Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Iglesias y Gobiernos
Eduardo García Gaspar
26 marzo 2006
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: Análisis
Catalogado en:


Primer ensayo sobre iglesias y gobiernos

En muchas de ocasiones, por razones muy diversas razones, se me han planteado cuestiones políticas, como el de la separación entre gobierno e iglesia. Leí sobre ellas, hice anotaciones y saqué conclusiones que más formalmente desarrolladas pongo por escrito, copiando el maravilloso modelo y muchas ideas de la Carta sobre la Tolerancia de John Locke, así como de otros grandes autores, que he arreglado en estos cinco ensayos.

Si pregunta alguien quién es éste que se atreve a escribir sobre materia tan grave y de qué autoridad goza para hacerlo, contesto que sólo puedo usar como credenciales mi larga afición a estos asuntos que data de más de veinte años, los muchos libros leídos en ese tiempo, las chispas prendidas en muchas conversaciones, los razonamientos de alguna correspondencia, las necesidades de saber que fueron impuestas por mis editoriales en prensa y mi creencia en que en la discusión de ideas está el nacimiento de la verdad. Añado a esto una combinación de pasión por el tema y de confianza fundada en eso que nos dio Dios, la razón.

Para entrar en esta materia es necesario un gran punto de partida del que sean derivadas consecuencias sensatas sobre los tratos entre individuos e instituciones; y yo no tengo otro diferente ni mejor que el de Locke: pensar que en el amor reside la fuente suprema para los tratos entre los seres humanos. Por tanto, parto de la idea de que es en el amor donde está la inspiración última de los tratos sociales, de todos los tratos sociales.

Pero, reconozcamos que no podemos ignorar el otro lado de la moneda del amor, esa larga lista de vicios humanos, de maldades, odios y sufrimientos que existen en nuestro mundo. Entre amor y maldad, entonces, deberemos andar el camino de nuestra vida terrenal, entre bondades y vicios, en un mundo imperfecto. Igualmente, como punto de partida, debemos aceptar otros rasgos en el humano, además de la razón, pues somos seres que no pueden alimentarse sólo de racionalidad, ni sólo de órdenes. La fe y el misticismo, como creo que diría Chesterton, son también parte de nuestras vidas; y en esta parte están nuestras creencias religiosas.

No importa cuál sea la fe que profesemos, para cada uno de nosotros ésa, la nuestra, es la verdadera y auténtica religión. Si bien algunos consideran a las cuestiones religiosas como algo de escaso valor, para otros son asuntos vitales y para ellos su iglesia es la verdadera, sin que pueda haber cuestionamiento que valga.

Desde luego, son muy variadas las justificaciones usadas para sustentar la verdad de cada religión, pero lo que importa es que cada uno de sus creyentes, sin remedio alguno, está convencido de que la suya es la iglesia verdadera. Digamos que sería tarea poco menos que imposible la de convencer a un ferviente musulmán de que otra es la religión verdadera; y la misma situación se repetiría en los casos de fieles católicos, judíos, luteranos, anglicanos, metodistas y demás dogmas religiosos.

Cada uno de nosotros pensará sin duda alguna que la suya es la religión verdadera, no importa qué tan absurda e ilógica parezca a otros. Es ésa una reacción humana esperada. Si no fuera así, no habría fieles de iglesia alguna, porque se necesita la convicción interna para llamarse fiel de alguna iglesia. Si acudo, como en mi caso, a un templo católico, la última causa es la creencia de que esa iglesia, esa religión, es la verdadera; que es exactamente lo mismo que piensan mis amigos judíos cuando van a una sinagoga.

Ya he mencionado que existe algo mayor a las justificaciones usadas por las iglesias para probar su verdad, que es el amor como punto de partida en las relaciones entre las personas.

Cuando un creyente, sin importar qué fe profese, cesa de tratar a sus semejantes con caridad, humildad, tolerancia y buena voluntad, no importa de qué religión sea, pienso que es lógico concluir que no podrá considerarse un buen creyente. Lo que sucede es que reflexionando, encontramos un solo camino, que es el de colocar en un plano superior al amor y en uno inferior a los ritos, creencias, detalles e historia de las iglesias. Esto es algo que me parece de simple sentido común, el amor es la esencia y el resto son detalles, si se me permite esta simplificación.

Ninguna fe religiosa, por tanto, puede ser considerada como tal si ella no tiene como piedra angular el amor. Tomemos a la Biblia y encontremos una palabra sola y única que la resuma; veremos que no hay otro término que ése que he dicho, el amor. Allí está todo y de él partimos como base; el amor como una idea mucho mayor a cualquier otra.

El amor está en verdad muy por encima de ritos y otras creencias propias de cada fe; del amor nacen los mandatos, las virtudes, las sanas costumbres y todo precepto religioso, incluso las leyes terrenales. Creo que no podría entenderse a una iglesia que hubiera sido establecida para un fin contrario al enaltecimiento de los más altos valores y de las más grandes virtudes, que provienen todas del amor y que son su consecuencia. Creo que Dios, en un acto de amor infinito, nos ha dado la vida, nos ha otorgado facultades y nos ha rodeado de recursos.

Así, la vida terrenal puede y debe ser perfeccionada, como una causa para la vida eterna. Nuestra responsabilidad ante esos dones es usarlos de manera acorde a los deseos Divinos, con amor, y la religión no puede tener otra razón de ser que el recordarnos esa manera de vivir en la tierra, el amor. Ninguna regla, ni rito, ni creencia, ni ceremonia puede tener mayor jerarquía que el trato amoroso que debemos a nuestros semejantes.

Por eso digo que es posible obtener una conclusión muy obvia desde el inicio, que es el aceptar este principio del amor. De las Sagradas Escrituras, digo, obtengo una única conclusión, que es la de que la salvación está en la medida del actuar con amor, es decir, jamás por la fuerza, ni con violencia, ni con odios; al contrario, con caridad, tolerancia, respeto. Para lograr la salvación eterna debo amar, amarme a mí, amar a los demás y amar a Dios, que son tres cosas que van una con la otra.

Pero a pesar de que es el amor lo que debe prevalecer, debemos reconocer tanta historia de persecución y maldad para preguntamos la razón de esos malentendidos. Por cuestiones religiosas, que debían inspirar amor, han sufrido miles de inocentes víctimas cuyo única falta fue profesar una religión diferente. Escapa a la razón cómo fue que el principio de amor que nos dejó Jesús pudo llegar a extremos tan viles, sea en cuestiones religiosas o de otra índole.

Esa, mucho me temo, es la realidad en demasiadas situaciones, la de creencias basadas en el amor que terminaron en algunos momentos generando lo que sólo el mal puede producir. Son errores graves cometidos hace tiempo, pero no diferentes y tal vez menores que algunas acciones actuales que pretenden hacernos renunciar y desconfiar de los dones Divinos, especialmente de la razón, dándonos causas que justifican el materialismo y una existencia sin objetivo.

Pienso que en lugar de dedicar nuestros esfuerzos a lastimar a los creyentes de otras iglesias, haríamos mejor en corregir las faltas y vicios de la nuestra. Estamos demasiadas veces más dispuestos a combatir alguna fe que en atender las faltas de la nuestra; más inclinados a ver ataques de otros que oportunidades de misiones nuestras.

Debemos reconocer de una vez por todas que no existe en la tierra juez capaz de emitir una resolución final que dictamine cuál es la verdadera iglesia y, por tanto, quiénes son los herejes. El único juez es Dios. Él es quien ve el interior de nuestro corazón y quien valora, estoy seguro, más las virtudes que los ritos. Más cuidado debemos poner en ser sinceros, humildes y caritativos que en combatir a otras creencias y ritos.

Los que son creyentes luchan en contra del adulterio, del robo, de la mentira, del fraude, de la prostitución, y no contra otras denominaciones. Es justificable y comprensible el deseo legítimo de cada iglesia para ampliar el número de sus fieles, que no es otra cosa que consecuencia del convencimiento propio de su verdad. ¿Qué más se puede esperar de quien piensa que posee la Revelación sino comunicar eso a otros? Pocas cosas en la vida son de mayor agrado que las misiones que hacen entrar al seno de una iglesia a personas que ahora piensan en su salvación más que antes.

Alegra mucho más ver que esas personas se unen a nuestra iglesia. Sin embargo, debemos ser muy cuidadosos de los medios empleados para las conversiones de almas, que no pueden partir de otro principio que no sea el amor, es decir, del convencimiento propio. No puede usarse la fuerza, ni el odio para esos fines. Quien estos medios emplea, creo, está desencaminado o persigue más beneficios materiales que celestiales.

Si Dios nos hubiera querido convertir por la fuerza, lo hubiera logrado enviando con sencillez a sus ejércitos celestiales. No, no puede admitirse fuerza alguna, por sutil que sea, en las cuestiones religiosas. Entiendo que usando la fuerza en cuestiones religiosas se cometerían graves faltas. Con toda sinceridad creo que Dios ve con agrado la tolerancia entre personas de diferentes credos y con mayor placer aún, el amor entre ellas.

Esa conducta nos hace más fácil el perfeccionamiento de la vida que Dios nos ha dado. A muchos falta ver a las naciones para constatar que en las que existe tolerancia y respeto a las creencias ajenas, hay una mejor vida terrenal. Porque no podríamos ninguno de nosotros entender un precepto Divino que salvando el alma, produjera daños en este mundo. Esta es una de las maravillas de la congruencia Divina, pues ese amor que por encima de todo debemos tener es causa de mejor vida aquí y en el mundo por venir.

Pero regresemos a la idea de que para cada fiel de cada iglesia no hay dudas sobre la autenticidad de la fe que profesa. Este fuerte convencimiento surgirá en ocasiones causando intolerancia y odios. Sabemos que nunca lo podremos evitar totalmente, aunque sí podemos hacer menores sus efectos si primero creemos en el principio del amor, que es ése del que se deriva la tolerancia. Sin embargo, siempre habrá causas, razones y motivos para olvidarnos del amor y que su lugar sea ocupado por un celo negativo. ¿Cómo resolver este problema?

Habiéndonos dado Dios talentos y habilidades es obvio deber nuestro aprovechar estas cualidades para encontrar formas de solucionar esas situaciones reprobables. Sostengo que así como Dios nos enseñó ese gran principio del amor, también nos dio inteligencia. Tenemos la responsabilidad de amar y también tenemos la responsabilidad de pensar. El problema que enfrentamos es el de evitar esos sufrimientos a seres humanos por conflictos en los asuntos civiles y religiosos. ¿Qué podemos hacer al respecto? Tenemos tres indicios claros para contestar eso.

Primero, la inspiración Divina en eso de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Segundo, la propia y amarga experiencia humana, que resolvió los conflictos religiosos cuando separó las cuestiones civiles de las religiosas. Tercero, todo eso que ya he dicho sobre el amor. Creo que en esas tres claves podremos encontrar ideas razonables para tratar con claridad aceptable esta cuestión sobre las iglesias y los gobiernos. Más aún creo que al explorar estos terrenos, encontraremos de paso otras ideas valiosas sobre la función de los gobiernos y otras cuestiones importantes.

Se trata de la idea de una lúcida separación entre lo civil y lo religioso, porque cuanto más clara sea, mejor habremos de vivir en la tierra. La distinción entre lo que concierne a la política y lo que es asunto de las iglesias no es propuesta nueva. Muchos siglos han pasado ya desde que ella vio la luz. Y, sin embargo, no hay mal en recordarla y colocarnos en los hombros de quienes han razonado antes que nosotros para de allí arrojar luz sobre cuestiones que aún hoy en día parecen no estar claras..

Comienzo diciendo algo que parece obvio, y que es que la única manera de justificar la existencia de una sociedad, es decir, que ella da una mejor manera de vida a los que la forman. Los miembros de una comunidad viven mejor en ella que fuera de ella. No digo que tengan vidas lujosas, sino que viven mejor dentro que fuera de la sociedad. ¿Por qué se vive mejor dentro de una sociedad que en una situación de aislamiento? Hay una respuesta sólo.

Porque allí los intereses de las personas son preservados de mejor suerte que fuera de la sociedad. Eso que nos interesa mantener a los seres humanos es mejor preservado viviendo en comunidad que viviendo aisladamente. A eso que nos preocupa proteger lo llamamos intereses, como lo hizo Locke. ¿Y qué intereses son esos?

Nuestra vida y lo que a ella rodea y afecta, es decir, la salud, la integridad física y la posibilidad de usar nuestras capacidades, que es lo mismo que dar uso a las habilidades dadas por Dios. Más aún, dentro de esos intereses consideramos que debemos incluir el fruto de ese trabajo, con lo que significamos ese sentido de propiedad, de lo que es una extensión de nosotros y consecuencia de nuestro trabajo.

