas están en desacuerdo con la posición católica sobre la anticoncepción. Pero la afirmación de Küng de un problema de “exceso poblacional” en el mundo en desarrollo muestra lo mucho que él permanece como una criatura sin cambio de los años 60.

Las teorías sobre la correlación entre crecimiento poblacional rápido, pobreza y presión sobre los recursos han existido desde el tiempo del economista Robert Malthus (1766-1834), por coincidencia un clérigo anglicano.

Desde la muerte de Malthus, sus teorías tienen metástasis. En los años 60, ideas neomalthusianas lograron nueva prominencia gracias a los escritos de científicos como Paul Ehrlich. Ehrlich, en cuyo libro, The Population Bomb, predijo que el crecimiento poblacional del mundo llevaría a muertes por hambre de millones, hambrunas azotando el mundo, precios excesivos de commodities y el comienzo de una era de escasez irremediable de recursos.

Ninguna de estas predicciones ha sido realidad.

Lo que ignoran Ehrlich y otros que han tragado perennemente el Kool-Aid de la “sobrepoblación”, es el genio empresarial de la humanidad. El economista que más hizo para destacar este punto y desacreditar la tesis de Ehrlich fue el ya fallecido Julian Simon. En su libro, The Ultimate Resource, Simon muestra que las elevaciones deprecio generan incentivos a los emprendedores para descubrir más de ese recurso, usarlo con más eficiencia y, eventualmente, encontrar sustitutos.

En pocas palabras, dadas las condiciones institucionales adecuadas, los humanos son notablemente buenos para crear más riqueza de la necesaria para alimentar, vestir y dar casa a poblaciones crecientes más allá de niveles de subsistencia básica, con sobrantes enormes de capital dejados para reinversiones —y todo, sin saquear despiadadamente el medio ambiente.

Desde esta perspectiva, una elevación de la población puede ser vista como beneficiosa: a más gente, más potencial de creatividad y empresariado.

El problema con los neomalthusianos, como Ehrlich y Küng, es que ellos ven a los humanos primariamente como consumidores más que como creadores económicos. Esta es precisamente la mentalidad que ayudó a facilitar el próximo invierno poblacional de Europa Occidental —un panorama que ha causado que Suecia cree todo tipo de incentivos financieros para que los suecos tengan más hijos (sí, Suecia, la super-progresista e hiper-secular Suecia).

Con algo de preocupación, el U.S. National Vital Statistics Report de abril de 2010 muestra que en los EEUU la tasa de nacimientos está por debajo de la tasa de fertilidad de reemplazo de 2.1 hijos por mujer.

En su encíclica social de 2009, Caritas in Veritate, Benedicto XVI —el objetivo primario del más reciente ataque de Küng— explicó la lógica económica de una tasa decreciente de nacimientos.

Escribió que “La disminución de los nacimientos, a veces por debajo del llamado ‘indice de reemplazo generacional’, pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social, aumenta los costes, merma la reserva del ahorro y, consiguientemente, los recursos financieros necesarios para las inversiones, reduce la disponibilidad de trabajadores cualificados y disminuye la reserva de ‘cerebros’ a los que recurrir para las necesidades de una nación” (CV 44).

En este sentido, el Papa Benedicto se muestra no sólo más conocedor que Hans Küng para ayudar al Catolicismo a evitar el destino de esas comunidades cristianas que han abrazado el vacío y la incoherencia del cristianismo progresista. También es un buen economista.

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Y unas cosas más para el curioso…

Conviene ver alguna de estas ideas: