Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Pasado el Tiempo
Eduardo García Gaspar
8 diciembre 2006
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
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De mis épocas de estudiante a los tiempos actuales, desde luego, las cosas han cambiado. Y pensar en una de ellas es un buen ejercicio de fin de año: uno de los cambios que más me ha impresionado es el del clima intelectual, mucho más propenso ahora a sostener ideas liberales que antes.

Mucho más. Criticar al comunismo en los años 60 era casi impensable. En cambio ahora es cuestión de todos los días.

Visto más o menos en un panorama general, es posible ver que los años inmediatos posteriores a la Segunda Guerra Mundial la idea predominante en el terreno político era la creencia en la posibilidad de un gobierno interventor capaz de corregir las fallas de los mercados y proveer una sociedad próspera para todos. Era una visión optimista y en buen grado, utópica.

La intervención estatal resolvería las cosas y lo haría bien. No había que ser comunista para pensar así. Era la manera oficial de pensar. No de todos, pero quienes estaban en desacuerdo no eran admitidos en las corrientes dominantes de pensamiento.

Aún sin haber leído El Capital, que era el caso mayoritario, el ciudadano común tenía un mecanismo mental: si existe un problema en la sociedad, el estado debe intervenir para resolverlo.

México fue un ejemplo de esa mentalidad. Por un lado, adoptó la política proteccionista de impedir el libre comercio y más tarde aplicó la idea del estado propietario de bienes de producción, incluso de bicicletas.

Nada había que los gobiernos no pudieran resolver y lo hacían siempre adquiriendo más poder. Los que hablábamos mal del comunismo o del intervencionismo éramos las aves raras que no entendían la realidad.

Pero las cosas no se quedaron así y pocas décadas después de esa guerra comenzó a cosecharse la semilla de los descontentos con el intervencionismo, como A. Fisher en Inglaterra. Desconocido, pero influyente en el clima intelectual. O como M. Friedman y los austriacos.

La década del cambio fue la de los 80: R. Reagan, M. Thatcher, Juan Pablo II, fueron poderosos personajes del cambio, sin olvidar a Gorbachev, a su estilo. Tan grandes cambios fueron que la URSS, el emblema del socialismo, cayó.

Y entró al juego la idea opuesta: la de los mercados libres, la del gobierno limitado, la de la democracia y en general, las libertades personales. Muchos socialistas, a regañadientes, aceptaron al mercado libre y el socialismo tradicional se debilitó notablemente. Quien ahora hablaba de ser liberal ya no era sujeto de burlas ni de aislamiento. El colectivismo, como idea central, es ahora muy débil y las evidencias lo demuestran.

Sí, aún hay personas que creen en el socialismo tradicional, el de la propiedad estatal de los medios de producción y el del gobierno omnipresente. Recuerdo hace varios años un concierto de un cantante catalán en el que manifestó su desea de ver renacer a la URSS. Caso aislados.

Pero la idea del intervencionismo no desapareció por completo. Quizá nunca lo haga. Algunos de los socialistas se fueron al terreno de la ecología, convirtiéndolo desafortunadamente en ideología. Otros se fueron al terreno del estado de bienestar, ése que promete cuidar al ciudadano desde que nace hasta que muere. Y otros se fueron al populismo, como Chávez en Venezuela

Mi impresión es que la lucha de la libertad, si bien reciente, está sin ganar aún. Sí, hay grandes avances en relación a los años de la mitad del siglo 20.

Pero la tentación estatista es en extremo fuerte aún. Basta ver, por ejemplo, el panorama latinoamericano para comprobar cómo los votantes aún son atraídos por promesas de un estado omnipresente que todo lo resuelve. Los libros recientes de C. Cárdenas y de López Obrador son buena muestra de esa mentalidad estatista.

Pero la tendencia parece ser clara, aunque de muy largo plazo y escasa velocidad. Creo que la razón de fondo es obvia: es más fácil entender que los problemas se resuelven con una acción específica del gobierno que con las acciones coordinadas de personas libres. Es una cuestión de primeras impresiones que lleva a creer que la solución más directa es la mejor. Y la más directa es siempre la del gobierno.

Cuesta más trabajo y requiere más reflexión el entender que las personas tienen más capacidad de resolver problemas que los gobiernos. Y quizá sea ésa la idea siguiente a influir en el clima intelectual para que la libertad humana gane al final.


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