Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Quién es el Salvaje?
Eduardo García Gaspar
4 diciembre 2006
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Recibí un correo de un amable lector. Partes de ese mensaje son imposibles de reproducir por temor a que usted y yo nos sonrojemos de vergüenza. Pero una parte del correo es por demás notable.

Decía el amigable lector que yo era un partidario del “capitalismo salvaje”. Gracias al lector pude recordar viejos tiempos, ya idos, en los que esa frase era una causa suficiente como para ganar toda discusión.

Gracias al lector pude recordar también una vieja discusión al respecto, entre varias personas y que mencionaron puntos que aún ahora recuerdo. Una de ellas es la del poder de las palabras: si usted logra dar connotaciones malas a una palabra neutra es casi seguro que ya ganó la discusión sin necesidad de hacer nada más. Quizá el más clásico ejemplo es la palabra “capitalismo”.

Decirle a alguien “capitalista” era arrojarle una serie de los más graves epítetos posibles: egoísta, inmoral, insensible, materialista y demás. Una vez hace también tiempo, un buen hombre me criticaba por ser capitalista, ante lo cual le pregunté que me diera su definición de capitalismo.

No supo nada de nada. Vaya ni siquiera la más pedestre de las definiciones. Me recordó eso de que las más serias y radicales de las opiniones provienen de las personas con menos preparación en el tema.

La otra de las ideas de esa antigua conversación fue la de la asociación de palabras. Es ésa que produce una reacción inmediata recordando una palabra después de escuchar una.

En esos tiempos idos, si usted usaba la palabra “capitalismo” de inmediato brotaba otra, “salvaje”. Y si la persona se las daba de mucho saber, entonces decía “manchesteriano”, sin que implicara saber dónde está Manchester.

En conclusión, se dijo en ese tiempo, no había necesidad de argumentar y razonar. Todo lo que debía hacerse es alterar el lenguaje dando connotaciones positivas a unas palabras y negativas a otras. Eso bastaba para ganar cualquier discusión sin necesidad de pruebas ni evidencias.

El triunfo de los bolcheviques, por ejemplo, era “la revolución de octubre”, sin importar que se tratara de un simple golpe de estado. Era como una falacia de palabras.

Quizá la mayor de las victorias de esa falta de razón fue la del altruismo. Hubo un tiempo en el que todo lo socialista era altruista, desprendido, dadivoso, bondadoso. Y lo opuesto, el capitalismo era egoísta, injusto, codicioso, materialista. Aún hay remanentes de esto entre quienes presumen de no perseguir “fines de lucro”.

Nada de eso era una discusión de ideas, sino batallas de propaganda y semántica que capturaban a los más crédulos, es decir, a los políticos para quienes esas ideas eran lo mejor que habían escuchado en su vida, pues justificaban el acumular más poder y más y más, con la aprobación de casi todos. Y hacían llegar a justificar la estatización de empresas para evitar la “competencia salvaje”.

Lo interesante de eso, se dijo en esa antigua conversación, era un efecto colateral imprevisto por los socialistas. Sus tesis producían una acumulación tal de poder en los gobiernos que en los puestos públicos se necesitaban súper hombres: ángeles en cuestión de bondad y dioses en cuestión de conocimientos. Debían no abusar de su gigantesco poder al mismo tiempo que planear todo un país.

Ya que esos hombres no existían, se concluyó en esa reunión de hace ya mucho, el socialismo de antaño terminaría siendo un socialismo salvaje, con el gobierno abusando de su poder y fracasando en la parte económica. Lo interesante es que acabó siendo cierto.

El socialismo clásico y tradicional cayó estrepitosamente y sus partidarios emigraron a varias partes. Unos se moderaron a tal nivel que son indistinguibles de los liberales. Otros adoptaron las causas ecologistas para seguir pidiendo la intervención estatal. Algunos se perdieron en divagaciones sobre la felicidad. La mayoría reconocieron la superioridad de los sistemas libres.

Pero otros de ellos se quedaron como estaban, como si nada hubiera pasado, y sostienen las mismas ideas de hace treinta, cuarenta o cincuenta años. Usan las mismas expresiones, piensan con frases hechas y, para nuestra desgracia, se encuentran en América Latina incrustados en partidos de izquierda o en movimientos guerrilleros.


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