Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Mejor Mundo
Eduardo García Gaspar
13 octubre 2006
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La entrega de los Premios Nobel es un evento anual, muy célebre y publicitado y supone una hipótesis de la que no nos damos mucha cuenta. Cada suceso diario, no importa qué tan banal sea, presenta una oportunidad para hacer filosofía y eso sucede con esos premios. Porque después de todo, ellos suponen algo que debe ponerse sobre la mesa y examinarlo.

Me refiero a la noción de buscar la verdad, o al menos intentarlo. ¿Podemos conocer la verdad? Las dos posibles contestaciones a esa interrogante tienen consecuencias profundas en nuestra vida. Obviamente, podría contestarse que sí, que tenemos la capacidad para conocer la verdad.

Pero, igualmente podría decirse lo opuesto, que no podemos conocer la verdad. Sin dar una contestación a la pregunta, dejándola en el aire sin responder, sin embargo podemos pensar en lo que sucedería si la respuesta es negativa. Decir y creer que los humanos no podemos conocer la verdad tiene sus efectos y ellos son serios.

Si se acepta que la verdad no puede conocerse o que no existe, irremediablemente nos veríamos sujetos a nuestras voluntades, caprichos, fantasías y humoradas. Todo se valdría, todo, pues la verdad no puede ser conocida por nuestra razón y por eso estaríamos forzados a inventar un sustituto que guiara nuestras acciones. Iríamos por aquí, por allá, sin orden y sin posibilidad de acuerdos.

También dejaríamos de dialogar, de discutir, de llegar a esos acuerdos que mencioné. Cada quien estaría en posibilidad de definir su sustituto de la verdad sin otro criterio que el de su propia voluntad. Estamos en los terrenos de las ideas, esos que causan bostezos al leerse, que a pocos interesan y que cambian nuestra vida diaria sin darnos cuenta. Si creemos que la verdad no puede ser conocida, entonces muy poco tenemos que hacer.

Nos bastaría vivir aisladamente del resto, bajo nuestros propios criterios y sin mucho sentido. Pero si aceptamos que la verdad puede ser conocida, otro mundo se nos presenta. Uno muy diferente, con cosas por hacer, por descubrir, investigar, estudiar, pensar y sobre todo, dialogar. ¿De qué nos serviría la razón y el lenguaje si no podemos conocer la verdad?

Un mundo sin verdad por conocer es uno triste y sin luz, individualista al extremo y sin sentido. Pero un mundo en el que se cree que la verdad puede ser conocida, es uno con sentido, con metas y objetivos, alegre y activo, con discusiones y acuerdos, donde hay algo que debemos hacer. Mi conclusión es ésa, la de preferir un mundo en el que se acepta que podemos conocer la verdad. Su opuesto me aterra.

Y eso nos plantea otra posibilidad sobre el conocimiento de la verdad. ¿La conocemos gradualmente o toda de golpe? La respuesta es clara de acuerdo a la experiencia. La vamos conociendo gradualmente, con cada descubrimiento, con cada invención, con cada especulación y teoría. Si conociéramos la verdad total de un sólo golpe, todo lo que hay por saber, ya nada tendríamos que hacer y nuestra vida sería de otro tipo.

Pero es obvio que la vamos conociendo poco a poco, añadiendo conocimiento en cada generación, refinando ese conocimiento con descubrimientos nuevos. Recordemos que, por ejemplo, hubo un tiempo en el que se pensaba que el cerebro servía para enfriar la sangre y que la tierra era el centro del universo. Hemos caminado mucho y aún falta más. Eso da sentido a la vida, tenemos una misión como seres humanos.

Este mundo en el que se acepta que la verdad existe y que la vamos conociendo poco a poco, gradualmente, es un mundo imperfecto, pero indeciblemente superior al otro mundo en el que no se cree que la verdad exista o que si existe no la podemos conocer. En el mundo de la verdad real y posible hay alegría, al menos hay una luz, la de la verdad. En el otro hay oscuridad y sombra.

Por eso me gustan los Premios Nobel, a pesar de sus errores y controversias. Parten ellos del supuesto de que existe la verdad, de que puede ser conocida y premian a unos pocos que se dedican a eso en la ciencia.

Somos una especie de animales curiosos, inquietos, que se deleitan en buscar problemas y resolverlos. Es un mundo con dificultades y defectos, pero lo prefiero a la mediocridad del que resuelve todo diciendo que no podemos conocer la verdad.

POST SCRIPTUM

• Un punto similar es tratado muy brevemente en Ratzinger, Joseph, Seewald, Peter (1997). SALT OF THE EARTH : CHRISTIANITY AND THE CATHOLIC CHURCH AT THE END OF THE MILLENNIUM. San Francisco. Ignatius Press. 0898706408, p. 67


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