Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Se Extraña a la URSS
Eduardo García Gaspar
24 abril 2006
Sección: DIPLOMACIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La revista The Economist, publicada justo después de los ataques del 11 de septiembre, llevaba en su portada la frase “el día que el mundo cambió”. Fue cierta.

El otro gran cambio anterior había sido la caída del muro de Berlín y el colapso de la URSS, descrito por los expertos como el nacimiento del mundo unipolar.

El bipolarismo de los EEUU-URSS había terminado. A década y media de distancia ese mundo bipolar parece ahora un mundo de caballeros en el que podía vivirse con razonable tranquilidad. El problema de Berlín y la crisis de los misiles en Cuba parecen ahora algo en lo que pensar con nostalgia: ¡esos eran los buenos tiempos en los que sí podía vivirse con tranquilidad!

No más. Los terroristas rebelaron que los problemas podían ser peores.

Ya no más asuntos que podían tratarse en relaciones más o menos predecibles entre los gobiernos de países. Ahora, una red de bandas de terroristas hacen la guerra sin necesidad de declararla. No es el terrorismo nacional, confinado a una región geográfica de los terroristas tradicionales.

El asunto es realmente global, con un antecedente macabro en el atentado de Buenos Aires a la comunidad judía. Pero cuando pensábamos que las cosas no podían ponerse peor, se ponen: los terroristas han llegado a posiciones gubernamentales. Parece que el mundo se ha vuelto bipolar de nuevo, o va en camino a serlo.

¿Un choque de civilizaciones? No lo creo, pero sí un conflicto entre unos fanáticos y el resto del mundo. Los fanáticos ahora no son los ideólogos de una doctrina económica fallida nacida en el siglo 19, sino los creyentes absolutos en una distorsión de una de las religiones. Si no me cree, recuerde la orden de matar a un escritor de nacionalidad británica, Salman Rushdie: una acción de extraterritorialidad que en esos días parecía una locura aislada.

La extraterritorialidad es ahora la regla. Recuerde usted el embrollo de las caricaturas sobre Mahoma: la libertad de expresión, de la que tanto se enorgullece el Occidente, fue doblada exitosamente. Compare usted eso con las tímidas críticas que el católico ha hecho de películas y novelas que hablan negativamente de esa iglesia. La diferencia es extraordinaria, tanto como la indiferencia con la que se ha recibido. Pero lo peor aún no ha sucedido.

Los terroristas, convertidos en gobernantes, son ahora propietarios de tecnología nuclear. Los que desprecian a los más obvios de los entendimientos internacionales, tienen o tendrán armas nucleares. Y eso es muy diferente a que, por ejemplo, tenga esas mismas capacidades España. De esa nación y su gobierno, por criticable que sea, se espera una cierta conducta. Pero no de Irán.

Mahmoud Ahmadinejad, su cabeza de gobierno, pasó a las primeras planas de los periódicos con sus palabras: borrar a Israel del mapa. Su contrincante en las elecciones no dijo eso… con las mismas palabras.

Dijo que una sola bomba tenía el poder de destruir a todo Israel, mientras que la respuesta a ese ataque sólo podría dañarlos parcialmente. No son palabras reconfortantes en persona alguna. En un gobernante son imperdonables. El radicalismo es extremo, quizá como nunca se había visto en el mundo: por una razón, el terrorista domina un país con una protección religiosa y tiene las armas más poderosas que han existido.

Más una cosa adicional: su propia vida no le importa. Recuerde usted que fue el régimen de Irán el que mandaba a niños y jóvenes a caminar por campos minados para limpiarlos. ¿Lloraban los niños? Al contrario. Habían sido indoctrinados de tal manera que iban alegres y cantando. ¡Qué tiempos esos en los que todo lo que debía tenerse era un ataque nuclear de la URSS! El mundo ha sido cambiado de tal manera que, me temo, no sabemos cómo reaccionar.

¿Qué hacer ante algo tan nuevo y temeroso? La decisión de Kennedy y la crisis de Cuba no es modelo. Irán no respeta las convenciones de la URSS. Al-Qaeda no es una nación con embajadores. Vaya no creo que el asunto sea realmente comprendido en su totalidad, como se mostró con la doblada de manos ante las caricaturas de Mahoma.

Y necesitamos ese primer paso, la comprensión del tamaño del problema. Demasiados, creo, preferirán ignorarlo o minimizarlo. Y eso es equivocado. Creo que el punto es claro: antes de saber qué hacer con ese problema hay un paso obligatorio, entender su naturaleza y dimensión. Es algo muy nuevo, que no puede enfrentarse con los parámetros normales de pensamiento diplomático.

Post Scriptum

• Una recuento detallado del fanatismo iraní puede encontrarse en The New Republic, aquí y aquí.

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