La vida dada por Dios a cada uno de nosotros es una responsabilidad personal y es natural que queramos preservarla y perfeccionarla. Ésa es una responsabilidad que debemos a Dios y de la que nos pedirá cuentas. Pues bien, ese perfeccionamiento es algo que podemos realizar mejor en sociedad que viviendo en un estado de aislamiento salvaje. Si cualquiera de nosotros viviera aislado, fuera de toda sociedad, existiría en un ambiente continuo de peligro e incertidumbre. Estaría sujeto a la ley del más fuerte, sin otro recurso que la lucha violenta por la defensa de sus intereses contra el que los amenazare.

Cosa contraria sucede al hombre que vive en sociedad, donde la defensa racional de esos intereses es posible y su vida, por tanto, puede ser perfeccionada con mayores posibilidades. Verdadero infierno sería la vida de ése que existiera en el estado salvaje de aislamiento, sujeto a todo tipo de excesos y abusos, sin protección de sus intereses. Lo que digo es que la sociedad tiene un fin sencillo, que es la reducción del constante riesgo que la vida sufriría de estar ella en estado salvaje de aislamiento.

¿Cómo logra la sociedad eso? En la sociedad los hombres tienen acuerdos para la salvaguarda de sus intereses. Esos acuerdos se llaman leyes. Las leyes son aplicadas por una institución a la que los hombres han cedido su derecho original de defensa personal que hubieran tenido de vivir en estado de aislamiento. Esa institución se llama gobierno. Cuando alguien viola las leyes el gobierno castiga al culpable y el castigo es una suspensión de sus intereses en forma proporcional a la gravedad de la falta cometida.

Así es cómo la sociedad protege a los intereses de los seres humanos y ésa es la razón por la que se vive mejor en sociedad que fuera de ella; y digo que creo que estos acuerdos se fueron dando en el tiempo, desde las épocas más ancestrales, de manera espontánea, con variaciones, correcciones y afinaciones, sin que realmente hubiera habido un acuerdo formal como la firma de un contrato.

Quizá el primer acto de sociedad fue el simple intercambio voluntario de un objeto por otro, entre dos humanos, que no vieron más allá de la simple conveniencia inmediata de esa acción. Será muy fácil para todos ver que la responsabilidad del gobierno es una muy grande, pues es el instrumento que permite cumplir con la responsabilidad de perfeccionar la vida.

También, será fácil comprender que la única forma que el gobierno tiene para cumplir con su misión es la de poder usar la fuerza en contra de quien la ha usado primero al violar una de las leyes. Por ejemplo, si alguien roba a cualquier persona una pertenencia y es encontrado culpable, la autoridad civil tiene el poder legítimo de darle el castigo que dicten las leyes, es decir, de usar la fuerza contra quien primero la utilizó. La gran e importante misión del gobierno es la protección de los intereses de los seres humanos y así hacer posible el perfeccionamiento de la vida dada por el Señor a cada uno de nosotros.

Dicha misión, además, está confinada a la vida terrenal y consiste en la protección de nuestros intereses de vida, salud, libertad y propiedad. Existe una sola manera de lograr esa protección, que es la del uso de la fuerza contra el que ha violado la ley, puesto que si no existiera esa facultad legítima del uso de la fuerza, poco o nada podría hacer esa autoridad civil. Sería un sueño irrealizable el suponer una sociedad en la que todos los habitantes tienen todos los días de su existencia una conducta en la que no se dañen entre ellos, ni siquiera mínimamente.

Puede ser esto entendido de mejor manera si pensamos que en un estado de aislamiento salvaje los seres humanos poseemos el derecho legítimo a defender nuestros intereses usando la fuerza. Esto es igual a decir que en ese estado primitivo nos es permitido a cada hombre y mujer apelar a la resistencia y a la lucha para defendernos de ataques de otros.

Pero, cuando entramos a la sociedad delegamos ese poder al gobierno sin que podamos ya usar dicha fuerza, puesto que la hemos entregado al gobierno, quien ahora será el único que puede usarla. Si aceptamos las ideas anteriores, entonces también deberemos entender que el gobierno no tiene autoridad para atacar a persona alguna. Su autoridad sólo permite la defensa y castigo en caso de ataques de una persona a otra. Por eso es que el gobierno puede usar la violencia sólo contra quien primero la ha usado.

Una vez visto que la sociedad es un instrumento que permite una mejor vida, o sea, mayores posibilidades de protección de intereses personales, veamos otras cuestiones sobre los asuntos civiles y religiosos. Pero antes de seguir, estoy seguro que muchos dudan si acaso la sociedad en verdad permite una mejor vida y como pruebas mostrarían las realidades cotidianas que presentan lastimosas situaciones de miseria e injusticia. Sí, la realidad muestra terribles casos de pobreza y depravación.

Pero aún eso es mejor que la vida en aislamiento salvaje, pues es sólo dentro de la sociedad que esas miserias tienen probabilidad de ser solucionadas. He dicho que la separación de las cuestiones temporales de las celestiales es de gran ayuda para obtener una mejor vida terrenal y lograr la salvación. Por eso traté la razón de ser de la sociedad y de la misión de los gobiernos.

En lo personal, no encuentro razonable que los gobiernos intenten nada que vaya más allá de preocuparse y ocuparse del bienestar terrenal de los humanos. Los gobiernos cuidan nuestros intereses, nos protegen contra atentados a nuestra vida, nuestra salud, nuestra libertad y nuestras posesiones. Esa es la frontera de la misión de la autoridad civil y no es razonable que esa misión sea ampliada para incluir la responsabilidad de la salvación de nuestras almas. Los asuntos de la vida futura son cuestiones individuales, de cada uno de nosotros en nuestro interior, que a nadie atañen más que a la persona.

Esta es una distinción importante y de la que espero sacar conclusiones razonables en éste y los siguientes cuatro ensayos. Si alguien roba una de mis posesiones, yo sufro una afectación en mis intereses terrenales, lo que es una alteración de mis probabilidades de perfeccionamiento de esa vida. Pero, ¿en qué me afecta que otra persona profese una religión distinta a la mía? En nada. Las creencias religiosas de ese tercero no tienen un efecto en mis intereses personales, ni en los de nadie más. Lo mismo, ¿en qué afecta a alguien que uno oiga música de Mozart y otro música de New Age? ¿En qué lastima a alguien que uno beba vino tinto y otro limonada?

Guardadas las proporciones, estas conductas y las decisiones religiosas son un asunto personal, muy del interior de cada persona y tienen su fundamento en el convencimiento individual, que es a su vez la cuna de la verdadera fe. He mencionado los intereses personales, es decir, la vida, la salud, la libertad y las propiedades. Esos intereses son lo que llamamos ahora derechos y cuyo ejercicio está limitado por los derechos de los demás.

Ese ejercicio de nuestros intereses o derechos es lo que llamamos libertad. Carecería de sentido que Dios nos haya dado capacidades y poderes de raciocinio sin darnos también libertad. ¡Tenemos libertad hasta para ofender al Señor! Los derechos, por tanto, son instrumentos para cumplir con el deber de perfeccionamiento de nuestra vida y, por ello es que son Divinos y naturales a la esencia humana. Quien afecta el camino de otro en el perfeccionamiento de su vida está cometiendo, por tanto, grave falta.

La razón nos lleva a decir que la separación entre lo político y lo religioso es conveniente a nuestros intereses y derechos, pues con ello separamos a lo que puede ser manejado con la fuerza de lo que sólo atañe a los gustos, preferencias y fe personales. Finalmente, habrá quien pregunte la razón por la que trato un tema que para muchos está arreglado finalmente; después de todo, ¿no es acaso cierto que los hombres ya damos por supuesto que una cosa son las cuestiones políticas y otra muy distinta las cuestiones religiosas?

Contesto que no, que esta frontera entre unos asuntos y otros no es clara aún en todos y que muchos y serios conflictos futuros entre pueblos tendrán su raíz última en la imposibilidad de distinguir un campo de otro y en la voluntad ciega de querer imponer creencias propias en terceros.

A nada debemos temer tanto como al fanatismo porque para él no hay razones y toda negociación es sólo fuente de concesiones a su favor; y si ese fanatismo está alimentado por la certeza de poseer la verdad revelada, ese temor es incluso mayor. No sólo es oportuno recordar estos asuntos sino que es un deber hacerlo ante la más mínima probabilidad de este tipo de conflictos en los que las razones de nada valen 

Segundo ensayo sobre iglesias y gobiernos

Pienso que la religión y la fe están dentro de las personas, que en el interior de cada individuo está el convencimiento de sus creencias. No puede pensarse que el convencimiento interno se logre por medio de la fuerza y si eso se intentara, los actos humanos brotados así serían falsos e inválidos. La salvación del alma es la meta más grande de la vida y sólo puede ser lograda por medio del convencimiento y la convicción personal auténtica.

Ninguna amenaza, ninguna fuerza, ninguna violencia, serán capaces de alterar aquello que interiormente creemos. De todo eso, creo estar seguro de poder inferir que ya que la autoridad civil posee el derecho legítimo a usar la fuerza, los gobiernos nada tienen que ver con las iglesias. La fuerza y la religión no pueden combinarse; la entidad que tiene la facultad de uso de fuerza no puede ser religiosa. Digo que el uso de la fuerza en cuestiones de fe no puede sino producir grandes daños y malestares al introducir en la sociedad intranquilidad y desconfianza.

¿Qué interés podría tener cualquiera de nosotros en trabajar hoy para gozar mañana del fruto de ese esfuerzo, si sospechamos que ese fruto podrá ser confiscado en cualquier momento por causa de la religión que profesamos? Ninguno desde luego. Sin embargo, no puedo dejar de regocijarme ante los esfuerzos que realizan las iglesias para acrecentar el número de sus feligreses, siempre que esos esfuerzos estén fundamentados en la razón y la convicción, jamás en la fuerza.

Así, cada iglesia, sin proponérselo, colabora a un fin común y muy benéfico, que es la propagación de altos valores y grandes virtudes. Cada iglesia desea ganar adeptos, pero en conjunto todas ellas exaltan la importancia de la salvación de las almas y, por ende, el trato amoroso entre los humanos. La voz conjunta de esas misiones es de hecho una fuerza que nos recuerda el amor y la conveniencia de las virtudes. Me niego a aceptar que el gobierno sea un agente en la promoción de religión alguna, aún de la que yo profeso. Primero, porque con facilidad la autoridad podría sucumbir al uso de la fuerza para intentar aumentar el número de fieles. S

egundo, porque al hacerlo, la autoridad descuidaría otras labores de mayor importancia que son su responsabilidad. La autoridad civil debe tener gran celo en cumplir su misión que es el cuidado y la protección de los derechos de las personas, mientras que las iglesias deben ocuparse de los asuntos de la vida futura. La protección de los derechos de los ciudadanos es la gran carga que confiamos en los hombros del gobierno.

Mucho mal haría el gobierno que intentara ampliarla con otros menesteres, porque con ello descuidaría su razón de ser. Creo que proteger los derechos de los ciudadanos es todo lo que un gobierno debe hacer. Quien mucho abarca poco aprieta, dice la sabiduría popular. Cumple así la autoridad civil con una tarea Divina, que es la de permitir un ambiente de razonable confianza en el que es posible usar a plena capacidad los talentos dados por Dios a los hombres, es decir, permitir el uso de la libertad con la que el Creador nos ha dotado. Son las leyes y su cumplimento eso que nos da confianza.

La esencia de las leyes civiles está en la imposición de castigos y penas, cosas que no son aplicables a las cuestiones religiosas. Los castigos se dan a quienes alteran los derechos de otros y el profesar esta o aquella religión en nada afecta los derechos terrenales de otras personas. No veo cómo podría ser que los ritos, las ceremonias y las lecturas de una cierta religión pudieran alterar los derechos de terceros.

Insisto en que el cuidado de las almas es una cuestión de las iglesias y que el cuidado de los derechos terrenales es un asunto del gobierno. Es esta una conclusión de amplia utilidad práctica que mucho hace por el bienestar de los hombres en la tierra. Si vemos a tantos gobernantes de quienes nos cuenta la historia, allí hay tal variedad de personas, de creencias y de ideas, que a ninguno de ellos podríamos darle el privilegio de emitir un juicio último en cuestiones religiosas.

Basta recordar a los gobernantes bajo cuya autoridad hemos vivido para concluir sin dudas que a ninguno de ellos le habríamos permitido dictar órdenes sobre la religión más conveniente o mejor. Y si ello pudiera suceder, eso significaría que el resto de los gobernantes del resto del mundo debieran rendir pleitesía en cuestiones religiosas al gobernante seleccionado, lo que es un absurdo.

