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Los Peores a la Cabeza
Selección de ContraPeso.info
17 mayo 2006
Sección: Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de la Fundación Atlas, sobre el tema de los gobernantes. Es la síntesis de la conferencia brindada por el Dr. Meir Zylberberg en la sede de la Escuela para la Libertad Integral, el 10 de noviembre de 2005.

¿Por qué los peores se ponen a la cabeza?

La pregunta corresponde al título del capítulo X,  del ya clásico libro de Friedrich A. Hayek “Camino de Servidumbre”. El epígrafe de este capítulo no es casual.

La conocida frase de Lord Acton:  “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, indica de por sí sola una definición del tema. La corrupción no es una  plaga que en forma repentina se apodera de una sociedad. Es la consecuencia del estatismo.

En razón de las extralimitaciones legislativas que implica, conduce a la quiebra de las instituciones políticas democráticas, a la violación de los derechos individuales y a la consiguiente decadencia económica. A esta conclusión arriba Hayek para explicar por qué en Alemania llegaron a la cima del poder seres perversos como los Hitlers, Himmlers, o Goebbels.

Según el mismo autor, se trata de la necesaria consecuencia del sistema totalitario que imperaba ya, en ese entonces, en Alemania.

Basta citar algunas circunstancias históricas, tomadas del mismo libro “Camino de Servidumbre” para confirmar esta teoría. Pocas son las personas dispuestas a reconocer —decía Hayek— que el nacimiento del fascismo y el nazismo no fue una reacción contra las tendencias socialistas del período precedente, sino la consecuencia necesaria de aquellas corrientes.

En gran parte del período entre 1918 y 1933 en el que Alemania estuvo regida por la República de Weimar, las  autoridades centrales y locales habían logrado ya, dominar directamente más de la mitad de la renta nacional.

Por ello, no cabe duda, que la escala social de valores que señalaba el Estado, tendía a abarcar prácticamente todos los fines individuales de la vida de los alemanes. Hitler no destruyó la democracia alemana.  Simplemente se aprovechó de su decadencia.

De ahí que, en el momento crítico de la grave crisis institucional, obtuvo el apoyo de muchos que, aunque detestaban a Hitler, lo creyeron el único hombre lo bastante fuerte como para hacer marchar las cosas. Hayek niega que los rasgos más repulsivos de los regímenes totalitarios se deban al accidente histórico de haberlos establecido grupos de guardias negras y criminales.

Menos cierto aún, es que esta dramática circunstancia pueda probar que los alemanes sean, además, seres depravados. Dos alemanes, Johann Wolfgang von Goethe y Wilhelm von Humboldt inspiraron a John Stuart Mill para escribir su libro “On Liberty”. Dos de los más influyentes antecesores intelectuales del nacional?socialismo fueron Thomas Carlyle y Houston Stewart Chamberlain.

Uno era escocés y el otro inglés. Hayek rechaza también la difundida creencia que el totalitarismo sea un poderoso sistema que, tanto puede servir para el bien como para el mal. Más aún, se opone a la idea que esto sólo dependa del uso y el carácter de los dictadores.  Algo así, como el lamento de nuestro Alfredo L. Palacios que, si en vez de Rosas, el dictador hubiera sido un noble varón—como San Martín—todo habría sido distinto.

Hayek sostiene, por el contrario, que el hombre de estado democrático, que se dispone a planificar la vida económica de la sociedad, tiene pronto que optar entre asumir poderes dictatoriales o abandonar sus proyectos.  De la misma manera, el dictador totalitario pronto tendrá que elegir entre prescindir de la moral ordinaria o fracasar.

De ahí, que, en una sociedad que tiende hacia el totalitarismo, los faltos de escrúpulos y aventureros tienen más probabilidades de éxito. El caso argentino “Camino de Servidumbre” se publicó en el año 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. El método de investigación que emplea Hayek  resulta particularmente útil para desentrañar las instituciones, que no solamente permitieron que los peores se pusieran a la cabeza en la Argentina sino que también condujeron al país a la decadencia.

El tema consiste en explicar cómo Juan Domingo Perón, en sus dos primeras presidencias, pudo dilapidar las divisas que se acumularon durante el largo período de la Segunda Guerra Mundial y, a la vez, destruir los servicios públicos, estatizándolos.

Si bien existen trabajos en los que se dan a conocer las razones del fracaso de la Revolución Libertadora y el retorno de Perón en la década del setenta, hoy éstos quedaron olvidados. ¿La sangrienta guerra civil de la misma década y el conflicto bélico en las Malvinas de 1982, estuvieron, o no, dentro de la lógica del sistema institucional vigente? Raul Alfonsín, a partir de su asunción el 10 de diciembre de 1983, no tardó mucho para iniciar su tarea de demolición.

