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Impuestos y Robos
Selección de ContraPeso.info
15 noviembre 2006
Sección: GOBIERNO, Sección: Asuntos
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Arturo Damm escribió en mayo pasado una columna titulada “Impuestos igual a Robo”. Su tesis es por demás valiosa, especialmente por su línea de razonamiento —la que quiero tratar en esta columna con sus principales elementos.

Inicia el columnista con una idea de R. Nozick, el famoso filósofo, quien argumenta que “lo que no debemos hacernos de manera directa, no lo debemos hacer, tampoco de manera indirecta, por medio de terceros” —si no debemos robarnos unos a otros, tampoco debemos usar los servicios de un tercero para que robe a otros y me dé el botín a mí.

Supongo que con esta idea todos estemos de acuerdo —ya el tema de conversación sería dado por terminado si no fuera por el caso del gobierno que redistribuye recursos de unos a otros.

Dice Damm, “¿Cuál es la diferencia entre el ladrón que, a punta de pistola, roba para darle de comer a sus hijos, y el gobierno que le cobra impuestos a unos para darle de comer a los hijos de otros?

Los agentes, ¡obviamente!, son distintos, pero la naturaleza de la acción es la misma: el uso de la fuerza para redistribuir de unos a otros, violando el derecho de propiedad”. La lógica es impecable —es un argumento difícil, tal vez imposible, de rebatir.

Pero a eso añade otro argumento, diciendo que “pregunto quién de mis lectores no está de acuerdo con la siguiente afirmación: ‘Todo ser humano tiene derecho al producto íntegro de su trabajo’. Hasta el momento, y la pregunta la he hecho cientos de veces a miles personas, no he encontrado a alguien que no esté de acuerdo con lo afirmado”.

Si efectivamente nadie tiene el derecho de apropiarse del fruto de mis esfuerzos y eso se lleva a su lógica conclusión, todos los impuestos son ilegítimos —son un robo en el sentido más literal posible.

Añade que, “Es más, ¿cómo conciliar el cobro de impuestos, sobre todo para fines redistributivos, con lo establecido en el artículo 5 constitucional, en el cual se afirma que ‘nadie puede ser privado del producto de su trabajo …?’”

La situación es realmente de admirar —la ley misma establece que no se me puede quitar el resultado de mi trabajo. En esto, desde luego hay que hacer una distinción doble que completa la idea de Damm:

• Los impuestos que son recolectados para cubrir gastos de servicios de policía, tránsito, embajadas, y otros que el ciudadano recibe a cambio del dinero cobrado con coerción.

• Los impuestos que son recolectados para fines sociales —dice el columnista que esto se refiere a “gasto social destinado a alimentación, atención médica, educación, etc.y que no está justificada. Estos impuestos son la materia de estudio de Damm —no se justifican, son un robo, es quitarle a unos para darle a otros. Y se pregunta, “Si el gobierno cobra impuestos con fines redistributivos, ¿lo nuestro es realmente nuestro? El derecho de propiedad sobre nuestros ingresos y patrimonio, ¿está plenamente reconocido, puntualmente definido y jurídicamente garantizado? Si el gobierno cobra impuestos, quitándole a unos para darle a otros, ¿no termina haciendo aquello que debería evitar: robar?”

La línea de razonamiento explicada es clara —con la consecuencia de poner en tela de juicio el “gasto social” del gobierno, por medio del que se hace una real redistribución de recursos. El contribuyente que paga impuestos termina dando recursos a terceros. Esos terceros están recibiendo ingresos indirectamente del causante de impuestos —si la transferenccia de recursos es directa o indirecta, eso no altera el fondo, alguien ha sido obligado a dar parte del fruto de su trabajo, ése que del que nadie puede privarlo, para dárselo a terceros no identificados.

Damm termina aquí su columna —pero yo quiero llevar sus ideas un paso más allá, al intentar contestar la pregunta de por qué a pesar de la lógica anterior, muchas personas insisten en afirmar que la acción redistributiva de los gobiernos es legítima, justa y moral. Las opiniones al respecto son las siguientes:

• La gente como Damm afirma que a nadie se le puede quitar el fruto de su trabajo para dárselo a otro, directa o indirectamente. Hacerlo sería injusto e inmoral.

• La gente que apoya la función redistributiva de los gobiernos afirma lo opuesto —sería inmoral que el gobierno no retirara recursos de unos para dárselos a otros.

Reconciliar ambos puntos de vista tal vez sea una tarea imposible —pero sí puede analizarse las diferencias entre ambos. Quienes apoyan la función redistributiva de los gobiernos son motivados por la caridad, la de dar recursos a quienes no los poseen —es el implantar por la fuerza una acción de caridad, haciendo que quienes poseen más frutos de su trabajo los den a quienes tienen muy pocos.

Su causa es encomiable sin duda alguna —no creo que exista una persona que niegue la necesidad de ayudar a los más necesitados. No está allí el problema, sino en la forma de hacerlo.

Hasta aquí, creo haber hecho una colaboración importante —al distinguir entre el elemento caridad y el elemento del cómo realizarla. No creo que Damm ni nadie se oponga a la realización de acciones de caridad en beneficio de los necesitados.

En este punto nadie está en desacuerdo —la desavenencia se encuentra localizada en la forma en la que se intenta realizar esa caridad. Esto es un adelanto importante en la reconciliación de puntos de vista tan divergentes.

La controversia se reduce a la manera de hacer caridad y entonces pueden verse dos posturas más claras y con mayor posibilidad de conciliación:

• Las personas que consideran injusto el cobro de impuestos para gasto social no se oponen a la realización de obras de caridad —solamente piensan que no lo debe hacer el gobierno.

• Las personas que consideran justo el cobro de impuestos para gasto social no se oponen tampoco a la realización de obras de caridad —solamente sostienen que las debe realizar el gobierno.

Viendo el asunto así, por consiguiente, ha reducido la discusión a una que puede ser sujeta de un estudio o argumentación ordenada —¿cuál de las dos formas de realizar caridad es más efectiva para lograr sus propósitos? Esto ayudaría a suavizar la discusión, aunque no resolvería las cuestiones de justicia y moralidad.

Finalmente, señalo que en adición a lo anterior, los dos bandos piensan diferente en cuanto a la capacidad que ellos creen tener para realizar obras de ayuda a los necesitados.

Los que apoyan la función redistributiva del gobierno suponen que los particulares no podrían realizar toda la ayuda necesaria y que el gobierno sí lo puede hacer. Los que niegan la función redistributiva del gobierno piensan que los particulares sí tienen esa capacidad y que los gobiernos no.


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