Además, no sería aceptable que la salvación de una persona dependiera de su lugar o de su fecha de nacimiento, lo que es un suceso totalmente ajeno a la propia voluntad. Miremos, pues, con gran sospecha y preocupación todo intento de mezclar a la autoridad civil en cuestiones religiosas.

Por tanto, el gobierno está limitado a las cuestiones que atañen los derechos de las personas en su vida terrenal. Vuelvo a insistir en que ésta es una enorme responsabilidad, puesto que facilita el perfeccionamiento de la vida que Dios nos ha dado, por medio del libre uso de nuestras facultades, que también nos han sido dadas por el Señor. Puede decirse sin exageración que los gobiernos son un instrumento con una responsabilidad Divina, la de crear y mantener esa situación de confianza y de tranquilidad en la que los hombres podemos usar las facultades y aprovechar los recursos que nos han sido dados por Dios.

De lo que concluyo que los gobiernos que descuidan o tratan con negligencia esta responsabilidad actúan de manera contraria a la voluntad Divina. Procedo ahora a tocar el asunto de las iglesias e intentar hacer algunas precisiones. Siendo racionales, lo primero que debemos entender es que una iglesia, no importa cual, es una de las varias asociaciones que hacen los hombres dentro de una sociedad. Así como podemos ser miembros de un club deportivo o de una asociación de vecinos, lo somos de una cierta iglesia. Entonces, una iglesia es una asociación voluntaria de hombres que se han unido de manera libre para adorar a Dios de la manera que ellos creen es la correcta para la salvación de sus almas.

Desde luego, alguno puede decir que una religión puede ser profesada por una persona debido tan sólo al hecho de haber nacido en una cierta familia o en una cierta región, y que en eso poco o nada hay de decisión personal. Agrego que no podemos dejar de ignorar el derecho de toda persona a cambiar de religión, si es que esa acción proviene de su consentimiento propio y auténtico. La fe en una religión no puede heredarse de padres a hijos por la fuerza, lo que significa que las iglesias a diario deben luchar por mantener a sus fieles y ganar nuevos. Es la esperanza de salvación eterna lo que mueve a cada hombre a profesar una cierta fe.

Si alguien piensa que en su iglesia hay cuestiones que son equivocadas, o bien tiene alguna sospecha que le hace dudar sobre su religión, esta persona tiene toda la libertad de cambiar de iglesia, e ir con la que más crea convenirle. Las iglesias también tienen sus reglas propias que regulan su funcionamiento.

Me refiero a que esas reglas tratan sobre las ceremonias, sus horas y fechas, los motivos de aceptación y expulsión de fieles, la organización de sus jerarcas y otros asuntos muy necesarios para funcionar como una institución. Estas reglas internas de cada iglesia son de jurisdicción limitada, es decir, sólo aplican a los fieles de cada iglesia, quienes libremente las aceptan. Las reglas de una cierta iglesia no son aplicables a los fieles de otro credo. Después de todo, por ejemplo, si queremos imponer en otros la vigilia, ellos nos podrían imponer la prohibición del vino.

Si alguno piensa que la verdadera iglesia debiera imponer sus reglas a todos, primero deberemos determinar cuál es la verdadera iglesia y segundo forzar esa forma de pensar en todos. Ninguna de estas cosas es posible ni deseable. Y si lo intentáramos, terminaríamos sin duda con conflictos y luchas que generarían grandes males, pues nos impedirían el perfeccionamiento de nuestra vida en la tierra, lo que es un deber ante el Señor. Cada uno de nosotros está convencido de que su religión es la verdadera y hasta dispuestos estaríamos a pelear por esa convicción.

¿Qué bien se haría en el tierra al intentar determinar cuál es la religión verdadera? Ninguno. ¿Qué juez sería capaz de dictar una sentencia determinando que cierta religión es la verdadera? Ninguno. No hay solución mejor que la de dejar que cada hombre seleccione por sí mismo el camino de su salvación. Nada puede imaginarse más agradable a Dios que la decisión convencida de cada persona para elegir el camino de salvación. Ningún pasaje de los Evangelios nos habla de usar violencia ni de forzar creencias en otros. Más aún, los creyentes han sido los perseguidos y no los perseguidores.

Mi conclusión es que nada de la iglesia puede ser llevado a la sociedad por otros medios que no sean los del mero convencimiento. A las iglesias no pertenece la espada y nada puede hacerse por esos que desobedecen los mandamientos de las iglesias. ¿Acaso nos gustaría que la policía impusiera multas a las personas que no asisten a misa por haber ido a un partido de fútbol? ¿Qué bien haría el ir a misa bajo la vigilancia de un guardia armado?

Ningún castigo terrenal es posible aplicar a quienes no hacen caso de las reglas de las iglesias. Lo único que una iglesia puede hacer es expulsar de su seno a ése que ofende sus preceptos, sin que por eso pueda afectarle derechos terrenales. Así como las personas entre sí deben ser tolerantes, las iglesias mismas deben serlo entre ellas. Ninguna iglesia puede con legitimidad aprovechar al gobierno para el logro de sus fines y si lo hace, comete grave falta. Las controversias entre las iglesias no tienen un juez terrenal. Es la convivencia pacífica su única ruta. Siguiendo a Locke, supongamos un caso extravagante.

¿Podrá emitirse, en un país Cristiano, una sentencia sobre una controversia entre Judíos y Musulmanes? ¿Sería esa sentencia aplicable a países Judíos y a países Musulmanes? No hay una manera satisfactoria de resolver casos como éste. La autoridad civil debe tratar a todas las iglesias por igual, sin preferencias, ni distinciones; simplemente no hay otro camino.

El gobernante que pertenece a una iglesia debe abstenerse de otorgarle gracias especiales, puesto que hacerlo sería igual a dictar sentencia sobre la religión verdadera. Sigo, pues, especulando sobre estas ideas y cuestiones religiosas y civiles, reconociendo la influencia de autores, muy especialmente Locke, como ya he dicho, pero también de Bastiat, Tocqueville, Smith, Malthus y otros. La única solución posible es la de la tolerancia entre fieles y entre credos, dejando libres a las iglesias para que bajo derechos iguales realicen su labor misionera.

Esto significa que a ninguna iglesia se le puede negar esa posibilidad de establecerse en un lugar, porque si una de ellas intenta negar ese derecho a otra, ella se lo niega a sí misma en otros lugares.

Es así que aunque veamos que alguna iglesia nueva y de credo incompatible con el nuestro se establece en nuestra comunidad, nada debemos hacer para evitarlo por la vía de la fuerza, es decir, acudiendo al gobierno. Sólo podemos aspirar a evitar que miembros de nuestra iglesia sean atraídos por la nueva fe y para eso la sola vía es la convicción.

Lo mejor no será realizar ataques contra esa iglesia nueva, sino avivar la fe en la nuestra. Los ataques a otras iglesias nacen de semillas alimentadas más por inquietudes viciadas que por deseos de superación. Además, sin querer estaríamos sembrando más odio que amor, más rencor que ternura y más rabia que devoción. No puede hacer bien la iglesia que siembra sentimientos de cólera, furia e ira hacia otros, pues esto impide el perfeccionamiento de la vida que Dios nos ha dado. Más aún, si una iglesia recibe ataques de otra, estamos en obligación de defenderla en su derecho de establecerse donde ella lo desee, que si le negamos ese derecho a otra iglesia se lo estamos negando a la nuestra.

Aplaudo que seamos celosos de nuestra iglesia, que la queramos ver como la más popular y aceptada, pero jamás usando medios que afecten los intereses y derechos de otros por el hecho de pertenecer a otra denominación. La sociedad es el mejor medio que tenemos para perfeccionar el don de la vida y contra ella actúa la intolerancia que afecta los derechos de quienes profesan otras creencias religiosas. Así como debemos ser celosos de nuestra iglesia, creo con firmeza que también debemos ser celosos de la libertad de creencia y mirar con alta sospecha a quien no la respeta, porque esa libertad es sustento de una mejor vida terrenal y de su perfeccionamiento.

Gran recelo y desconfianza debe causarnos la iglesia que tiene demasiados nexos con el gobierno y que espera ganar así favores sobre otras, porque esa conducta ocasiona odios e intranquilidad. Mientras en una sociedad exista temor de que los derechos de las personas sean afectados por causa de sus creencias religiosas, allí no habrá paz, ni amistad, ni amor, ni confianza en el futuro, que son los fundamentos de la solución a la pobreza.

Añado que por todas esas razones, quien tiene una posición en el gobierno no puede tener una posición jerárquica en una iglesia. Donde eso llegara a suceder, los ciudadanos sospecharían de esa persona y, sin importar lo recto de su carácter, se le creerá capaz de usar indebidamente su poder terrenal. Tengo la plena convicción de que las iglesias deben alejarse del poder temporal y por esto es que también digo que las iglesias deben estar ajenas a las cuestiones económicas y políticas.

Deseo ampliar un poco esto porque creo conveniente tratar la situación de algunos clérigos y ministros religiosos que defienden o atacan a ciertas escuelas políticas. Sin saberlo, esos clérigos causan una gran confusión en sus fieles, pues al expresar ellos una opinión sobre, por ejemplo, la política económica de un gobierno, los fieles darán a esa opinión un halo de verdad revelada. No, las opiniones económicas y políticas están sujetas a estudios científicos y al progreso normal de esas ciencias.

Poco gana y mucho puede perder la iglesia o el clérigo que se une intelectualmente a una cierta escuela política o económica, puesto que esa escuela con el tiempo puede verse superada por nuevas y mejores ideas, o bien ver fracasar a los gobiernos que la han seguido. El clérigo que patrocina ideologías políticas comete grave error. Su posición de representante Divino es usada ya no para promover grandes virtudes y altos valores, sino para defender opiniones y conceptos sujetos a discusión y posibles de ser descartados por equivocados. ¿En qué estado deja a sus fieles un clérigo cuando éste defiende o ataca posiciones políticas como, por ejemplo, la reforma agraria o la nacionalización de la industria, que ellos pueden sentir equivocadas o acertadas?

Peor aún es el abuso que cometen algunos clérigos que aprovechan su posición para darle a sus opiniones políticas un aire de revelación Divina, cuando esas opiniones son nada más eso, ideas que nada tienen de reveladas, ni forman parte de la fe. Gran confusión causan ellos en fieles que ignorantes de las cuestiones políticas, llegan a creer que ciertas ideas políticas son parte de las Sagradas Escrituras. Además, el ministro eclesiástico que defiende ideas políticas descuida el tiempo que debe dedicar a su misión esencial que es la salvación de las almas.

Es por estas consideraciones que contemplo con pena el celo desperdiciado de esos clérigos que pierden de vista su gestión verdadera y no están dedicados a la misión que tienen encomendada, que es la salvación de las almas y no la defensa de alguna opinión política. Grandes serían los beneficios de la sociedad en la que las iglesias exhortaran a sus fieles a conducirse a diario siguiendo los más altos valores.

Ésa y no otra es la misión de las jerarquías eclesiásticas, porque ¿qué pensaría el fiel de una iglesia cuando ve que sus ministros apoyan un partido político que él considera equivocado? O bien, ¿en qué situación se encontraría una iglesia si el gobierno con el que ha establecido una alianza de mutuo apoyo pierde las elecciones?

El más puro sentido común confirma la idea de una clara separación entre los poderes temporales y los celestiales. Sabemos que la conducta humana en sociedad contiene actos que perjudican los derechos de otros y actos que en nada afectan a terceros. Mientras no dañe yo los derechos de vida, salud, libertad y posesiones de un tercero, no hay causa que pueda justificar la intervención de la autoridad civil en mi vida.

Somos libres para comprar la comida que deseemos, salir desprotegidos a la lluvia, casarnos con quien lo deseamos, escribir lo que venga a nuestra mente, creer lo que pensemos más conveniente, sin que entre nosotros existan odios por esas razones. Si en nada de lo que hacemos afectamos los derechos de otros, nada hay que haga legítima la intervención del gobierno. Incluso si esas conductas nos causan un perjuicio a nosotros y sólo a nosotros, tenemos la libertad de hacerlo.

¿Qué hay que pueda impedirnos jugar a las cartas la fortuna personal, o jugando a la lotería? ¿Qué hay que nos obligue a trabajar y ahorrar en lugar de dedicarnos a la vagancia? ¿Qué consecuencia puede tener que unos se dediquen a escuchar sólo a Hændel y otros música tropical? Nada que no sea el convencimiento y el gusto propio. Eso mismo aplica a las cuestiones religiosas.

