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Selección de ContraPeso.info
21 agosto 2006
Sección: Sección: Asuntos, SOCIALISMO
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ContraPeso.info presenta un texto de Jordan J. Ballor, associate editor del Acton Institute for the Study of Religion & Liberty en Grand Rapids, Michigan. Agradecemos al Acton Institute el gentil permiso de traducción y reproducción.

En una entrevista realizada por Faithful America, un sitio de Internet afiliado al National Council of Churches en los EEUU, un hombre llamado Dan expresó algunos de los apuros que se tienen cuando se gana el salario mínimo.

“Muchas veces no se alcanza a pagar las cuentas”, dijo. “Muchas veces se acumulan, uno se endeuda, ni siquiera se pagan”. La imagen, como la de este hombre de familia, trabajador que lucha, es invocada consistentemente en los debates públicos sobre el salario mínimo.

Dijo Dan, “Somos gente con orgullo. Quiero decir que salgo y lo doy todo. Digo que no me echo para atrás. Si hay un trabajo, yo lo hago”.

En la segunda epístola a los tesalonicenses, el apóstol Pablo establece un principio moral: “si un hombre no trabaja, que no coma”. Pero hombres y mujeres como Dan están claramente dispuestos a trabajar, por lo que las palabras de Pablo parecen implicar el principio positivo opuesto, algo como “Si trabajas, entonces comerás”.

Creo que la última proposición es cierta, pero no necesariamente se sigue de ella que el gobierno debe ser el agente responsable de realizarla.

Una buena manera de pensar acerca de la compensación por el trabajo es considerar a los salarios como el precio dado al trabajo por medio de un mutuo acuerdo entre el empleado y el empleador. Entonces, el precio del trabajo es un indicador importante del valor atribuido al trabajo, donde un contrato libremente aceptado ratifica ese precio.

Esferas de soberanía

El estadista holandés y teólogo reformista Abraham Kuyper ha reconocido esto al tratar sobre el papel que los gobiernos tienen en estos asuntos sociales. Escribiendo en De Standaard, un periódico fundado por él, dice

“El asunto es si el gobierno puede directamente interferir en las cuestiones relacionadas con el trabajo. ¿O deben las autoridades salirse de sus límites creando o reduciendo la competencia, elevando los salarios o reduciendo la semana laboral, y en general ayudando al trabajo manual haciéndolo disponible sólo bajo ciertas condiciones que aseguran que el trabajador manual también sea respetado como ser humano?”

La respuesta de Kuyper es que el gobierno no tiene un derecho último y final de intervención en estas cuestiones, porque la relación entre el empleado y el empleador tiene su propia sanción divina. “Creemos más allá de duda que el gobierno no tiene este derecho, al menos en un sentido absoluto. El estado y la sociedad no son idénticos. El gobierno no es el único soberano dentro de un país”, dice el autor.

Considerando en específico el asunto de adjudicar la calificación de los salarios, Kuyper se pregunta,

“¿Debe el estado permitir cualquier tipo de contrato, o tienen las autoridades el derecho de estipular que todo contrato en estas cuestiones deba presuponer o incluir ciertas condiciones? Y la pregunta siguiente, ¿está dentro del poder del gobierno establecer un castigo cuando no se siguen esas condiciones contractuales que ha establecido?”

Kuyper contesta esas interrogantes negativamente. Dice, “Ya que esa propuesta intenta intervenir directamente en un dominio que tiene su propia esfera y es gobernada por la ley, pensamos que un primer paso ha sido dado en el camino que deje a todas las esferas de la sociedad a merced del magistrado”. De esta manera, Kuyper ve a la intervención directa del gobierno al establecer el precio del trabajo como inválida y conducente a un estado socialista.

¿Libres para escoger?

La preocupación de Kuyper por la soberanía del trabajador para determinar por sí mismo los ingresos por los que trabajará es compartida por economistas que argumentan en contra del salario mínimo.

Jim Cox, por ejemplo, en su “Concise Guide for Economics”, tiene una breve sección acerca del salario mínimo, en la que dice, “Lo que una ley de salario mínimo hace a los pobres es negarles las mismas oportunidades libremente seleccionadas que otros tienen para el logro de su bienestar”. La autodeterminación de los trabajadores de bajos ingresos es socavada por las leyes salariales impuestas por el gobierno.

Cox llega a decir el que salario mínimo es una “cuestión de derechos civiles” y afirma que “segmentos identificables de la sociedad están siendo legalmente discriminados —porque su bajo valor productivo los coloca en una posición en la que legalmente no pueden escoger la combinación de salario y entrenamiento de trabajo que podrían preferir”.

La legislación de salarios mínimos no respeta a los trabajadores como seres humanos, como Kuyper podría decir, porque no les permite seleccionar por sí mismos el precio que aceptarían por su trabajo. Les niega esa libertad.

Parte del respeto a los seres humanos es el respeto a su libertad de autodeterminación. Y la idea de que el salario mínimo de alguna manera respeta a la dignidad humana, es ilusoria, porque coloca un límite al valor del trabajo humano. Si el valor y la dignidad inestimables de la persona humana son llevadas al trabajo humano, entonces por esa misma lógica cualquier salario mínimo es demasiado bajo.

Un elemento de la libertad del trabajador puede ser ejercitado en la consecución de la mejora personal. Dan, el trabajador de salario mínimo, se queja acerca de muchos empleos, “Incluso habiendo trabajado allí diez o veinte años, muchas veces sólo eres un trabajador que no llega mucho más allá. Tienes suerte en estos rumbos sin trabajas veinte años para pasar del salario mínimo a siete dólares”.

Capital Social

Si no hubiera otras variables en juego además del tiempo, Dan podría tener razón. Pero como Jim Cox hace notar, esto va en contra de nuestra experiencia común. Escribe que la la mayoría de las personas “han mejorado sus salarios una vez trabajando, no por medio de entrenamiento formal, sino por aprender y probarse a sí mismos en sus trabajos”.

Cierto, mucho de la investigación acerca del llamado “capital social” muestra a una variedad de factores que juegan papeles importantes en la determinación del éxito de empleo de una persona. Se incluyen cosas como el desarrollo de habilidades sociales, una ética confiable de trabajo y estructuras familiares de apoyo. Las familias y las iglesias tienen un impacto vital en estas áreas, permitiendo a las personas mejorar su estado económico.

El gobierno civil tiene un papel en hacer respetar la relación contractual con justicia entre el empleado y el empleador. No tiene, sin embargo, el derecho absoluto de determinar la naturaleza específica de está relación en ninguna circunstancia.

Los seres humanos sí tienen un derecho a un nivel básico de subsistencia. En realidad, Pablo reafirma este derecho cuando habla del “derecho a esa ayuda” (Tes 2, 3-9). Pero el estado no necesita ser el garante de esto. Es aquí donde la caridad privada y las iglesias tienen un papel importante que jugar.

El papel de la iglesia en la ayuda a esos con necesidades materiales es mencionado una y otra vez en la Biblia: “Si alguien tiene posesiones materiales y ve a su hermano en necesidad y no se compadece de él, ¿cómo puede haber en él amor a Dios?” (Juan 1, 16-18). Se afirma eso también en la realidad de la iglesia del Nuevo Testamento: “Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común. Vendiendo sus posesiones y bienes, lo daban a cada uno según su necesidad” (Hechos, 2, 44-45).

La intervención del gobierno civil en la esfera del trabajo, bajo la forma de leyes de salario mínimo socava la libertad esencial de los trabajadores y también el mandato divino de deberes de la iglesia y la familia.


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