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Las Empresas Ganan
 
8 junio 2006
Sección: FALSEDADES, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Ernesto Poblet. Agradecemos a Fundación Atlas 1853 el gentil permiso de reproducción. El tema tratado por el autor es el de las empresas y el dinero que ellas ganan.

Las empresas ganan mucha plata

Una prédica resentida y facilista arguye que en el capitalismo las empresas “ganan excesivamente” en detrimento del trabajador.  Ahí reside un gran sofisma

La utilidad del empresario es un elemento marginal y estimulante.  Dentro de ese margen surge otro beneficio para la comunidad que es el impuesto o renta del Estado.  El primero y más importante rédito que las empresas generan a favor de la población es el proceso productivo y ahí debe ponerse la atención.

Un empresario (palabra que debe ser mejor valorada pues proviene del verbo “emprender”)  es aquel que arriesga su capital para producir bienes. Se trata de un proceso incitativo que deriva  en la “generación de riqueza”. Esa riqueza, es la fertilidad o abundancia que brota de la acción, el pensamiento, el arte y el riesgo del empresario.

Antes de generarse, los bienes no existían para nadie. Ni siquiera alcanzaban a ser un bienes mostrencos.  En términos simples “generar riqueza” es equivalente a crear o poner algo allí donde no hay nada.

William Penn se llamaba un protector de los cuáqueros que llegó desde Inglaterra a las costas del lado Este de lo que hoy es Estados Unidos. El ejemplo del fundador del Estado de Pennsilvania es el que deberíamos seguir los argentinos.  En un desierto asentó a los cuáqueros ingleses, no deseables en las islas Británicas por sus costumbres extravagantes para la época.

Demostró Mr. Penn que hay un método humano, factible y provechoso de trasladar poblaciones -en libertad desde luego- para poblar los desiertos y enriquecer los pueblos mediante la cultura del trabajo utilizando las inversiones de capital.

Exactamente al revés de lo que hicieron nuestros actuales gobernantes digitados por asambleas acefalócratas o comicios viciados. Aumentaron la población de las villas de emergencia, aislaron del mundo al país, rechazaron o despreciaron las inversiones, con lo cual, reina el hambre, la desocupación, el cirujeo, los piquetes y la violencia delictiva.

Los principios del capitalismo moderno garantizan y potencian el bienestar para todos los sectores del pueblo, con desigualdades pero asegurando contra el flagelo de la pobreza. No habiendo pobres cesan las brechas con los ricos y las luchas de clases.

No es necesario caer en la capciosa concepción de las clases sociales en lucha. La misma que dos filósofos del siglo XIX diseñaron  para una utópica  humanidad reglamentada, que nunca dió buenos resultados.

El que gana mucho -en buena ley- gana porque “produce”, “genera” lo que gana y hace (“logra”) que otros produzcan mediante el trabajo y obtengan sus salarios dignos.

Con esa sencillez de criterios liberales triunfaron sociedades como Canadá, Irlanda, India, España, Australia, Finlandia, Portugal, Chile, Hong Kong, Barbados, Corea del Sur, Singapur, Nueva Zelanda, Grecia, Taiwan, etc.

Todos países con características desiguales en etnias, culturas, geografías, climas, población, y territorios chicos o grandes con o sin recursos naturales.  No existen en el seno de estas comunidades triunfadoras la falta de libertad en todos los órdenes ni la inseguridad jurídica. La actividad privada es el gran motor dinámico de sus economías.

El Estado Burocrático y las Empresas

Las empresas privadas son las verdaderas fuentes del trabajo productivo mientras el Estado burocrático es un dador de empleos no productivos y perdidosos. Éste se mantiene aprovechándose del contribuyente que le aporta impuestos exagerados o -antes de la caída final- de la emisión monetaria.

Es el hacedor del malestar que hoy padecemos en la Argentina.  Es la gigantesca entelequia creada por años de abusos en todo el territorio de la república.

Con un exceso de reparticiones, oficinas, talleres, fábricas, comisiones administrativas eternas, sueldos, viáticos, viajes, choferes, ordenanzas, secretarias, acomodos, dádivas varias, etc., que empobrecen a toda la comunidad.

En cualquier organismo público, cámaras legislativas, juzgados, ministerios, empresas estatales, registros, oficinas recaudadoras, de contralor, sindicaturas, órganos extrapoderes, fondos fiduciarios públicos, universidades estatales y la infinidad del aparato ilimitado de la administración, ha sido rutina nombrar parientes y amigos de los funcionarios de turno como si fuera un derecho natural.

Los políticos, cuando asumen la titularidad de la función pública, nombran un contingente de personal que se las ingenia para quedarse aún después de caducar el período del funcionario que los nombró.  La acumulación no tiene fin y los puestos parasitarios llegan a dimensiones que superan los espacios disponibles para contenerlos.

Determinados gremios aplauden gozosos estos inextinguibles desbordes pues  significan mayores ingresos a sus cajas y el ansiado poder político. Nadie suele quejarse contra esta “fuente de trabajo” que es defendida con medios económicos inconmensurables por los sindicatos cómplices y las corporaciones políticas cebadas en el sistema.

Con el poder a cuestas no trepidan en usar los privilegios y finanzas corporativas que les permiten movilizarse y hasta con violencia  defender el statu-quo alcanzado. Todo país que se somete a estas fórmulas llega a las fronteras del infierno, cuando no se constituye concretamente en uno.

A los sectores gremiales o populistas les resulta fácil culpar de todos los males a los empresarios “que ganan mucha plata”. Pero se olvidan que esos empresarios también arriesgan y si les va mal sufren el proceso de quiebra y hasta persecuciones de toda clase…  ¿se conoce algún gremialista quebrado…?

Padecen los empresarios (siempre hay excepciones) en carne propia las malas políticas económicas como fue la inflación que no dejó crecer al país por décadas. Esas malas políticas las sufrieron también el propio sector en relación de dependencia y los pequeños emprendedores. Nunca los gremialistas.

Éstos siempre supieron subsistir satisfechos y aún así no dejan de añorar otras épocas también inflacionarias, estatistas y populistas. La historia no miente, demuestra con nitidez esas corruptelas perversas.

Países de orígenes muy parecidos a la Argentina como Australia, Canadá y Nueva Zelandia asumieron  la  experiencia, se enmendaron en su beneficio y hoy gozan de un sostenido desarrollo, con buen índice de empleo y alto nivel de vida en su población. España y Chile -tan próximos a nosotros- son un ejemplo de similar prosperidad y expansión.

La buena receta consiste en un reducido gasto público, estricto cumplimiento de los compromisos externos y volver de nuevo al correcto sistema financiero sobre la base de la seguridad jurídica. Eso permite crecer y desarrollarse porque afloran las inversiones y surgen las nuevas fuentes de trabajo.

No existen  las hadas madrinas, ni los magos protectores, ni el maná del cielo; sólo se crece con el esfuerzo y el  trabajo solventado por las sólidas inversiones del capital productivo.

Con nuestra dirigencia autóctona y en estos lares, no es fácil de imaginar aquel ejemplo histórico: en libertad, gozando de las garantías individuales y respetando el derecho de propiedad, un pueblo de simples y rústicos cuáqueros pudo levantar la próspera y veterana sociedad de Pennsilvania, asentada en un yermo y  frío desierto. Cuán ridículo sonaría este reproche: “los cuáqueros han ganado mucha plata…”

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