Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Extrañas Enseñanzas de Dios (uno)
Eduardo García Gaspar
20 junio 2006
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
Catalogado en:


No es ésta la interpretación experta de un teólogo; pero sí es la reacción de un creyente convencido, quien ha intentado examinar con su limitada capacidad algunas de las ideas contenidas en  los Evangelios.

Perdón, pues, por algún error de interpretación que pueda existir, ante el cual únicamente puedo argumentar buena intención.

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Inicio esta peregrinación con mi primer descubrimiento, algo tan obvio que no puede ser original.

El primero de los Evangelios es el de Mateo, quien muy al principio coloca el capítulo de las Bienaventuranzas. Usa palabras breves y directas para mostrar a Jesús como alguien que viene a hablarnos, a enseñarnos, a mostrar un camino. Leyendo no puede dudarse de que Jesús es un enviado, no un enviado cualquiera, sino alguien que viene a dar todo y ese todo está en los Evangelios. Será responsabilidad nuestra el descubrir ese mensaje, ese camino. Esta idea es en extremo clara, Jesús trae un mensaje.

Viendo a la muchedumbre, subió a un monte, y cuando se hubo sentado, se le acercaron los discípulos y abriendo Él su boca los enseñaba diciendo. Mt 5, 1-2… porque les enseñaba como quien tiene poder y no como sus doctores. Mt 7, 29

Con esa descripción tan sencilla, Jesús nos es presentado pronunciando lo que creo son las palabras más maravillosas que se hayan dicho jamás. Son las Bienaventuranzas, las reglas más sublimes y hermosas acerca de la conducta de los seres humanos.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. Mt. 5,  3-6

Tengo que detenerme aquí. Y es que estas palabras llenan la mente y la mente pide un descanso, un tiempo para medir las consecuencias de lo que se ha dicho. Hay que darse espacio entender ese mensaje.

Veo en esas palabras una idea base, la de una recompensa final. Quien ahora llora, mañana será consolado; quien quiere justicia hoy, será saciado después. Sin duda, existe algo más tarde; hay un mañana, un premio último. Basta seguir esas conductas, ser mansos, desear justicia, aceptar el sufrimiento. Mateo sigue con estas palabras.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque es suyo el reino de los cielos. Mt 5, 7-10

Este es el fin de un párrafo en el texto, lo que da otra oportunidad de descanso. Ignoro si el lector necesita ese descanso, pero supongo que sí; y es que estas palabras, estas enseñanzas, llenan y abruman. Allí está la idea de nuevo, la de una recompensa final para los misericordiosos, para los pacíficos, para los limpios de corazón. Más claro no puede ser el mensaje de Jesús, pero creo que hay otra idea que no es tan diáfana, la de una conducta voluntaria. Me explico.

Quien es misericordioso, o pacífico, o manso, es así porque lo ha decidido; nadie le ha obligado a serlo. Querer la justicia, padecer persecución, todo eso, necesariamente, es una opción personal. Las palabras de Jesús, entonces, están diciendo, “si actúas de esta manera tendrás una recompensa, pero eso te lo dejo a ti para que decidas”. Sí, esta la idea del premio final, pero esa idea se entiende a la luz de ser un premio para quien actúa por iniciativa propia de cierta forma.

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Esto queda aún más claro en las siguientes palabras del Sermón de la Montaña.

Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros. Mt 5, 11-12

No hay duda, allí está la idea, confirmada de la recompensa final y de que ella se logra bajo ciertos principios. Pero hay más.

Yo veo otra noción, la de que si actuamos con esos valores, nuestra vida terrenal podrá pasar por situaciones alejadas de lo placentero; podremos pasarla nada bien. Más aún, sufriremos males. En otras palabras, el premio final tiene un costo ahora; no es gratuito, ni sencillo, ni fácil actuar bajo esos principios. Pero si lo hacemos, tendremos una gran recompensa final. En nosotros está la posibilidad de recibir el premio.

Hay otra idea que me impresiona mucho en esas palabras. Es la idea de la comparación entre nosotros y los profetas. En el Antiguo Testamento, los profetas eran enviados de Dios, literalmente. A ellos, Dios encargaba llevar su mensaje al resto de los hombres. Ahora, Jesús nos compara con los profetas, es decir, nos dice que somos sus profetas, que nos pueden perseguir simplemente por llevar sus mensajes a otros, por actuar como Él desea que actuemos.

Es una responsabilidad enorme que Jesús coloca sobre nuestros hombros; quiere que llevemos su mensaje pero que lo hagamos por nuestra propia voluntad. Podemos o no aceptarla, no hay obligación, pero allí esta la enseñanza, clara y obvia.

Veo, además aquí algo muy halagador para los seres humanos. Dios nos otorga su confianza al invitarnos a ser sus profetas; nos ama y por eso tiene fe en nosotros al darnos la posibilidad de aceptar la invitación. Pero nos previene, eso puede no ser placentero; va a requerir esfuerzos e incluso nos puede acarrear grandes males.

Hablar con más franqueza no se puede. Jesús nos exhorta a actuar de cierta manera con la promesa de una recompensa más allá de todas nuestras expectativas y con toda honestidad nos dice que si eso hacemos, que si somos sus profetas, es una posibilidad real que no la pasemos bien, que tengamos problemas serios.

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El Sermón de la Montaña continúa y el lector hará bien en leer esas palabras que continúan y que yo omito aquí. Me detengo únicamente en las siguientes.

Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve a presentar tu ofrenda. Mt 5, 23-24.

Estas palabras hablan de prioridades que son una consecuencia lógica de lo dicho antes. Veo como de simple sentido común el colocar una acción de reconciliación por encima de la formalidad de un rito, así sea dedicado ese rito al mismo Dios. En el fondo, el mensaje es que amar al hermano, a las demás personas, equivale a amar a Dios mismo.

Y esto se encuentra de mil maneras diferentes en los Evangelios: el gran principio de nuestra conducta debe ser el amor. Si amamos a Dios tenemos por necesidad que amar a nuestro hermano y amar a éste tiene que significar amar a Dios. Y, si juntamos esta idea con la anterior, tenemos que nuestra labor de profetas muy bien puede ser ésa, la de amar y de actuar amando a los demás, que es el mensaje Divino.

Hay otra enseñanza de prioridades poco después de ese texto. Una que impresiona mucho.

Si pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano te escandaliza, córtatela y arrójala de ti, porque mejor te es que uno de tus miembros perezca, que no que todo el cuerpo sea arrojado a la gehenna. Mt 5, 29-30

De nuevo y más claro ya no puede ser, allí está la mención de la recompensa final, o del castigo, el ser arrojado a los infiernos. La repetición del ojo y de la mano tiene un valor didáctico, que es como empieza esta parte de Mateo, “… y abriendo Él su boca los enseñaba diciendo…”.

En estas palabras se encuentra la prioridad de lo Divino sobre lo material, incluso sobre el mismo cuerpo; hay también, creo, una confirmación de las consecuencias de ser Su profeta, la del dolor. Nos va a ser doloroso, nos va a significar esfuerzo el cumplir con esos principios de amor.

Otro Evangelista, Marcos, repite el texto anterior con otras palabras, a mi parecer aún más terribles. La advertencia es transparente.

Si tu mano te escandaliza, córtatela; mejor será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga, Y si tu pie te escandaliza, córtatelo; mejor te es entrar en la vida cojo que con ambos pies ser arrojado en la gehenna, donde ni el gusano muere, ni el fuego se apaga. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo; mejor te es entrar tuerto en el reino de Dios que con ambos ojos ser arrojado en la gehenna donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga. Mc 9, 43-48

Cumplir con esos principios, más aún, será al menos sorprendente y de seguro paradójico, como Mateo narra poco después con las palabras de Jesús.

Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al mal y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto, y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos. Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien te pide algo prestado. Mt 5, 38-42

Es aquí cuando me viene a la mente lo que se ha dicho de Jesús: o era un loco o era verdaderamente Dios. ¿Quién ha dicho que en él se perdonan los pecados del mundo y ha predicado cosas tan extrañas como éstas? Creo que no necesito decir que pienso que es en verdad Dios, pero creo que sí necesito mencionar estas cosas extrañas que se deducen de la conducta que nos pide y que Mateo menciona así.

La verdad es que no veo a nadie en la historia humana que nos haya dado las palabras de Jesús, nadie, y por eso me rebelo cuando escucho que se le menciona junto a otros “grandes líderes espirituales” de la humanidad; como si Él pudiese estar en la misma categoría de Ghandi.

Jesús va mucho más allá, hasta lo infinito, hasta las consecuencias lógicas de su mensaje, que es el amor llevado a los extremos lógicos; en buena parte, esas palabras pueden parecernos ajenas a nuestro razonamiento terrenal.

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Las enseñanzas extrañas continúan.

Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen…. pues sí amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? Mt 5, 43-46

Es definitivamente algo extraño, pero lógico, muy lógico. Si Jesús tiene como principio básico el amor por encima de todo, no puede concluirse otra cosa que ésa, la de amar incluso a quienes nos causan daño; amarlos, rezar por ellos, porque allí es donde está el mérito. Eso es lo que cuesta, lo que requiere esfuerzo.

