Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Últimos Días de Fox
Eduardo García Gaspar
14 noviembre 2006
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Conforme se acerca la fecha del término de este gobierno, me parece percibir, una marcada elevación de extremos de desilusión política: el gran presidente del cambio está acabando su administración bajo una imagen de fiasco. Es cierta y justificada en buena parte. Y es natural que lo negativo predomine al final.

México es un país de muy escasa tradición política, lo que incluye a sus gobernantes. Para el mexicano la política es mucho más un escenario de lucha por el poder que uno de logro de acuerdos.

Ha sido señalado varias veces que en la concepción mexicana, el presidente es una especie de rey todopoderoso, fuerte, decidido, enterado, capaz, con poderes por encima de la ley… nada de eso fue proyectado por Fox, lo que ha causado desilusión.

No importa que los resultados tibios de su administración sean el producto de desempeños muy pobres de todos los actores políticos, notablemente los partidos y sus directivos, Fox se llevará la culpa percibida desproporcional de un sexenio desaprovechado. Desaprovechado por todos, no sólo por él. ¿Por qué sucedió eso?

Varias causas. Una de ellas es ésa que apunté antes. Los mexicanos somos reales novatos en cuestiones políticas, porque no hemos vivido en democracia práticamente en todo el siglo 20. Los gobernantes no saben cómo comportarse dentro de una sistema democrático.

Lo único que entienden de política es la regla de la lucha por el poder total. No saben qué hacer cuando otros están en el poder y si están en el poder, no saben cómo tratar a la oposición.

Fox es el ejemplo más citado de eso: ya en la presidencia, habiendo ganado al PRI y con todos reconociendo su victoria, siguió creyendo que estaba en campaña política y que él era el gobierno. Consecuentemente, atacó a la oposición sin tener idea que al hacer eso anulaba la posibilidad de llegar a acuerdos.

Si Fox hizo eso, los partidos hicieron lo mismo, comenzaron a trabajar para llegar al poder en las siguientes elecciones, y se olvidaron de gobernar.

La lección es clara y debe ser aplicada en el siguiente gobierno en grandes y pequeños detalles. Uno de ellos es ilustrativo: las campañas publicitarias del ejecutivo y del legislativo. Ambos poderes tienen campañas publicitarias alabándose a sí mismos. La del senado es cursi, emocional, lastimera y falsa: clama que todo lo que hace es por el ciudadano y hay pruebas de lo opuesto. La de la presidencia es populista, egocéntrica y distorsionada: define democracia como la satisfacción del ciudadano pedigüeño.

Otra lección aprendida es la vivida estos últimos meses. Las leyes están para ser aplicadas, no para ponerlas en un segundo plano dando preferencia al diálogo con quien sea que usa la fuerza primero. Fox, en apariencia, se ha limitado a dejar pasar las cosas, sin tomar decisiones, salvándose a sí mismo de responsabilidades. Curiosamente será lo opuesto lo que logre.

Sin embargo, la principal lección es entender que gobernar no es una lucha por el poder. Gobernar no es usar el tiempo para fastidiar a los partidos que perdieron. Gobernar tampoco es aprovechar el tiempo para hacerle la vida imposible al partido que ganó. Ésa es la principal lección que debe entrar en las cabezas de los gobernantes para la próxima administración.

Calderón debe tener prioridades de aplicación del estado de derecho y de construcción de acuerdos. Y los partidos deben olvidarse de la lucha por el poder, para construir acuerdos. No es difícil de comprender, pero será en extremo arduo de realizar.

Los obstáculos mayores vendrán del PRD de AMLO y del corporativismo amenazado. Es decir, sabemos muy bien qué es lo que debe hacerse, lo que no sabemos es si eso lo comprenden los gobernantes.

Si lo que he dicho es cierto, el problema mexicano en fácil de identificar: no es uno de gobierno, sino uno de gobernantes, de personas en puestos de poder público. Lo que su desempeño señala hasta ahora es una severa estrechez de miras, pues no ven más allá de alcanzar el poder. Para ellos el ciudadano no existe. Lo único que existe son ellos y el poder, con rivales y luchas.

Puede culparse a Fox de eso, y tener razón, pero también debe señalarse que la misma falta y quizá aún más cometieron los partidos políticos mexicanos. No saben qué es gobernar dentro de una democracia.

POST SCRIPTUM

La prueba de la escasa educación política mexicana está en esta información:

• En agosto de 2004 escribí que

Si nos vamos al año 1325, cuando se fundó Tenochtitlán, hasta la fecha, han pasado casi 680 años, cerca de siete siglos. Y de esos siglos sólo unos pocos años, muy pocos, tienen visos democráticos. Sumemos los cuatro años de este gobierno a los de la presidencia de Juárez que tomamos en ocho años y nos da un total de doce años, más los de Madero, quizá dos años, eso da un total de democracia de catorce años. Para una cifra de más o menos un 2 por ciento de momentos democráticos en la historia de México. Visto del otro lado, hemos vivido bajo sistemas no democráticos el 98 por ciento de nuestra historia…

• Un par de años después de escribir este artículo, ha sido reconfortante ver que ha sido confirmado por Enrique Krauze, el historiador mexicano, quien en una columna del 10 de septiembre de 2005 (Grupo Reforma) escribió lo siguiente:

Para ponderar el grave peligro que se cierne sobre la democracia mexicana, considérese la siguiente estadística. En los 681 años transcurridos desde la fundación del imperio azteca (1325 d. C.) hasta nuestros días, México ha vivido 196 bajo una teocracia indígena, 289 bajo la monarquía absoluta de España, 106 bajo dictaduras personales o de partido, 68 años sumido en guerras civiles o revoluciones, y sólo 22 años en democracia.

Este modesto 3 por ciento democrático -vale la pena repetirlo- corresponde a tres etapas, muy distanciadas entre sí: 11 años en la segunda mitad del siglo 19; 11 meses a principio del 20; y la década de 1996 a 2006. En el primer caso, el orden constitucional establecido por Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada fue derrocado por el golpe de Estado de Porfirio Díaz. En el segundo episodio, otro golpe de Estado orquestado por Victoriano Huerta derrocó al presidente Francisco I. Madero. Esta tercera etapa, ¿será definitiva o correrá la suerte de las anteriores?


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