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La noción aceptada es simplista, viene de la educación inexacta de la historia de México —y supongo que también en otros países de AL— para proponer la tesis de que “llegaron los españoles y nos conquistaron”. En 1521 no existía algo que se llamara México y, por inevitable lógica, tampoco existían los mexicanos, por mucho que eso duela a algunos —y todavía más, pues España tampoco existía como la conocemos hoy. La aseveración “llegaron los españoles y nos conquistaron a los mexicanos” tiene por si fuera poco otro error, al suponer que los mexicanos ahora son nativos americanos, y más específicamente, aztecas o mexicas —primero, había mucho más que sólo los aztecas y segundo, los mexicanos somos mayoritariamente mestizos en la actualidad. Dice un artículo sobre el tema:
Los mexicas ejercían un dominio fuerte sobre quien lo permitiera, a quienes imponían tributos y cobraban vidas para sacrificios humanos —por lo que a los tlaxcaltecas les vino de maravilla el arribo de Hernán Cortés, de quien fueron aliados en contra de sus rivales. Dice el mismo artículo citado que,
Educados bajo el clisé de que “llegaron los españoles y nos conquistaron a los mexicanos” sucede que el período colonial se ha entendido como una terrible violación de la nación mexicana, sin importar que ella aún no existiera —lo que hace a la Independencia de 1810 una especie de liberación nacional que hizo posible quitarnos de encima la bota española de la opresión. Así se mal enseña la Independencia, sin considerar que ella fue una protesta de los criollos, hijos de españoles sin mezcla india, que se dieron cuenta que no tenían rey en España y aprovecharon para quitarse de encima los frenos que les impedían ser importantes, inventando de paso una legendaria civilización indígena que fue enaltecida como contraposición al dominio del que querían deshacerse y que los sumió en décadas de caos y rivalidades internas solucionados hasta la llegada de Porfirio Díaz. La Independencia, idealizada, como la liberación de España, es otra inexactitud de la enseñanza oficial que deja de considerar la realidad del caos en el que México cayó por décadas de ceguera política de pequeños gobernantes que no veían más allá de la punta de su nariz —durante la que desde luego cualquier país extranjero es visto con recelo y sospecha, sembrando así la semilla de la xenofobia mexicana que subsiste aún ahora. Ya no era sólo deber del buen mexicano odiar a los españoles, sino recelar de todo extranjero. Mi objetivo al señalar lo anterior es reforzar un punto de la cultura mexicana, del que afortunadamente hay síntomas de estar desapareciendo, pero manifestado no hace mucho en la creencia sólidamente establecida y creída de que “como México no hay dos” —a lo que los más escépticos solían agregar “afortunadamente”. Es el punto de un nacionalismo definido como recelo de lo extranjero: sospecha, odio, temor de lo que viniera de fuera, con excepción del contrabando, un deporte nacional de siglos. Este nacionalismo aislacionista fue un componente muy ad-hoc a las políticas mercantilistas del PRI que cerraron las fronteras bajo la idea de proteger a la industria nacional, otro concepto que aún subsiste en la mente de muchos políticos mexicanos. Si la cultura es en buena porción responsable de las posibilidades de desarrollo, se tiene pues una explicación parcial de la pobreza mexicana: ese nacionalismo excesivo que rechaza a lo extranjero y considera una violación de la patria la presencia de, por ejemplo, capital extranjero en el país —igual que una repetición de la conquista española, lo que impide a su vez tomar medidas necesarias, como la privatización de Pemex, el monopolio estatal mexicano, pues privatizarlo sería, dicen, “perder soberanía”. Es entonces posible ver un enlace de ideas: si la privatización de Pemex es considerada una herejía nacional ello puede entenderse acudiendo a la educación mexicana que mal enseñó que México existía antes de 1521. Contra esto no valen las argumentaciones racionales, ni las evidencias que señalan las ventajas de la privatización —el tema, antes de ser tratado siquiera, será visto como un cisma o un sacrilegio. El subdesarrollo tiene una buena explicación en la cultura de los países y éste es un ejemplo.
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