En las enseñanzas divinas, entonces, se encuentran frases y palabras que en la superficie nos pueden parecer extrañas y paradójicas. ¿Qué es eso de dar la otra mejilla y de amar a los que nos causan daño? Las palabras muestran lo desusado de las aseveraciones, pero su significado muestra una profunda congruencia de ideas y principios.

Si el amor es el gran principio, entonces resulta por demás natural obtener esa conclusión, la de que el amor debe prevalecer sobre el odio. Puesto de otra manera, poco valor tendrían estas enseñanzas si ellas predicaran el amor al mismo tiempo que aprobaran lo del ojo por ojo; sería una total contradicción.

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Hay otras partes que vuelven a impresionarme por la lógica que contienen. Esas palabras a las que me refiero, tratan la idea del interior del hombre y de Dios, que puede ver dentro de nosotros. Esto está puesto en palabras como las siguientes.

Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. Mt 6, 2 Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas para ser vistos por los hombres… Tú cuando ores, entra en tu recámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. Mt 6, 5-6

El tono de enseñanza no puede ser más claro al repetir el punto: lo que importa no es lo que ven los demás hombres, en realidad eso poco vale para propósitos de la recompensa final en los cielos. Lo que vale es lo que Dios ve en cada persona, lo que esa persona tiene dentro de ella. Esto se repite en otro de los pasajes.

Cuando ayunéis no aparezcáis tristes como los hipócritas que demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan… Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara, para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que está en lo secreto, te recompensará. Mt. 6,16-18

El mensaje de Jesús es ciertamente imponente: Dios es capaz de ver nuestro interior hagamos lo que hagamos, es decir, hay alguien fuera de nosotros que puede entrar en cada uno de nosotros. Es difícil pensar en un concepto que conmocione más que éste; somos libres, pero Dios nos ve en lo más íntimo, sin posibilidad de que le engañemos.

Él nos conoce como nadie nos puede conocer y no hay manera de ocultarnos a su mirada, lo que es perfectamente lógico, pues si nos promete una recompensa final, ese juez tiene que conocernos completamente para emitir un juicio terminante.

Puesto en términos de esta época, al leer esto pensé en que éstas son las reglas de juego que Dios nos da, sus leyes podría decirse, y nos previene que Él puede ver nuestro interior, no lo podemos engañar; más aún, le disgustan las manifestaciones externas de las mismas reglas que nos da. No se trata de impresionar a las demás personas, se trata de actuar honestamente, con convencimiento, de acuerdo con esas reglas y, siendo humildes rehuir la admiración de los demás.

Este juez no necesita testigos que hablen bien de nosotros, o mal. Él lo sabe todo sobre cada persona, lo que como dije es perfectamente lógico si Él es el juez que emitirá el veredicto final sobre los hombres y mujeres, uno por uno. Quiero dejar claro esto a riesgo de ser repetitivo.

Dios nos dice que si actuamos de cierta manera tendremos una recompensa final y que somos libres para hacerlo. Implícita está la idea de un juicio individual, persona por persona, de acuerdo al que hay una sentencia final. La única posibilidad lógica de hacer un juicio real y objetivo es conceder a Dios la cualidad de ver nuestro interior. Sin poder ver el interior humano no hay forma de hacer un juicio justo.

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La noción de un juez es inequívoca en las Escrituras; se repite una y otra vez, lo mismo que la idea de la recompensa final. Es, sin embargo, un juez diferente, uno que establece las reglas que en el fondo son formas de acercarnos a él. Es la idea de un juez mezclada con la idea de un padre que nos pide actuar como Él: nos perdonará si nosotros también perdonamos, será clemente si nosotros lo somos.

Cuando os pusiereis en pie para orar, si tenéis alguna cosa en contra de alguien, perdonadlo primero, para que vuestro Padre que está en los cielos, os perdone vuestros pecados. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre, que está en los cielos, os perdonará vuestras ofensas. Mc. 11, 25-26

Es la idea de un juez compasivo que practica la misericordia que nos pide y por esto la figura de Dios como un padre es la mejor descripción que podemos tener de Él. Esto es otra cosa muy lógica. Dios nos pide ser compasivos y misericordiosos, pues también Él lo es. Su promesa al respecto no puede ser más clara.

