Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Mercados, Intervención y Política
Selección de ContraPeso.info
1 febrero 2006
Sección: Sección: AmaYi, SOCIALISMO
Catalogado en: ,


Las sociedades libres son mucho muy complejas, tanto que su comprensión puede escapar fácilmente (véase, por ejemplo, Capitalismo Democrático y también Libertad y Responsabilidad, ambos en AmaYi®). Uno de los métodos más eficientes para lograr la comprensión de un concepto es una comparación con su opuesto. Consecuentemente, si la noción de un mercado libre resulta ardua al añadir la explicación de un mercado intervenido, la tarea se torna más sencilla.

El último capítulo del magnum opus de Rothbard hace exactamente eso partiendo de la sencilla premisa del mercado libre: las personas actúan siempre buscando la elevación de su bienestar y si alguien interfiere para impedir una acción o para forzarla, sin remedio eso deteriora el bienestar de las personas. Más aún, el autor provee una clasificación de los tipos de intervención en el mercado, con lo que hace aún más sencillo el entendimiento de un mercado libre.

Las ideas contenidas en esta carta son de Rothbard, Murray Newton (1971). MAN, ECONOMY, AND STATE; A TREATISE ON ECONOMIC PRINCIPLES. Los Angeles. Nash Pub. 0840212232, Chapter 12 The economics of violent intervention on the market, pp 765-777. La obra magna de Rothbard es un tratado de economía y, con casi mil páginas, es una de las lecturas que deben considerarse obligadas para todo el que tenga influencia en el manejo de cuestiones económicas.

Comienza el autor el último capítulo de su libro con un objetivo claramente expuesto.

Todas las páginas anteriores, dice, han sido dedicadas a cuestiones económicas presuponiendo que no existe una invasión violenta por parte de una fuerza externa en la conducta de la persona ni en sus propiedades; en un mercado libre se presupone la existencia de un medio ambiente en el que las personas tienen tratos pacíficos y voluntarios entre ellas; ninguna de ellas actúa en contra de su propia voluntad.

Sin embargo, para tener una visión más completa es necesario considerar la realidad diaria del uso de la fuerza en los tratos personales, incluyendo las acciones intervencionistas en el mercado.

La razón por la que la Economía se ha dedicado principalmente al estudio del mercado libre es que allí se presenta la oportunidad de examinar el problema del orden espontáneo surgido de una serie de actos aparentemente anárquicos y desarreglados.

Las páginas anteriores de la obra han servido para entender que lo que parece caótico a una persona no instruida es en realidad un patrón ordenado de acciones con una estructura lógica que satisface necesidades de las personas y que es finamente capaz de acomodarse a situaciones cambiantes.

La realidad es que cada una de las personas actuando por sí misma y con el fin de satisfacer su propio interés termina satisfaciendo el interés de los demás; esto no es una hipótesis de la Economía sino una conclusión de ella.

A continuación, Rothbard da una definición de intervención en la economía.

Es la intromisión de una fuerza física, agresiva, en la sociedad, la que provoca la sustitución de los acuerdos voluntarios por acciones coercitivas.

No hay diferencia en la intervención realizada dependiendo de quién la lleva a cabo; puede ser un individuo o un grupo de personas o una institución, sin que eso importe, pues las consecuencias de la introducción de una fuerza coercitiva, la que sea, son las mismas.

Examinando la realidad, puede constatarse que la inmensa mayoría de la intervención es realizada por el Estado. Esto se debe a que el gobierno es la única institución social que posee el poder legítimo del uso de la fuerza y a que es también la sola institución que obtiene su ingreso de una leva obligatoria.

Ésta es la razón por la que conviene poner toda la atención en la intervención estatal en la economía y sus efectos, lo que no implica olvidar que personas particulares pueden también usar la fuerza en contra de otros individuos y sus propiedades con el apoyo abierto u oculto de las autoridades.

Con esa definición de intervención, ahora el autor propone una clasificación de tipos de intervención económica.

Esta es una área poco explorada, pues los economistas se han limitado a analizar separadamente acciones concretas de intervención, como el control de precios, la inflación y otras.

