Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Suavidad Excesiva
Eduardo García Gaspar
24 octubre 2006
Sección: CRIMEN, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Me decía hace tiempo un extranjero que los mexicanos éramos suaves en exceso, como si tuviésemos un miedo innato a algo.

Por ejemplo, en muchas partes, al entrar a alguna tienda, se le dice al empleado “disculpe, de casualidad no tendría usted…”, o “quería ver unas camisas”, o al mesero, “lo molesto con la sal”.  Demasiada suavidad, me decía.

Al mesero no se le molesta pidiéndole cosas, ni las tiendas de casualidad tienen cosas, y decir “quería” significa que ahora ya no se quiere. Tiene un punto mi amigo, no diferente al de un profesor de hace muchos años que nos explicó en clase la razón por la que no existen tribunales públicos en el país: los jurados se compadecerían sentimentalmente incluso del más despiadado de los criminales y a todos declararían inocentes.

Hay algo de verdad en esto. Es frecuente encontrar una enorme sensibilidad ante cualquier crítica en el trabajo, donde aún el peor desempeño recibe alabanzas y se tiene miedo a ser objetivo. Como que se revela un cierto miedo a tomar una posición clara personal, excepto en el caso de fanáticos del futbol.

El gobierno mexicano no es diferente y también tiene pavor a aceptar sus responsabilidades, como el aplicar la ley.

Cantidad de personas, a diario y públicamente, van en contra de la ley y, a pesar de eso, el gobierno se niega a realizar lo que debe: usar la fuerza si es necesario, como lo haría cualquier gobierno democrático (Chile y los estudiantes en este momento).

La autoridad llama al diálogo, incluso por encima de la ley. La suavidad en el trato mexicano llega así a un extremo enfermo que ocasiona lo obvio, como la situación en Oaxaca ahora, o como la de la frontera norte. Una en manos de radicales, la otra en manos del narcotráfico.

Es la adopción consciente e intencional de una posición débil frente a gente que tiene posiciones radicales, dispuesta a todo. Oaxaca, desde luego, está infestada de radicales, esos para quienes no hay otra vía que la que ellos establecen en sus propios términos y condiciones.

Es igual a la posición, también radical, del crimen organizado, dispuestos a imponerse sobre el que se ponga enfrente. Los radicales políticos y los criminales organizados tienen en común eso, el uso de la fuerza para prevalecer sobre el resto.

La única legítima institución que puede oponérseles es el gobierno, pero éste recula y se repliega: pone a la ley de lado y exalta el diálogo como valor máximo y único. El diálogo es un recurso democrático, para ser usado bajo condiciones civilizadas y es imposible acudir a él cuando el otro es el primero en usar la fuerza y la violencia, como el delito de invadir estaciones de radio en Oaxaca.

Sin duda, la posición de la autoridad mexicana es superior y civilizada, digna de ser usada entre personas tolerantes y racionales. Pero a pesar de ser superior, es errónea porque supone que la otra parte comparte esos mismos valores de razón y diálogo.

Obviamente, el crimen organizado no sostiene los mismos principios, eso es natural, pero mucho me temo que tampoco los tiene eso que se llama APPO: su uso consistente de la violencia así lo demuestra a todos. Es obvio que no hay simetría de posiciones en las dos partes. Una llama al diálogo y la otra acciona con la fuerza.

La situación es muy representativa, además, de las tremendas dificultades que tiene el desmantelamiento de las estructuras corporativistas creadas en los años treinta y mantenidas por décadas bajo el control del PRI. Intentar quitar privilegios monetarios a esos sindicatos significa siempre una reacción violenta, como se tuvo en el Reino Unido en los años ochenta con el sindicato del carbón.

Es un choque de mentalidades e intereses. Por un lado, un gobierno democrático naciente que aún no conoce su razón esencial de ser en el mantenimiento de un estado de derecho, con un estilo suave hasta la desesperación. Por el otro, grupos gremiales, que no saben nada de democracia, pero mucho de violencia y presión, que son las únicas herramientas de las que conocen su empleo.

El encontronazo caracteriza estos días mexicanos y desafortunadamente muestra una etapa de la construcción de un sistema democrático: las dificultades entre quienes tienen como arma a la fuerza y los que intentan cambiar las cosas.

POST SCRIPTUM

• Nuestros tiempos son unos en los que se exalta a la tolerancia con exageración. La tolerancia implica la aceptación de conductas e ideas con las que uno no está de acuerdo y presupone que la situación es simétrica entre los grupos: todos valoran esa tolerancia y sus libertades. Pero ¿cómo reaccionar ante quienes no creen en la tolerancia? La tolerancia debe ser mutua, o si no, ella no existe.

• Mi visión amplia del conflicto en Oaxaca tiene (1) su etapa inicial, ocasionada por acciones de limitación del poder sindical en ese estado, (2) dadas en un contexto de una costumbre de protesta anual que (3) siempre fue exitosa y que (4) ha crecido por la adhesión de grupos radicales de izquierda rabiosa, ocasionando (5) un movimiento fragmentado internamente frente a una (6) autoridad federal débil y un (7) gobierno local inexistente e incompetente.

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