Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Oveja Totalitaria
Eduardo García Gaspar
10 julio 2006
Sección: FALSEDADES, Sección: Análisis, SOCIALISMO
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El punto central de este ensayo es simple: ambiciono remarcar que las ideas y las decisiones tienen consecuencias y que en algunos casos esas consecuencias son contrarias a lo pretendido por la idea o por la decisión cuando ella no está fundamentada en la realidad.

Uso un ejemplo que me parece muy representativo, pues cumple con los requisitos de una idea bien intencionada propuesta por una persona que tiene propósitos loables.

Es decir, no dudo de los buenos y sanos objetivos de sus ideas, aunque me propongo demostrar que ellas son en realidad algo terrible, pues cometen dos errores graves, análisis erróneos de la realidad y carencia de análisis de los efectos totales de sus propuestas.

Encontré la idea que servirá de muestra en una revista, dentro de uno de sus varios artículos. La revista tiene fecha de publicación en 1997, como su número V, dedicado a cuestiones de democracia, ética y política. Es una publicación cuidada a pesar de los escasos recursos con los que sin duda cuenta.

Dentro de ella se encuentra un breve artículo, en sus primeras páginas, titulado “Desarrollo y pobreza: ¿hay alternativas?“. Si no menciono ni la revista, ni al autor del artículo, es porque esos datos no contribuyen a la anatomía que a continuación hago.

Con el contenido de ese texto deseo demostrar cómo es que ideas con buenas intenciones pueden tener efectos colaterales nefastos. La causa de esto es, como ya dije, la falta de análisis objetivos de la realidad y la carencia de una habilidad razonable de estudio de los efectos totales de las ideas.

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• El primer punto del autor usa las siguientes palabras, con una propuesta concreta de acción:

“… la búsqueda de una economía humanizada al servicio de los más pobres y del ser humano; si las máquinas quitan trabajo entonces no sirven. Ghandi afirmaba no tener “ningún interés especial en volver a los métodos primitivos de moler y descascarar por sí mismos. Sugiero que se vuelva a ellos porque no hay otra manera de darle empleo a los millones de aldeanos que están viviendo en ociosidad forzada” “.

Esta es sin duda una idea atractiva, que puede convencer a muchos por su lógica de apariencia incontestable. Para el gobernante esta tesis presenta una solución sencilla, pues si enfrenta una población con desempleo, él tiene a la mano la posibilidad de resolver el problema con el poder de una ley.

Le basta hacer ilegales las máquinas industriales que es la propuesta del autor y que otros han expresado en propuestas como reducir la jornada de trabajo para tener que emplear más personas.

En esencia ese primer punto concreto del artículo dice algo muy sencillo, para lograr el empleo de las personas desocupadas hay que deshacernos de las máquinas modernas porque esas máquinas disminuyen los empleos. Esta tesis establece una correlación directa entre las invenciones industriales y el desempleo; aceptar esta tesis nos llevaría necesariamente a proyectar que los países con más invenciones tecnológicas serán los que padecen más desempleo, y que los países con menos maquinaria tienen mayor índice de empleo.

La única manera de probar esa tesis es usar datos empíricos que demuestren la realidad de lo que se afirma, no en un momento dado, sino como tendencia general: a mayor industrialización, mayor desempleo. Creo que la realidad contradice esa tesis; más aún, si fuera cierta, Gran Bretaña sería el país con el verdadero problema de desempleo y no la India, pues la industrialización británica es mayor.

Ahora, supongamos que en realidad se lleva a cabo esa idea y todas las máquinas son tiradas al mar. La población de la India queda así literalmente sólo con las herramientas más primitivas para moler, descascarar, arar y similares. La pregunta obligada que toda persona con poder debe hacerse es qué sucedería si eso se hace; no únicamente el logro del objetivo buscado, sino las consecuencias totales de largo plazo en el total de la población.

Desde luego, es en extremo difícil hacer ese pronóstico en detalle, pero algunas cosas pueden resultar claras; por ejemplo, todos los que trabajan ahora con máquinas menos primitivas que ésas, se quedarían sin trabajo y posiblemente sin posibilidad de trabajo, si es que no saben usar las herramientas primitivas.

Es decir, para beneficiar a unos se lastima severamente a otros, lo que puede ser justificable si se admite que los que saben trabajar con máquinas son inferiores en sus derechos a los que lo ignoran; sería el reconocimiento explícito de una desigualdad de derechos entre los humanos.