Le alcanzaron los dos primeros años de su período presidencial para declarar extinguidos los nuevos pesos “argentinos” creados poco antes, en los finales del gobierno militar del Proceso.  El peso “argentino” habría de ser el tercer sistema monetario que desaparecería en el siglo XX.

Alfonsín dio por terminado su mandato, en forma abrupta y anticipada, en medio de la hiperinflación y un caos energético sin precedentes. ¿Qué hizo mal u omitió hacer el Dr. Carlos Menem, durante los diez años de su gobierno, para que, en tan poco tiempo, se acallaran las ponderaciones sobre sus logros y popularidad…?

Las presentes generaciones carecen de ideas claras, acerca  de los mecanismos que le permitieron al Dr. Domingo Cavallo, instaurar el “corralito”, la “bancarización” obligatoria y el racionamiento en materia de cobros de sueldos y salarios.

Algo muy grave debe estar ocurriendo con nuestras instituciones, para que Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde hayan podido declarar el default de la deuda externa, devaluar el peso convertible, pesificar contratos en moneda extranjera, defraudar a ahorristas sin distinción de nacionalidad y que, hasta el día de hoy, la seguridad jurídica brille por su ausencia.

¡Todo esto en forma sucesiva y con total impunidad! ¿Cuál fue la causa subyacente que produjo las consecuencias aquí citadas, que se extienden a través de largos períodos, signados por el predominio de distintas y hasta opuestas estructuras de poder?

El corporativismo fascista

La respuesta a por qué los peores se pusieron a la cabeza en Argentina, no difiere mucho, de la dada por Hayek para el caso alemán.  ¡La vigencia de un sistema totalitario!

Comparto, en este sentido, la opinión de Rodolfo Luque, quien señalaba que la Argentina, desde mediados de la década del cuarenta, era ya una “aparente” república representativa federal, pero en la realidad un régimen corporativo?fascista, un fascismo argentino, con todas las características de un sindicalismo militarizado.

Sesenta años después, se puede agregar algo más: El espectáculo diario de bandas organizadas de piqueteros y grupos de violentos que recuerdan peligrosamente, los trágicos “pogroms” nazis. El fascismo argentino tuvo su origen y basamento en tres decretos presidenciales.

Mediante los mismos: el 17 de diciembre de 1929, Hipólito Irigoyen cierra la Caja de Conversión, el 8 y 10 de octubre de 1931, el gobierno provisional presidido por el General Uriburu instituye el control de cambios y, el 19 de enero de 1932, la misma dictadura Militar decreta el Impuesto a los Réditos.

El mismo Dr. Rodolfo Luque, quien fuera redactor en jefe de “La Prensa”, sitúa el comienzo de nuestro drama institucional, en el acuerdo de ministros del gobierno de facto al crear, en 1931, la “Comisión de Control de Cambios”. Las fisuras al régimen de libertad económica —recalcaba Luque— se fueron expandiendo con la vigencia del decreto firmado por el  presidente Agustín P. Justo y su ministro de hacienda Dr. Federico Pinedo, del 28 de noviembre de 1933.

Por esta resolución, el control sobre los cambios deja de ser un simple instrumento coyuntural y comienza a abaratar los pagos al exterior a cargo del Tesoro, mediante el establecimiento de un tipo de cambio más bajo para las compras que efectuaba el gobierno.

Se estableció, además, el régimen de diferencias de cambio en beneficio del Tesoro Nacional el que, a su vez, subsidiaba la producción agropecuaria. Hoy, para no ser menos, se castigan las exportaciones agropecuarias con abultadas y discriminatorias retenciones y, al mismo tiempo, nuestros gobiernos reclaman por el daño que nos causan los subsidios en favor de los granjeros de la Unión Económica Europea y de los Estados Unidos de América.

Como hecho ya consumado, el sistema de control de cambios se presentó al Congreso a principios del año 1935, incluido dentro de los proyectos de creación del Banco Central de la República Argentina. Al respecto comenta Luque que, con el manejo de los cambios comenzó la derogación de las garantías constitucionales, en razón de que el Banco Central se arrogaba el derecho de dar o negar divisas y de fijar los tipos de cambio a su arbitrio.

En su opinión, el Banco Central reunió desde su fundación, la suma del poder público: Ejecutivo, porque el Banco Central fue siempre una dependencia del Poder Ejecutivo; Legislativo, porque la misma entidad dicta las normas; Judicial, porque ella misma las aplica, con facultades procesales, equivalentes a las de un juez de instrucción.

Instaurado el dirigismo mediante la regimentación del comercio exterior, no había marcha atrás. Cada vez más se abrían las oportunidades para que los perversos accedieran a las altas funciones públicas.  La gente decente prefiere no tener nada que ver con esa clase de política. El control sobre los cambios nació —curiosamente— para administrar la crisis derivada de la escasez y carestía de las divisas internacionales.

De ahí en más, se constituyó en el ente que combatió los riesgos de una imprevista abundancia y baratura de recursos externos que pudiera aportar efectos benéficos para los argentinos. El sistema de control de cambios se convirtió, en sus casi 75 años de existencia, en una fortaleza inexpugnable.

Durante la segunda mitad de la década del 30, la valorización local del peso moneda nacional, que produjo simultáneamente, la caída de la libra esterlina y la irrupción de capitales monetarios en busca de refugio en nuestro país, fue interrumpida por las “discretas” compras de divisas que realizaba, en ese entonces, el ente rector.

El Banco Central, con la incorporación a sus funciones del  sistema de control del comercio exterior, encontró en su camino al totalitarismo, a dos poderosos aliados: Primero:  el Régimen de Coparticipación Federal Impositiva, que incentivó el movimiento migratorio del interior hacia el Gran Buenos Aires a partir de 1935, por el empobrecimiento progresivo que se produjo en las provincias; Segundo: el naciente peronismo, surgido después del golpe de Estado del 4 de junio de 1943.

Esta fue la cuna del Movimiento Nacional Justicialista, que selló la suerte de las divisas que se acumularon por las exportaciones en los años que duró la Segunda Guerra Mundial. Estas divisas, que se calcularon en 1.800 millones de dólares, (equivalentes a casi 40 mil millones de dólares de hoy) se emplearon en consolidar el sistema totalitario e instituir la “pobreza generalizada”: ¡Gobierno rico y pueblo pobre! No se liberaron las importaciones ni se restableció la normalidad del  comercio exterior.

No se repusieron los bienes de capital y siguieron postergados los consumos a que tenía pleno derecho la ciudadanía al final del conflicto bélico. Jorge Mayer aporta precisiones que responden adecuadamente a la pregunta de Hayek aplicada al caso argentino.

El más importante biógrafo de Juan Bautista Alberdi en el siglo XX escribía a principios de la década del sesenta, que: “Hay pocos errores tan difundidos como el suponer que las dolencias que actualmente afectan a nuestra economía, se deben exclusivamente al régimen de bigardía [burla, fingimiento, disimulación] que imperó desde 1943 a 1955”.  “El origen de estos males arranca en gran parte de la adopción del Impuesto a los Réditos y del establecimiento del Banco Central, entre los años 1932 a 1935. Allí se incubaron las doctrinas estatistas y dirigistas y se instauró la “contadorcracia”.

La vocación aislacionista, como política oficial argentina, que se expresó en la reciente Cumbre de Mar del Plata, no es obra original del actual presidente argentino, sus socios y subordinados.  Consta en la exposición de motivos del Mensaje, del 17 de enero de 1935, que acompañó a los proyectos de creación del Banco Central:

Se trataba de “adecuarse a un mundo que continuará presentando un cuadro de economías cerradas con monedas autónomas”. “La institución especial, ubicada por arriba del mercado” iba a “trazar políticas propias, cuidando sus propios intereses”. El delirio autárquico, intelectual y económico tenía denominaciones muy claras en esa época.

Era propio de nazis o fascistas, en boga en Alemania, Italia y España, en la década del 30. En 1946 Perón encontró preparado el armazón para apoderarse de los depósitos bancarios, las divisas y la existencia de oro en barras que le molestaban en sus paseos por los pasillos del Banco Central.

Con estos elementos emprendió la loca aventura de las nacionalizaciones, la destrucción de los servicios públicos y el comienzo del desenfrenado proceso inflacionario. El Dr. Alberto Hueyo, ex?­ministro de Hacienda de Juan B. Justo, atribuyó —con razón— el fracaso de la Revolución Libertadora al limitar su política económica, a la reedición de anticuados planes dirigistas, en materia cambiaria, fiscal, moneda, crédito y bancos, cambiando solamente los equipos ministeriales.

Las estructuras creadas por la primera Carta orgánica del Banco Central, para la vigilancia, tutela y control de la conducción de los bancos comerciales, permitieron a Domingo Cavallo y a sus sucesores, tanto la confiscación de los depósitos, como el “corralito” y “corralón” incluidos. Con el predominio del Movimientos Nacional Justicialista y los partidos que imitaron su doctrina en el resto del siglo XX y comienzos del XXI, Argentina quedó detenida en el clima legislativo e ideológico propio del período de la Gran Depresión.

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1 comentario en “Los Peores a la Cabeza”
  1. Las raíces totalitarias del fracaso argentino – por Meir Zylberberg « Punto de Vista Economico




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