Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Alegría, ¿Qué es?
Eduardo García Gaspar
19 diciembre 2006
Sección: Sección: Una Segunda Opinión
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Me imagino que la alegría sea una cuestión ansiada por todos, como una especie de felicidad. Un estado de gozo, deleite y gusto, todas esas palabras variadas que sirven para expresar la misma idea… y que tanto se reflejan en los pensamientos de Navidad.

Para que exista la alegría necesariamente debe existir su opuesto. Sin lo contrario a la alegría, ése sería nuestro estado normal y aceptado, y por ello, poco valorado. No sabríamos de la existencia de la alegría, ni no fuera por la tristeza, la amargura y el desconsuelo. Y es obvio que entre las dos situaciones, preferimos la alegre. La consecuencia es un tanto amarga: necesitamos sinn remedio al quebranto y la aflicción.

Relacionado con lo anterior está otro aspecto, la temporalidad del gozo. Ninguna alegría dura para siempre y eso en sí mismo produce desazón. Pero es parte de nuestra existencia misma en esta vida. Podemos entender lo anterior con gran facilidad, pues forma parte de la vida diaria que hemos experimentado en carne propia. Aquí no hay problema.

Pero queda el gran reto de intentar definir qué es la alegría o la felicidad. Sin entrar en demasiadas complicaciones, podemos definirla como una estado personal de gran satisfacción. Quizá como el día en el que se ha graduado algún hijo, o incluso cuando se tiene una tonta plática con amigos verdaderos. Sin embargo, la definición dada es muy simple, porque no define eso que debe ser satisfecho.

Sí, tenemos necesidades de comer, beber, vestido, casa y demás. Dan ellas sin duda satisfacción y gozo. Poderlas satisfacer es parte de la felicidad, de esa de la que no nos damos cuenta hasta que nos falta. Sin embargo, debe haber más y eso es fácil de demostrar: toda la historia muestra que vamos más allá de las necesidades simples, a las que refinamos y superamos para crear arte, por ejemplo, o descubrir cómo funciona el mundo.

Sin duda somos una especie a la que le agradan los retos y que tiene una curiosidad ilimitada. Nos gusta conocer, nos agrada inventar, nos fascina entender y somos capaces de pasar conocimiento de una generación a otra.

En alguna parte leí que las arañas en la Edad Media construían sus telarañas igual que ahora, pero que nosotros hemos ido del estilo románico hasta la arquitectura moderna. Nos deleita el arte, la música, la diversión, los chistes. Todo eso es parte de nuestros gozos y alegrías.

Y hay gozos irrelevantes o tontos, como quizá los tengan quienes están al tanto de la vida de los célebres y famosos. Pero también hay gozos de mayor hondura y significado, como el nacimiento de un hijo. Es decir, somos capaces de distinguir entre la felicidad superficial y el gozo más profundo y trascendente. Obviamente no es lo mismo ganar una partida de póquer que lograr la publicación de un libro.

Tenemos una buena idea de lo que vale la pena. Podemos darnos cuenta de que hay diferentes niveles de gozo y por eso preferimos los más altos, porque son mejores, más intensos, más fundamentales. Sí, usted me recordará que hay gente para quien ver una telenovela es lo mejor que hay… pero el hecho de que usted piense en eso, significa que usted es capaz de distinguir la calidad de diferentes gozos.

Y eso nos lleva a una pregunta, ¿cuál es el gozo mayor que se puede tener? Las respuestas variarán según las personas y sus circunstancias. Normal. Pero sí nos ponemos a pensar y escarbar, quizá lleguemos a aceptar que una buena parte de nuestra felicidad sería saber para qué estamos en esta vida: una existencia en la que tenemos gozos pero también tribulaciones.

¿De qué se trata esta vida? Las explicaciones son muchas y muy variadas. Algunas muy tristes y desesperadas. Es precisamente por eso que me inclino a creer en las explicaciones alegres. Las tristes no van con nuestra naturaleza. Las alegres, sí. Y esta es una razón por la que soy religioso. Mi religión me da la explicación más alegre que nadie me ha dado ni me dará jamás.

Si la alegría es lo que buscamos, la duradera y profunda, me parece que la religión tiene la mejor respuesta posible. Cosa interesante que me lleva a una conclusión importante: la fe produce alegría y eso para mí ha sido un descubrimiento sensacional, que en sí mismo me ha producido gozo. He querido compartir con usted algunas reflexiones personales en esta época de celebraciones, lo que espero le cause alegría. A mí me lo ha producido.

POST SCRIPTUM

• En Ratzinger, Joseph, Seewald, Peter (1997). SALT OF THE EARTH : CHRISTIANITY AND THE CATHOLIC CHURCH AT THE END OF THE MILLENNIUM. San Francisco. Ignatius Press. 0898706408, p. 28, se trata algo relacionado. El entonces Cardenal dice que vivir sin fe es como encontrarse en una situación de nihilismo, que me supongo produzca desconsuelo.

• En varias ocasiones me he enfrentado al argumento sobre el Cristianismo, que se regodea en la Crucifixión y su horror. Sí es un horror, pero es una puerta abierta a la bondad y la felicidad. Quedarse en el significado del horror es un error.


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