Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Política Liberal
Selección de ContraPeso.info
4 octubre 2006
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Análisis
Catalogado en:


ContraPeso.info presenta un texto del Dr. Hubertus Müller-Groeling, profesor y vicepresidente del Kiel Institute for World Economy, y miembro de la junta directiva de la Fundación Friedrich Naumann. Agradecemos a la fundación el gentil permiso de reproducción.

El tema tratado por el autor es el de la crítica “social” al liberalismo, acusado de permanecer frío e indiferente ante las necesidades de las personas. Müller-Groeling asume el reto de probar lo opuesto y lo logra con honores. Tiempo estimado de lectura 20′. Traducción del inglés por Juan Carlos Hidalgo.

Hay más material sobre el liberalismo en ContraPeso: Liberalismo. Donde puede ser de utilidad Homo Economicus: Definición y Liberalismo: Una Definición. Para su desarrollo histórico será útil ver Liberalismo: Orígenes y Definición.

La Dimensión Social de la Política Liberal

El liberalismo está siendo identificado — correctamente — con políticas centradas en el individuo, su derecho a la libertad y su responsabilidad. El liberalismo enfatiza la eficiencia, la competencia, y el progreso económico dentro del marco de una economía de mercado, donde el poder del Estado es limitado a un mínimo indispensable.

Tales políticas liberales, las cuales apelan a la autodeterminación y responsabilidad del individuo, han sido criticadas a menudo por carecer de una dimensión social. El contraste irreflexivo individuo y sociedad, mercado y ética, principio del logro y justicia social, es lo que lleva al reproche de la indiferencia liberal hacia las intereses sociales.

El malentendido alrededor del la “frialdad social” del Liberalismo solo puede surgir entre aquellos que identifican las políticas sociales con sistemas estatales como la seguridad social.

Este viejo hábito luego conduce a la suposición errónea que el perfeccionamiento de la política social  significa la expansión del sistema de seguridad social público. Y cuando los liberales se rehusan a caer en la trampa de un concepto de política social tan estrecho como éste, son acusados de apoyar un liberalismo económico sin una dimensión social.

Mientras el punto sea lamentar la notoria ausencia de los liberales en las barricadas de la lucha por expandir aún más los sistemas colectivos obligatorios de la seguridad social, el reproche casi podría ser percibido como justificado. Pero este enfoque simplemente va más allá del punto.

El Liberalismo es inherentemente social

El liberalismo rechaza la expansión de los sistemas obligatorios de seguro, la socialización de los riesgos privados, y la nacionalización del altruismo. Rechaza la tutela y la inhabilitación del ciudadano por parte de una autoridad solidaria, y el cultivo de una mentalidad de beneficios conferidos por el Estado.

Desafortunadamente se pasa por alto que la política liberal aspira a un modelo de sociedad donde los asuntos sociales no son primordialmente una adición a los procesos del mercado, una simple corrección a las fuerzas del mercado, limitada más o menos a los sistemas de seguridad social.

Por el contrario, la política liberal prevé un orden social y económico que es intrínsecamente social.

La política liberal es inherentemente social no sólo porque aspira a darles a los ciudadanos la libertad de buscar responsablemente su propio bienestar dentro de una economía de mercado, sin la tutela del Estado y sin discriminación, sino también porque lucha por un orden legal y económico que determina un marco de acción, el cual asegura que lo que es bueno para el individuo generalmente también es bueno para la sociedad.

La dimensión social de la política liberal significa que el individuo acepta la responsabilidad de sí mismo y su familia de acuerdo a su capacidad, y se desarrolla en la calidad de “efectos recíprocos donde trabajar por los objetivos de uno al mismo tiempo aumenta los objetivos de los otros” (Simmel).

La Competencia y el Sistema de Reglas

Estos efectos recíprocos no solo son asegurados por el hecho de que el intercambio y la cooperación dentro de los mercados libres solo toman lugar cuando benefician a todos los participantes. También, el orden legal y económico como base de la dimensión social de la política liberal establece las reglas y las normas mínimas que aseguran la congruencia de las acciones individuales con el bien común (1).

Es un mérito indisputable de los “ordo-liberales” de la Escuela de Friburgo, alrededor de Walter Eucken y Franz Böhm (2), el haber percibido la importancia de un orden legal y económico para el proceso del mercado.

Ellos entendieron la función del orden económico y competitivo, cuyas leyes son debidamente establecidas por la sociedad en el proceso político. Sin embargo, las instituciones como el orden económico necesitan para su interpretación un revestimiento de tradición. (3)

La ética del mercado juega un papel decisivo en esta interacción. Ha sido desarrollada por la misma sociedad de mercado, ha encontrado en parte su materialización a través de la legislación, y en gran medida corresponde con la ética de la sociedad civil. (4)

A pesar de todos los lamentos acerca del declive de la ética, y las controversias alrededor del diseño del orden legal y económico, los mercados no son en ningún sentido desenfrenados. Por supuesto, debe mantenérseles libres de la interferencia excesiva por parte del Estado y de la sobre-regulación.