Y como un padre verdadero se pone de nuestro lado, nos promete ayuda, nos promete apoyo, nos promete estar con nosotros, siempre que se lo pidamos. También esto impresiona cuando se piensa en sus consecuencias: allí está el juez que ve nuestro interior y que determinará nuestra recompensa final, lo que sin duda es una imagen que asusta; pero esa imagen no está completa, pues Dios además es padre y nos quiere ayudar. Es como si tuviéramos un juez en la tierra que fuera parcial hacia nosotros, que deseara dar un juicio positivo.

Por eso, la imagen de un padre es mejor que la de un juez. Un padre ayuda, aconseja y cuando se le llama, va y escucha.

Pedid y se os dará: buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Mt. 7, 7 Por esto os digo, no os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo sobre qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mt. 6,25

Esa es la voz de un padre que habla a sus hijos; cierto, es juez, pero más es padre. Un padre que nos exhorta a seguir ciertas reglas, todas inspiradas en el amor en el trato a otros. Las palabras sobre no perder la tranquilidad sobre nuestro sustento son difíciles de entender y no puedo decir que las he comprendido.

Pienso que en ellas hay un fuerte elemento de fe, de creencia voluntaria y de lógica absoluta con el resto de Sus palabras. La prioridad es el alma, es la recompensa final, pero ¿debe ser eso una causa para olvidarnos de nuestro cuerpo, de nuestra comida y sustento?

No lo creo así, aunque hace varios siglos haya habido esa opinión; recuerdo haber leído algo sobre Simón del desierto y las costumbres de algunos que dejaron de bañarse, de cortarse el pelo y las uñas, incluso de vestirse. Si Dios nos dio la vida y nos pide ser sus profetas, no veo la lógica de olvidarnos de eso que nos dio, la vida en un cuerpo terrenal. La vida, al fin, es la oportunidad de ser sus profetas.

Lo que sí veo en esas palabras es un sentido de prioridades que en los Evangelios se lee una y otra vez: lo importante es el alma, el alma está por encima de lo material. Nos debe preocupar nuestra alma mucho más que nuestra vida, lo que no significa abandonar nuestra vida, al contrario, pues ella es un don Divino, la oportunidad de ser esos profetas. Y Dios, a quienes quieren ser sus profetas, otorga poder; si ellos piden se les dará, si ellos llaman, se les abrirá.

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En pasajes siguientes continúan las lecciones, las enseñanzas sobre cómo debemos actuar. Aquí, me viene a la mente una idea: supongamos que vivimos en un mundo sin reglas, donde nada es bueno, ni malo, ni conveniente, ni inconveniente; ése sería un mundo caótico y sin congruencia, pero sobre todo sin sentido, en el que la existencia humana no tendría significado. En ese mundo caótico, la palabra felicidad no podría existir, pues ella implica objetivos y reglas.

Para que nuestra vida tenga sentido debemos tener reglas que nos lleven a tener ese sentido. Y, desde luego, puede haber muchos sentidos. Hay quienes dan un sentido temporal a la vida creyendo que vivimos unos pocos años y morimos sin nada posterior a esa muerte; éste es un pensamiento que me parece cruel en exceso, pues nos da una excusa para vivir sin sentido o vivir con metas cortas que no trascienden.

Por el contrario, Jesús con sus palabras no da un sentido eterno y trascendente: los humanos podemos ser felices en la eternidad, ése es el premio final que da sentido enorme a la vida y que da razón a las reglas de conducta.

Algunas de esas reglas son éstas, en las que seguimos encontrando la natural congruencia entre el amor hacia los demás y el amor hacia Dios. Si no amamos a Dios, no amamos a los demás; más aún, si juzgamos a los demás con severidad así seremos juzgados.

No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y la medida con la que midiereis se os medirá. Mt. 7, 1 Por eso, cuando quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, porque esta es la ley y los Profetas. Mt. 7, 12

El común denominador de ésas reglas, puede deducirse sin dificultad, es el amor entre las personas. Ése es el principio central, lo que me parece muy lógico, pues sin duda es lo que llevó a Dios a realizar la Creación. Quien crea, ama lo que crea y quiere que dentro de su creación haya amor. Pero es una creación particular y que es una consecuencia lógica de esas reglas: si ellas no son impuestas obligatoriamente, si ellas pueden ser ignoradas, si ellas son motivo de prédica, eso necesariamente significa que hay poder en el hombre, quien es libre y puede pensar y razonar y actuar con convencimiento personal.

Dios no quiere imponerse, sino buscar nuestro convencimiento para que con entera libertad lo aceptemos como Padre, para que así cumplamos sus enseñanzas. Nuestra libertad, así, tiene un sentido para ser profetas de Dios; y no un limitado sentido de simplemente no tener obstáculos a nuestra voluntad.

