Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Liberación Humana
Eduardo García Gaspar
24 noviembre 2006
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
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No soy precisamente un partidario de la Teología de la Liberación y no he escuchado mucho de ella en los últimos años. Sin embargo, hace poco tuve la oportunidad de tratar el tema de nuevo bajo condiciones mucho más razonables que las anteriores, cuando sus partidarios trataban de ganar mis argumentos con nociones estrambóticas marxistas y juicios confusos.

Esta vez, todo comenzó con una posición positiva: la libertad es un gran valor, uno de los mayores valores humanos y por eso, hablar de liberación tiene su ángulo positivo.

Mis ideas liberales pueden ser fácilmente interpretadas como, al menos en parte, la liberación del yugo del estado intervencionista. La libertad es única y por eso, la libertad de expresión, la de conciencia, la de educación y el resto deben ir acompañadas por la libertad económica. Ésta es una parte de aquellas.

Pero difícilmente puedo lograr un apoyo teológico a detalles de una política económica, como el combate a la inflación, o la cancelación de aranceles en libre comercio. Eso es precisamente lo que intenta la Teología de la Liberación, apoyando políticas económicas de inspiración marxista.

Independientemente de los errores técnicos del marxismo, no es válido usar a las Sagradas Esrcituras para dar apoyo a la nacionalización de empresas o la reforma agraria o la lucha de clases.

Vayamos a lo que quizá puede iluminar el tema. Primero, la idea de libertad y de liberación es congruente con la naturaleza humana y con las religiones Cristianas: Dios nos creó dándonos libertad y razón.

Es obvio que esa creencia y el resto de las creencias cristianas influye en nuestra vida, nuestras decisiones, nuestras acciones, incluyendo nuestras opiniones políticas y económicas. La influencia viene de ideas y normas acerca de lo que somos y cómo debemos comportarnos.

Pero ir en sentido contrario es un camino erróneo: no resulta lógico tomar a las políticas económicas de una escuela de pensamiento como el marxismo o cualquier otra, para buscarles una justificación bíblica y armados con esa combinación imponer un sistema de gobierno.

En las Escrituras nada hay que pueda justificar políticas económicas humanas. De hecho hay indicaciones de lo contrario, del alejamiento de las cuestiones terrenales de ese tipo, como eso de regresar al César lo que es de él.

El Cristianismo es mucho más que eso. Por más que busque en sus textos las leyes de la termodinámica o de la oferta y demanda, allí nada hay que las valide y legitime. Son esas cuestiones humanas, seguramente parte de nuestra labor de co-creación.

Me puede mover la pobreza, me pueden indignar las hambrunas, pero todo lo que me queda por hacer es tratar de entender las causas de esos sucesos para corregirlos. Mi motivación es la compasión, pero mi prudencia me mueve a hacer lo lógico: razonar y estudiar, antes de actuar o de encontrar en los evangelios una justificación para expropiar empresas.

Y eso me lleva a la consideración del papel de un sacerdote. Para los creyentes, él es una persona muy especial, el representante de Cristo, consagrado a Él y un misionero de sus palabras. Está para hablarme de Jesucristo, para ser parte del camino de nuestra salvación.

Por eso es en extremo decepcionante encontrar a unos pocos, como me ha sucedido, que sustituyen esa misión con la prédica de un sistema económico. Reducen así su papel al de cualquier humano, como yo.

Y lo que sucede entonces es turbador: ese sacerdote intenta conocer más de un tema para el que no ha sido preparado y por el que descuida su misión principal. El representa a Jesucristo, no a Marx, ni a ningún otro economista o sociólogo. Es lo que hace la gran diferencia que existe entre Teresa de Calcuta y el sacerdote que quiere un gobierno socialista. La brecha entre ambos es infinita.

Todos podemos simpatizar con ese sacerdote y sus inquietudes. Tiene pasión por la caridad y la compasión. Sus intenciones son loables y nada puede argumentarse contra ellas, pero sí contra sus medios. Ha escogido un camino erróneo y sustituido a los evangelios con Chomsky o Marx o Marcuse o cualquier otro similar.

Es como aquel sacerdote que visité y que en su oficina tenía un gran póster del subcomandante Marcos. Me hubiera gustado ver un crucifijo.


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