Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tolerancia e Indiferencia
Eduardo García Gaspar
29 noviembre 2006
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hay algo que me es molesto en las exaltaciones irrestrictas a la tolerancia como el mayor de los valores de nuestros tiempos. En buena parte, la tolerancia es compañera de la libertad, pues sin remedio la libertad producirá acciones que no apruebo pero que debo dejar hacer.

No apruebo la existencia de libros y cintas de violencia extrema, ni pornográficas, pero quizá no tenga otra alternativa que soportar su existencia.

Es esas situaciones el gran valor es la libertad. La tolerancia es una simple consecuencia que no merece tanta apoteosis como la que recibe en la actualidad. Es la libertad la que importa, pues sin libertad la tolerancia sería innecesaria.

Y como la libertad, la tolerancia necesita ser explorada en sus límites. Decimos que nuestra libertad termina donde comienza la libertad del resto. Es una buena manera de entender sus límites.

Pero eso plantea otra interrogante, la de los límites de la tolerancia. Y los debe tener, pero al recibir tanta adulación, ella corre el riesgo de ser entendida como absoluta. Si la libertad no lo es, tampoco lo puede ser la tolerancia.

¿Debo tolerar todo? La respuesta es negativa: no pueden tolerarse, por ejemplo, los robos, los asesinatos, los secuestros, los abusos de menores. Eso es claro y establece que la tolerancia tiene límites.

Pero hay más. Debemos explorar situaciones en la zona gris: por ejemplo el caso de un amigo que consume drogas, o que bebe en demasía, o que corre un riesgo de cualquier tipo. Si la tolerancia es llevada a su extremo, ella nos obligaría a una posición de indiferencia absoluta, la de no hacer nada.

Debemos, según eso, dejarlo sólo, que haga lo que quiera y como quiera, porque eso es ser tolerante y la tolerancia, se dice, es el gran valor.

Sostengo que eso es falso. La tolerancia, cuando es confundida con la indiferencia se lleva a un plano negativo: ya nada me interesa, ni me inquieta, ni me preocupa. Esa posición es opuesta a parte de la naturaleza humana que ama, se inquieta y preocupa cuando ve que algo no anda bien.

¿Debo dejar que mi amigo se hunda en las drogas porque eso me dicta la tolerancia? Contestar que sí significaría aceptar que he dejado de amarle, de interesarme en él, tanto que ya no es mi amigo.

Lo que creo es que la tolerancia elevada a un nicho inmerecido provoca indiferencia y anula posibilidades de interés humano mutuo: que el resto haga lo que quiera, que a mí me da lo mismo. Ese desinterés anula parte de nuestra humanidad y no sólo eso, como efecto colateral nos manda a respetar lo que es indebido. La tolerancia, llevada al extremo, nos manda a una caída libre en la moral.

En el caso de las creencias religiosas, por ejemplo, sabemos que la tolerancia es una sana costumbre: dejar que cada persona decida en su fuero interno lo que ella decida. Y es más que eso, nos enseña a convivir y a respetar, lo que al final son acciones de amor por el prójimo.

Pero eso tan admirable, cuando llega a la indiferencia, nos quita sentido de dirección personal. Vemos a un judío, a un musulmán, a personas de otra religión y los respetamos en un juego mutuo: necesariamente hay reciprocidad. Es decir, la tolerancia tiene esa limitación, la de la ser una regla en dos direcciones.

Y mi punto es que también tiene otra, la del interés personal en los demás. Cuando ese interés desaparece dejamos una parte de nuestra naturaleza humana: nada habría que fuese merecedor de nuestro esfuerzo. Si un amigo hace cosas reprobables, la tolerancia mal entendida me llevaría a no interferir en su vida y dejarlo sólo. Hacer eso es lo opuesto de la acción del buen samaritano.

Proyecto esto a una situación que se vive a diario. Usted ve a una persona que comete un error, el que sea. Por ejemplo, un alumno que entiende mal una idea en una lectura. O un trabajador que hace mal un trabajo. O un amigo que le cuenta que va a hacer algo que usted cree que le llevará a algo malo. En todos esos casos, la tolerancia extrema le llevará a ni siquiera hablar.

Mi punto es que eso es un error serio. Tenemos la obligación de señalar el error, lo que creemos que es malo y decirlo a la persona. Quedarse callado sería una falta mayor, una de omisión, de falta de ayuda a los demás.

POST SCRIPTUM

• Si la tolerancia fuese el valor extremo, uno sin limitaciones, no tendría sentido un columnista, ni un amigo. Cada persona sería aislada del resto y dejada sola sin el beneficio del consejo ajeno.


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