Dicha interferencia y sobre- regulación pueden ser encontradas en los mercados laborales y de vivienda, y en los sistemas de seguros establecidos por ley y financiados por el Estado, y producen fenómenos escleróticos en la economía al igual que en la sociedad.

Pero los mercados también deben ser protegidos de los carteles, los monopolios, y de la dominación del mercado, de tal forma que mantengan su capacidad de funcionar como instrumentos de elección, de no discriminación, y — finalmente, pero no menos importante — de restricción del poder.

Bajo circunstancias normales, los mercados abiertos y la competencia internacional son instrumentos más efectivos para evitar la concentración del poder económico que las políticas estatales anti-monopolio, las cuales sin embargo son indispensables. Aquí, los liberales tienen la responsabilidad social de actuar como gendarmes.

La interdependencia del orden económico y del comportamiento del mercado pueden quizás ser mejor demostradas a través de ejemplos deportivos. Sin considerar qué tan importante sea el comportamiento de los competidores y sus planes de juego para la victoria, las mismas reglas del juego aseguran una competencia justa y el éxito del encuentro como un todo.

En tanto las reglas del juego sean justas y honestamente respetadas, los movimientos de los jugadores individuales o del equipo como un todo aumentan el desempeño de los participantes y el éxito del encuentro.

En los procesos del mercado, al igual que en los deportes, las reglas del juego no excluyen un comportamiento aún más limpio del que se pide.

Por el contrario, la experiencia muestra que la rectitud en la competencia que va más allá de las reglas tiene un efecto positivo en la reputación del jugador. Podría quizás indicar un mayor desarrollo de la ética de la competencia, e incluso llevar en el largo plazo a un ajuste de las reglas de la misma.

En una economía de mercado las cosas son muy similares: si el orden legal y económico corresponde a los requisitos liberales, el ciudadano que sigue las leyes de la competencia limpia puede asumir que sus acciones son socialmente valiosas y que benefician a la sociedad, a pesar de que esté buscando sus propios intereses (en un sentido más amplio).

Una parte esencial de la dimensión ética y social de la política liberal ya está contenida en el orden legal y económico, el cual influye las acciones de los ciudadanos. (5) Al igual que con los deportes, las condiciones de un sistema de reglas dan forma en mayor grado a la estructura de incentivos para las acciones en la política, al igual que en la economía.

Y la competencia en los deportes, así como en la sociedad y en la economía, toma en cuenta el sistema de reglas e incentivos. Esto bajo ninguna circunstancia excluye el hecho de que las costumbres y la ética cívica hagan demandas más estrictas sobre el comportamiento social que aquellas inherentes en las reglas del marco ordenador — el mínimo ético para así llamarlo.

Por el contrario, con el nivel de prosperidad, las expectativas del comportamiento social aumentan junto con otras demandas. Y la política liberal prevé individuos responsables participando creativa y voluntariamente en las pequeñas comunidades de la sociedad civil, así como en el gran escenario del Estado.

Uno de los principales objetivos de la política liberal es la de fortalecer la aceptación ciudadana de esta responsabilidad mediante la entrega de una mayor autonomía.

De manera consecuente, la dimensión social de la política liberal no va a ser encontrada ante todo en el taller de repuestos del proceso social, donde se supone que las políticas sociales del gobierno corrigen los resultados de la competencia y del proceso del mercado. Reducir la dimensión social a este tipo de taller de repuestos, y presuponer una contradicción de las preocupaciones sociales y políticas del mercado, es un malentendido básico muy difundido.

Y se intensifica por citas tendenciosas de ejemplos de supuestas “fallas del mercado”, que sirven de excusa para hacer nuevos llamados a favor de la intervención estatal, usualmente sin considerar las mucho más serias “fallas del Estado”.

La dimensión social del Liberalismo no significa tanto reparaciones post facto, sino que ante todo es inherente en el mismo modelo de sociedad, en su orden legal y económico, el cual garantiza el derecho a la propiedad, y canaliza la competencia mediante reglas que apuntan hacia el bien común. (6)

La política liberal demuestra su eficacia social primero que todo a través de los mercados, a través de políticas orientadas al mercado, y la aplicación de incentivos, que son parte del orden económico. Estos están contenidos en un orden legal y económico que refleja las preocupaciones sociales y éticas de la sociedad en el sentido de un código mínimo.

Una supuesta contradicción entre la economía de mercado y las políticas sociales no le hace justicia a la política liberal, es más, ignora los elementos esenciales de la eficacia social.