Podemos seleccionar, cada uno de nosotros, las iglesias que más nos atraigan, sin que nadie lo pueda impedir y sin que nada afecte nuestros derechos a la vida. Esto equivale, visto desde otro punto de vista, al reconocimiento de conductas que en nada afectan a terceros y que deben dejarse libres a la discreción de los demás.

Nada padecen otros por el hecho de que alguien cuelgue en su casa una pintura de Picasso; ninguna consecuencia hay en terceros porque una persona lea El Corán. Las dificultades comienzan cuando una persona afecta los intereses de otra, con casos muy claros como el robo, o incluso el ruido que un vecino hace y que molesta a otro.

La frontera es fina, pero el principio es claro. El que alguien respete el Sacramento de la Comunión dentro del rito católico es nada afecta los intereses del judío, ni al fiel de ninguna otra fe. El mismo derecho que yo tengo para leer a San Pablo es el que otro tiene para ver una telenovela. Dejemos a cada persona libre de seguir el camino más conveniente para su salvación y seamos celosos de esa libertad, porque esa misma libertad es la que tenemos nosotros para seguir nuestra religión.

Sepamos vivir con vecinos de otros credos, que esa tolerancia viene del amor que Dios nos manda. Respetemos los derechos de los demás que esos son nuestros mismos derechos. Sepamos hacer la distinción entre las conductas de terceros que afectan nuestros intereses y las que no lo hacen. Si alguien prefiere seguir el camino del Budismo, si alguien opta por la obediencia al Papa, nada de eso tiene repercusiones en nuestros intereses; y aprendamos a respetar esas creencias diversas al igual que respetamos los gustos musicales o las preferencias literarias de cada persona.

Dios nos dio la vida, nos otorgó facultades y nos rodeó de recursos en esta tierra. Tenemos la obligación de perfeccionar esta vida y salvar nuestra alma, sin obstaculizar a otros eso mismo, al contrario ayudándoles sin importar su credo, que nuestro ejemplo es la mejor herramienta misionera de nuestra propia fe. Para eso tenemos talentos y recursos a nuestra disposición. Sólo con libertad podremos usar esos talentos para cumplir con la misión Divina. No podría entenderse la situación de un Dios que nos dio la libertad de ofenderlo y de un hombre que nos quita esa libertad. 

Tercer ensayo sobre iglesias y gobiernos

En las cuestiones de los tratos entre los ciudadanos y entre las instituciones de la sociedad deberemos poner especial atención a las oportunidades de abuso de poder y de pérdida del sentido común. Los gobiernos son instituciones investidas de gran poder y también lo son las iglesias. ¿Qué otra cosa podríamos esperar de la unión de gobierno e iglesia sino un exceso de poder causante de mil vicios y terribles consecuencias?

La separación clara y rigurosa entre el poder terrenal y el celestial es una de tantas ayudas que tenemos en la este mundo para hacer menos probables los abusos de autoridad. Así como separamos a la iglesia del gobierno, también hemos dividido los poderes del gobierno en diferentes instituciones encargadas de hacer las leyes, de aplicarlas y de ejecutar los actos de gobierno.

Lo mismo hemos hecho, con la democracia, al dividir el gobierno en el tiempo por medio de elecciones periódicas, y en el espacio por medio de gobiernos locales. Esta fragmentación del poder es fuente de tranquilidad y confianza, por tanto, también de posibilidad de uso de nuestras facultades y talentos. Esta fragmentación del poder en la sociedad es buena parte de la causa de nuestro bienestar terrenal, ya que ella hace más difícil los abusos de poder.

Escondida y difícil de ver, la separación de poderes nos protege y hace a nuestra vida mejor; solamente la vemos cuando ella ya no está, cuando la autoridad abusa de su poder. Declaremos, pues, la enorme conveniencia de hacer que el gobierno se responsabilice de la protección de nuestros derechos y que las iglesias tengan la misión de la salvación de nuestras almas. Esta división entre iglesias y gobierno rompe al poder y protege por ese hecho contra abusos, pero además tiene otra gran virtud, pues pone límites a las funciones de ambas instituciones.

Deseo señalar que quien está en una posición de poder, como afirma Montesquieu, tiene una tendencia natural a abusar de él, es decir, la autoridad habrá de ser siempre contenida, pues de lo contrario tenderá a salirse de sus límites naturales y empezar a regular conductas humanas con el supuesto objetivo de hacer felices a los ciudadanos. Y sabemos que pocas causas de amargura hay tan grandes como ésa, la de quien se empeña en querer hacernos felices contra nuestra voluntad, cuando todo lo que tiene que hacer es dejarnos libres para nosotros decidir nuestra propia felicidad.

Hemos visto y padecido gobernantes que, tal vez movidos por los más loables ideales, han querido hacer todo bien posible a sus gobernados, resultando al final que grandes males han causado. Esa paradoja tiene su origen en la autoridad que hace más de lo que debe. Son gobernantes que no entienden la importancia de un gobierno que se ocupa sólo de la protección de los derechos de sus gobernados ante ataques de terceros y que creen con inocencia que ellos deben adoptar papeles de redentores sociales. Hemos visto muchas veces la trágica situación que vivimos ahora referente a la seguridad de muchos países.

Propongo entender que esa situación de criminalidad generalizada es producto de una autoridad tan ocupada en querer hacernos el bien por todas maneras, que se ha olvidado que el mejor bien que puede hacernos es sólo velar por la protección de nuestros derechos y nada más. Sería una locura y un absurdo que existieran leyes que prohibieran hablar de cosas tontas, o que impidieran fracasar en los negocios, o que castigaran los gastos superfluos.

Sería igualmente necio y disparatado que alguna ley prohibiera enfermarse o garantizara ingresos a quienes no trabajan. Todo lo que puede intentar un gobierno es proteger los intereses y los derechos de los ciudadanos, evitando ser dañados por las acciones de otros. El resto es responsabilidad de cada uno. La negligencia y el descuido con que cada hombre trata su vida es cuestión suya y de nadie más. No son esas cuestiones que incumban a la autoridad civil. ¡Ni siquiera Dios puede salvar a los hombres si ellos se empeñan en lo contrario!

Serían extravagancias e insensateces las leyes que con buenas intenciones obligaran a realizar ejercicios físicos, a abrigarse en climas fríos, a comer verduras, o a seguir ciertas carreras profesionales. En cada caso las personas toman sus decisiones personales aceptando las consecuencias de sus actos. Esto es lo mismo que sucede en las cuestiones religiosas. Igualmente es un absurdo que se decreten derechos insensatos como los del trabajo, la salud y la educación.

Sabemos que los derechos verdaderos, por naturaleza, conllevan una obligación en los demás. Pero, ¿a qué tercero obliga el derecho al trabajo? No hay respuesta razonable. El derecho a la propiedad personal me obliga a no robar, pero ¿a qué me obliga el derecho a la educación? No lo sé, ni creo que nadie lo sepa; pero lo que sí sé es que esos supuestos derechos llaman a la intervención del gobierno y le hacen descuidar su responsabilidad principal.

Lo que digo es que no hay que confundir ideales con derechos exigibles. Creo que éstas y otras consideraciones en estos ensayos muestran lo fértil de discutir las cuestiones de las autoridades terrenales y celestiales, pues no solo aclaramos cosas en este tema, sino que también se echa luz en otros. Mucho se ha escuchado la idea de que el bienestar terrenal es despreciable y odioso, que debemos alejarnos de toda felicidad material y que, incluso, el trabajo manual es indigno y vil.

Digo que quien eso afirma comete error grave. El Creador nos dio la vida, nos dotó con talentos y nos rodeó de recursos, es decir, nos hizo responsables de aplicar esos talentos a los recursos y con eso perfeccionar nuestra vida, de lo que rendiremos cuentas. ¿Acaso no trabajamos con esfuerzo y así tratamos de dar a nuestras familias una mejor vida? ¿Tendría objeto dejar esos esfuerzos y abandonarnos sin trabajar pensando que pronto moriremos y esta vida nada vale?

Si no lo hacemos es que no lo creemos. No veo, por tanto, nada malo en hacer fortuna, como tampoco en esforzarnos para llevar una vida terrenal feliz. Nada malo hay en tener posesiones, ni en elevar nuestras comodidades. Si eso hacemos dentro de las leyes terrenales y respetamos los preceptos de nuestra religión, con ello honramos a Dios y estamos en posición de ayudar a quienes no han sido tan afortunados como nosotros.

Con plena intención he dicho que nada de malo hay en tener posesiones materiales, lo que significa que nosotros somos los dueños de las cosas y no ellas de nosotros. Yo puedo poseer un automóvil de gran lujo, o bien una casa muy grande y lujosa, pero lo que no debo permitir es que esas cosas me posean a mí. Esta es una cuestión de prioridades que pone en el plano correcto la más alta de nuestras prioridades que es la salvación de nuestras almas.

Si alguien logra una fortuna grande y lo ha hecho de manera honesta, está cumpliendo con el perfeccionamiento de su vida, además de estar en una posición que le permite realizar actos adicionales de beneficio a la sociedad. Quisiera detenerme un momento en esta cuestión. Nuestras cuestiones económicas están cimentadas en la acción de intercambiar. Grandes males causa quien esto ignora pues toma como ciertas bases falsas para sus actos de gobierno. Digo que cuando yo compro algo, en la realidad hago un intercambio y no una compra, y lo hago de manera voluntaria.

Es una conclusión absoluta que si el intercambio es libre y voluntario por parte de cada persona, ellas han mejorado su posición gracias al intercambio, pues de lo contrario no lo harían. Hablo de una serie infinita de intercambios: tú intercambias tu trabajo por un ingreso y ese ingreso lo usas para la adquisición de cosas que juzgas necesarias para tu vida terrenal. Todo esto quiere decir que cuando mejor satisfaces necesidades de otros, más personas van a querer realizar intercambios contigo y mayor fortuna podrás hacer.

Es por eso, como dice Adam Smith, sin darse mucha cuenta, el carnicero, tratando de hacer negocios en su beneficio hace un bien real a la comunidad; digo que más bien hace ese carnicero con su negocio que el más altruista de los gobernantes. Ya que esto va en contra de algunos climas intelectuales muy alejados del sentido común y de la práctica, pero que son muy populares, quizá encuentre a otras personas que sean contrarios a estas ideas.

Sólo puedo decir que no he hallado mejor solución que la de ver a nuestra actividad económica como una serie de intercambios y que ellos son de gran beneficio para todos. La gran clave del intercambio está en la libertad con la que se realiza. Cuando yo compro en tu tienda el pan que tú vendes, ambos ganamos, ya que después de la compra y venta terminamos ambos en una situación mejor a la previa, pues de lo contrario no hubiésemos realizado el intercambio.

Eso quiere decir que tenemos que preocuparnos por hacer los intercambios atractivos a los demás, pues de lo contrario no los haríamos y, por ende, no mejoraríamos. Con los intercambios libres, entonces, sin quererlo, estamos poniendo nuestros talentos al servicio de los demás. Cada intercambio es de hecho un paso, por pequeño que sea, a una mejor vida. Esto es un gran viraje de visión, pues significa que correctamente entendido, el régimen de libres iniciativas hace que en realidad los talentos de las personas y sus bienes productivos sean usados como lo desean otras gentes y no sus dueños legales, como lo señala Mises.

Si no fuera así, ¿cuál es la razón por la que nos preocupamos en nuestros trabajos por dar mejores servicios y ofrecer mejores productos? Más aún, esa libre iniciativa entre proveedores de productos es en última instancia una división del poder económico, no diferente en esencia a la separación de los poderes religiosos y gubernamentales, pues al final lo que ambas implican es el evitar el abuso del poder. Por eso es que he dicho que no encuentro inconsistencia entre el tener fortuna terrenal y el lograr la salvación de mi alma, sino al contrario.

Quienes predican el descuido de lo material, en realidad están diciendo que desperdicie los talentos que Dios nos ha dado y que son de beneficio para uno mismo y para todos. Creo con firmeza que el trabajo ennoblece y que es una oportunidad para obtener las bendiciones divinas. Regreso ahora a las cuestiones de las iglesias y los gobiernos, las que mejor entenderemos si vemos que dentro de cada iglesia hay dos partes, la de sus formas externas y la de sus creencias.

Las formas externas se refieren a cuestiones de ceremonias y ritos. Todos podemos ver esta parte en los días seleccionados para las adoraciones, los vestidos de los ministros, la secuencia de las celebraciones y muchas otras cosas más de ese mismo tipo. He dicho antes que la autoridad civil nada tiene que meterse en estas cuestiones de ritos externos, porque son las iglesias asociaciones libres que diseñan sus ceremonias de la manera que más conveniente creen, sin que el gobierno pueda aportar nada. Desde luego, esas ceremonias y ritos deben respetar las leyes civiles.

En todo lo demás la iglesia puede hacer lo que más conveniente crea. Lo que quiero decir es que esas ceremonias no pueden contener nada que afecte la vida, la libertad, la salud, ni las posesiones de los fieles. Por ejemplo, una ceremonia de bautismo que requiera arrojar agua sobre la frente de la persona o introducirla en una pila de agua es un acto irrelevante para la cuestión civil, pero de altísima importancia para la iglesia.

Nada tiene el gobierno que hacer regulando esta ceremonia; cada iglesia puede diseñar la forma de bautismo que más le plazca siempre que ella no afecte los intereses de la persona. Rociar agua, cantar de cierta manera, comer pan, arrodillarse, todas estas acciones son indiferentes en el sentido legal y cada iglesia puede realizarlas como le plazca sin que nadie pueda impedirlo. Si la autoridad civil intentara regular estas ceremonias se encontraría alterando la libertad de las personas.

Pero, igual que Locke, debemos preguntarnos si acaso eso significa que deben respetarse ceremonias religiosas en las que sean sacrificados seres humanos, o se cometan actos bárbaros. Desde luego, no. Las cosas que son ilegales fuera de las iglesias también lo son dentro de ellas. Digo que ésta es una cuestión de sentido común, que me dice que si yo puedo matar una vaca dentro de mi hacienda, también puedo matarla dentro de una iglesia, y que si no puedo matar a una persona en la calle, tampoco puedo matarla dentro de una iglesia.

Digo con convicción que la autoridad civil no puede adjudicarse el papel de perseguir y castigar toda acción que es pecado a los ojos de Dios, lo que es una forma útil de distinguir tipos de preceptos religiosos. No veo posible, ni razonable que exista una ley que castigue al que, por ejemplo, comete excesos en el comer. Ni la gula, ni la pereza, ni la falta de caridad, pueden ser castigadas por el gobierno. Esta es una cuestión de sentido común.

Es imposible castigar con penas terrenales a hombre alguno que comete actos que no tienen efecto tangible en los derechos de los demás. Este es el principio que debe regir las cuestiones de la relación entre los poderes religiosos y los civiles. Son las iglesias las que con sus creencias y valores nos mueven a abstenernos de los excesos y de los vicios; y los gobiernos quienes nos castigan en caso de que afectemos los intereses de terceros.

Uno de los Diez Mandamientos nos habla de no matar y eso mismo dice la ley; pero otro de los Diez Mandamientos nos habla de honrar y amar a nuestros padres, lo que la ley no tiene poder para hacer cumplir. Lo mismo, las virtudes cristianas nos hablan de la caridad y de la atención al desvalido, acciones en las que es imposible que un gobierno nos vigile y obligue. En unos pocos mandamientos muy sencillos obligan ambos, iglesias y gobiernos, en los demás, sólo la fe. La separación entre religión y política es aún más clara en las cuestiones de los regímenes de gobierno.

Nada hay en las Sagradas Escrituras que nos dé indicaciones sobre los arreglos de la sociedad en la que vivimos, sobre el tipo de gobierno que debemos tener, ni sobre el mejor manejo económico de esa sociedad. El Cristianismo ha existido bajo todo tipo de gobiernos y autoridades. Lo que nos ha dejado el Señor es una serie de exhortaciones para la realización de buenas obras para que así alcancemos la vida eterna, sin nada que nos haga preferir a un gobierno sobre otro, ni a una forma de manejar la economía sobre otra.

Pero usando como base esos principios que El nos ha dejado, con el talento que El nos dio, podemos hacer inferencias y sacar conclusiones generales sobre las leyes terrenales y cómo ellas pueden ayudar a perfeccionar nuestra vida terrenal; que no son otra cosa que las leyes que impiden la afectación de los intereses de los demás y que constituyen la frontera de la acción de las autoridades terrenales. Ahora debemos pasar a ver la serie de creencias y de artículos de fe de las iglesias. Esas creencias, desde luego, tienen una influencia en la conducta de los fieles.

Esas creencias o artículos de fe no pueden ser obligatorios para la sociedad entera, sino sólo para los fieles de la iglesia en cuestión. Sería un absurdo absoluto el que existiesen leyes que hagan obligatorias ciertas creencias, puesto que el acto de creer no puede ser forzado. Nadie puede estar obligado, por ley terrenal, a creer en la Santísima Trinidad, ni a rezar en dirección a La Meca. Consecuencia clara de esto es que la autoridad terrenal no puede tener influencia alguna en la propagación de esos artículos de fe o creencias de las iglesias.

Debe dejar que esos artículos de fe sean libremente expuestos y creídos por aquellos que los vean como razonables o creíbles. Creer o no que ciertas escrituras, consideradas sagradas por alguna religión, son auténticas y contienen la palabra de algún dios, en nada afecta al resto de los hombres. Por eso es que nada tiene que hacer el gobernante en estas esferas y menos aún tratar de manera diferente a quien profesa o no ciertos artículos de fe. El apoyo o rechazo de una ley en cuestiones de estas creencias no hace verdadero a ningún artículo de fe.

El gobierno tiene la delicada misión de sólo cuidar la seguridad de las personas, sus derechos y posesiones. Si fuera el caso de dedicarse a otras cuestiones, veríamos sin duda un descuido de sus deberes originales y una sociedad menos buena de lo que podría ser. La verdad debe ser dejada libre de propagarse al igual que son dejadas libres las discusiones científicas y del conocimiento. Imaginemos que por alguna razón se dictaminase la superioridad total de la música de Mozart sobre otros compositores; pensemos en la situación en la que se decretase que el ron es la única bebida tolerada.

Situaciones como ésas serían ridículas, donde no es aceptable ningún juicio final. Igualmente sería absurdo que la autoridad decretara la verdad obligatoria de alguna religión, o el respeto por la fuerza de algún rito determinado. Quisiera añadir que las iglesias que ponen gran atención en minucias rituales considerándolas como grandes cosas, se agotan a sí mismas exigiendo algo que se percibe sin sentido ni objeto. Vale más a los ojos del creyente la iglesia que coloca su atención en las grandes virtudes y los altos valores que en los detalles de ritos, ceremonias y costumbres.

Nada puede estar por encima de la esperanza, la fe, la caridad y el amor, que es la fuente de todo. Pero regreso al punto anterior. ¿Aceptaríamos el dictamen de un juez de nuestra localidad que indicara qué deberemos pensar en cuestiones económicas, científicas, sociales, estéticas y religiosas? ¿Sería ese juicio aplicable a otras regiones y a otras naciones? ¿Acabaría ese juicio con investigaciones, discusiones y especulaciones?

Sería una verdadera extravagancia que una ley terrenal dictara la superioridad de los cuadros de Seurat sobre los de Dalí; igualmente delirante sería el caso de que en la tierra alguien dictara sentencia de la supremacía de los templos construidos en forma circular. Es que simplemente hay reglas de conducta dirigidas a regular nuestra conducta en sociedad, las que elevan nuestra probabilidad de felicidad en un mundo imperfecto; y hay reglas que nos facilitan la salvación del alma.

No son entre ellas incongruentes, sólo que los mandamientos religiosos van un gran paso más allá. Por eso digo que mucho daño causa quien impide a las religiones dar su mensaje, pues ellas en su conjunto propagan valores que llevan a las personas a conductas mejores, de mejores tratos y más colaboración. Y, sin embargo, debe ser reconocido que las iglesias tienen un profundo impacto en la cultura de las sociedades. Puede ser el caso de una iglesia que además del amor, proponga una visión de desprecio a lo terrenal, o el de una visión de predestinación, o de una vida circular en la que todo se repite sin fin.

Todas estas ideas o visiones tienen naturalmente un impacto profundo en la sociedad y pueden o no ser causa de mejoras terrenales. Por ejemplo, creo que el Cristianismo con el efecto de crear una cierta visión de esta vida terrenal ha producido sin proponérselo explícitamente un ambiente muy propicio para la solución a los problemas de la miseria, mientras que otras religiones pueden haber enfatizado más una mentalidad de resignación y contemplación.

El que un credo religioso hable de la dignidad personal y del valor único y divino de cada persona es una idea que, imbuida en la cultura, tendrá efectos muy distintos a la de otra fe que propugne por el escaso valor de la persona. Con lo anterior quiero reconocer que si bien es posible detectar en la mayoría de las religiones la idea de un buen trato entre los humanos, las iglesias varían en extremo con respecto no sólo a sus ritos, sino también a sus dogmas y proposiciones.

Debemos reconocer que esas visiones centrales de cada iglesia sí tienen efectos en la cultura y en la vida social. Pero éste es otro asunto y no es parte de lo que estos ensayos tratan. 

Cuarto ensayo sobre iglesias y gobiernos

Ahora deseo hacer un resumen de creencias subyacentes a lo que he escrito, es decir, de los comunes denominadores de las opiniones que me he atrevido a ofrecer. Creer que nuestra vida nos ha sido dada por Dios. Creer que esa vida concierne a la religión y a la sociedad de este mundo.

Creer que tenemos la obligación de atender a ambas cuestiones si es que queremos perfeccionar el don Divino de la vida. Creer nuestro deber poner atención en las iglesias y en los gobiernos, que son instituciones de tanto interés para nosotros. Creer que las iglesias se encargan de los asuntos derivados de la salvación de las almas y que los gobiernos son responsables de nuestra seguridad en la tierra. Creer que analizar estas cuestiones racionalmente es un deber puesto que ello permite a la larga una mejor vida terrenal y la salvación eterna.

Creer que cada ser humano posee un alma que es inmortal, que en la vida futura tendremos felicidad o miseria eternas y que en esta vida buscamos perfeccionar nuestra existencia por medio de la sociedad. Creer que la vida futura es una consecuencia de nuestras creencias y de nuestras acciones. Creer que nada puede ser más alto que observar esas creencias y realizar esas acciones, pues de ello depende nuestra felicidad eterna.

Creer que un hombre no afecta a otro cuando posee creencias religiosas diferentes; que alguien profese creencias falsas y erróneas, en nada impedirá mi salvación. Creer que la salvación eterna es un asunto personal. Creer que, además de un alma inmortal, tenemos una vida temporal que es incierta, efímera y frágil. Sólo podemos soportar esta vida temporal, llena de necesidades, por medio del trabajo. Es de simple sentido común aceptar que tenemos necesidades de cosas para mantenernos vivos y que esas cosas no están disponibles gratuitamente en la naturaleza.

Creer que la vida terrenal, que es don Divino, necesita cuidados y atenciones, y que es nuestro deber perfeccionarla y cuidarla. No podría entenderse de otra manera el honrar a Dios en esta vida, que el cuidar lo que Él nos ha dado. La maravilla de esto es que establece un mundo terrenal mejor también para el no creyente, para ése que es ateo, no tiene religión, o no es practicante. Aún para ellos, es mejor el arreglo social basado en las anteriores creencias Divinas.

Todos ellos vivirán mejor en una sociedad basada en esos principios que en otra en la que no existan leyes o bien no haya llamados a las virtudes. No deja de maravillar la realidad de que creencias y dogmas religiosos tengan esos benéficos efectos aún en quienes no los aceptan. Lo que se ha explicado antes, en éste y otros ensayos, muestra con claridad la naturaleza y el fin de los gobiernos. Su única jurisdicción es la terrenal y en ella tienen poder para castigar y prohibir ciertas conductas.

El resto de la vida, que es la fe en una iglesia, es un terreno libre para que cada ciudadano tome las decisiones mejores según su conciencia. Esta es la frontera y la separación entre las iglesias y los gobiernos, que hacemos bien en recordar para aplicarla y tener una mejor vida. Y, sin embargo, a pesar de esas diferencias, la Creación presenta una unidad maravillosa. Digo esto, porque en esencia no hay contradicción entre lo terrenal y lo celestial. Extraña cosa sería que Dios ordenara actos para nuestra salvación que fueran contrarios al perfeccionamiento de la vida terrenal.

Tan insólito y extravagante sería eso, que yo dudaría de la iglesia que lo predicara. Creo que lo mejor que puede hacer un gobierno es concentrarse en la protección de las libertades y los derechos de los seres humanos, sin preocuparse por nada más. Hace mucho un gobierno que sólo hace eso. Y hace mucho la iglesia que sólo se preocupa por la salvación de las almas de sus fieles, sin mezclarse en cuestiones políticas, ni económicas. Digo que es de sentido común no querer hacer más de lo que se debe, so pena de hacer mal eso que se debe. Si he podido expresarme bien, será claro que entiendo que hay dos tipos de tratos entre los hombres. Uno de ellos está regido por la razón, el otro por la fuerza.

Uno se apoya en la ley, el otro se sirve de la violencia. Es tal la naturaleza de esos dos tipos de tratos que son ellos mutuamente excluyentes. Donde uno empieza el otro acaba. Donde hay un arma, allí ya no hay racionalidad. Es donde impera la razón que los hombres podemos perfeccionar nuestra vida terrenal, vivir por ello mejor y tener mejores decisiones para la salvación eterna de nuestras almas. Y tengo una sospecha sobre los gobiernos, originada por su propia naturaleza. Si en los gobiernos los hombres hemos colocado el poder que tenemos de legítima defensa, esa institución es por definición muy poderosa. Por ese simple hecho debemos cuidarnos de ella e imponerle leyes que impidan el abuso de su poder.

No hablo de cuestiones teóricas, sino de situaciones cotidianas. Quien posee poder tendrá una inclinación natural a usarlo en demasía, lo que alterará nuestras libertades y por ende, la probabilidades de perfeccionar nuestra vida. Por eso es que la experiencia humana ha encontrado, no sin dolor, formas de evitar y frenar esos abusos. Me refiero a las divisiones del poder gubernamental que establecen pesos y contrapesos entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial.

Al igual que resulta saludable enfrentar el poder con el poder dentro de un gobierno dando diversas autoridades a las ramas del gobierno, es muy benéfico separar al poder terrenal del eclesiástico. Ya que no existe mayor prioridad que la salvación de nuestras almas, podemos con facilidad imaginar lo sencillo que sería para alguna iglesia el reclamar también el poder terrenal y así imponer su voluntad en las cuestiones de este mundo.

Creo que la iglesia que trata de hacer eso tiene jerarcas más interesados en las cuestiones mundanas que en la salvación de las almas. Sí, la salvación de nuestras almas es la preocupación más grande que tenemos, pero ello no significa que las iglesias entren al campo terrenal. Al contrario, lo mejor que puede suceder en la práctica diaria es dejar las cuestiones terrenales a los gobiernos y los asuntos religiosos a las iglesias, todo dentro del respeto a los derechos de las personas.

Debemos cuidarnos, en estos menesteres, de las sutilezas y de las apariencias que los hombres usamos para disfrazar nuestros actos. Será muy extraña la situación en la que un gobernante o un eclesiástico predique principios contrarios al bienestar general. No creo probable que una cierta iglesia, por ejemplo, abiertamente instruya a sus fieles que el mentir está permitido, o que dejar de cumplir las promesas sea admisible. Y, sin embargo, bajo palabras elegantes, vagas y engañosas, eso puede suceder si una iglesia dijera que ciertas virtudes no obligan en tratos con fieles de otras iglesias.

Cuando esas prédicas son claras atraen la atención e indignación de todos, pero cuando son ocultas pueden pasar desapercibidas. Sabemos de casos en los que por causa de una excomunión se ha querido hacer renunciar a un gobernante, lo que no es razonable ya que ello daría a la iglesia que lo haga un poder sobre el gobierno. Mucho me preocupa en esto último la enorme ignorancia, la terrible ingenuidad y la tremenda despreocupación de muchos, quienes son víctimas de frases contagiosas y de ideas simplistas que los arrastran a vidas equivocadas y viciosas.

Me refiero a quienes por desviaciones ecológicas terminan creyendo en una diosa tierra, a quienes sucumben a la idea de un dios personal, a quienes ven sólo materia; son ellos víctimas de una combinación de descuido personal con ideas que minan nuestra naturaleza Divina. Esas ideas malévolas, contrarias a nuestra razón de ser, caen en la fértil tierra de inocentes personas que sin usar su razón terminan por creer sin cuestionar doctrinas activistas que, por ejemplo, alabando la salud corporal por encima de todo terminarán enfermando la vida; o que adorando a la naturaleza finalizan engendrando lo antinatural.

Digo que esas creencias son negativas, pero que no pueden ser prohibidas por ley alguna; si ellas me parecen engañosas y de efectos negativos, ésa es mi opinión y quizá la de otros, quienes no tenemos el poder de impedir su seguimiento, a menos que, contagiadas por ellas las autoridades civiles emitan una ley que, por ejemplo, obligue a dar un diezmo al templo de la madre tierra. Continuando, digo que las iglesias son libres para realizar ceremonias y ritos. Pueden ellas realizar labores misioneras y predicar sus creencias, sin que nadie se los impida. Añado que las iglesias que prediquen cuestiones contrarias al respeto de los derechos de los ciudadanos no deben ser toleradas por la autoridad.

Quien predique el robo o el ataque a otros por causa de su religión sólo persigue el poder tiránico. La autoridad civil es responsable de evitar la afectación de los derechos terrenales de los hombres, a ella corresponde la protección de la vida, salud, posesiones, libertades de los ciudadanos y nada más. Las iglesias son responsables de mostrar el camino de la vida eterna. Los gobiernos pueden usar la fuerza, las iglesias no. En estos ensayos he expresado mi opinión con simple sentido común, de que el gobierno está limitado a la prohibición y castigo de las conductas que dañan a terceros.

Por su parte, la religión va un paso adelante y, sobre esas mismas reglas, promueve conductas deseables, como el amor y la caridad entre los humanos. No son admisibles, por tanto, las acciones de un gobierno que obliguen, por ejemplo, a dar donativos a los desventurados. Las conductas deseables sólo pueden hacerse bajo el pleno convencimiento individual, que es cuando poseen reconocimiento. Ningún mérito tendría quien da caridad bajo la amenaza de ir a la cárcel.

Eso que afecta a los intereses personales es una cuestión terrenal y hasta allí llega la enorme responsabilidad de los gobiernos; lo que sigue es el campo de la religión. Los gobiernos hablan de las cosas que so pena de castigo no debemos hacer, las iglesias hablan, además, de las cosas que sí debemos hacer.

Entiendo, por tanto, que las iglesias no son instituciones ajenas a las leyes civiles. Las iglesias tienen la obligación de cumplir con ellas, es decir, están obligadas a respetar los derechos y las libertades de los demás y, de violar esos preceptos civiles, serían castigadas como cualquier otro ciudadano. Pero quiero ahora entrar en el tema de quienes no tienen religión. ¿Qué acontece con esas personas que no tienen religión, o que incluso se oponen a toda creencia religiosa? Esas personas existen. Todos conocemos a algunas de ellas.

Para tratar esto, lo primero que hay que hacer es hacer una distinción entre esas personas. Repito lo dicho antes, aún las personas que no tienen religión vivirán mejor en una sociedad en la que imperen estas creencias de origen religioso, que mandan como primer precepto el del amor. Si creen o no en Dios, eso es una cuestión personal; pero se verán beneficiadas de un buen gobierno que proteja sus intereses y de una sociedad en la que predominen valores y principios éticos y morales. Una de esas personas es la que simplemente se aleja de la religión y de todas las iglesias.

No es que renuncie a alguna iglesia, sino que simplemente se aparta por inercia o abulia, creyendo que quizá no existe Dios, o que nuestra iglesia, ni ninguna otra le es satisfactoria. La otra persona es la que no cree en Dios, ni en las iglesias y que tiene conductas que manifiestan un odio hacia esas instituciones. Son esas personas casos reales, que encontramos en nuestras comunidades y que no podemos juzgar por su existencia, puesto que ese juicio último pertenece a Dios.

Digo que quien se aparta de su religión, dejando de asistir a sus ceremonias y olvidando sus preceptos, está descuidando la salvación de su alma. Pero ése es un asunto personal y de decisión individual. Estoy seguro que a todos los creyentes lastima ver personas así, pero poco podemos hacer por ellas más allá de intentar persuadirlas de volver a la religión.

Es en estos casos donde encontramos muy benéfica la acción misionera conjunta de todas las iglesias, que promueven el sentimiento religioso y quizá puedan hacer volver a esa persona a su iglesia original o a otra. No nos inquietemos porque se una a otra iglesia, si eso hace con convicción, sino alegrémonos de que vuelva a una iglesia, la que sea.

Desde luego, sentiremos tristeza si esa persona pertenecía a nuestra iglesia y ahora es fiel de otra, pero al mismo tiempo sintamos alegría por una persona en la que ha renacido la preocupación por la salvación de su alma. Y meditemos sobre las razones por la que nuestra iglesia fracasó en conservar a ese fiel, que quizá así encontremos algo que mejorar. Tratemos también el caso de quienes no creen en Dios. A ellos los distingo en dos categorías que son muy diferentes.

Uno es el ateo personal, que por convicción interna ha llegado a concluir con sinceridad que Dios no existe y que todas las iglesias son falsas, sin que ello lo lleve a emprender acciones contra las iglesias y las religiones. El otro es el que por razonamientos propios considera a Dios y la las iglesias como algo odioso que debe ser extirpado de la sociedad y que ejerce acciones con ese propósito. Creo que al primero de ellos podemos tratarlo de manera similar a como tratamos al fiel alejado de una iglesia. Es penoso el caso de esa persona y podemos darle consejos para cambiar.

De nuevo aquí se ven los beneficios de la libre labor de predicación de las iglesias que tratan de allegarse nuevos fieles y que en su conjunto, como efecto general, hacen llegar mensajes que exaltan virtudes y altos valores. Quizá alguna de las iglesias tenga éxito y convenza a esa persona de preocuparse de la salvación de su alma. No me importa qué iglesia, aunque mucho me gustaría que fuese la mía. Con el segundo tipo de ateo, que es el de la persona que ejecuta acciones en contra de las iglesias, debemos hacer esfuerzos enormes de tolerancia.

Mientras él no afecte nuestros derechos e intereses, poco o nada podemos hacer contra él. No le podemos afectar sus derechos por ejercer él su derecho a opinar y expresarse. Podemos considerar, aunque no sea en realidad así, que él es de otro credo y que por ese hecho no puede ser afectado en su persona, su salud, sus posesiones, ni sus libertades. Propongo que le dejemos hacer su prédica, que diga que Dios no existe y que las iglesias son un engaño.

Que diga lo que quiera, mientras no use la violencia para lograr sus propósitos. Así, en medio de las labores de propagación de las iglesias, también existirán voces contrarias que nieguen a Dios. Creo que es saludable hacer esto, pues nos fuerza a pensar y reflexionar para así hacer más fuertes y sólidas nuestras convicciones anteriores, o bien para cambiarlas si es que existen otras nociones que nos convencen con más fuerza. Y en todo este luchar de ideas, como piensa Mill, deberá emerger la verdad por sí sola, porque si la verdad necesitara de ayuda, ya no sería tanta verdad.

Seamos tolerantes, que ése el principio de más salud en esta tierra y que nace del amor. Si acaso vemos nuevas sectas o religiones establecerse junto a nosotros, pensemos que al atacarlas nos atacamos a nosotros mismos. La libertad de culto de la que gozan esas nuevas sectas es la misma que permite la continuación de nuestra religión. Las iglesias no tienen por qué ser tratadas de manera diferente a otras asociaciones de la sociedad.

A ninguna iglesia debemos temer si ella respeta los derechos terrenales de sus fieles y de terceros. Y si acaso vemos en alguna iglesia signos de conspiraciones ocultas, pensemos antes si no se debe eso a libertades que le son negadas, que la conspiración es más producto de la opresión y del deseo de liberación del yugo. Si por razón alguna, muy insólita, fuesen negados ciertos derechos a quienes gustan del jazz, no extrañaría que ellos se reunieran en secreto y lucharan por sus derechos. No podemos negar derechos a nadie por causa de sus gustos teatrales, ni por sus preferencias musicales.

Seamos tolerantes, que eso dará paz y tranquilidad a la comunidad. Y más aún, ese ambiente de confianza hará posible mayores bienestares por sentir los hombres que allí habitan, la imposibilidad de sufrir los caprichos de los poderosos. Si nos es permitido hablar, arrodillarnos, cantar, comer pan, beber vino, estar de pie, bailar y vestirnos a nuestro gusto, no veo por qué eso deba ser ilegal en un templo si no lo es en otras partes.

Cada persona es responsable de la salvación de su alma y ella debe decidir el camino a seguir. Al igual que puede seguir el camino Católico, podría escoger el Presbiteriano, o cualquier otro. Por naturaleza, ninguna iglesia puede inclinarse a la facción, a las revueltas y a la turbulencia y si lo hace, no merece ser considerada religión. Aún creyendo que cierta creencia pueda ser deducida de las Escrituras, rehusémonos a imponerla en otros, a menos que queramos que de la misma manera nos sean impuestas otras creencias. Creo con firmeza, por ejemplo, que el matrimonio religioso significa una unión indisoluble entre dos personas, con lo que pienso están de acuerdo la mayoría de las iglesias.