Es obvio que el tener una tipología de acciones coercitivas en el mercado ayudará a entender su naturaleza. Para Rothbard existen tres tipos de intervención en el mercado.

• Intervención autística. El Estado en este caso inicia su irrupción ordenando a otro a hacer algo o a no hacerlo, lo que afecta sólo a esa persona o a sus propiedades.

Puede tratarse de una restricción en el uso de esas propiedades en lo que no se involucra intercambio alguno con otros. El afectado es una persona o un conjunto de ellas, pero consideradas aisladas entre sí.

Un asesinato es un ejemplo de una intervención autística ya que se afecta a una persona sin recibir nada a cambio. Ejemplos más comunes de este tipo de intervención es el de las prohibiciones de prácticas religiosas y el de las limitaciones a la libertad de expresión.

Sigue siendo de tipo autístico incluso en el caso de leyes que prohíban a todos los ciudadanos la asistencia a templos religiosos, ya que en este tipo se establece una relación directa de uno a uno entre el Estado y cada ciudadano.

• Intervención binaria. El Estado puede obligar a un intercambio entre él mismo y otra persona u obligar a una donación a esa persona. Se trata de una relación hegemónica entre quien realiza la intervención y alguien más, bajo la amenaza del uso de la fuerza.

Es una situación en la que participan una persona cualquiera y el interventor mismo.

En la intervención binaria, el Estado fuerza a la persona a realizar un intercambio con el Estado mismo o hacerle una donación obligatoria. Un ejemplo de esto es el pago de impuestos; otros casos son los de conscripción militar y servicio obligatorio de jurado. A esta categoría de intervención pertenece la esclavitud.

• Intervención triangular. En esta situación el Estado afecta un intercambio entre dos personas, impidiéndolo u obligándolo. Es también una situación hegemónica en la que quien interviene afecta a dos personas que intercambian entre sí.

Un ejemplo de la intervención triangular es el de los controles de precio, cuando un gobierno establece un precio obligatorio para bienes y servicios.

Es claramente una invasión en las relaciones de intercambio entre dos personas bajo condiciones impuestas por la autoridad. Otro ejemplo es el de los permisos o licencias para ejercer algún trabajo, lo que prohíbe que algunas personas puedan realizar ciertos intercambios.

Este es el tipo de intervención que tradicionalmente ha sido considerada como tal, olvidando a los otros dos.

El paso lógico siguiente es el examen de las consecuencias de la intervención del estado en la economía, directas e indirectas; es ya muy claro a partir de este momento la gran ayuda que el autor brinda al lector para comprender el funcionamiento de un mercado libre.

La primera de las consecuencias directas de la intervención es la reducción de los beneficios de las personas que participan en los intercambios.

Para comprender esto, debe primero verse lo que sucede en una situación de mercado libre, donde no existe ningún tipo de intervención. Allí las personas van a actuar buscando el mayor de sus beneficios. Las personas realizarán actos que eleven su bienestar personal.

Toda acción en toda sociedad libre sucede por la sencilla razón de que las personas esperan mejorar su situación. Si esto se ve a nivel del agregado social, entonces la sociedad elevará su bienestar por medio de las acciones individuales libres y carentes de coerción.

Cuando, por el contrario, existe coerción eso necesariamente significa que las personas no hubieran realizado la acción a la que son obligadas o hubieran realizado la acción que les ha sido prohibida.

Por tanto, hay un daño en las personas al evitarles realizar eso que ellas deseaban para elevar su bienestar. La persona que es obligada a decir o no decir algo, o a realizar o no realizar un intercambio con el Estado o con un tercero, está siendo obligada a modificar sus actos bajo amenaza del uso de violencia contra ella.

No hay otra posibilidad que concluir que la persona obligada de tal manera pierde bienestar propio como resultado directo provocado por la intervención.

Si la actuación libre de las personas está dirigida a elevar su bienestar y esa acción libre es modificada por una autoridad, es absolutamente lógico que se tenga un efecto negativo en la persona por hacer lo que ella voluntariamente no habría hecho.

En las intervenciones autística y binaria, la persona pierde en contra de su beneficio propio. En la intervención triangular, al menos una persona pierde, quizá las dos.

