Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Limitado Voto Mayoritario
Leonardo Girondella Mora
21 junio 2006
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


De manera firme y consistente, una de las ideas sostenidas por ContraPeso.info acerca de la democracia es la obvia —la democracia es mucho más que la voluntad de la mayoría y en realidad, es opuesta a ella en muchos casos.

En marzo de este año, Harry A. Jaffa publicó un texto en el Wall Street Journal sobre el tema y que tiene tesis que apuntan en la misma dirección —hay mucho más que la voluntad mayoritaria en la democracia.

Uno de los inicios de Jaffa se refiere a la igualdad del género humano, donde él señala dos desigualdades del hombre con respecto a la existencia. La primera es nuestra superioridad con respecto a los animales y el resto de nuestro mundo.

Somos seres superiores a los animales, muy claramente superiores y eso, creo, es demostrable con abundancia de pruebas. La segunda es nuestra inferioridad con respecto a Dios, del que somos creación y le debemos obediencia.

La conclusión que puedo sacar es la natural —entre nosotros mismos no hay inferiores ni superiores. Somos iguales, exactamente iguales en nuestro valor como seres vivos, lo que a su vez tiene otra consecuencia obvia aunque no hecha explícita con frecuencia. En esencia ningún ser humano le debe obediencia a otro —no hay razón esencial por la que una persona deba obedecer a otra.

Lo anterior es muy fácilmente comprensible cuando se trata de lo evidente, como la esclavitud. Nadie puede ser esclavo de otros, a menos que se acepte que entre los humanos hay desigualdades. Pero esa idea no es cómodamente aceptable cuando se trata de la autoridad política —¿por qué razón tengo yo que obedecer una ley que yo no hice y sobre la que no se me consultó? La única explicación posible es la de un acuerdo implícito.

La justificación es más de orden pragmático y consiste en aceptar un acuerdo subyacente de toda persona: por el simple hecho de vivir en una sociedad acepto una serie de condiciones que me obligan a dar obediencia a ciertas disposiciones. Esas disposiciones, rotundamente, no pueden ir en contra de esa igualdad de todo el género humano —su propósito único es el de lograr un ambiente en el que todas las personas puedan lograr lo que ellas ambicionan, a lo que es posible llamar bien común.

Nada hay aquí que siga la regla de la voluntad de la mayoría, lo opuesto es lo propuesto —todos sin que exista excepción se ponen bajo el principio de igualdad personal ante disposiciones que se aplican a todos por igual y eso no está sujeto a votación, ni a opiniones de personas o grupos.

Si acaso llegase a votarse por parte de la mayoría que un grupo minoritario debe ser esclavizado para servir a esa mayoría, la votación es nula por ser opuesta al acuerdo que es cimiento de la autoridad: todos son iguales, nadie es inferior a otro y ninguno debe ser ofrecido en sacrificio por el bien de otro.

La idea inmanente es la igualdad del valor de cada persona. Siendo iguales resulta imposible imponerse uno sobre otro —ni siquiera en el caso en el que todos excepto uno tengan la misma opinión si es que se viola la igualdad.

No puede, por esta razón, imponerse sobre siquiera unos pocos las creencias religiosas del resto. Puede verse así que la igualdad lleva a una resolución de libertad, ya que si somos iguales somos libres y se reconoce que, por tanto, las creencias religiosas personales no son sujetas a la voluntad mayoritaria.

Queda, sin embargo, una cuestión por definir —la de qué esta sujeto a esa voluntad mayoritaria. La respuesta lógica es que lo que sea que esté sujeto a esa voluntad de la mayoría no puede violar la igualdad de todos. No puede, por esta razón, decidirse por mayoría la esclavitud de unos sobre otros, así sean estos una mayoría absoluta, por una razón intrínseca a esa igualdad y que acepta la existencia de principios normativos de conducta —es decir, la presencia real de una ética objetiva derivada de la igualdad humana.

Lo anterior presenta dos puertas a la democracia. Una de ellas contiene las cuestiones en las que el voto mayoritario es la forma pragmática de toma de decisiones —como la elección de gobernantes dentro de una democracia, una situación sin otra solución mejor que ésa en la realidad.

La otra de las puertas es la de las cuestiones intocables, las que no pueden decidirse por la voluntad mayoritaria —como la imposición de una religión única para todos dentro de una sociedad.

Así llego a la tesis que he tratado de demostrar y que se limita al establecimiento de lo que creo debe ser abiertamente reconocido: hay temas que no son solucionables por medio del voto de la mayoría.

Algunos de esos temas han llegado a ser consenso, como el de la esclavitud y el de la libertad religiosa, pero hay otros en los que aún no hemos arribado a soluciones razonables, al menos aceptadas universalmente como los impuestos redistributivos (consisten en impuestos desiguales aplicados a personas iguales y que transfieren recursos de unos a otros, afectando la equidad esencial supuestamente no sujeta a voto).

La distorsión que ha sufrido la democracia, por tanto, es la creencia de que el mecanismo del voto mayoritario puede ser extendido a la solución de <I>todo</I> asunto en el que puede existir un desacuerdo. Se trata de una solución expedita, tan expedita como desatinada, pues, espero haber añadido otra prueba, sólo unas pocas cosas están sujetas a la decisión del voto de la mayoría. Y no las más importantes.

Con antecedentes desde 1995, ContraPeso.info funciona como información adicional a los medios dominantes.





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