La Función Social de los Mercados

La libertad del ciudadano es la preocupación esencial de la política liberal. La libertad limita los poderes del gobierno y la sociedad ante el individuo. La libertad, por supuesto, también significa responsabilidad del individuo por las consecuencias de sus acciones sobre sí mismo, su familia, y la sociedad.

Sin embargo, no es una cuestión de “libertad de…”, es decir, la máxima libertad de la coerción estatal y la tutela corporativa, la cual es por supuesto una libertad importante.

También es un asunto de “libertad para”. Y aquí el elemento esencial es la libertad de escoger, la libertad de cada ciudadano de organizar su vida de acuerdo a sus preferencias y su propia responsabilidad dentro del marco del orden legal y económico, tomando en consideración la libertad de los demás, así como aceptando su competencia.

Para alcanzar esto se necesitan alternativas; para la participación en la esfera pública, por supuesto, se requieren alternativas. Sin embargo, al Liberalismo le incumbe no solo la libertad de escoger en el recinto electoral y la expansión de los elementos plebiscitarios,

sino también la libertad de escoger al organizar la vida personal de uno. La libertad de escoger no debe ser entendida como si se limitara a la esfera económica, su valor debe ser entendido de una manera exhaustiva.

Para garantizar esta libertad de escoger, para ofrecer una multitud de alternativas, el mercado, la política económica de mercado, es un instrumento social indispensable, aunque a veces malentendido.

La política económica de mercado está basada en una garantía fundamental de la propiedad y de los mercados libres dentro de un marco legal y económico. Los mercados libres permiten un libre intercambio de bienes y servicios, y una competencia y cooperación libres.

Estos también son los pilares de una sociedad liberal, la cual requiere la existencia de mercados donde — dentro de un marco legal — haya intercambio, pero también exista competencia como un incentivo, y como una limitante al poder económico. Finalmente, pero no menos importante, requiere de la libre cooperación, cuya importancia para un sistema de libre mercado es usualmente pasada por alto y no apreciada lo suficiente.

Uno tampoco debe desestimar la importancia del libre intercambio. En el proceso del mercado, y a través de los precios de éste, se resuelve un problema central del progreso económico, el problema de la información (sobre las preferencias y la escasez económica). Tal y como lo demuestran los experimentos fracasados de las economías centralmente planificadas, el problema de la información solo puede ser resuelto a través de un mecanismo descentralizado.

Con la descentralización, y a través de los incentivos económicos del mercado, así como el proceso competitivo, que es al mismo tiempo un proceso de descubrimiento (7), la política liberal alcanza un alto grado de eficiencia y técnica, así como de progreso económico.

Estas políticas generan un crecimiento extraordinario de la riqueza, particularmente en los países industriales (pero no sólo ahí). De manera extraña, su alcance pasa a menudo desapercibido, especialmente debido a que grandes partes de esta riqueza son consumidas en un aumento del tiempo de ocio y una reducción del espacio de vida laboral.

Finalmente, la riqueza ha contribuido al impresionante aumento en la expectativa de vida. Es este aumento de la riqueza en un sentido más amplio el que constituye una pieza importante en la dimensión social de la política liberal.

A menudo se malentiende la función de la política económica de mercado, ya que el concepto de éste se ha limitado a los mercados de bienes de consumo, y debido a que esta política es a veces vista como una simple satisfacción de las necesidades materiales.

Esto pasa por alto el hecho de que los servicios, como los conciertos, teatros, exhibiciones, presentaciones, y otros más, también están sujetos a las transacciones del mercado. Por lo tanto, la vanidad cultural ante el mercado es una señal de ignorancia en lugar de superioridad moral.

Frecuentemente se pasa por alto el hecho de que las decisiones importantes en la vida se relacionan con los mercados. Las decisiones en los mercados laborales, educativos, financieros y de vivienda, muestran qué tan importantes son estos para la autonomía del individuo, y que no hay razón alguna para prejuicios contra la política liberal, la cual confía en el mercado.

El Ejemplo del Mercado Laboral

El alto desempleo crónico en Alemania demuestra qué sucede si no se permite el juego de las fuerzas del mercado y si éste se sobre- regula. El desempleo involuntario constituye un destino social que va más allá de asuntos de jornadas y salarios, debido a que lastima el estatus y la autoestima de las víctimas.

Es aquí donde la dimensión social de la política liberal se vuelve especialmente evidente, una política que aspira a la creación de un mercado laboral funcional, y de esta forma a una reducción del desempleo.

Esto se logra mediante mecanismos económicos de mercado, es decir, mediante la desregulación y mayor flexibilidad, medidas que han probado ser viables en otros países. Una política liberal para el mercado laboral tendría que, entre otras medidas, garantizar el derecho del individuo a aceptar trabajo en las condiciones que le ofrece el mercado (con el pago de ingresos suplementarios en caso de dificultades). Una política liberal para el mercado laboral es social por tres razones:

Primero, puede evitar que los sindicatos y la administración — bajo la actual constitución del mercado laboral sancionada por el Estado — alcancen acuerdos a costa de terceros, es decir, los desempleados y los contribuyentes.

Segundo, esta política dificulta aún más la evasiva de los vagos a su responsabilidad de mantenerse a sí mismos y a sus familias a expensas de la sociedad.

Tercero, el aspecto más importante es que aumentar la flexibilidad de la legislación concerniente al mercado laboral contribuiría de manera decisiva a la reducción del desempleo. Éste, dados sus efectos colaterales socialmente negativos, es sin duda alguna la característica más antisocial que nuestra sociedad puede pagar, a pesar de que algunos afirman que la legislación del mercado laboral es “social”.

Esto muestra claramente que a menudo la política liberal es más social que la simple expansión de la legislación social convencional y parcialmente proteccionista, así como de las políticas de la seguridad social.

Subsidiaridad

La política liberal primero que todo asegura y desafía la libertad de los ciudadanos al facilitar y promover las decisiones autónomas con responsabilidad. Libertad, independencia, y responsabilidad individual, el desarrollo y la medición de la fortaleza en la competencia y en la libre cooperación en el mercado, son los principales valores de una imagen liberal específica del hombre.

Estos valores están estrechamente ligados a un importante principio de la organización social, el principio de la subsidiaridad, el cual es citado a menudo, pero muy pocas veces se le toma con la seriedad que merece. (8)

Es un principio liberal fundamental, sin embargo su importancia es subestimada incluso por los liberales. De manera interesante, el principio de subsidiaridad ha sido formulado rigurosamente en la encíclica “Quadragesimo Anno” (1931), donde fue citado como “el principio socio-filosófico más alto”.

El lenguaje de la encíclica dice: “como no se puede quitar a los individuos y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos.”  (9)

Mercados Libres, Dinámica Económica y el Ámbito de la Verdadera Solidaridad

La existencia de mercados libres y políticas orientadas al mercado representan salvaguardas esenciales para la libertad y la cooperación sin coerción. Los mercados libres poseen un valor fundamental para el individuo, para su independencia y la organización de su vida, y esto sin tener en cuenta los argumentos a favor del orden económico de libre mercado basados en la eficiencia y el crecimiento.

Como lo ha demostrado la historia, los mercados libres son la base de una sociedad democrática, debido a su importancia fundamental para la libertad de escoger, y particularmente por su interdependencia de órdenes (Walter Eucken), y por lo tanto constituyen el corazón de la política liberal.

La política liberal, con su énfasis en, y su defensa del sistema económico de mercado, también contribuye a la dinámica de la economía, y por lo tanto al bienestar y riqueza de la sociedad. Un orden económico basado en la libertad, con un sistema de mercados libres, no solo facilita la toma autónoma de decisiones.

Mediante sus sistemas de incentivos este orden también activa las fuerzas productivas, así como la lucha por la excelencia. Y genera un ámbito para una solidaridad verdadera (no obligatoria), a través de caridades privadas, pero también mediante la asistencia pública para los que realmente la necesitan.

Los Mercados y el Trato Igualitario

Una característica importante de los mercados es que en principio garantizan el trato igualitario de los ciudadanos, y por ende también evitan la discriminación. El trato igualitario es una parte integral de la dimensión social de la política liberal.

En los mercados, el punto no es el altruismo (privado) hacia la familia, lo cual no se cuestiona. Tampoco el comportamiento del mercado debiera ser una cuestión de cohesión, o camaradería ante grupos y asociaciones pequeños (en resumen, capitalismo de compadrazgos o corporativismo).

Los mercados libres significan igualdad de oportunidades, lo cual es uno de los principales valores de las políticas liberales, y no la igualdad de resultados (asuntos diferentes ciertamente serán tratados de manera diferente).

También significan no discriminación para los extranjeros, pero al mismo tiempo representan competencia. (10) Este trato igualitario de las personas cercanas y lejanas, esta no discriminación, a menudo les cuesta el reproche de “frialdad social” a los mercados y a sus proponentes liberales.

Pero la no discriminación es un elemento esencial de las políticas sociales y de una “buena sociedad”. Los mercados obviamente economizan en altruismo — un bien poco común — de tal forma que pueda salir a relucir en el momento más apropiado (Hayek).

Egoísmo, Altruismo y Justicia Social

A menudo las opciones de mercado han sido comparadas con las opciones políticas para demostrar que las primeras son motivadas por preocupaciones egoístas, mientras que las segundas se basan en el altruismo. Sin embargo, uno necesita considerar que las opciones del mercado son generalmente pagadas por el individuo con sus propios medios, mientras que en las opciones políticas el individuo puede garantizarse legítimamente ser él mismo el beneficiario a costa de otros.

Si el ciudadano vota por medidas sociales que benefician a otros, puede al menos esperar que no contribuirá la totalidad o siquiera una fracción de su financiamiento.

Con toda razón, las elecciones han sido comparadas con las subastas (Roland Vaubel), ya que a menudo consisten en la distribución de beneficios sociales.

Vistas desde esta perspectiva, las decisiones del mercado adquieren un matiz más social, y se vuelve más dudoso el argumento común de que las opciones políticas están más fuertemente influenciadas por el altruismo que las decisiones del mercado. Y se hace más sencillo de entender el por qué las políticas liberales dependen en muchos sentidos en el sistema y las decisiones del mercado.

También en otro contexto la política liberal confía en los procesos de la competencia del mercado: en el muy debatido tema de la “justicia social”. Dados los diferentes intereses, es muy poco probable alcanzar un consenso sobre cuándo una distribución puede ser considerada justa.

Por lo tanto, Friedrich von Hakek — quien rechaza de plano el término “justicia social” — sugiere enfocarse en la “justicia de procedimiento” más que en la “justicia de resultados”. (11) Siguiendo esta proposición, la política liberal prefiere — haciendo una analogía a la competencia en los deportes — la competencia en los mercados dentro de un marco reglas establecidas por el orden legal y económico

. Y la política liberal siempre lucha por el perfeccionamiento de estas reglas y, por supuesto, también por la corrección de los resultados para aquellos que no pueden participar en esta competencia, parcialmente o del todo.

Al aumentar la prosperidad, al limitar el papel del Estado, y mediante reglas fiscales generosas, el Liberalismo desea crear un ámbito financiero para las previsiones y caridades privadas, así como para la asistencia gubernamental para el que verdaderamente la necesite.

La política liberal pretende promover una cultura de filantropía privada tal y como la que existe en otros países bajo condiciones legales más favorables. (12) Concebir como “social” únicamente los aspectos que conciernen las demandas del individuo hacia la colectividad es el resultado de haber engendrado una mentalidad de beneficios gracias a la provisiones conferidas por el Estado.

Debido a su sistema y a su explotación, estos beneficios bien pueden convertirse en insuficientes o en imposibles de financiar.

Progreso Económico

La política de libre mercado confía en el dinamismo económico generado por una combinación de iniciativas individuales y un sistema de incentivos apropiado. El libre comercio de bienes y servicios y el libre movimiento de capitales facilitan la división mundial del trabajo, y contribuyen a la “riqueza de las naciones”.

El crecimiento económico y el aumento en la riqueza — nacional e internacional — son de suma importancia para la dimensión social de la política liberal.

Más aún cuando el crecimiento económico tiene la tendencia a acelerarse, y depende cada vez más en el conocimiento y la investigación que en las materias primas y la producción industrial. Esto facilita los esfuerzos para que las actividades económicas sean sustentables.

Pero también gana importancia la dimensión social de uno de los principales enfoques de la política liberal — la promoción del conocimiento y la educación; y para el individuo abre las posibilidades de aplicar las habilidades personales. (13)

El aceleramiento del crecimiento económico no está exento de problemas. El crecimiento siempre implica cambio estructural, e incrementa no solo las oportunidades sino también los riesgos.

Demanda flexibilidad y anuencia a adaptarse, y pone a prueba la cohesión social. El conocimiento y el capital se vuelven obsoletos más rápidamente, y la diferenciación social podría aumentar. Todo esto no está libre de peligros para las ideas liberales.

Podría intensificar los llamados a favor de la intervención estatal y la igualdad (no de oportunidades sino de resultados), y generar oposición hacia las mismas condiciones que favorecen el progreso económico.

Mucho de esto se deriva de la resistencia al cambio, de la falta de educación y flexibilidad. Pero también podría ser el resultado de ideas equivocadas sobre las condiciones de la riqueza y el crecimiento económico, así como del papel del Estado; ideas equivocadas que, sin embargo, no son fáciles de erradicar.

La Globalización y la Política Liberal

Si hablamos de política social, de manera extraña pensamos casi exclusivamente en problemas domésticos. Incluso las deliberaciones sociales de aquellos que desean una sociedad multicultural se estancan en reflexiones domésticas, al menos cuando la discusión política trasciende del pago de ayuda externa.

También, esto podría ser la consecuencia de un enfoque único en los sistemas de seguridad social — que en muchos sentidos no son en nada sociales — que en gran medida contribuyeron a una visión errónea de los aspectos sociales de la sociedad desde una perspectiva muy estrecha.

La discusión sobre el orden económico mundial y la globalización ofrece una lección sobre el componente social de la política liberal.

Aquí también la dimensión social de la política liberal no consiste primordialmente en el pago de ayuda externa. Más allá del desarrollo de relaciones culturales, y de la cooperación económica y técnica, la política liberal genera mercados libres para el comercio, la inversión, y los servicios.

Defiende el acceso libre a los mercados de los países industrializados por parte de los proveedores de los países en desarrollo, de tal forma que todos aquellos que desean participar en la división mundial del trabajo puedan hacerlo sin discriminación.

Con una visión estrecha del mercado doméstico, la globalización es a menudo percibida como un peligro para los trabajadores no calificados. Ahora tendrán que enfrentar las presiones de la competencia de los llamados países de bajos ingresos, es decir, de los trabajadores en el Tercer Mundo y en los estados reformistas de Europa del Este.

De hecho, los empleos de los trabajadores poco calificados en los países industrializados están en peligro aún sin los ajustes estructurales necesarios, los cuales consisten esencialmente en una mejor capacitación y un aprendizaje de toda la vida, pero también en una extensión de los salarios y las escalas de ingreso.

Por otra parte, la globalización ofrece igualdad de oportunidades para los trabajadores más pobres en los países en desarrollo. Les permite participar en las ventajas de la división del trabajo, y por lo tanto ganar un ingreso o aumentar su calidad de vida.

Otro resultado de la expansión de la división internacional del trabajo — llamada globalización — es que los estados participantes y sus políticas son controlados cada vez más por la competencia internacional. Debido a esta competencia, pierden parte del poder sobre sus ciudadanos, y el intervencionismo estatal debe ceder.

Mientras los beneficios que se obtengan no sean considerados suficientes, es difícil reducir aún más el ingreso disponible de los ciudadanos mediante impuestos y cotizaciones a los diferentes servicios sociales. Las mismas consecuencias las van a sentir las asociaciones corporativas que derivan su poder de la protección del mercado. No todos verán con buenos ojos ponerle límites al poder del Estado, especialmente aquellos que esperan mucho del intervencionismo estatal, y le conceden un papel fuerte al Estado. (14)

Pero en principio, la competencia internacional conlleva — completamente en armonía con los principios liberales — a otra expansión de las opciones de los individuos. Y hace retroceder el poder de regular e imponer tributos que ostenta el Estado y sus autoridades fiscales intermediarias, y por ende mejora las condiciones de la competencia a nivel mundial.

El Peligro del Proteccionismo

Sin embargo, la tentación es fuerte para no aceptar las reivindicaciones del principio social, para definir a la colectividad de beneficiarios — “nosotros” — de una manera sumamente estrecha, y para protegerse a uno mismo de la indeseable competencia “de afuera”.

En este contexto, resulta fácil aprobar beneficios sociales en la forma de ayuda externa, particularmente cuando la pagan otros, al tiempo que se rechaza el libre acceso a los mercados y la libre competencia mediante la descripción de escenarios de horror relacionados a la globalización.

En las relaciones económicas internacionales existen muchas maneras de evitar la competencia. No todas ellas serán fácilmente reconocibles como proteccionistas. Este es el caso de las coaliciones por el libre comercio que toman la forma de uniones aduaneras (o algo más).

Dentro de dichas organizaciones, como es bien sabido, no solo existe generación de comercio, sino también desvío de comercio, éste último en perjuicio de los estados que no son miembros y en ventaja de los que sí lo son. Esto constituye una ofensa contra el principio de nación más favorecida de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el cual estipula que se les debe dar a las demás naciones todas las ventajas que le son concedidas a un país en particular.

Elementos discriminatorios (y proteccionistas) aún más peligrosos son los estándares que en la superficie llevan la etiqueta de “social”, pero que a menudo son utilizados como instrumentos proteccionistas al ser impuestos sobre los socios comerciales.

Son muy peligrosos debido a que aparentan ser socialmente beneficiosos, como los estándares sociales y ambientales, por ejemplo, pero como estándares que son impuestos sobre socios comerciales, pueden ser a menudo socialmente perjudiciales.

¿Cómo pueden ser competitivos los trabajadores de Bangladesh si tienen que cumplir con los estándares laborales de las naciones industrializadas? A nivel nacional y en el extranjero, no es necesariamente responsable mejorar las condiciones de vida de aquellos que están desempleados, pero sí es social darle una oportunidad al desempleado.

O, ¿debería o podría una sociedad más próspera no darse el lujo de estándares para la protección ambiental más estrictos que los de un país pobre? ¿Es social evitar mediante regulaciones salariales que los trabajadores de los países miembros menos desarrollados de la Unión Europea puedan competir mediante salarios más bajos con aquellos trabajadores de los países miembros más ricos?

Contrario a todos estos intentos por defender contra los pobres los privilegios propios mediante una dudosa política de justicia social, evitando o al menos obstaculizando su acceso a los mercados, una política liberal de comercio mundial, con sus reglas centrales de no discriminación y de trato de nación más favorecida, presenta un perfil social enérgico. Y esto sin tener que apelar a la ayuda externa, la cual, sin embargo, — como la seguridad social a nivel doméstico — no debe ser descartada.

Política Liberal y Políticas Sociales

Debemos evitar un malentendido: aquí estamos discutiendo la dimensión social de la política liberal, y no la visión liberal de la seguridad social, como por ejemplo la practicada en Alemania.

Si estuviéramos hablando sobre políticas sociales liberales en este sentido limitado de la palabra, deberíamos discutir las consecuencias de los principios liberales aplicados a los sistemas de seguridad contra los peligros económicos de riesgos como la enfermedad, la vejez, la discapacidad, el cuidado geriátrico, y el desempleo.

Uno debería debatir si es compatible con los principios liberales la redistribución de la riqueza que un individuo ha acumulado durante su vida, impuesta por el Estado sobre éste, o si también lo es la inhabilitación del individuo por parte de los sistemas de seguros establecidos por ley contra los riesgos económicos de la vida.

Y particularmente uno necesita hacerse la siguiente pregunta: dado el aumento considerable en la riqueza, ¿son dichos sistemas de seguros todavía tan apropiados como lo pudieron haber sido en el momento en que fueron creados?

Además, uno debiera preguntarse: ¿son estos sistemas de reparto todavía operacionales en países con poblaciones en decrecimiento, y garantizan un mínimo de justicia interpersonal y especialmente intergeneracional? En resumen, uno tendría que discutir cómo — desde un punto de vista liberal — hoy en día  los ciudadanos podrían asegurarse contra estos y otros riesgos de la vida.

Obviamente dicha discusión, por ejemplo concerniente al seguro de vejez, llevaría a propuestas que enfatizan fuertemente la autonomía y un seguro individual privado basado en el principio del financiamiento, posiblemente con un seguro mínimo estipulado por ley, tal y como existe en los seguros de vehículos contra daños a terceros, con el fin de evitar el riesgo moral. (15)

De igual forma, con respecto a la protección de los riesgos económicos de la enfermedad (“seguro de salud”), habría propuestas que enfatizarían más firmemente la libertad de escoger y un seguro privado con diferentes formas de refinanciamiento y retención. Aquí, también, uno podría considerar un seguro mínimo obligatorio como una concesión a la sociedad debido al riesgo moral generalizado. (16)

Es importante reconocer que la política liberal, al igual que las políticas tradicionales de seguridad social, está preocupada con la protección del individuo contra los riesgos económicos de la vida. La dimensión social del Liberalismo significa apelar primero que todo al individuo y su responsabilidad, y no establecer inmediatamente reivindicaciones sobre la sociedad, por lo tanto permitiendo dentro de ciertos límites la libertad de escoger.

Las políticas liberales de protección contra ciertos riesgos derivan sus dimensiones sociales específicas al tratar de evitar contratos a expensa de terceros como sucede comúnmente en las negociaciones de los sistemas de seguridad social estatales.

El ejemplo más significativo es el seguro para la vejez, donde las partes negociadoras a menudo alcanzan acuerdos a expensas del contribuyente y de las próximas generaciones mediante eslóganes de solidaridad y “contrato intergeneracional”.

A pesar de la crítica liberal a los sistemas actuales, debe quedar claro que la política liberal no debe perder de vista las responsabilidades hacia los verdaderamente necesitados.

El hecho de que la política liberal esté basada más en el aumento generalizado de la riqueza, en la iniciativa privada, en las comunidades y asociaciones, no significa que uno no esté dispuesto a proveer los fondos necesarios para aquellos que se encuentran en necesidad.

Por el contrario, luchar por el progreso económico, tratar de evitar la entrega de beneficios anticipados, y concentrarse en el bienestar social de los verdaderamente necesitados, significa que éstos pueden ser ayudados efectivamente.

Libertad y Responsabilidad dentro de la Comunidad

La política liberal tiene por sí misma una importante dimensión social. Está basada en un modelo de sociedad que es intrínsecamente social, y resguarda la libertad del individuo para cumplir sus metas personales en la sociedad civil. El individuo debe estar en capacidad de hacer esto de manera autónoma, bajo su propia responsabilidad, y en el marco que sea posible, sin ninguna intervención del Estado — compitiendo y cooperando con otros.

Esto, por supuesto, en un orden legal y económico que debe garantizar que el comportamiento competitivo del individuo no solo lo beneficie a él o a sus comunidades, sino a toda la sociedad en general, y que la competencia sea justa en el sentido de justicia de procedimiento. Y la política liberal confía en el dinamismo económico que libera dicho sistema.

También confía en la educación de los ciudadanos como un valor por sí mismo y en el progreso tecnológico y económico y el aumento en la riqueza que sucede a consecuencia de éste. Para alcanzar esto, es indispensable un sistema de libre mercado que permita también el libre intercambio de bienes, servicios y capitales más allá de las fronteras nacionales.

También son indispensables las políticas de libre mercado que garanticen la apertura necesaria y el funcionamiento de los mercados, así como la restricción del poder de éstos. Este último punto es una de las tareas del Estado. Éste debe regresar a sus funciones auténticas (como por ejemplo garantizar la seguridad interna y externa), las cuales deben ser tomadas seriamente.

Los intentos por medir el contenido social de la política liberal a través de políticas sociales tradicionales, o incluso a través de aumentos en los sistemas de seguros establecidos por ley, son engañosos. La política liberal tiene una dimensión social, la cual trasciende por mucho las políticas sociales tradicionales debido a que su dimensión está contenida en el anteproyecto liberal de la misma sociedad.

En las políticas de seguridad social, los principios del Liberalismo llevan a una mayor confianza en la libertad y responsabilidad del individuo, quien es el que decide sobre la protección contra los riesgos económicos de la vida para sí mismo y su familia dentro de una amplia variedad de opciones, un método donde el principio de financiamiento y la diferenciación de las tarifas de seguros ganarían terreno automáticamente.

Al mismo tiempo se evitaría entregar beneficios anticipados, de tal forma que los medios disponibles puedan ser concentrados en la asistencia de aquellos que verdaderamente lo necesitan.

Con sus políticas económicas de mercado, el Liberalismo cree en un orden legal y económico basado en los principios de la libertad y la protección de la propiedad privada. Cree en la ética del mercado, la cual se ha desarrollado a través del curso de la historia, en la responsabilidad e interés propio de los ciudadanos, así como en la dinámica de la competencia.

El Liberalismo defiende y mantiene la libertad del individuo de la tutela estatal y del poder de las asociaciones corporativas. Sin embargo, junto con la libertad otorgada al ciudadano, la política liberal no solo lo responsabiliza por sí mismo y su familia, sino también por la cooperación activa en las pequeñas comunidades y en la sociedad civil. La política liberal es un concepto muy alejado del supuesto “individualismo equivocado” (Hayek), el cual aísla casi absolutamente al individuo de compartir su responsabilidad en la formación creativa de la sociedad.

Bibliografía

1. Karl Homann/Eckart Blome-Drees, Unternehmensethik, Managementethik, en: Die Betriebswirtschaft 55/1995, p. 98 ff.

2. Eucken y Böhm impartieron clases en la Universidad de Friburgo, Alemania.

3. Karl Popper, In Search of a Better World, Londres 1952, p 155 ff.

4. Herbert Giersch, Moral als Standortfaktor, Frankfurter Allgemeine Zeitung, 31.12.1994; H. Müller, Ethik und Markt, en: Liberal 38/1, 1996, p. 59 y siguientes.

5. Karl Homann/Eckart Blome-Drees, op.cit.

6. Karl Homann, Sozialpolitik nicht gegen den Markt, Frankfurter Allgemeine Zeitung, 13.2.1999, p. 15; Homann/Blome Drees, Unternehmensethik, op.cit.; H. Müller-Groeling, Unternehmensethik in einer Sozialen Marktwirschaft nach deutschem Vorbild, en Zeitschrift der deutsch-polnischen Handelskammer, Nr.7/89, 1999.

7. Friedrich von Hayek, Der Wettbewerb als Entdeckungsverfahren, Kieler Vorträge, Nr. 58, Tübingen 1968.

8. La política de la Unión Europea con su falso apoyo a la subsidiaridad es un ejemplo.

9. Ver http://enete.gui.uva.es/~cuenca/enciclic/quadrage.htm.

10. Herbert Giersch, Das Wirtschaftswachstum in Zeiten der Globalisierung, Franktfurter Allgemeine Zeitung, 15.1.2000, p. 15.

11. Friedrich von Hayek, Drei Vorlesungen über Demokratie, Gerechtigkeit und Sozialismus, Tübingen 1977, p. 23, y The Fiction of Social Justice, en New Studies in Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas, Londres 1978.

12. Karl-Heinz Paqué, Philanthropie und Steuerpolitik, Kieler Studie 203, Tübingen 1986.

13. Las diferencias en las habilidades por supuesto que llevarán a resultados diferentes, pero eso no debiera ser una razón para nivelar ni la educación ni sus resultados.

14. También existe el argumento de una “carrera hacia el fondo”, el temor de que la competencia internacional lleve a un proceso sin fin de reducción de impuestos; sin embargo la realidad no respalda este supuesto.

15. Roland Vaubel, Reforming Social Security for Old Age, y comentario de H. Müller-Groeling en: Herbert Giersch (Ed.), Reassessing the Role of Government in the Mixed Economy, Tübingen 1983, pp. 173 ff, 191 ff.

16. Véase la publicación del Instituto Liberal de la Fundación Friedrich Naumann: Principios de la política social liberal – 12 tésis, en Otto Graf Lambsdorf (Editor), Freheit und Soziale Verantwortung, Grundsätze liberaler Sozialpolitik, Frankfurt a.M. 2001.


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