Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Opinión Pública, ¿en Serio?
Eduardo García Gaspar
3 enero 2006
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Voy a proponer una idea central, la de que la opinión pública está equivocada, es decir, sesgada. O mejor, aún, es mala. ¿Cuál es la opinión pública sobre la opinión pública?

Si hacemos esa pregunta nos vamos a encontrar seguramente con la idea de que ella es lo que “piensa la gente” y eso nos manda a concluir que la opinión pública no es ni pública ni es opinión.

“Lo que piensa la gente” equivale a creer en lo que cree la mayoría y definir eso como opinión pública, cuando en la realidad lo que las personas pensamos es diferente e individual, lo que nos lleva a mejor hablar de opiniones personales muy variadas y que algunas de ellas pueden coincidir en detalles generales.

La opinión pública, tiene además otro problema, el del sustento de la opinión. Una opinión supone la valoración de aquello sobre lo que se opina.

Por ejemplo, sobre el tema de la eutanasia, al opinar se supone al menos conocer las diferentes posturas, los razonamientos en pro y en contra, y sobre eso emitir un juicio razonado. Usted y yo sabemos que eso sucede rara vez en los casos comunes. Otro ejemplo, el de la decisión de voto electoral. ¿Cuántos de los votantes han leído las plataformas de los candidatos, evaluado sus propuestas y así, decidido su voto?

Es razonable suponer que muy pocos, pero ello no obsta para emitir una opinión, que más que opinión es una impresión personal de poca base. De allí que debe proponerse otra idea, la de “las impresiones personales”. Algo que describe mejor lo que se entiende hoy como opinión pública.

Son impresiones personales, no más allá de eso, una idea vaga e incompleta sobre algún asunto y que es tomada, desafortunadamente como dictado del pueblo para el gobernante.

Las consecuencias son peligrosas. En nuestra sociedad actual hay temas en extremo delicados que tienden a ser puestos a la decisión de las impresiones personales y sobre ellas decidir asuntos de gran efecto. Los temas llevados a votación basada en impresiones públicas son cosas como la selección de un candidato a puesto de gobierno, la decisión de matrimonios de personas de un mismo sexo, la aplicación de eutanasia, la autorización de abortos…

Esos son temas difíciles y serios que en una mente racional no admiten ser dejados en manos de las impresiones públicas mayoritarias. Por una razón obvia: la mayoría de la población no necesariamente tiene la razón.

Es más, muy posiblemente esté en el error por eso que apunto. Los votantes no tienen las bases de conocimiento para sustentar opiniones sólidas y van a decidir sobre impresiones momentáneas y prejuicios fabricados.

Hay una publicidad en México que pide opiniones en la calle sobre el voto de los mexicanos que viven en el extranjero. Las entrevistas se ven falsas y están sesgadas a favorecer la posición de que ellos voten. Las respuestas dadas por los “entrevistados” no son opiniones, sino impresiones que dicen cosas como que “si son mexicanos que voten”, “están preocupados por nosotros” y cosas similares. No son opiniones, son impresiones de escaso valor. ¿Qué hacer?

Ninguna solución es perfecta. Los humanos tenemos defectos y debemos aceptar soluciones con errores. En la selección de gobernantes debemos aceptar el voto universal. No hay otro remedio, aunque esté basado en impresiones erróneas, y sabiendo que va a llevar a puestos de gobierno a la gente equivocada.

No hay otra posibilidad. Pero para evitar que esos gobernantes causen daños, sin embargo, tenemos otro mecanismo, el de la separación de poderes… que también tiene sus defectos.

En los casos de temas como el del aborto y similares, hay dos modos de enfrentarlos. Uno es el de la delegación de esos temas en gente experta, incluyendo gobernantes, que estudien y tengan opiniones, no impresiones. El otro es el de una formación ética fuerte en la sociedad, que sirva de guía para ver los problemas y guiar las soluciones.

Todo lo que he querido hacer en esta columna es establecer un punto básico: la elevación de la opinión pública a un nicho sagrado es un real peligro porque ella no es ni opinión ni pública. Es una colección variada de impresiones personales con escaso sustento. El peligro es real y consiste en crear gobiernos autoritarios que se basen en lo que creen que es opinión pública.

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