El que gana en todos los casos es el Estado pues de lo contrario no hubiera realizado la intervención en la sociedad; si se trata de una intervención de tipo binaria, el Estado gana directamente obteniendo bienes o servicios  de las personas y si es de tipo autístico o triangular, gana el Estado en su bienestar mental al obligar a otros a seguir sus mandatos, quizá con la idea de posibles beneficios derivados de futuras intervenciones binarias.

Debe ser muy claro que en contraste con un mercado libre, todas las intervenciones colocan a un grupo de personas teniendo beneficios a expensas del daño producido en otras.

Antes del nacimiento de la Economía prevalecía el pensamiento de que un intercambio siempre significaba la ganancia de una de las partes y la pérdida de la otra, lo que es claramente una falacia. La Economía ha demostrado que en un intercambio libre ambas partes ganan, de lo que se deduce que allí no hay explotación.

Sin embargo, dice Rothbard, la idea de un conflicto de intereses sí es real sólo cuando alguien interviene usando la fuerza. El interventor gana a costa de los demás. Un mercado libre, de acuerdos voluntarios, es harmonioso, mientras que no lo es un mercado intervenido.

La intervención en el mercado crea conflictos pues cada persona que participa en esa intervención lo hace para convertirse en ganador y no en perdedor.

Se ha visto que las personas maximizan sus beneficios de su posición original, anterior al intercambio y que eso no sucede cuando existe una intervención porque entonces el interventor gana a costa de la pérdida de beneficios de los otros.

Veamos ahora la situación posterior a la original, la posición después de realizado el intercambio.

Es decir, deben distinguirse dos situaciones, antes y después del intercambio. La intención de la persona con su acción concreta es mejorar en todo lo posible su situación original.

Toca ahora examinar la segunda, posterior al intercambio y lo que ella es dentro de un mercado libre y dentro de un mercado intervenido.

Un mercado libre está diseñado para mantener el error a un mínimo. Si las personas se equivocan en sus decisiones y no mejoran su situación anterior, un mercado libre posee mecanismos sencillos de notificación y corrección.

Para el emprendedor, quien lleva la carga de acomodarse a los gustos cambiantes del consumidor, existe una medición directa expresada en sus pérdidas o ganancias. Las ganancias indican que las decisiones han sido buenas; las pérdidas indican que las decisiones fueron erróneas.

Las pérdidas y las ganancias permiten ajustarse rápidamente a las demandas de los consumidores y hacen posible que los recursos vayan de las manos de los empresarios ineficientes a las de los eficientes.

Por su parte, los consumidores también corren riesgos de emprendedor en el mercado. Muchos críticos del mercado están dispuestos a conceder que los empresarios son personas con experiencia y conocimientos, pero dudan de que los consumidores posean esos talentos.

Es decir, piensan que de la situación original a la posterior, los consumidores pierden, creen que los consumidores son ignorantes y que no tienen capacidad para comprar con inteligencia los bienes que requieren. Esto es una paradoja.

Los intervencionistas sostienen que los consumidores son ignorantes al mismo tiempo que exaltan las virtudes de la democracia, cuando se requiere el voto de esos consumidores para elegir a políticos que desconocen y propuestas que insuficientemente pueden entender.

Suponen ellos que la masa ignorante de consumidores sí tiene la capacidad para elegir a los que los gobernarán y distinguir a los más competentes entre ellos; pero carecen de talento para seleccionar los bienes que compran.

Entra aquí otra de las grandes ideas del Rothbard. En lo visto antes, él ha dado una visión comprensible del mercado al examinar los efectos de la intervención en ese mercado voluntario.

Y en lo que sigue, él da una sugestiva visión de los problemas que enfrenta la decisión del voto en las elecciones de los gobernantes.

Debe reconocerse, sigue diciendo el autor, que los consumidores no son sabios conocedores de todo, pero que sí tienen medios para adquirir conocimientos. La sencilla prueba de un producto basta para decidir si habrá una segunda compra o no.

Comparten entre sí sus experiencias haciendo recomendaciones y pueden utilizar la reputación de los proveedores para manejar niveles de riesgo en sus compras.