Es posible otra predicción razonable, los artículos costarían más, sus precios serían más elevados. Hacer una cazuela para cocer alimentos tomaría más tiempo sin máquinas que con máquinas, como el ejemplo de los alfileres de Adam Smith.

Sería prácticamente imposible tener escuelas, porque no habría libros, ni papel, ni lápices; los menores no podrían ir a la escuela por tener que trabajar, porque lo podrían hacer sólo si sus padres fueran en exceso productivos y eso sólo se logra con máquinas. Este fenómeno puede verse en algunos movimientos migratorios de grupos que, por presión económica, no permitían que sus hijos asistieran a escuelas.

Y, desde luego, tarde o temprano, alguien tendría la imaginación suficiente como para inventar una máquina, aunque fuese la más sencilla, quizá el más primitivo de los telares o cualquier otra. Esta invención sería, de acuerdo con la tesis del autor, un mal para la sociedad y tendría que ser prohibida porque posiblemente cause el desempleo de quien ahora hace tejidos a mano.

Es decir, habría dos consecuencias inevitables y ciertas. Una es la de limitar a la imaginación y el talento humano, lo que es una clara violación de los derechos humanos. Otra, la de existir necesariamente un gobierno con suficiente poder como para entrar a las granjas de las personas y destruir sus invenciones.

Estos son efectos colaterales que merecen atención. Una tesis que afirma que para crear empleos es necesario retirar invenciones fabriles y volver a la utilización de herramientas primitivas, necesariamente supone la existencia de una autoridad totalitaria que realice varias tareas.

Una tarea es la de entrar a propiedad privada y confiscar maquinaria para destruirla; sin remedio esto supone que algunas personas tienen mayores derechos que otras.

Otra tarea es vigilar a cada ciudadano para evitar que cree instrumentos nuevos de trabajo; inevitablemente esto supone un gran aparato burocrático de vigilancia, de gran costo y con enorme poder, capaz de juzgar sin apelación si un cierto arado de nuevo diseño, por ejemplo, es mejor que otros y por eso prohibirlo.

En resumen, entonces, esa idea de quitar máquinas industriales viola derechos, desperdicia talento y requiere de una autoridad totalitaria.

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• Dentro del artículo analizado la segunda propuesta es la siguiente:

“… El modelo contemplaba muchos pequeños poblados donde se combinaran granjas con talleres artesanales; cada aldea sería una granja autoabastecida. Si un ser humano no puede satisfacerse por si mismo, que intervenga la familia, y si ésta tampoco puede, que intervenga la aldea”.

Este punto del autor quizá tenga el antecedente más antiguo en las ideas de Platón, con sus aldeas de no más de cierto número de habitantes, en las que hasta los vasos deben tener ciertas medidas comunes a todos. Es éste en realidad un punto doble; por un lado está la tesis de volver a aldeas pequeñas que sean autosuficientes y, por el otro, la idea de ayuda mutua entre sus habitantes. Intentaré examinar los efectos de cada una de estas ideas.

No hay otra manera de hacer que las personas emigren a aldeas pequeñas que la de usar la fuerza pública para obligar a la población urbana a dejar sus hogares. Es decir, igual que hace poco con el Khmer Rouge, usar al ejército para sacar a las personas de sus casas en la ciudad y llevarlas a esas aldeas, por la fuerza; quien haya decidido vivir en una ciudad, ya no tendrá la libertad de hacerlo y, más aún, dejará su casa y propiedades, para ir obligadamente a las áreas rurales.

La única manera de aceptar esto como una posibilidad real es aceptar que no existe ningún derecho humano. El que tenga su comercio, tienda o negocio en la ciudad, lo tendrá que abandonar sin remedio e ir a trabajar en labores para los que muy probablemente no esté preparado. Desde luego, para realizar esa emigración es necesario suponer la existencia de una autoridad totalitaria absoluta.

La noción de que cada aldea es una granja autoabastecida, también requiere necesariamente la existencia de una autoridad dictatorial extrema, pues esta autoridad sería la única capaz de definir lo que es en la práctica esa autosuficiencia.

¿Tendría cada aldea la necesidad de producir su propia verdura aunque el clima ni el suelo sean propicios? ¿Sería negada la práctica milenaria de comercio e intercambios entre aldeas? ¿Qué sucedería si una aldea progresa más que otra? ¿Cómo igualar entre aldeas variables de clima y fertilidad de suelo?

