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Rescatando a los pobres
Selección de ContraPeso.info
23 octubre 2006
Sección: FAMOSOS, PROSPERIDAD, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Ernesto Poblet. Agradecemos a Fundación Atlas 1853 el gentil permiso de reproducción. El tema tratado por el autor es el del resentimiento ante el éxito ajeno. El autor es historiador y profesor de Derecho Internacional Público.

Andrew Carnegie: rescatando del infierno a multitudes de pobres.

“Nací en una familia pobre, y no cambiaría los buenos recuerdos de mi infancia por los de ningún hijo de millonarios.  ¿Qué saben esos niños de las alegrías familiares, y del inolvidable recuerdo de una madre que es el mejor refugio de muchos hijos, la mejor cocinera, la mejor maestra, la mejor lavandera y, a la vez, la mujer más bonita, más ahorradora, más angelical y más santa de cuantas ha conocido un  hombre en su larga vida?”.

Lo dijo el multimillonario Andrew Carnegie a los 73 años como epílogo de un banquete.  Fue en 1908 y lo publicó el Century Magazine.

Natural de Escocia, de muy joven apareció en los Estados Unidos trabajando en una fábrica de Pittsburg (Pennsylvania). Ganaba diez dólares al mes. Gustaba recordar en sus últimos años ese día que le aumentaron el sueldo a doce dólares:  “Pocas veces  el dinero ganado  me ha producido tanta satisfacción como aquellos dos dólares de aumento mensual…”

Uno de los grandes rasgos del hiper-millonario Carnegie ha sido su generosidad.  Ayudaba directamente a la gente que lo necesitaba, a las instituciones y a toda muestra de cultura sin hacer alardes.  Al morir distribuyó su patrimonio entre entidades caritativas y científicas.

Carnegie vivió gratamente obsesionado por ayudar al prójimo. Para él la mejor manera de proteger consistía en facilitar el camino del éxito a los que creía capacitados para triunfar.  Tras los lauros bien ganados por éstos se confluiría en el destape de otros.

Con este método impulsó a millares de sus colaboradores a ingresar en los círculos concéntricos y virtuosos de la riqueza bien elaborada. Así superó la cifra de similares nuevos circuítos carnegianos que derivarían en fuentes de trabajo para un número de familias difícil de determinar.

Le preguntaban a Carnegie el secreto de su prosperidad y gustaba responder  “He sabido elegir a mis colaboradores”.  Otra respuesta parecida vertió cuando le solicitaron adoptar  un epitafio para su tumba: “Aquí yace un hombre que supo rodearse de otros hombres más capaces que él”.

Un hobby de Andrew Carnegie consistía en coleccionar autógrafos de personajes célebres.  Entre sus amistades conoció a un alumno del biólogo alemán Ernst Haeckel, famoso embriologista. Le manifestó su deseo de obtener un autógrafo del naturalista.

Al poco tiempo recibe una misiva de Haeckel: “Agradezco, conmovido, a Andrew Carnegie el microscopio que ha regalado al laboratorio de biología  de la Universidad…”.  El millonario leyó sonriendo el inesperado mangazo. Exclamó divertido “Es el autógrafo que me ha costado más caro…”

Si alguien le hablaba de su mucho dinero, respondía Carnegie:   “No, no; no paso de ser un “pobre”  bienhechor de la humanidad y de un tipo de pobreza que sólo conocen los que invierten su dinero en el bien de los otros”.

Con su inmensa fortuna creó bibliotecas públicas, cajas de socorros para obreros e institutos científicos y de investigación. Escribió libros con claros mensajes que nos vendrían bien a los argentinos:  “El Evangelio de la Riqueza”  “Democracia Triunfante”  “Alrededor del Mundo”.  Los negocios que lo llevaron al triunfo se relacionaron con la siderurgia.  Un hombre de acero con el corazón sensible. Murió en 1919 con 84 productivos años.

El odio tiene dos vertientes que lo nutren: la envidia y el resentimiento, especialmente éste que es la natural consecuencia de aquella.

Los argentinos, por estar imbuidos hasta el tuétano de sentimientos tan perniciosos —fruto de una pertinaz acción psicológica ejercida a lo largo de muchos años— hemos desarrollado una cultura resentida contra la mejor manera de procurar abundancia para toda la sociedad.

Nos hicieron creer, inyectando un incomprensible odio hacia los que acumulan riqueza, que éstos lo hacen porque explotan a sus empleados impulsados por una suerte de orgasmo placentero. Y este equívoco no nos viene sólo de Marx y el sofisma anacrónico de la plusvalía.  Obedece a causas más complejas.

Si las fábricas de acero que fundó, construyó y desarrolló el  incansable señor Carnegie no las hubiera hecho él, seguro nadie las haría y menos con tanta eficacia. Jamás el Estado, ni las cooperativas, ni los gremios, ni los milagros del cielo.

La cantidad enorme de obreros, profesionales, gerentes, proveedores y agentes de servicios —que progresaron en buena ley con las fábricas de acero— nunca figuran en las estadísticas y son reacios a reconocerlo los tradicionales comunicadores del periodismo, la literatura y actuales sectores de la docencia.

El empresario que gana mucho dinero es admirado en los magníficos países sajones porque saben que durante la existencia del  magnate  —hacedor de fábricas y buenos negocios—  una inmensa cantidad de vidas humanas tuvieron acceso a trabajos estables y dignos.

El típico resentido sólo piensa en castigar los capitales bien ganados y jamás arrebatados a nadie. Un patrimonio que no existiría sin el esforzado creador y los componentes de la empresa. Nada se observa con claridad mediante los ojos legañosos de la envidia

Una lamentable chatura y egoísmo no  deja ver el proceso productivo que creó ese emprendedor millonario con  el cual condujo multitudes al bienestar de la dignidad del trabajo y la natural acumulación de bienes que toda persona y su familia necesita y merece para vivir dignamente.

Olvidan que los “Carnegies” empezaron desde la nada. ¡Qué otra cosa era el inmigrantito escocés que ganaba tan sólo diez dólares al mes! Casi todos los millonarios del mundo capitalista empezaron superando la pobreza y coronando sus esfuerzos merced al ritmo de trabajo y las oportunidades que le ofrece el sistema.

El envidioso y devenido en resentido contra el éxito y creatividad del empresario victorioso, prefiere creer que sólo se puede elaborar riqueza a través de la ilicitud o la expoliación.  O peor aún, han comprado por décadas la falacia del Capitalismo de Estado de Hitler y Mussolini concordante en esencia con aquella Dictadura del Proletariado, ese disfraz que Lenin utilizara en 1917 para sustituir la eficiente actividad privada por el estatismo siempre asfixiante y corruptor.

Quisiera conocer el resultado de un verdadero examen de conciencia —de tantos demagogos y pseudo sensibleros— en el cual  deban responder a estas preguntas:

¿a cuántas personas o familias en tu retórica vida les brindaste trabajo, pagaste puntualmente sus quincenas y les abriste la posibilidad a la educación y la salud…?

¿serías capaz de producir lo suficiente para vivir con dignidad y lograr por ello que tus prójimos mejoren sus condiciones de vida…?

¿sientes que tienes el talento suficiente para hacer beneficencia con la misma riqueza que has hecho generar con tu esfuerzo…?

¿no pesa en vuestra conciencia que tus medios de vida salgan de esa coactiva colecta que deben hacer los pobres trabajadores con el pesado margen del costo laboral que tus leyes populistas les imponen…?

Respóndete honestamente, con la mano en el corazón.


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