Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Redimensión Presidencial
Eduardo García Gaspar
24 marzo 2006
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Recordemos los tiempos pasados, los del presidencialismo, esos en los que el presidente era un monarca absoluto sexenal. Nada de lo que ordenaba era negado, nada. El país era colocado en las manos del presidente que a su vez era nombrado por otro.

Eran los tiempos en los que no se necesitaban encuestas para predecir al ganador y cuando los legisladores servían de tocado a la corte presidencial. En medio de las campañas políticas, nos pasa que perdemos la perspectiva de lo real y dejamos de ver los cambios mexicanos… y vaya que si los hubo.

Uno de ellos es espacialmente notable y bienvenido: los mexicanos no hemos desecho del principal azote que poseíamos, el capricho presidencial. No más y eso es un gran cambio. Realmente un cambio de consideración, si bien logrado gradualmente y culminado en 2000. No más antojos, locuras, tropelías, ni fantasías presidenciales.

Es un adelanto significativo, parte de la esencia democrática y que va más allá de las elecciones. Vayamos al pasado por un momento, hasta 1748, cuando un francés racionalizó la espontaneidad de las costumbres inglesas y nos explicó lo que ahora sucede en México. El francés se llamaba Charles de Secondat, Baron de la Brède et de Montesquieu y nació en Burdeos.

En ese año escribió una de las obras políticas más consultadas de todos los tiempos, “El Espíritu de las Leyes”. En el libro XI, capítulo IV, hablando de la libertad, esta obra inicia el planteamiento de los principios democráticos que tanto se valoran hoy.

Dice allí, al mero inicio, algo que vale la pena remarcar: “Pero es una experiencia eterna que todo hombre que tiene poder siente la inclinación de abusar de él, yendo hasta donde encuentra límites… Para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder…”

Y a continuación establece los principios de la división de poderes que más de dos siglos y medio después tiene nuestra constitución. La misma división de poderes. Así nació la democracia.

No era la exaltación del voto del ciudadano, sino la muy pragmática realidad del abuso del poder y cómo evitarlo: quitándole al mandamás el poder de hacer leyes y el de juzgar. Para eso está la democracia ante todo, para evitar abusos de poder de los gobiernos, los que por esencia misma tienden a extralimitarse.

Es un objetivo admirablemente restringido y de enormes consecuencias. México padeció los abusos de la presidencia por décadas. Nuestras presidencias fueron calificadas de imperiales y absolutas. Más poder tenía un presidente en México que un rey en otras partes. Ya no más y es un gran cambio, de tal profundidad que parece ser no muy comprendido, pues a las cosas buenas nos acostumbramos con facilidad y las damos por hechas.

Eso que los analistas políticos llaman con elegancia hegemonía presidencial, es una cosa del pasado y así debemos mantenerla, sea quien sea que resulte presidente elegido en julio próximo. Conviene más la situación actual de inmovilidad legal que el presidencialismo anterior, pues de dos situaciones negativas es preferible la menor de ellas.

Nos hemos quitado una posibilidad trágica, la de caer en las manos del presidente caprichoso y loco. Ya que no creo que esta realidad sea reconocida con suficiencia, es positivo recordarla y enfatizar que es la razón de ser de la democracia. Además, el asunto es importante por otra causa, la inercia presidencialista aún no desaparece del todo.

Parece increíble, porque aún existe un grupo de personas que ansía el regreso de la presidencia imperial. Es gente de todos los signos políticos y que apoya el regreso a ese pasado. Es que existe un rasgo político en algunos mexicanos que mantienen la vieja mentalidad de un gobierno autoritario en manos de un líder al que todos obedecen.

Así fueron los gobiernos de las civilizaciones prehispánicas, los de la colonia, el de Porfirio Dìaz y los del PRI. Es natural que aún hoy muchas personas tengan ese rancio esquema de gobierno y que traten de imponerlo regresando al presidencialismo. El verdadero demócrata no lo aprobaría, pues sería el regreso a eso mismo de lo que nos hemos ya desecho para bien de la libertad de los mexicanos.

POST SCRIPTUM

• El libro citado es Montesquieu (1993). DEL ESPÍRITU DE LAS LEYES [1748]. Barcelona. Altaya. 8448701291, página 114.

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