No hay manera de contestar estas preguntas de manera razonable. E, igualmente, como antes, esta propuesta supone la existencia de una autoridad totalitaria, capaz de vigilar que las aldeas no comercien entre sí; sin esa vigilancia se crearían mercados y especialidades de manera espontánea, quizá con alguna aldea dedicada a la cría de pollos y otra al cultivo de patatas.

Los efectos colaterales de estas aldeas independientes podrían ser terribles; por ejemplo en el caso de una epidemia que surja en alguna de ellas y cuyos habitantes estén condenados a morir simplemente porque la creación de medicinas ha sido imposible dentro de esa autosuficiencia.

En cuanto a la idea de la ayuda mutua entre los habitantes de cada aldea, el autor dice que “Si un ser humano no puede satisfacerse por si mismo, que intervenga la familia, y si ésta tampoco puede, que intervenga la aldea”.

La falta de análisis resulta patente en esa afirmación, pues ignora la causa de la incapacidad de satisfacerse; puede ser que la causa sea válida, por ejemplo, una enfermedad que imposibilita el trabajo, pero también puede ser que la causa sea una decisión personal de trabajar menos o sencillamente no hacerlo, pues la persona sabe que hay medios para subsistir sin trabajar.

Es evidente que ambos casos son diferentes y merecen tratos diferentes, cuyo juicio requiere una intervención gubernamental omnipresente. Igualmente, el caso de la obligación de todos los habitantes de la aldea para ayudar a quienes no son suficientes, requiere la intervención gubernamental para afectar las propiedades de las personas y retirarles los recursos que son necesarios para ayudar a quien se cree que lo necesita.

La libertad de ayuda voluntaria entre las personas ha sido sustituida así por la intervención gubernamental, lo que puede ser un incentivo negativo para realizarla; las personas pueden razonar que es mejor no ayudar al necesitado y esperar que llegue la autoridad a hacerlo. La caridad voluntaria es anulada.

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• La tercera propuesta del autor está expresada en estas palabras:

“No poseer más de los necesario (tierra, bienes) en una economía de no acumulación. Centrarse en las necesidades y no en los deseos, que son infinitos; si todos poseyéramos lo necesario nadie pasaría hambre; tampoco tener lo que millones no pueden tener”.

Con las anteriores palabras, el autor establece una propuesta que es también muy sencilla de comprender. Se trata de no tener más de lo necesario porque de esa manera todos tendrán lo necesario. En el fondo, esta idea establece que la causa de la carencia de unos es la abundancia de otros, lo que sólo puede ser cierto bajo la hipótesis de que es imposible crear riqueza.

En otras palabras, el autor toma como verdadero el supuesto de que no es posible crear recursos, ni riqueza, y que al limitar las propiedades de las personas las demás en automático resuelven su pobreza. Este tercer punto contiene varios elementos que deben ser vistos uno por uno.

Primero, es obligatorio contar con una definición práctica de lo necesario para llevar a la práctica esa propuesta. Los problemas para resolver esto son insolubles y la única posibilidad de hacerlo realidad es contar con una autoridad totalitaria que sea la fuente de esa definición detallada.

¿Exactamente cuántos metros cuadrados debe tener una casa? ¿Variará esa superficie dependiendo del número de integrantes de la familia? ¿Cuántos platos y de qué tipo puede poseer cada persona? ¿Son los platos de color rojo superfluos y es mejor que todos sean blancos? ¿Cómo comparar la superficie de dos terrenos cuya fertilidad es diferente? ¿Hasta cuántos libros se pueden tener sin que su posesión sea considerada superficial?

Millones de preguntas y detalles como estos deberán contestarse para poder determinar qué es lo necesario y que la autoridad intervenga cuando la persona rebase, por ejemplo, el número o la calidad de las camisas permitidas; periódicamente una fuerza de burócratas deberá entrar a cada casa y determinar si cada familia ha violado la definición de lo necesario.

Segundo, muy relacionado con lo anterior, es también imperativo hacer una distinción detallada legal entre lo que es una necesidad y lo que es un deseo. La cuestión, desde luego, no tiene solución. ¿Es un deseo leer a Platón o es una necesidad?, y si se define como una necesidad tendría que ser obligatoria la lectura de Platón para todos. ¿Es un deseo o una necesidad acudir a un baile?

La única manera de resolver esto es tener a una autoridad totalitaria que diera una definición exacta en millones de variables y que se responsabilizara de hacerla realidad.

La vida de las personas tendría que ser supervisada a diario para asegurarse de que satisfagan sus necesidades, pero no sus deseos. Más aún, cuando llegara a presentarse  alguna innovación, por ejemplo, el Internet, la autoridad tendría que contestar si esa red es un satisfactor de una necesidad o de un deseo.

Tercero, sin remedio se presentaría un problema, el de las personas que hacen un esfuerzo adicional de algún tipo y por ello reciben alguna recompensa, quizá mayores ingresos. Esto es inevitable; de seguro algunas personas optarían por trabajar menos horas o con menos laboriosidad, mientras que otras decidirían trabajar más horas y más intensamente. Es obvio que unas recibirán menos ingresos que otras y que eso va a colocar a las personas en diferentes escenarios de posesión de bienes. ¿Qué hacer en estos casos en los que unos tienen más que otros?

Si la idea del autor en cuestión debe realizarse, la única posibilidad es un tratamiento diferencial entre las personas; quienes tienen más serían igualados con quienes tienen menos, un incentivo negativo al esfuerzo que haría que la población prefiriera trabajar menos. El resultado sería una pobreza aún mayor.

Cuarto, el autor se hace eco de Ghandi, al hablar de su preferencia por una economía de no acumulación. Es digno de notar que la acumulación es precisamente la clave de la solución de la pobreza, ése problema que mueve al autor a hacer propuestas cuya consecuencia es precisamente la de crear más pobreza.

La acumulación que es denigrada por el autor, de hecho constituye la llave de la solución. Gracias a la posibilidad de acumular, las personas pueden ser independientes, prever su retiro, enviar a sus hijos a escuelas y universidades, vivir en casas, vestir y comer. Sin acumulación, los humanos dejamos de ser humanos.

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• Sigue el autor con otra propuesta, que textualmente es la siguiente:

“El rico como fideicomisario (sirviente) de la comunidad, a quien la riqueza no le pertenece sino que es el encargado de administrarla y puede ser removido si no cumple su tarea. Ghandi propugnaba también por una igualdad económica y de poder, respetando los diferentes talentos”.

La contradicción de esa propuesta puede no ser muy aparente, pero es importante. Me refiero a proponer igualdad económica y de poder, al mismo tiempo que respetar las diversas habilidades de las personas. Es obvio que los diferentes talentos van a producir resultados diferentes y, por tanto, desigualdad económica. No hay posibilidad de otro resultado si es que las habilidades son dejadas libres.

Quienes más talentos tienen más ingresos tendrán; quienes tengan el hábito del ahorro serán más ricos que quienes son gastadores empedernidos; quienes trabajen más horas ganarán más; quienes más talentos administrativos posean más probabilidad de éxito tendrán; quienes más educados sean más ingresos lograrán.

En este campo, veo excepcionalmente rica la concepción de igualdad en el Catecismo Católico, que reconoce la igualdad esencial en la dignidad de todos los hombres, pero reconoce las diferencias de habilidades como parte del plan Divino para complementarnos unos a otros, haciendo de la caridad y la solidaridad una obligación del fuero interno de cada persona. En cambio, esta cuarta propuesta del autor es contradictoria en su razonamiento.

Otro aspecto de esta cuarta propuesta es el entendimiento del rico como un sirviente de la comunidad que no es dueño de su riqueza y que puede ser quitado de su puesto en caso de no cumplir con esa obligación de servicio. Para que esto pueda hacerse realidad, como en los casos anteriores, es necesaria la existencia de una autoridad totalitaria ante la que la persona no tiene defensa; esa autoridad inevitablemente será el juez último que juzgue si algún rico cumple con su función o no.

El lector puede imaginar sin mucho esfuerzo el incentivo del gobernante para apropiarse de los bienes de otros sin más esfuerzo que el emitir una sentencia inapelable.

Hay además otro problema, insoluble, el de la definición exacta de lo que es un rico. ¿Qué volumen de ventas debe tener una tienda para considerar rico a su propietario? ¿Se aplican índices de inflación a ese volumen de ventas? Si dos personas tienen igual capital, pero una lo tiene invertido en una fábrica y la otra en el banco, ¿quién es más rico?

Para valuar la riqueza ¿se toma el valor en libros de una acción o su valor de mercado en que momento? ¿Es ya rico el que tiene un comercio con cuatro empleados o tiene que llegar a seis empleados para considerarse rico? ¿Es más rico el accionista que tiene el 1% de una empresa grande o el que tiene el 49% de una empresa mediana?

No hay manera de resolver esta cuestión excepto con la existencia de un gobierno todopoderoso que por decreto establezca una definición de culpabilidad, como sucedió al inició de la toma del poder por parte de los bolcheviques.

Más aún, hay un aspecto de justicia que es grave en la aseveración de que al rico “la riqueza no le pertenece sino que es el encargado de administrarla”. Quien llega a una tierra de nadie y la trabaja de tal manera que logra una fortuna envidiable, ¿no es dueño de ese producto de su trabajo y esfuerzo? ¿No es dueño de su invención el que escribe un libro de altas ventas? Es claro que para el autor, la autoridad tiene el poder para retirar la riqueza a quien la creó.

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• En el quinto de sus propuestas, el autor primero afirma lo siguiente:

“Toda la industrialización implica una violencia que hay que reducir la máximo. El trabajo manual excluye la explotación y la esclavitud, mientras que la maquinaria en gran escala concentra la riqueza en una persona; este tipo de trabajo resulta fundamental en la educación. Las pocas industrias deben ser del Estado (el ideal es un Estado de “anarquía ilustrada” donde cada uno se gobierne a sí mismo sin estorbar al vecino)”.

Hay aquí varias tesis que conviene ver por separado. Primero está la idea no claramente expresada, y que entiendo así: la industrialización necesariamente implica explotación y esclavitud, pero el trabajo manual evita esa explotación y esa esclavitud.

Si mi entendimiento es correcto, el autor propone una correlación directa entre industrialización y esclavitud o explotación. Si esa correlación es cierta, entonces las personas viven mejor en las sociedades primitivas que en las sociedades modernas.

El punto es fácil de resolver con una demostración numérica de varios índices de calidad de vida entre ambos tipos de naciones; por ejemplo, tomar estadísticas de expectativa de vida y de acceso a servicios médicos en naciones industrializadas y naciones no industrializadas. Con cifras como ésas, el punto sería resuelto; mucho me temo que esto probaría la tesis contraria a la del autor.

Lo que el autor dice es que vive mejor el que no usa instrumentos de trabajo que el que sí los usa; el que usa un tractor vive mal y el que usa un arado vive bien. Esta cuestión podría fácilmente ser dilucidada con una serie de encuestas entre personas que trabajan, preguntando, por ejemplo, su preferencia de trabajar con una computadora o sin ella, con un tractor o si él, con electricidad o sin ella.

La medición de la preferencia personal es la mejor medida de la felicidad propia y es contraria a la imposición de la voluntad de otro que dice que es mejor que yo viva sin máquinas cuando yo pienso lo contrario.

Dentro de una lógica interna absoluta, el autor propone que “las pocas industrias deben ser del Estado (el ideal es un Estado de “anarquía ilustrada” donde cada uno se gobierne a sí mismo sin estorbar al vecino)”. Desde luego, pues sus propuestas suponen la existencia de un gobierno absolutamente poderoso y es muy congruente suponer que las industrias sea propiedad de esa autoridad. Es claro que esto constituye una violación de los derechos humanos al que se le niega la libertad de trabajo.

Dentro del texto inmediato anterior citado, se encuentra otra idea, la de “que la maquinaria en gran escala concentra la riqueza en una persona”. Haciendo a un lado la enorme dificultad de definir exactamente qué es una maquinaria en gran escala y qué no lo es, la tesis es clara. El autor afirma que las grandes máquinas centralizan la riqueza en una persona, presumiblemente la dueña de esas máquinas. ¿Es cierto eso?

Para demostrar que es falso, es necesario ver brevemente algunos aspectos de los procesos económicos.

Las máquinas producen algo que es comprado por las personas de manera voluntaria, de lo que necesariamente se deduce que les produce un beneficio, pues de lo contrario no lo adquirirían. Es decir, la riqueza producida por las máquinas va a los miles y millones de consumidores que compran el bien producido.

La cuestión del uso de los bienes de producción dentro de un mercado libre de hecho provoca  que esos bienes sean usados de acuerdo a los deseos de los consumidores, no de sus dueños legales.

Para operar esas máquinas se requieren personas que trabajen y a quienes se paga por ello. Dentro de un mercado libre, esos empleados deciden voluntariamente trabajar en el sitio que más les convenga, en un intercambio también voluntario.

Los proveedores de materiales y refacciones de la máquina también hacen intercambios si estos les convienen, vendiendo sus productos. En todos esos procesos dentro de un mercado libre, todos se benefician. Sí, también, los dueños de las máquinas tienen un beneficio si hacen bien su trabajo.

De hecho, dentro de un mercado libre no hay distribuciones sino intercambios. Más aún, la tesis del autor afirma que la riqueza se concentra en una sola persona. ¿Qué sucede en los casos en los que hay miles de accionistas? ¿Es diferente el tratamiento de esas empresas que el caso de las empresas de un solo dueño?

Dentro del mismo quinto punto, el autor señala que, “La maquinización es nociva si destruye la creatividad, atrofia los miembros y crea desempleo. “Sin duda el maquinismo -escribía Ghandi- tiene su lugar… pero no hay que dejarlo que sustituya al necesario trabajo humano. A lo que me opongo es al delirio del maquinismo, no al maquinismo mismo. El delirio es ese maquinismo con el que se dice ahorra trabajo… lo que lo mueve no es un impulso filantrópico… sino la codicia” …. para Ghandi, los avances en las comunicaciones y en las fábricas acrecentó en su país el dominio británico y propagó epidemias”.

Ya ha sido tratado el punto del maquinismo como causa de desempleo en un punto anterior, por lo que aquí intentaré profundizar en otras ideas.

Una de ellas es la de que “la maquinización es nociva si destruye la creatividad, atrofia los miembros”. Desde luego que sí; por ejemplo, la mala postura de las manos al escribir en un ordenador puede causar problemas de salud, como los movimientos repetitivos pueden igualmente hacerlo. También la maquinización es negativa si llegara a demoler a la imaginación.

Pero el punto es establecer si de hecho, en realidad, la maquinización ha producido esos males. Y la única manera de saberlo es tomar datos de algún país desde los inicios de su industrialización hasta su maquinización actual y ver si eso es cierto o no.

O bien, la prueba de esa afirmación del autor podría establecerse haciendo la comparación entre dos países, uno sin industrializar y otro industrializado, comparando entre ellos índices de creatividad, por ejemplo registros de patentes, e índices de atrofia de miembros.

Cuestión de ver esos datos, pero mucho me temo que probarán lo contrario de lo que el autor afirma.

Tomaré ahora las mismas palabras de Ghandi que el autor cita, “a lo que me opongo es al delirio del maquinismo, no al maquinismo mismo. El delirio es ese maquinismo con el que se dice ahorra trabajo… lo que lo mueve no es un impulso filantrópico… sino la codicia”.

Estas palabras tan vagas tienen un significado muy poco útil, pues la definición de delirio carece de interpretación razonable. ¿Es el fax un delirio del maquinismo? Puede ser, porque después de todo hizo quedar sin trabajo a muchas personas empleadas en la transportación de documentos.

Igualmente, el Internet ha hecho que se emplee menos el correo tradicional y, bajo alguna óptica, podría ser considerado un frenesí febril. Como en afirmaciones anteriores, ésta necesariamente supone como efecto colateral la existencia de una autoridad totalitaria responsable de juzgar qué es un extravío maquinista y qué no lo es.

Finalmente en este quinto punto, el autor dice que “para Ghandi, los avances en las comunicaciones y en las fábricas acrecentó en su país el dominio británico y propagó epidemias”.

Sin duda ésa es una parte de los efectos del dominio inglés en la India, pero sólo apunto que un análisis serio de esa cuestión estudiaría los efectos totales de ese dominio, sin parcialidades. Por ejemplo, la propagación de epidemias deberá balancearse con el efecto del establecimiento de hospitales y medicina más avanzada que la hindú. Mi argumentación es la necesidad de una argumentación objetiva y realista, con pruebas y demostraciones.

En el último párrafo del articulo, el autor usa estas palabras, “… las visiones Ghandiana y comunitaria del desarrollo parten de un gran conocimiento de la realidad… Por ello sería injusto tildarlas de quiméricas. Se trata de utopías realizables si luchamos por ellas ya que han existido por miles de años, llenas, además, de sentido común y de sobrevivencia”.

Más claridad no puede haber en el autor. Sí, eso que propone está, dice él, basado en la realidad y es perfectamente posible realizar esas propuestas. Una parte de mis comentarios han argumentado en contra de la verdad de lo afirmado, con algunas propuestas de estudios objetivos que demuestren esa realidad.

Pero mi argumentación mayor se fundó en las consecuencias colaterales de esas propuestas, concretamente en la secuela de crear una autoridad pública totalitaria ante la que los derechos individuales no tendrían defensa alguna.


Con antecedentes desde 1995, ContraPeso.info funciona como información adicional a los medios dominantes



1 comentario en “La Oveja Totalitaria”
  1. Contrapeso » Y Ahora, Sólo Mis Ideas




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