Contraemos matrimonio, como razona C.S. Lewis, en una ceremonia pública, dentro de un templo, frente a Dios y muchos testigos, prometemos esa unión hasta que la muerte nos separe de nuestra esposa. Sin embargo, pienso que esta creencia en la indisolubilidad del matrimonio, que es una regla de muchas iglesias, no puede ser impuesta en aquéllas que hacen del divorcio algo más accesible. Porque, si una iglesia pudiera imponer esa regla en todos los ciudadanos, sean o no sus fieles, es seguro que otra iglesia luchará por imponer sus creencias en mí y, tal vez, me prohiba tomar vino, o comer ciertos platos e incluso obligarme a realizar actos en los que no creo.

Es una fina frontera la que existe entre las cuestiones terrenales y las eclesiásticas, con infinidad de situaciones particulares actuales y futuras, acerca de las que podemos no tener respuestas que consideren todas sus circunstancias particulares. Por ejemplo, ¿qué solución tendría una supuesta religión en la que sus ministros proclamaran el comer hasta hartarse como una forma de adoración y sus fieles, con libre decisión, aceptaran ese precepto?

Este caso nos es repulsivo y sospecharemos la existencia de un engaño malicioso de tales jerarcas que así se aprovechan de los crédulos fieles que les llevan alimentos. Pero si ellos actúan con su libre consentimiento, ¿esta circunstancia nos hará tolerar esa iglesia o no? No ofrezco la solución absoluta a ese caso, pues no la sé con certeza definitiva. Pero sí creo en el principio que arroja luz en la búsqueda de la mejor solución y ése es el que tantas veces he propuesto, el de hacer responsable a la autoridad civil de nuestra seguridad terrenal y a las iglesias de la salvación de nuestras almas.

Las iglesias, al igual que cualquier otro ciudadano, deben respetar las leyes civiles, cuyo fin único es la protección y salvaguarda de nuestras vidas, personas, libertades y posesiones. Digo que ese principio, heredado desde hace varios siglos, debe ser continuamente recordado, pues a fuerza de ver los sucesos y casos diarios, solemos olvidar, no sin gran daño, las lecciones y reflexiones de quienes nos antecedieron.

Tampoco ofrezco la solución última en conflictos y controversias, como el de la clonación, del control natal, o el del aborto, donde la actuación de los gobiernos puede entrar en conflicto con las creencias religiosas. Según mis creencias y razonamientos se es ser humano desde el momento de la concepción, sin duda alguna, lo que significa que el aborto es un asesinato no diferente al de un adulto; y, sin embargo, vemos que algunos gobiernos han permitido legalmente el aborto.

¿Qué hacer en un caso como éste? Simple, según mi opinión, al menos en el inicio; quienes profesen la religión que vea al aborto como un asesinato, están obligadas en conciencia a respetar ese precepto; y ellos deben intentar que esa legislación sea anulada o limitada severamente. Lo mismo para el asunto del control natal, entendiendo que la lucha por un valor debe ser realizada sin afectar derechos de terceros, pero que obliga en conciencia al creyente.

No son simples asuntos como estos, pues el mundo terrenal al cambiar nos va presentando nuevas situaciones imprevistas a las que nos fuerza a aplicar valores inmutables. Complicada es en realidad esta vida terrenal en la que principios únicos y llanos deben ser acomodados a situaciones reales, cambiantes y circunstanciales. Pero en nuestro tema sí podemos concluir que ninguna iglesia puede afectar a las personas en sus bienes, personas, vidas, libertades y derechos. Las iglesias no están exentas de cumplir con la misma ley que obliga a todo ciudadano.

Ésa es la labor de la autoridad civil, la protección de nuestros intereses terrenales, sin la que nos sería impedido el perfeccionamiento del don Divino de la vida. Sobre las leyes terrenales que ofrecen esa protección, las iglesias dan pasos más elevados, con mandamientos y virtudes que llevan a los fieles a alcanzar la gloria eterna. Lo que digo es que sería imposible aceptar contradicciones entre las disposiciones terrenales y las celestiales, pues las primeras son los escalones que llevan a las segundas. Las disposiciones de este mundo son más bien del tipo negativo, con lo que quiero decir que ponen su atención en aquello que no debe hacerse por razones de lastimar a otros en sus intereses terrenales.

Las disposiciones celestiales son positivas, nos llevan a actos y conductas que sí debemos realizar. Las leyes civiles están basadas en el respeto a los demás, las disposiciones de las iglesias están inspiradas en el amor hacia los demás. 

Quinto ensayo sobre iglesias y gobiernos

Ampliemos una de las ideas del ensayo anterior. ¿Qué pensar de las iglesias y sectas que en su afán de lograr adeptos están dispuestas a considerar aprobadas conductas que son reprobables? Hay que sospechar de toda religión que eso hace. No es nuevo, ni nos debe asustar por imprevisto. Estamos demasiado inclinados a pensar sólo en nuestros tiempos, sin considerar que en otros han tenido circunstancias iguales o peores, lo que suele hacer que sea perpetua la idea de que la actualidad es una época de decadencia.

Pero, supongamos una religión que entre sus creencias sostiene que el robo es permitido, o que es algo que ayuda a la salvación. Pensemos en otra que predica la perfección de la vida por medio de actos sexuales, u otra que establece como medio de salvación el asesinato de los infieles.

Consideremos un movimiento religioso que cree que la moral es relativa, que depende del individuo. Para muchos una iglesia así puede ser atractiva, sobre todo si, colocando esas creencias bajo disfraces engañosos y vagos, promete vidas mejores con una justificación teórica.

Digo que esas iglesias no son tales y que debe existir una congruencia esencial entre el bienestar terrenal, los valores morales y las creencias religiosas. Porque lo que causa bienestar en esta vida, no puede ser prohibido por las iglesias, al igual que lo que provoca infelicidad en la tierra no puede ser una creencia religiosa. Si la experiencia humana muestra que ciertas conductas producen beneficios y que otras conductas causan miserias, digo que eso mismo coincide con la esencia básica de una religión, puesto que no puede haber contradicción entre la Creación y Dios.

Si una conducta me lleva a la salvación, por sentido común esa misma conducta debe causar un bien terrenal. No sería entendible que haciendo mal a otros o a mí logre la felicidad eterna. Claro que existen conductas cuyos efectos negativos son fácilmente visibles. Quien roba dinero a otro causa un perjuicio que todos entienden, pero existen otras conductas cuyos efectos no son fáciles de ver. ¿Qué sucede con ése que usa drogas, o que bebe en exceso?

El sentido común nos dice que esas acciones son reprobables, a mi entender, por varias razones. Primero, porque bajo la influencia de esas substancias la persona puede dañar a otras y por ello debe ser castigada civilmente. Conducir un automóvil borracho o drogado es un delito. ¿Y qué si esa persona abusa de sí misma en su casa, sin salir, usando drogas o bebidas fuertes? Contesto que puede hacerlo sin penas civiles, si es que al hacerlo no hace daño a nadie más.

Por eso es que la autoridad no tiene causa para intervenir para prevenir esa conducta; y aún si la tuviera, esa aplicación sería imposible, pues sería un absurdo recibir los viernes por la noche en cada casa a un inspector de hogares que verificara que nadie allí hubiera bebido de más.

Aún así, la conducta es reprobable, porque daña a la persona en el camino de la salvación de su alma, ya que con esas costumbres no perfecciona el don Divino de la vida, es decir, comete un acto de irresponsabilidad personal ante Dios. Y más aún, esa persona priva al resto de su potencial de trabajo y esfuerzo. Lo mismo sucede con quien sucumbe a los placeres de la carne.

Digo que quien se vence ante esas conductas debe ser tratado al igual que el que abusa de las bebidas. Mientras no cause daño a otros, no hay razón para prohibir civilmente esa conducta, que no por ello deja de ser reprobable, pues nos hace olvidar la salvación eterna y lastima nuestras relaciones familiares. Quiero decir con todo lo anterior que debemos ejercer un gran cuidado con las iglesias que prometen la salvación bajo reglas fáciles que causan placeres inmediatos y de malas consecuencias.

Digo que toda iglesia que se juzgue responsable coloca sobre sus fieles normas que significan más esfuerzos que inmediatos goces y deleites. El perfeccionamiento del don Divino de la vida no podría ser logrado por medio del abandono a los instintos y los bienestares inmediatos. El camino a la salvación y el perfeccionamiento de la vida terrenal debe significar méritos ganados por medio de obligaciones cumplidas voluntariamente. Por eso es que debemos sospechar de quienes proponen caminos fáciles y reglas relativas que se acomodan a los vaivenes personales o de la época.

Deseo ahora enfatizar algo que fue mencionado antes que contrasta con la idea anterior. Me refiero a ampliar algo sobre la idea de que la vida terrenal es despreciable y que debemos renunciar a todo lo material. Creo que no es así. Dios nos dio la vida y por ello entiendo una responsabilidad de respeto a esa vida y de perfeccionarla hasta el máximo de nuestro esfuerzo. Sí, reconozco y afirmo que nada hay más importante que la salvación de nuestras almas y que ante esa meta debemos inclinarnos. Pero no veo contradicción entre eso y una vida terrenal satisfecha, es decir, perfeccionada.

Creer que la salvación de las almas es equivalente a descuidar la vida terrenal es algo erróneo, que lleva al olvido del cuidado que debemos dar a la vida dada por Dios. No me va a llevar a la vida eterna sólo el andar en harapos, sin bañar y sin peinar, sin trabajar y viviendo de limosnas; además, si todos hiciéramos eso nadie habría a quien acudir por socorro. Digo que es agradable a Dios el logro de una vida decente, hasta cómoda, que es el resultado del uso de los talentos que Dios nos ha dado, es decir, el cumplimiento de nuestra naturaleza humana.

Veo con sospecha a quienes predican la exageración de lo contrario y hablan de la maldad de las cosas superfluas. ¿Porque en dónde acaban las cosas necesarias y dónde empiezan las superfluas? Nunca habrá alguien que conteste esa pregunta. Para comer, por ejemplo, no es absolutamente necesario usar cubiertos, ni platos, ni usar una mesa, ni siquiera una silla. ¿Debo decidir que esos instrumentos son superfluos?

Igualmente para vestir, supongo que bastaría una piel malamente curtida de algún animal para satisfacer nuestras necesidades. ¿Significa eso que los suéteres y los abrigos y las camisas son superfluos? No. Y aún con las prendas más refinadas, como la seda, quien la adquiere está beneficiando a los cientos de personas que trabajan para hacer esos productos disponibles, usando medios honestos de vida. Sé que algunos de podrán tener ideas contrarias a las que he expresado. Tal vez vean como indeseables tantos lujos y excesos en la sociedad. Digo que no hay que reaccionar ante las primeras impresiones.

Veo con indignación las diferencias terribles de ingreso y me angustio al ver los más refinados vinos en algunas mesas, mientras que en otros difícilmente se hace una comida al día. Son las primeras impresiones las que trato de evitar y usando las humildes facultades con las que Dios me ha dotado, trato de ver lo más profundo que puedo.

Anoto que debemos entender a la sociedad como un sistema de complicadas, complejas e infinitas relaciones, que a primera vista parece encontrar placer en engañarnos con gran facilidad. Se ve como reprobable el consumo de vinos caros y sin embargo, eso permite vivir con decencia a campesinos, embotelladores y comerciantes que los hacen y venden.

Se ve como inconvenientes las modas caras y extravagantes, pero ellas son la causa del ingreso que muchas personas que trabajan de manera honesta, como ya ha señalado Mandeville. Cuando miro que las autoridades imponen altos impuestos a los artículos que por alguna razón consideran lujosos, no veo tanto el castigo al rico que los compra, sino el látigo sobre los obreros que los produjeron y que con esos impuestos son afectados por el aumento artificial del precio de lo que fabricaron.

Hay quejas de la comida chatarra y sin embargo detrás de ella hay clientes satisfechos y trabajadores que pueden educar a sus hijos. Digo que es lo más simple de la vida el lamento de quien quiere ser juez de la vida de otros e imponer en ellos sus propias y detalladas ideas de lo bueno, usando expresiones locas como consumismo o protección ambiental, que mejor destino merecen, pero que pretenden ser utopías impuestas en otros.

¿Qué le afecta a otro que yo coma papas fritas o algún alimento chatarra? ¿Quién puede definir el consumismo y decir hasta qué número exacto de camisas puedo tener antes de ser consumista? No quiero decir con lo anterior que se deje de luchar por los ideales y los valores, que eso es parte de lo que Dios nos pedirá cuentas. Lo que quiero decir es que no sucumbamos ante ideas simplistas, pero contagiosas, que nos lleven a querer usar la fuerza para hacer que los otros vivan bajo nuestros principios detallados.