Y Dios nos manda a su hijo para darnos esos mensajes, donde destaca el más recordado de todos, tratar a los demás como quisiéramos ser tratados. En esas palabras se encierra todo quizá. Pero como somos libres, podemos pensar y elegir, necesariamente necesitamos reglas y principios. Elegir requiere saber, necesita conocer consecuencias de las elecciones hechas, necesita reglas y principios.

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En otro pasaje, más adelante, del mismo Evangelio, Mateo habla del joven rico y la conversación que él tuvo con Jesús. Esto arroja más luz sobre estas cuestiones.

Acercósele uno y le dijo: Maestro, ¿qué de bueno haré yo para alcanzar la vida eterna? Él le dijo: ¿por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno solo es bueno; si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Díjole él: ¿cuáles? Jesús le respondió: no matarás, no adulterarás, no hurtarás, no levantarás falso testimonio; honrarás a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo. Mt 19, 16-19

Aquí, creo, puede entenderse que hay dos niveles en la conducta que Dios nos exhorta a seguir. Desde luego, los mandamientos son ese primer nivel y que en este pasaje Jesús menciona en un orden inverso al acostumbrado, es decir, termina con el mandamiento del amor al prójimo.

Los primeros mandamientos en el orden seguido dentro de ese pasaje son negativos, hablan de cosas que no debemos hacer y que no son novedades para nadie. No hay mucha originalidad en esos mandamientos que nos piden abstenernos de conductas que producen daño: no matar, no lastimar a otros, no robar. Son éstas cosas que las leyes humanas contienen y que consideramos lo más natural del mundo.

Pero Jesús comienza a dar pasos atrevidos, poco a poco, ya no sólo se trata de evitar conductas negativas, sino de hacer cosas positivas: honrar a los padres y amar al prójimo. Es decir, no solamente no debemos robar al vecino, sino que debemos amarlo. Mateo continúa el pasaje y nos ilumina mucho en esto.

Díjole el joven: todo esto lo he guardado. ¿Qué me queda aún? Díjole Jesús: si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme. Al oír esto el joven, se fue triste, porque tenía muchos bienes. Y Jesús dijo a sus discípulos: en verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Mt 19, 20-23

Estas palabras me causan una turbación muy grande. Es posible ver la confirmación de una esencia de las palabras de Jesús: para entrar al cielo hay que seguir ciertas reglas. Lo obvio es pensar en seguir las reglas más claras, las que nuestra razón puede deducir y que hemos llamado derecho natural; no debemos lastimar a los demás en sus personas y bienes, lo que equivale a no robar, no mentir, no matar y esas reglas que inician con un “no”. Esto equivale, creo poder resumir, a no hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Es un lado de la moneda.

Pero Jesús va más allá de eso, quiere ir al nivel de tratar a los demás como uno quiera ser tratado, lo que es un paso adicional inmenso, enorme, que nos lleva a otro plano. Una cosa es simplemente abstenerse de robar al vecino y de golpearlo; supongo que muchos puedan vivir con eso sin gran esfuerzo.

Sin embargo, hay que ir más allá, hay que hacer un esfuerzo y amar al vecino, amar al prójimo. Ya no es nada más abstenerse de robarle, sino amarle y actuar en consecuencia. Esto es ser su profeta.

Ese joven está frente a su gran oportunidad cuando pregunta a Jesús lo que debe hacer para alcanzar el premio final, la vida eterna. Jesús responde en congruencia con lo que ha predicado: deben seguirse los mandamientos, que son ésos, los que empiezan con “no”, pero también los que hablan de amar a los demás.

El joven debe ser un buen tipo, porque él guarda esos preceptos y quiere saber qué más es necesario hacer, que es cuando Jesús habla de “si quieres ser perfecto”, entonces lo que tienes que hacer es seguirlo, igual que se lo pidió al resto de los apóstoles, dejando atrás todo lo que tienes.

El joven salió del lugar con desconsuelo, pues, cuenta el evangelio, poseía muchos bienes. Obviamente no los quiso abandonar en esa oportunidad que él buscó; valoró más sus bienes que el deseo de seguir a Jesús.

Creo que es una cuestión de prioridades de nuevo. Jesús nos repite otra vez que lo material está por debajo de lo Divino. No creo que sea una condena de lo material, pero sí creo que es una condena de la inversión de valores que pone a lo material por encima de lo espiritual, cuando debe ser lo contrario.

Veo en esto la historia de una oportunidad, la de estar de alguna manera frente a Jesús, oír su voz y decidir hacer caso a esas enseñanzas que tienen una lógica y congruencia impresionantes.

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