Eso que sucede en las compras de bienes y servicios no acontece cuando se trata de votar por candidatos y por políticas públicas. No hay en este campo pruebas directas de éxito o fracaso, pues no hay pérdidas y ganancias, como tampoco hay maneras de experimentar satisfacción de consumo.

Para entender las consecuencias de la elección de gobernantes y de políticas públicas son necesarios razonamientos complejos e información que pocos votantes tienen.

Lo que eso ocasiona es una diferencia vital. Los votantes no pueden distinguir entre los políticos que tienen buenas ideas y los que tienen malas ideas. Pero sí pueden distinguir entre los políticos que venden bien sus ideas y quienes las venden mal.

Sin habilidades de lógica deductiva, el votante no podrá encontrar los defectos que tienen las plataformas políticas de los candidatos.

Un ejemplo de esto es la inflación. Con más dinero en circulación, provocado por la autoridad, vendrá la inevitable alza en los precios de los artículos y con ella las quejas de los ciudadanos; la autoridad podrá con facilidad culpar de esa elevación de precios a los especuladores o a cualquier otro, sin que los votantes puedan ver las falacias en el razonamiento del gobierno.

Podría decirse que el consumidor requiere también complejos conocimientos para comprar bienes como artículos electrónicos, pero la realidad muestra que ese conocimiento especializado no se necesita pues el consumidor pueden ver con claridad si el producto funciona o no, lo que no sucede en el caso de la selección de políticos ni de la aplicación de políticas públicas.

No hay manera de probar el éxito en la política si no se tienen conocimientos sobre razonamientos económicos.

A esto podría contestarse que el ciudadano efectivamente no tiene conocimientos económicos pero que sí tiene la capacidad de seleccionar a quienes sí tienen esos conocimientos y son competentes para gobernar.

Sin embargo, el problema se mantiene, pues no se posee una prueba del éxito o fracaso del experto elegido.

Dentro de un mercado libre los expertos son conocidos, como lo muestran las reputaciones personales de doctores, abogados y otros profesionales, al igual que las reputaciones de marcas y productos. En cuestiones de gobierno no hay pruebas para demostrar el éxito del gobernante.

El asunto se complica en el caso de elecciones en los que no se disputan asuntos de fondo, donde los candidatos están de acuerdo en los puntos fundamentales. Los asuntos son sujetos posibles de análisis, pero la evaluación de los personajes que pelean una elección sólo puede recaer en aspectos externos de los candidatos como sus personalidades y apariencia.

Existe otro problema que lleva a la selección mala de expertos y gobernantes.

Los ingresos de los gobiernos no derivan de intercambios voluntarios, sino de pagos obligatorios, por lo que no existe un incentivo para dar un servicio público de calidad.

Dentro de un mercado, los más aptos son los que mejor sirven a los consumidores, pero en un gobierno los más aptos son los que tienen más habilidad para usar la coerción, los que más capacidad tienen para adular a los gobernantes en turno y los que más cautivan a los votantes.

Otra diferencia entre un mercado y un gobierno es el poder que tiene la persona.

Dentro de un mercado cada persona tiene absoluto dominio sobre sus propiedades demostrado continuamente. En los asuntos de gobierno, la personan tiene una fracción del poder, 1/1 000 000 si existiera un millón de votantes y no lo ejerce de manera continua. El gobernante elegido permanece en el poder durante años.

Lo que Rothbard ha hecho en esas páginas es una aportación de gran importancia, pues creando una tipología didáctica de intervencionismo estatal, que permite un mejor entendimiento de ella, ha demostrado la superioridad de la aplicación práctica de la libertad humana en un sistema de intercambios voluntarios.

Su razonamiento central es poderoso: los intercambios persiguen la mejoría en la situación personal pues de otra manera no existirían, de lo que necesariamente se sigue que alterar esas acciones humanas es igual a disminuir el bienestar de las personas.

La comparación entre los actos de un mercado y los de gobierno, son en extremo útiles para comprender los problemas más graves que se tienen dentro de una democracia, especialmente en sus elecciones.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras