Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gobernantes Hablando
Eduardo García Gaspar
15 noviembre 2006
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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En varios lados he escuchado que los políticos jamás dicen la verdad, excepto cuando no tienen otro remedio y eso sucede, la mayoría de las veces, cuando pierden las elecciones y lo reconocen. Creo que es el real momento, el que marca la diferencia entre los buenos y los malos. Y, cuando por eso mismo, el político tiene oportunidad de brillar.

Las elecciones pasadas en los EEUU dan un buen ejemplo de lo que quiero decir. Por debajo de las victorias de los demócratas y de las derrotas de su oposición hay un hilo conductor que manda a decir, por ejemplo: mi opositor “es un buen tipo y hará un buen trabajo para el estado”. Eso fue dicho por R. Santorum al perder la elección para el senado en Pennsylvania.

Reacciones similares vinieron de otros perdedores, como G. Allen en Virginia, L. Chafee en Rhode Island y muchos más. No hubo problemas, no hubo marchas, ni reclamos de fraude.

Al contrario, la democracia funcionó en ese sentido tan ignorado, el de ser un mecanismo de cambio pacífico de gobernantes. Interprete usted las elecciones como usted desee: un rechazo a Bush, cansancio por Irak, economía con déficit gubernamental, lo que sea que al final lo que queda es eso, el brillo del perdedor.

Porque, al final del día, la democracia tiene un sustento del que poco se habla y que se encuentra en el cimiento mismo del gobierno: el tener gobernantes que comprenden y aceptan las reglas defectuosas del voto. Sin eso poco puede hacerse para mantener esa tranquilidad que el ciudadano disfruta cuando sabe que puede cambiar de gobierno sin recurrir a la violencia.

Viendo las cosas políticas se comprende que para cambiar de gobierno sólo hay dos maneras: por la fuerza o por el voto, que es la manera pacífica. La historia mexicana tiene ejemplos de lo inconveniente del uso de la fuerza. La caída del Porfiriato, por ejemplo, no produjo otra cosa que años de lucha por el poder, igual que al inicio de la Independencia. En total, casi 70 años de guerras internas. Más de una tercera parte de la vida independiente mexicana… y una buena causa de nuestro retraso.

Es la opción entre cambiar un gobierno por la fuerza o por medio del voto, y el costo de la opción violenta es pobreza. Y lo que está detrás de la opción es la decisión del gobernante: aceptar la derrota o negarse a hacerlo.

En las elecciones de 2000 México vivió un gran momento democrático, el del presidente Zedillo y el reconocimiento de la derrota de su partido, a lo que debe añadirse un héroe no reconocido, Labastida. Quizá no diferente a la decisión de C. Cárdenas cuando la caída del sistema y su decisión siguiente.

En 2006, hay otro personaje que no ha seguido ese ejemplo de tantos políticos que saben lo que está en juego y que es mucho mayor que su persona y su deseo de poder. Del brillo de gobernantes que aceptaron la realidad en otros tiempos, ahora tenemos las oscuridades de que se niega a aceptarla.

Las consecuencias las sabemos de antemano: menor probabilidad de avance, menor probabilidad de mejorar a los de menores ingresos. Todo por la falta de comprensión de un cimiento democrático: aceptar las reglas del juego.

La situación es seria porque un gobernante, en especial uno que logró atraer a muchos ciudadanos, es una guía de conducta, una especie de modelo de comportamiento. Lo que él haga y diga influirá en muchos. Su responsabilidad es realmente grande y si la comprende, todo será mejor para él y para su país. Pero si la sed de poder predomina, todo empeorará.

Llámale prudencia, visión, entendimiento, lo que usted desee. Se dice que a las personas se les conoce en la cama, en el juego, o en la bebida. Pues bien, a los políticos se les conoce cuando pierden, que es cuando más brillan. Es la gran diferencia entre el buen político y el malo, entre el que sabe y no sabe que la política es el tratar de ayudar a otros y no el satisfacer deseos de poder personal.

Y ésa es una de las grandes ventajas de la democracia, la de permitir ver de qué están hechos los gobernantes que nos pidieron el voto. Lo sabemos después de los resultados de las elecciones, cuando ellos reconocen su derrota: el gran momento de la verdad para quien luchó por llegar a un puesto y no lo logró.


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