clises

La siguiente es una colección de clisés y de frases hechas o comunes. Se aceptan a fuerza de repetición o bien por tener una superficie atractiva. Son una buena ocasión para usar la razón y examinarlas más de cerca.

El yo y el nosotros

16 febrero 2006

El 12 de febrero pasado, Grupo Reforma publicó en México una pequeña nota reportando una conferencia de Germán Dehesa, un muy célebre columnista mexicano de amplia cultura y gran humor.

La ocasión de la conferencia fue el otorgamiento de un premio a Dehesa, el Premio Selíder de 2006 por parte de una organización del mismo nombre.

Los contenidos reportados en la nota son dignos de mención —en sí mismos y por las contradicciones que implican. Tomo datos de la nota periodística y sobre ellos hago mis comentarios.

• La justificación del premio fue expuesto de esta manera: «Hoy reconocemos a Germán Dehesa porque su humanismo identifica al amor como vínculo definitivo entre los habitantes de la Tierra, porque ha hecho de la justicia, la libertad y la paz, los principios de su vida y en sus obras».

• Al aceptar el premio, Dehesa dijo que no lo recibe él, «lo recibo desde el “nosotros”».

• Dijo que «Me alarma que digan que soy líder, pero les aviso que si me van a seguir, ando perdido, pero los invito a perdernos juntos».

• Y dijo, según la nota, que «Para lograr el ejercicio pleno del derecho a la felicidad tenemos que deshacernos del horrible pronombre “yo” y adoptar el incluyente pronombre “nosotros”: ahí cabemos todos».

• Su auditorio consistía principalmente de jóvenes.

Quizá sean cuestiones surrealistas propias del país, pero la realidad es que se da un premio de líder a un tipo que dice que afirma que anda perdido y que quieren que el resto se pierda con él —algo no muy agradable a quienes le otorgaron el premio, los que supongo no deseen promover caminos sin rumbo.

Pero quizá sea solo una figura del lenguaje, una posición metafórica, de Dehesa y que debe dejarse pasar con bondad y sin interpretaciones literales.

Sin embargo, eso de que «Para lograr el ejercicio pleno del derecho a la felicidad tenemos que deshacernos del horrible pronombre “yo” y adoptar el incluyente pronombre “nosotros”: ahí cabemos todos», es llamativo por la contradicción que implica y que es fácilmente demostrable.

Dehesa llama a dejar el ‘yo’ para adoptar el ‘nosotros’. Es decir, un ‘yo’ llama a otros “yos” a convertirse en ‘nosotros’.

Sin el ‘yo’ inicial, ese llamado no existiría y sin los ‘yos’ de la audiencia ese llamado no podría tener efecto. Dehesa usa como sustento de su argumento lo que quiere anular.

La postura del columnista no tiene sostén lógico y se anula por sí misma —y ese es el mensaje que premia una organización cuyo sustento es precisamente el ‘yo’ de cada líder que quiere promover.

Un amigo califica estas situaciones como un festín de surrealismo por el que Freud pagaría para poder psicoanalizar.

Por mi parte, esa postura del Dehesa es parte de un romanticismo emocional destinado a llamar a un colectivismo que anula a la individualidad humana —el mundo entero es imposible de entender sin los ‘yos’ de miles de grandes personajes que por iniciativa propia fueron líderes, para bien y para mal.

¿Pudo haber existido Miguel Ángel sin su ‘yo’? ¿Velázquez, Víctor Hugo, Leonardo, Mozart, Platón, Agustín, Napoleón?

No parece posible. Si el llamado del columnista es uno de solidaridad hacia el prójimo, eso no puede existir sin el ‘yo’ que se hace responsable y sin el ‘yo’ que es libre de hacerlo.

El buen samaritano es un ‘yo’ muy bien identificado. Por donde se le vea, este evento es en exceso sobresaliente por su extraño contenido.

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Animales en extinción

12 abril de 2006

Las reses no están en peligro de extinción y sin embargo, miles de ellas son sacrificadas al día —es posible que exista un secreto en ese suceso, tan paradójico que no sea fácilmente percibido.

Los animales que son negocio no se están extinguiendo, pero las que se desea proteger, sí lo están.

Un documento del Adam Smith Institute, Saved by shooting, presenta esa idea mencionada arriba: la protección de animales por medio del permiso para su caza.

Menciono algunas de las ideas de ese documento y a ellas añado comentarios míos.

• Es real la existencia de especies en peligro. Sus causas: destrucción de hábitat natural, protección personal, ataques a cultivos y comercio ilegal —como el del rinoceronte, protegido por reglamentos internacionales y por ello produciendo efectos opuestos: en los años 70, la prohibición en favor del cuerno de rinoceronte ocasionó una elevación de su precio en países como Corea y Taiwán, aumentando el incentivo de su caza y los efectos relacionados, como la corrupción y la actividad de crimen organizado.

La idea de la protección tradicional parece no estar funcionando y quizá haya una solución en un enfoque opuesto y de impresión exótica —si los pollos que se matan por miles no han desaparecido, al contrario, quizá los tigres y otros animales puedan salvarse y florecer volviéndose un negocio para la misma gente local.

• Dice el documento que varios países permiten los parques privados de caza, donde la gente de la localidad tiene oportunidad de beneficiarse y por ello, un incentivo para proteger el negocio.

Sus clientes son turistas de altos ingresos que pagan por ver, fotografiar y cazar esos animales protegidos. Habla de uno de ellos, el Malope Game Ranch, al norte de Sudáfrica.

• Las cuotas de caza se calculan de acuerdo a los ciclos de reproducción y maduración de la especie —por ejemplo, el documento menciona 1% para elefantes y 6% para cebras.

El objetivo es mantener poblaciones estables. Hay fincas de caza autorizada en Namibia, Botswana y y Zimbabwe. Cazar un elefante cuesta más de 20,000 dólares. por ejemplo, en algunos lugares y un impala, unos 100.

• Allí hay una clave —cuando la gente tiene animales que puede vender en esos precios, existe un incentivo para cuidarlos. Dice el reporte que,

«In Zimbabwe more than 500 of around 4,000 ranches derive all or part of their income from wildlife. Through CAMPFIRE (the Communal Areas Management Programme for Indigenous Resources), established in 1989, the industry has expanded rapidly. In 1989 only two rural districts applied to implement the programme, but now more than 25 are involved. The proportion of revenue going to local villagers has also steadily increased, giving them a real incentive to conserve wildlife. By 1993 four-fifths of wildlife revenues produced by CAMPFIRE was going to local communities». 

• Los resultados de esas acciones no son malos, al contrario. El mismo documento afirma que

«As a result of such policies, which have reduced poaching and led to a revival in many species (including elephant, which were once seriously threatened), Botswana, Namibia and Zimbabwe have been allowed to resume controlled exports of ivory… A World-Wide Fund for Nature report estimates that CAMPFIRE has increased household income in rural Zimbabwe by 15 to 25 per cent. Wildlife conservation and husbanding is now the principal source of cash for rural communities such as Tsholotsho on the southern boundary of Hwange National Park. No indigenous species has become extinct in Zimbabwe: indeed, populations are stable or growing». 

• Hay adelantos adicionales, como atención a animales en épocas de sequía, menor tala de árboles y capacitación como guías a la gente local —como también compensaciones por daño a cultivos, mayor infraestructura, escuelas y hospitales. Añade el ocumento que,

«Far more land is now devoted to game parks in Zimbabwe since landowners were given the privileges and responsibilities of ownership. In 1975 17,000 sq km of private land was given over to wildlife; by 1990 this figure had risen to 30,000 sq km. As a result there has been a marked increase in the populations of elephant, rhino, crocodile, ostrich, leopard and cheetah». 

• Existe un elemento subyacente —la propiedad privada. Cuando los recursos son de nadie, esa propiedad pública tiende a ser explotada sin consideración. La propiedad de los recursos cambia la situación y las personas tienen incentivos para cuidarla. Kenia, como ejemplo opuesto, prohibió la caza de elefantes y desde entonces ha perdido más del 80% de ellos.

El caso es digno de mención por la apariencia útil de una prohibición que en la realidad logra efectos opuestos —y apoya la idea de que la caza regulada, quizá puesta a subasta abierta, logra lo que en apariencia niega: cazando animales se les puede proteger si eso es un negocio que difunde beneficios entre propietarios legales.

Termino con un comentario general. Las apariencias engañan y nunca lo hacen con tanta intensidad como en el que caso de los mercados libres, donde lo que se ve no es casi nunca lo que en realidad sucede. Para muchos causará una impresión de reprobación ver la caza de un elefante a cambio de varias decenas de miles de dólares, quienes no entenderán que bajo esa apariencia se da la protección de la especie y mucho más que eso.

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Tu vida es nada

21 diciembre de 2010

Quiero examinar en lo que sigue una idea que es común en la comunidad académica, incluso apoyaba en libros de texto oficiales. Es una idea general que plantea al alumno cómo entender su vida dentro de la sociedad en la que vive.

Examino primero la idea a la que me refiero para más tarde hacer una crítica de ella.

La idea suele ser explicada de maneras diversas e incluso un tanto vagas —pero en general pide al alumno que entienda su vida de la manera siguiente:

• Tu vida, se le dice al estudiante, es un proyecto personal que debe considerar a las demás personas. 

Es una buena idea contra la que nada tengo, sino todo lo contrario. La existencia de los seres humanos debe incluir el pensar en los efectos que la conducta propia tendrá en el resto —el principio es válido, aunque demasiado abstracto para ser útil.

Incluye obviamente el concluir que el proyecto de vida de una persona no debe ser el dedicarse al narcotráfico y vender droga en la calle—eso lo entienden todos, pero no menciona otras posibilidades, como la invención de una mejor tecnología que deje sin futuro a quienes fabrican bulbos para radio, por ejemplo.

• Tu vida, se le dice también al alumno, debe estar comprendida como parte del proyecto comunitario, ser un elemento del futuro colectivo y contribuir al proyecto de todos. 

Esta es la segunda petición que se le hace al alumno para entender su vida —es una petición de hacer de la vida personal un elemento del proyecto de la colectividad.

También es un principio vago, que puede escurrirse entre las manos por su falta de definición exacta.

Consiste en un ordenamiento que considera positivo que el futuro propio sea encaminado a construir el futuro colectivo, evitando el individualismo y manda adecuar la propia vida al proyecto comunitario.

En lo que sigue exploro críticamente esa idea que pide al alumno seguir esos dos principios en las decisiones de su vida —considerar a los demás y acomodar su vida dentro del proyecto colectivo de la comunidad.

En mi opinión es una idea con grandes defectos que deja al alumno con principios torcidos de vida —las razones son las siguientes:

Primero, la vaguedad de los dos mandatos para guiar la vida —sin detallar cómo debe hacerse, es imposible que el alumno decida correctamente.

Es mucho más simple y mejor decir al alumno que debe tratar a los demás siguiendo principios concretos. Hablarle de los Diez Mandamientos, por ejemplo, es más comprensible que hablar genéricamente de que la vida propia debe incluir a los demás.

Este es un problema de vaguedad, de falta de acabado de la idea —¿qué es al final de cuentas el considerar a otros en la vida propia?

Por supuesto decir eso tiene apariencia agradable, pero lleva a nada concreto y mejor, como el establecer que los actos propios no deben dañar directa e intencionalmente a otro.

Segundo, sobre todo, esa idea presupone la existencia de un proyecto colectivo futuro al que se pide que la vida propia se una —pero esa es una suposición y nada más: debería mostrarse con detalle cuál es ese proyecto comunitario al que se pide adhesión.

Sin saber de qué se trata, no hay validez en esa petición de unión.

Suponiendo que ese proyecto colectivo existiera, debería no sólo hacerse explícito, sino explicarse cómo fue aprobado, por quiénes, cuándo, dónde —y, también, tratar abiertamente la posibilidad de que la persona considere contrario a sus deseos el hacer de su propia vida un elemento del proyecto comunitario que se toma como existente sin ser explicado.

Una mente perspicaz incluso vería esto con reticencia, pues podría tratarse de la imposición de un proyecto comunitario por parte de gente con el poder suficiente como para hacerlo —y que podría forzar a las personas a unirse a ese programa no explicado.

Mi punto aquí es la ilegitimidad de solicitar al alumno o a cualquier otra persona a comprometer su vida como parte de un proyecto colectivo que no es hecho explícito —es como firmar un contrato vitalicio cuyas cláusulas se desconocen. Una petición sin sentido, que anula la libertad individual.

Tercero, existe una posibilidad mejor que la de esas dos peticiones que se le hacen al alumno —consiste en hacer explícitas las normas del trato individual entre personas. Normas sustentadas en el principio de no hacer a ellas lo que la persona no quisiera que le hicieran. No es nuevo y es mejor.

Pero sobre todo en entender de manera diferente al «proyecto colectivo» y hacerlo un medio ambiente en el que los proyectos personales pudieran realizarse más fácilmente por decisión propia y libre —ya no existiría un proyecto comunitario al que la persona deba adherirse, sino un ambiente social en el que los proyectos personales pudieran realizarse con libertad.

Mi ambición, en este escrito, fue explorar una idea que se repite en muchas partes y que forma parte de libros de texto —la que es defectuosa en extremo y produce confusión en el alumno, al que anula en su sentido de ser una criatura libre que tiene poder para decidir sobre su propia vida.


En Medina, J., & Cielo, S. (2008). Formación Cívica y Ética II (3o. secundaria). México: Santillana, p. 85, puede encontrarse la idea a la que me refiero.


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Siempre es buen momento

9 junio de 2009

Hasta convertirse en un clisé, ha sido repetida. Hablo de esa idea de que la palabra crisis en chino o algún otro idioma está representada por un símbolo que también significa oportunidad.

De allí se llega a la noción de que los tiempos de crisis deben ser vistos también como momentos de oportunidad.

Y quien eso dice, acaba sintiéndose como alguien que ha formulado algo único, capaz de ser inmortalizado en algún libro para toda la humanidad.

Como si los buenos tiempos no fueran también tiempos de oportunidad. Todos lo son. Y desaprovecharlas es siempre un error.

Un novelista inglés, Charles Dickens (1812-1870) ha expresado con mucha mayor riqueza la complejidad de los tiempos.

El primer párrafo de Una Historia de Dos Ciudades (1859) se expresa esa dificultad de comprensión de los sucesos diarios en una etapa histórica turbulenta, la de la Revolución Francesa.

«Eran los tiempos mejores, eran los tiempos peores, era la edad de la sabiduría, era la edad de la necedad, era la época del creer, era la época del no creer, era la temporada de la Luz, era la temporada de la Oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de nuestra desesperación teníamos todo frente a nosotros, teníamos nada enfrente, íbamos todos directo al cielo, íbamos todos directo en la otra dirección —en breve, era un período tan parecido al actual, que algunas de las más escandalosas autoridades insistían en que fuera recibido, para bien o para mal…»

No es una cuestión de crisis que pueden entenderse como oportunidades, ni de oportunidades comprendidas como crisis. Es más complejo, mucho más.

Todos nuestros tiempos son complejos, aún las épocas de bienestar y florecimiento, que nos parecen simples y fáciles. Lo que nos sucede es que en los malos tiempos hacemos lo que olvidamos en los malos: tratamos de explicarnos las razones del mal que sufrimos, pero no las causas del bien que gozamos, al que nos sentimos con derecho.

Si los tiempos actuales son de oscuridad y desesperanza, también son de luz e ilusión. Si los tiempos pasados fueron de gozo y bienestar, nos olvidamos que también eran de pesar y desazón.

El mismo error se comete en los buenos y en los malos tiempos. Es el error que produce el olvido de lo que debemos hacer. Los buenos tiempos nos ablandan e impiden pensar. Los malos tiempos, con su desesperanza, también frenan el pensamiento.

Los tiempos actuales llaman a realizar cambios sustanciales, eso que muchos han llamado reformas estructurales y que otros denominan modernización. Deben hacerse con urgencia, la misma que se tenía en los buenos tiempos anteriores. La urgente necesidad de hacerlos no ha cambiado, es la misma, sin importar las épocas, ni los momentos.

Si no se hicieron reformas en los buenos tiempos se ha perdido una oportunidad, la misma que se pierde si es que esos cambios no se hacen ahora en los malos momentos. La espera del momento adecuado para realizar reformas es una conducta necia que lleva a la pérdida sistemática de oportunidades.

Pero no es solo hacer cambios en aras de ellos mismos. Un cambio, en sí mismo, puede mantener la dirección opuesta a la deseada. Cambio, en su sentido estricto, debe ser comprendido como una dirección justificada y prometedora.

Llamar cambio a, por ejemplo, elevar el gasto gubernamental para reanimar a la economía, es hacer más de lo mismo que ya se ha hecho sin resultados sólidos.

El real cambio y toda reforma que sea parte de él, debe ir en dirección opuesta a la actual. Debe tomar a la persona como eje de su pensamiento y entender que su naturaleza la llama a un régimen de libertades, un sistema de libertad responsable.

Ya no un eje sustentado en la supuesta superioridad de un grupo de burócratas. Es un absurdo colosal creer que viviremos mejor si dejamos que nuestras decisiones sean tomadas por gobernantes que creen que pueden traernos la felicidad.

No es que este sea el tiempo para realizar esos cambios, es que todos los momentos lo son. Todos. Hacer buenos cambios no es más propicio en una crisis en que una época de bonanza. Siempre, un buen cambio debe hacerse. No importa el momento que se viva.

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Autoestima e independencia

13 agosto de 2014

Son llamativos. Producen cursos y discursos. Se suelen ver con beneplácito. Hay libros, bien vendidos, que los buscan. Son los los esfuerzos para alcanzar un clisé de nuestros tiempos, la confianza en sí mismo. La famosa autoestima.

En una página web, que ofrece cursos gratuitos, se nos dice que:

«Un aspecto muy importante de la personalidad, del logro de la identidad y de la adaptación a la sociedad, es la autoestima; es decir el grado en que los individuos tienen sentimientos positivos o negativos acerca de sí mismos y de su propio valor». http://new.aulafacil.com/

Total, que autoestima es el tener una alta opinión de sí mismo:

«poseer un concepto de nosotros mismos resistente y positivo, y mantenerlo más allá de nuestra habilidad o falta de ella en cualquier ámbito concreto, y más allá de la aprobación o desaprobación de cualquier persona». http://inteligencia-emocional.org/

Hay una idea curiosa en esto de la autoestima, bien explicada aquí:

«Es frecuente que, a lo largo de nuestra vida, nos encontremos con personas que intentan juzgarnos de acuerdo a sus criterios. Aunque no comprendan nuestros puntos de vista, o nuestras motivaciones, apenas tardarán un momento en ‘dictar sentencia’». http://cursosdeautoestima.com

Da la idea de que un gran elemento de la autoestima es independizarse de la opinión ajena. Interesante idea que presupone que las ideas propias son siempre mejores que las de los demás.

Independizarse del resto, mucho me temo, lleva al aislamiento personal. Incluso a la soberbia: yo estoy bien, tú estás mal.

La pregunta que yo me hago y que es bastante ingenua, es sobre qué base puede construirse la autoestima. No creo que puede hacerse escuchando una grabación que me diga que valgo mucho cada 10 segundos. No puede ser algo que venga de fuera de la persona.

Debe estar dentro de ella la causa, la justificación que le confirma a la persona que efectivamente ella puede tener una alta opinión de sí misma.

Tiene que haber un sentido de logro, de cumplimiento con algo. Incluso, como gatillo: un sentimiento de haber fallado, de culpa, arrepentimiento, que mueva al logro.

La autoestima, me parece, solamente puede justificarse cuando la persona ha cumplido algo, ha alcanzado una meta por ella misma. Como cuando se ha tenido una conducta honorable, ideal, alta. Dicho de otro modo, no puede haber autoestima sin un sentido del deber.

La autoestima real solo puede ser un producto paradójico, el gozo de haber realizado algo no agradable. Hubiera sido más seguro y placentero, en un sentido, por ejemplo, dejar de ir a visitar a un enfermo; pero ha resultado, en otro sentido, más gozoso aún el hacerlo.

Esto lleva a pensar en la autoestima como eso que produce satisfacción en la conciencia del deber. Sin conciencia, por tanto, no hay realmente autoestima. Habrá otra cosa, pero no autoestima.

Estamos en el terreno de las responsabilidades internas y la satisfacción que produce el aceptarlas y cumplirlas.

Un alumno, el que sea, que toma un curso de autoestima y recibe un mensaje de que «él puede y debe confiar en él mismo», capta un mensaje incompleto, si no se le dice qué es eso que puede hacer. Y llega a creer que si lo puede hacer, lo que sea, eso es autoestima.

No está mal cultivar la idea de tener la capacidad de hacer cosas, pero hacerlo sin decir qué son esas cosas, conduce a situaciones sin rumbo. No sólo es poder hacer, sino poder hacer lo que debe hacerse. Sin este complemento del deber responsable, la autoestima es engañosa.

Entonces, la confianza en uno mismo va creándose con cada logro alcanzado, cada deber cumplido, cada responsabilidad asumida; con cada éxito logrado, con cada meta alcanzada. Nos lleva esto a un elemento esencial de la autoestima, la necesidad del esfuerzo.

Debe sospecharse de toda noción de autoestima que solicite el abandono de sentimientos de descontento, de inconformidad, incluso de culpa y arrepentimiento. Si esos sentimientos, la autoestima no existe.

Por negativos que tales sentimientos puedan aparecer, son ellos los detonadores de esfuerzos que, siendo exitosos, sí dan base a la autoestima real. Esos sentimientos son los motivadores de mejores conductas, las experiencias que llevan a las mejoras personales.

Finalmente, menciono la impresión que tengo de algunas ideas progresistas de la autoestima. Creen que ella es una habilidad en la que la persona se entrena y capacita renunciando a la responsabilidad y al sentido de culpa personal, sin jamás mencionar a la conciencia.

Ideas como esa solo conducen a crear personalidades blandas, incapaces de esforzarse sabiendo que puede fracasarse. Personalidades que creen que la vida se trata de mandar al demonio a todos los demás y a sus opiniones, creyendo que si uno puede hacerlo eso es todo.

La autoestima es un sentido de satisfacción propia, por esfuerzos personales realizados y justificados por el sentido del deber dictado por la conciencia bien formada.

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El socialismo humanista

20 agosto de 2014

«…al afirmar que el Socialismo es un Humanismo es porque realmente Marx resalta los valores humanos por medio del materialismo histórico, para que de esta manera su vida sea digna y se supere a sí mismo exaltándose y llegando a la plenitud». http://www.gestiopolis.com/

La idea es simple. Demasiado simple, primitiva. Sigue una lógica lineal irreal. Afirma que el individualista es por definición egoísta.

Un tipo capaz de dañar al que sea con tal de tener un beneficio. Su opuesto es el colectivista, con un sentido de compasión y ayuda.

La conclusión de esto es llamativa: el capitalismo fomenta la codicia y el socialismo fomenta el altruismo. De allí que se haya popularizado la expresión de «socialismo humanista» y se compare éste favorablemente contra el «capitalismo salvaje».

El tema bien vale una segunda opinión para examinar la idea que es tan popular.

Puede comenzarse por la experiencia: en lo general, la mayor corrupción se presenta en regímenes estatistas, esos en los que los gobiernos están excedidos; la menor en regímenes menos estatistas, donde hay más libertades.

Un caso concreto, el de la URSS antes y Rusia ahora. No hay duda de que el socialismo de ese régimen era más corrupto que el capitalismo de países liberales, como Canadá o Hong-Kong (al que podemos comparar con China con el mismo efecto).

No parece, entonces, que la intervención socialista produzca más pureza, ni menos inmoralidad. Al contrario, los regímenes no socialistas son esos en los que hay menos corrupción. ¿Por qué?

No sé la respuesta definitiva, pero es posible apuntar algunos factores que explican la paradoja. Aunque antes debe aceptarse que ningún régimen de ningún tipo está exento de vicios y faltas, que son como una constante humana independiente del régimen económico o político.

Puede ser, en primer lugar, que en los sistemas liberales, esos que son individualistas, se tenga una más desarrollada idea de la conciencia personal. Es decir, de los deberes propios, de las responsabilidades individuales. Un más avanzado sentido de lo que debe ser.

Mientras, en los sistemas socialistas, esa conciencia personal es dejada a un lado y sustituida por los dictados gubernamentales. En estos regímenes el gobierno no solamente gobierna, también es un agente moral que define lo bueno y lo malo.

En el socialismo y sus variantes, con menos libertades, las personas tienen menos necesidad de una conciencia personal. Les basta en muchos casos con seguir las instrucciones gubernamentales y sentirse así que han hecho algo bueno: cumplido el dictado del gobierno.

Me parece, entonces, que sucede algo sutil y profundo en las mentes humanas, dependiendo del régimen bajo el que viven.

Un sistema de amplias libertades fomenta el desarrollo de la conciencia, la educa y reconoce. La conciencia personal es un requisito en los sistemas de libertad amplia.

Pero esa conciencia no se necesita en sistemas de libertades restringidas. Siendo menos libre, la persona no tiene tanta necesidad de hacer juicios sobre el deber ser. Es el gobierno el que hace esos juicios y los impone al ciudadano. La conciencia se atrofia.

Ahora es cuando las cosas se poner realmente interesantes, cuando se examinan los efectos de una conciencia entrenada y los de una conciencia atrofiada. Veamos.

En todos los sistemas y arreglos políticos, hay una constante, la naturaleza humana. Los mismos vicios, pero también las mismas virtudes. Tomemos a una persona cualquiera, con todos sus defectos y cualidades.

• Con una conciencia desarrollada y entrenada y educada, la persona filtrará sus impulsos y deseos en esa conciencia. Entenderá que hay cosas que deben hacerse y que no. Impondrá un cierto yugo a esos deseos. Entenderá que es bueno frenar algunas pasiones, que si bien todo lo puede hacer no todo debe hacerlo.

• Con una conciencia atrofiada y poco educada, ese filtro desaparece y la persona comprenderá muy bien que todo puede hacerlo, pero le costará trabajo comprender que no todo debe hacer. Impondrá pocos frenos a sus deseos y solerá buscar la satisfacción inmediata sin atender consecuencias.

Donde sea que las conciencias estén más educadas y atendidas, me parece obvio, tenderán a existir más virtudes y menos vicios. Habrá grandes fallas, terribles errores, pero existirá la oportunidad de corregir gracias a esa conciencia personal capaz.

Donde sea que las conciencias estén lisiadas y sean débiles, creo que es natural que existirán más vicios que virtudes. Las fallas serán aún mayores, los errores aún más terribles, y, lo peor, no existirá buena oportunidad para corregir.

Es por lo anterior que lo de “socialismo humanista” es un oxímoron, una expresión con dos palabras contrarias en significado. No puede ser humanista un sistema en el que la libertad de limita y, por eso, la conciencia se atrofia por falta de uso.

No puede haber humanismo en un régimen que sustituye a la conciencia personal con los dictados de un gobernante que desde su oficina en la capital decide lo que es bueno y lo que es malo.

Notas

El oxímoron (o contradictio in términis) es una figura retórica que consiste en la contradicción e incoherencia de dos términos contiguos; como calma tensa, socialismo humanista, linda fealdad y otros.

La crítica usual del socialismo es un golpe fuerte y contundente: la imposibilidad de crear un sistema de precios reales y, por eso, no tener información que guíe las decisiones económicas. Por diseño, el socialismo fracasará.

Pero hay otra crítica aún más severa, la de su incompatibilidad humana. Un problema antropológico: el hombre es libre y en esa libertad es necesaria la razón. El socialismo niega esa libertad y desperdicia la razón humana.

Hay otra crítica, realmente llamativa, que combina el uso de la razón con la planeación económica: esta planeación socialista anula las grandes aportaciones sorpresa e impredecibles de grandes adelantos e innovaciones que las que depende la vida.

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Sin sudor, sin lágrimas, sin vida

7 octubre de 2015

La idea está extendida. Contrapone términos. Los trata como opuestos.Es eso de poner de un lado al trabajo, a lo laboral, a los deberes, Y, del otro, al ocio, al descanso y al tiempo libre.

¿Son realmente opuestos? No lo creo.

Hay palabras que se asocian a la idea de trabajo: afán, adversidad, apuro, tarea, estrechez, incomodidad, miseria, penalidad, agotamiento, destajo, penuria, tribulación. Esta esto bien expresado en «tan malo es el trabajo que tienen que pagarte para que lo hagas».

Hay, por su parte, palabras que se asocian a descanso: tiempo libre, esparcimiento, diversión, solaz, holganza. Aunque debo mencionar algunas otras con connotación negativa: pereza, holgazanería, vagancia.

Sirva lo anterior como introducción a una idea de nuestros tiempos, la del equilibrio entre trabajo y vida; donde vida se entiende como tiempo libre. La idea de ese equilibrio fue encontrada en un fenómeno muy reciente de nuestra historia: las horas de trabajo han disminuido.

La realidad es un hallazgo de dos filos: la cantidad de ocio que tenemos. Nuestra productividad es lo que ha permitido eso. Eso, y también ingresos mayores. La cantidad de tiempo libre en la Edad Media, antes y después, hasta la industrialización, la puede imaginar usted. Simplemente no existía el concepto de tiempo libre.

Pero ahora lo tenemos y está en crecimiento. Nuestra expectativa de vida es mayor y existe otra idea nueva, la de la jubilación. Más gente, más años, de tiempo libre, definido como no-trabajo. Más aún, usamos menos tiempo para satisfacer necesidades. Beber leche en la Edad Media significaba ordeñar. Ahora basta con ir al refrigerador.

¿Equilibrio entre trabajo y vida? Así lo expresan. Una mala manera de hacerlo, como si trabajar fuera lo opuesto a vivir. Vivir sin trabajar, mucho me temo, sea tener una vida hueca, sin mucho sentido. Y es que hay algo en el trabajo que suele pasarse por alto.

Es fácil ver la superficie del trabajo: esfuerzo, contrariedades, frustración, fracaso, sudor, adversidad. Aunque no debe olvidarse que en él también hay alegrías, logros, éxitos, satisfacciones. Una mezcla muy humana, muy agridulce. Esto es fácil de ver.

Lo que puede pasarse por alto es el contenido moral que existe en el trabajo. Hay en él enseñanzas y aprendizaje, valoración de disciplina, recompensa al esfuerzo, premios a la incomodidad. No se detiene allí, pues el trabajo significa producir y eso cambia las cosas.

Las cambia radicalmente. Trabajando se produce para dos, siempre para dos. El que trabaja obtiene ingresos, medios de vida. Con una adición importante, se trabaja también para otros, aunque no se quiera. El albañil que trabaja para vivir lo hace sirviendo a otros, aunque no le sean simpáticos.

Otra cosa: la satisfacción personal que produce el trabajo, eso que quizá sea lo que los economistas llaman ingresos no-monetarios. Sin duda, muchas personas echarían de menos esto al dejar de trabajar, extrañar el ser productivos y valerse por sí mismos.

En fin, mi punto es que la idea de contraponer al trabajo con el vivir es al menos desafortunado. ¡Como si trabajar fuera dejar de vivir! (Por supuesto, debe hacerse explícito el síndrome del trabajólico, usualmente manifestado en el abandono de deberes familiares y que es un extremo indebido).

El asunto es serio. Hay una propuesta, por ejemplo, para reducir las horas semanales trabajadas a 21, lo que «ayudaría a romper el hábito de vivir para trabajar, trabajar para ganar y ganar para consumir».

Se me ocurre otra idea, más simple: dejar que cada persona decida lo que quiera hacer sin que el gobierno entre a decirle cuántas horas debe trabajar. Déjelos que ellos decidan, que realicen sus ideas propias sin necesidad de dar al gobierno ahora el poder para detener el trabajo.

Y es que si el trabajo es visto como opuesto a la vida, ella dejaría de tener ese componente moral complejo que está compuesto por el aprendizaje del fracaso, la satisfacción del éxito, la dificultad de la disciplina, el esfuerzo del estudio.

Y, lo peor, dejaríamos de ponernos al servicio de los demás, volviéndonos tal vez irresponsables que solo buscan divertirse en el tiempo libre.

Hace tiempo, un amigo me regaló una placa en un cuadro, con esta leyenda:

«El maestro en el arte de la vida no distingue mucho entre su trabajo y su juego, su trabajo y su ocio, su mente y su cuerpo, su educación y su recreación. Apenas distingue cuál es cuál. Simplemente, percibe la visión de la excelencia en todo lo que hace, dejando que otros decidan si él está jugando o trabajando. A sus propios ojos, él siempre está haciendo las dos cosas».

En fin, todo lo que he querido hacer es prevenir al lector de un mal concepto, el de balance vida-trabajo. Parte de una premisa errónea.