Al igual que los gobiernos, ningún ciudadano puede imponer en otro más obligaciones que la de respetar sus derechos. Puedo hacer respetar mi derecho a no ser robado de mis propiedades y para ello puedo recurrir a la fuerza civil; pero no puedo imponer en otros mis ideas sobre la conveniencia de leer a Cicerón.

Quien, como cita Spencer un caso, con la mejor intención del mundo, impone sobre la sociedad el requisito de solvencia económica para contraer matrimonio legal, puede muy bien estar provocando hijos ilegítimos al por mayor. La sociedad es una organización en extremo compleja en la que ciertas disposiciones pueden tener efectos colaterales contrarios a las intenciones originales. Por lo anterior es que creo que cometen tantos errores quienes ven la superficie de la sociedad y proponen remedios inocentes, cándidos e ingenuos, que al aplicarse terminan por causar muchos más males que bienes.

Cuando se gobierna, las autoridades tienen la obligación de prever los efectos de las medidas que tomen, es decir, los impactos en toda la sociedad y en el largo plazo, porque sucede que por tratar de ayudar a algunos hoy se acaba lastimando al todos mañana. Veamos entonces siempre con recelo a la autoridad, puesto que el poder por sí mismo llama a más poder y con ello aleja al gobernante de la realidad, haciéndole persona demasiado inocente y pueril en las cuestiones de valorar sus decisiones, aunque en sus manejos políticos sea astuto y sutil. Deseo, en estas cuestiones, tratar algo que podría parecer demasiado abstracto pero que es de ayuda al dar bases para la justificación de la separación de poderes en la sociedad.

Creo que los seres humanos necesitamos tener ideas. Está en nuestra naturaleza tener y entender ideas, que ellas son las guías de nuestras acciones. Un ser libre, como el humano, necesita ideas, pues de lo contrario su vida sería insensata e incoherente. Lo que a diario hacemos, desde lo más pequeño hasta lo más grande, todo está realizado dentro de las ideas que tenemos. La razón es que somos seres a quien Dios dotó con capacidad para hacer las cosas de diversas maneras. La consecuencia lógica de la libertad son las ideas que norman y reducen las opciones de conducta que tenemos.

Son las ideas como la brújula que dice al navegante la ruta que quiere seguir. Sin ideas nuestras vidas serían caóticas, sin orden y sin rumbo. Cada acto, por pequeño que sea, tiene como cimiento una idea. Puede ser la idea de la gravitación universal, que limita nuestras decisiones sobre muchas acciones que tomamos. Puede ser la idea de las malas consecuencias que se tienen al engañar a otros, la que nos empuja a negocios basados en la confianza.

Son ideas sobre Dios, la moral, la naturaleza humana, el mundo, la sociedad y muchas otras cosas, las que guían nuestros actos. ¿De dónde sacamos esas ideas? De un millar de fuentes. De la conducta de nuestros padres, del ejemplo de nuestros amigos, de libros y periódicos, de razonamientos propios y ajenos, hasta de las escuelas; de todo lo que nos rodea, de lo que vemos y escuchamos, de las experiencias propias y ajenas.

Digo junto con Tocqueville, que cada uno de nosotros, por separado, seríamos incapaces de producir todas las ideas que tenemos. Es una realidad de simple sentido común que nos necesitamos unos a otros para producir ideas. Sería absurdo un mundo en el que seres libres no pudieran compartir sus ideas y sobre ellas perfeccionar su vida. Las iglesias son una de las fuentes de ideas y debo decir que una de las más importantes.

La religión impone un yugo saludable en la conducta humana y con la meta de la vida eterna nos ayuda a mejorar la vida terrenal. Siendo libres sentimos que podemos hacer todo, teniendo ideas sabemos que no debemos hacer todo. Por eso es que pienso que quien ataca a la religión comete grave error, pues intenta anular una poderosa fuente de sanas ideas. Aunque concedo con rapidez los graves errores de muchas iglesias en su historia, digo que el saldo que han dejado ha sido positivo. Los seres humanos, sin esa fuente de ideas, seríamos personas llenas de confusiones, con ideas relativas, posibles de cambiar sin razón.

La religión, por tanto, ayuda a fortalecer la voluntad y evita la posibilidad de sucumbir a tiranos y mentirosos. Concuerdo totalmente con la noción de que siendo seres libres, los hombres tenemos que tener guías que alumbren la decisión de lo que es bueno, de lo que es malo y de lo que es mejor. Sin religión, los seres humanos seríamos presas más dóciles de los fuertes y los déspotas. Lo que afirmo es que la religión, especialmente en los regímenes de libertad, es una defensa contra el despotismo. Y no sólo eso, la religión es útil en esta vida para poner en su lugar a la felicidad material.

Los regímenes de libertad y respeto a los derechos personales producen progreso en tal medida que los hombres podemos desarrollar un gran gusto por los bienes materiales, olvidándonos de la vida futura. La religión nos ayuda a evitar ese olvido, al inspirar sentimientos más elevados, contrarios al materialismo. Debemos recordar que esa sana influencia de las iglesias sólo podrá tener efecto cuando ellas se mantienen dentro de los límites que antes he señalado, es decir, en las ideas generales sobre las relaciones entre los seres humanos y Dios. Mucho daño puede hacer la iglesia que vaya más allá de eso.

No creo razonable esperar de una iglesia propuestas sobre teorías económicas y científicas, así como tampoco apoyos a doctrinas políticas. Y me uno a quien ha señalado antes que yo que las iglesias harán mal al ir en contra del gusto humano por el bienestar terrenal y que la que lo intente fracasará. Las iglesias harán mejor en canalizar ese gusto por lo material, haciendo que en su consecución las personas usen medios honestos y que en su uso ellas entiendan que ellas son las que poseen a los bienes materiales y no al revés.

La misión de las iglesias está en sublimar el placer demasiado grande por lo terrenal que hace olvidar a la vida eterna. Las iglesias son responsables de mantener presente en las mentes de los hombres la alta prioridad de la salvación de nuestras almas, recordándonos que si bien todo lo podemos hacer, no lo debemos hacer y que existen altos valores derivados del amor a Dios y a nuestros semejantes.

Por eso es que digo que no es conveniente que las iglesias hagan de las ceremonias y los ritos su principal columna de sustento, porque lo que importa no es tanto lo exterior, sino sus ideas para la moderación de la conducta humana. Mucho sufrirá, por tanto, a la larga, la sociedad que imponga el silencio a las iglesias, porque ello creará un vacío moral que volverá a esa sociedad fácil presa de instintos bajos y criminalidad alta.

Cambio ahora de tema. Dejo el anterior sobre el enorme beneficio de las iglesias dentro de los regímenes libertarios, para ir ahora a cuestiones aún más abstractas. Somos, todos, testigos de luchas y conflictos sin límite en lo que se refiere a doctrinas políticas y económicas. Hay quienes defienden el tipo de gobierno limitado, mientras otros toman posiciones totalmente contrarias. Mucho me temo que esas discusiones son estériles porque en ellas no hay juez cuyo fallo sea final.

Peor aún, temo también que esas luchas sean vacías en el sentido que más que ideas y razones, en ellas se defienden y atacan prejuicios y vaguedades, sin otro objetivo que el de querer imponer cierta manera de pensar. Es un “ismo” contra otro “ismo”, entre los cuales se propone otro “ismo” y al que se le enfrenta otro “ismo”. Por eso es que he considerado una mejor posición el ignorar tales discusiones y acudir a las ideas y razones en otro lugar, de manera que sin “ismos” capaces de generar odios injustificados, o adhesiones infundadas, pueda arrojar algo de luz en estas cuestiones de la libertad y la tolerancia.

Considero, primero, que los hombres queremos vivir en una sociedad en la que podamos ejercer el potencial de nuestros talentos. La conclusión obvia de esto es lo que conocemos como libertad humana y consiste en el ejercicio de nuestras capacidades en la medida que no limitemos el uso de esas capacidades en otros. Quiere decir esto que niego la validez de sistemas sociales en los que existen tratos de inferiores y superiores. Todos somos iguales en nuestros derechos.

No hay en esa deseable sociedad tratos de imposición, violencia, ni abusos de poder por parte de sus miembros ni de sus instituciones. Sí hay en esa sociedad relaciones sustentadas en la razón y la tolerancia. Descarto, por tanto, instituciones sociales poderosas, las que sean, que quieren imponer sus voluntades con el pretexto de lograr mi felicidad. No es deber del gobierno lograr mi felicidad, sino permitirme ser yo el que la logre más fácilmente.

Considero, además, que cada hombre es una creación de Dios y que él es sagrado en sí mismo. A cada hombre en lo individual Dios le ha otorgado el don de la vida y éste debe ser respetado. Por tanto, concluyo que ninguna persona puede ser sacrificada en aras de otra, a menos que ella lo decida por sí misma de manera absolutamente voluntaria. Me explico. Si yo deseo dedicar cierto tiempo a la atención de enfermos terminales en un hospital, lo puedo hacer porque ésa es mi voluntad libre; pero es reprobable que alguien me obligue a hacer eso en contra de mis deseos.

Lo mismo, yo puedo dar todos mis bienes terrenales a personas marginadas y así ayudarles a mejorar su vida, pero es inadmisible que un tercero me obligue a eso mismo en ninguna proporción. Rechazo toda idea que tenga como fuente el beneficio de unos en perjuicio obligatorio de otros, así sea uno sólo el perjudicado y un millón los beneficiados. Considero que la Creación es una realidad, que ella existe.

Lo que esto significa es que existen cosas que son externas a nosotros y que actúan de manera independiente a nuestra voluntad. Requerimos actuar sobre esas cosas para transformarlas y convertirlas en recursos que satisfacen nuestras necesidades. No basta desear algo, es necesario trabajar para lograrlo. Y, como ya se ha dicho, para dominar a esa realidad externa es necesario respetarla. Rechazo, por tanto, a todas las escuelas y pensamientos que ignoran la realidad y que creen que por el hecho de pensar o querer algo ello es posible.

Es un deber moral al tomar una decisión, especialmente en el caso de los gobernantes, pensar en los efectos de largo plazo en toda la población de esa decisión; es grave irresponsabilidad la del gobernante que no hace eso, que quiere imponer su voluntad a pesar de razonables muestras al contrario. Por loable que sea la intención de un acto de gobierno, eso solo no es suficiente, pues la realidad es independiente de nuestra voluntad y deseo. Pienso que para conocer esa Creación y aprovecharla para nuestra felicidad, poseemos el don Divino de la razón.

Nuestra inteligencia constituye la única manera posible de conocer esa realidad para así aprovecharla, es decir, nuestra inteligencia es el solo medio que tenemos a nuestra disposición para perfeccionar nuestra vida en este mundo. La inteligencia y la razón es el mejor de los regalos Divinos, nos sirve para conocer las posibles consecuencias de nuestros actos dentro de la Creación. Rechazo, por esto, a toda escuela que ignora las realidades y que no considera que nuestros actos tienen consecuencias posibles de predecir. Si hay un “ismo” que cumpla con esos requisitos, entonces me inclinaría por él.

Creo que mi tarea en estos ensayos sobre iglesias y gobiernos ha llegado a su fin. Sé que he dejado muchos campos sin tratar, que he ignorado temas importantes, que algunas ideas las he expresado sin claridad, que he sido innecesariamente reiterativo en ocasiones; también sé que he tomado de otros ideas sin abierto reconocimiento; sé que quizá lo único que he aportado son la organización de esas ideas y quizá uno que otro conceptos originales.

Sinceramente creo que si bien en nuestra esencia todos los hombres somos iguales, poseemos diferentes habilidades y condiciones propias; dentro del plan Divino esas diferencias juegan un papel vital porque nos llaman a la mutua dependencia y a la voluntaria cooperación. Esas diferencias son benéficas pues nos complementan unos a otros; unos hacen una cosa y otros, otra, lo que en conjunto eleva las probabilidades de una mejor vida terrena y da la oportunidad del mérito para ganar el cielo.

Tenemos la obligación de obedecer esas leyes terrenales bajo pena de castigo, pero también el deber en conciencia de ir más allá y amar a los demás; limitar las responsabilidades del gobierno al respeto de los derechos de otros es una parte de la historia; la otra parte es ese paso adicional al que nos llaman las iglesias, que se traduce en acciones concretas de amor hacia los demás.

No basta con no robar, hay que también ser caritativos. Mi única esperanza es haber dejado la semilla de una mayor tolerancia en los tratos con nuestros semejantes, para que así hagamos de ella un principio de vida. La tolerancia es una forma de amor y ella viene como fruto natural de la Creación, que es un acto de amor infinito hacia nosotros por parte de Dios Nuestro Señor.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras