grandes ideas

Las ideas de Tomás de Aquino y de Guillermo de Ockham sobre la libertad. Dos concepciones muy diferentes del mundo que cambian al entendimiento de la libertad y tienen consecuencias profundas y dramáticas.

Las fuertes discusiones sobre la libertad, en tiempos modernos, vienen realmente de tiempo atrás. De hace unos siete siglos, cuando dos frailes crearon dos ideas sutilmente diferentes.

No se trata de una cuestión que inició en la Ilustración, sino tiempo antes, en la Alta Edad Media. Comenzó con las ideas de esos dos religiosos, Santo Tomás de Aquino y Guillermo de Ockham. 

La idea de esta columna es de Weigel, George, The Cube And The Cathedral: Europe, America, And Politics Without God. New York. Basic Books, capítulo «Two Ideas of Freedom», pp 78-86.

Primero, Aquino

Santo Tomás, nació en 1225, en Italia, de ascendencia noble. Murió en 1274. Es considerado un gigante intelectual, autor de obras magnas como la Summa contra gentiles y la Suma Theologiae.

Este dominico hizo la unión entre la teología cristiana y la filosofía aristotélica descubierta en sus tiempos. Este casamiento de ideas compatibles unió al pensamiento clásico con el mundo medieval y tuvo como resultado una rica visión humana, compleja, sutil y profunda acerca de la persona, sus bienes, la sociedad y el destino humano.

La libertad según Aquino

Dentro de las diferentes ideas creadas estuvo la de la libertad, entendida por Aquino como una libertad para la excelencia. La libertad es una herramienta para la excelsitud.

En Santo Tomás, la libertad es un medio para llegar a la felicidad y la felicidad es esa excelsitud. Es la libertad la que da la oportunidad de seleccionar lo que es debido, con sabiduría; es la opción decidida al actuar bien.

De acuerdo con esto, nuestra inteligencia y nuestra voluntad usan a la libertad para seleccionar lo que es natural en la persona humana: la verdad, el bien, la felicidad que es propia del ser humano.

La libertad está en nosotros y debemos desarrollar el hábito de usarla apropiadamente. Este hábito se debe desarrollar en la persona mediante la educación y el buen ejemplo de los demás.

Aquino, la liberad y la virtud

En otras palabras, para Aquino, la libertad es como un principio que organiza la vida moral de las personas, que es precisamente lo que las distingue del resto de los animales.

Es ver a la libertad como un rasgo humano únicamente, en el que la virtud juega un papel central. Para seleccionar en libertad necesariamente deben usarse las virtudes. La educación para la libertad requiere entender y aplicar ideas como prudencia y justicia.

La primera impresión es la de imponer límites a la libertad y por eso limitarla dejando de ser libertad. No, esa impresión es errónea y de hecho es lo opuesto, y un símil ilustra esto.

Usar la libertad es como tocar un instrumento musical. Sin educación ni aprendizaje, lo único que puede esperarse es golpear el piano sin mucho sentido. De allí no puede salir arte, ni nada humano propiamente. No tiene sentido esa libertad de tocar el piano.

Pero al educarse y aprender a tocarlo, incluso con lecciones monótonas que pueden verse como una carga, se va aprendiendo y descubriendo una libertad de interpretación e incluso de composición musical.

Consecuentemente para Aquino, la libertad es la adquisición gradual de la capacidad para seleccionar lo bueno y realizar esos actos con perfección. Por eso es que en esta visión no hay oposición entre normas y libertad, al contrario.

Las normas no son algo artificial impuesto externamente, son parte misma de la libertad y hacen posible que optemos por el bien como un acto voluntario.

Desde luego, es necesario reconocer que puede optarse en libertad por lo opuesto, por el mal. Aquino sabía esto, pero aún sabiéndolo insistía en lo que los humanos poseemos internamente y que debemos aprender a usar a la libertad como un medio para hacer el bien, lo correcto, lo debido y hacerlo con excelsitud.

Los humanos estamos hechos para la excelencia al educarnos en las normas de prudencia, sabiduría, justicia, valor, auto dominio.

Es la libertad el método para realizar nuestros más nobles instintos y lograr realizaciones buenas, como sociedades democráticas en las que exista tolerancia, civilidad, respeto a la ley.

Segundo, Ockham

Guillermo de Ockham (Occam, Ockam) nació en Inglaterra. Su línea de pensamiento lo coloca como el creador del nominalismo. Pensar de esa manera equivale a decir que solo existen las particularidades y no los universales.

Por ejemplo, no puede pensarse en la humanidad porque eso es un concepto universal que no existe. En lo único en lo que puede pensarse es en cada una de las personas existentes.

Nominalismo

El nominalismo es una escuela filosófica muy influyente. Ella argumenta que, como se dijo, no existe algo que pueda ser llamado «naturaleza humana».

Esa expresión es solamente un nombre que se da a lo que creemos son rasgos comunes entre las personas. Por esto es llamado nominalismo, por decir que únicamente son nombres. Lo único real que existe es la particularidad individual de cada persona.

La influencia de esta manera de pensar influyó en la ética y en la teología. Y por consecuencia también en la política. Su influencia estuvo basada en una de sus consecuencias lógicas.

Ockham, la libertad y la ley

Si es cierto que como dice no existe una «naturaleza humana», resulta necesario aceptar que tampoco pueden existir preceptos morales basados en ella, pues no existe.

Si no hay naturaleza humana, tampoco hay principios éticos sostenidos en esa naturaleza. Algo muy diferente a las ideas de Aquino sobre la libertad.

Pero, si existen normas que imponen obligaciones, ellas no pueden venir de reflexionar sobre la naturaleza humana. Esas normas solo pueden venir de la ley civil y la voluntad de cada persona, las que son externas a la persona y no provienen de su misma naturaleza.

Los mandatos existentes, siendo externos, actúan como fuerzas de coerción e imposición sobre cada persona en lo particular.

Las ideas ee Aquino y Ockham tienen consecuencias

Wiegel concluye: las ideas tienen efectos y cita a otro autor que equipara las ideas de Ockham a una bomba atómica. La primera en la historia moderna; no ha sido dividido el átomo físico, sino el mental.

Lo que Ockham hizo es crear una visión atomizada de la persona y de la sociedad. Creó, no a la libertad para la excelencia, sino a la libertad por indiferencia.

No es la libertad de Aquino. Es la libertad de Ockham definida solamente como una forma de decisión, de voluntad individual frente a las normas externas impuestas. La consecuencia es clara.

Con esta mentalidad, la voluntad es el rasgo que cuenta, la voluntad de cada persona. La vida es así un duelo de voluntades, entre la mía y la del resto, incluyendo la de Dios, cuyos mandamientos son una imposición externa arbitraria.

Este es al antecedente del proyecto autónomo actual y de Nietzsche como su profeta: las relaciones entre las personas son de poder, de imposición de voluntades.

Bajo esta mentalidad, los seres humanos son radicalmente autónomos, entes separados sin relación entre sí, excepto interacciones de poder.

La idea de Ockham y su influencia en la comprensión de la libertad, mucho tiempo después, por tanto, llevó a ideas como la de la voluntad de poder y sus efectos en la primera guerra.

Hace mucho mucho tiempo

Los argumentos y las discusiones sobre la libertad, si lo anterior es cierto, tuvieron su origen muchos siglos antes. Es muy diferente pensar como Aquino que como Ockham en asuntos relacionados con la libertad.

Dice Wiegel que muchos en la actualidad piensan como Ockham y entienden a la persona y su libertad como autónoma, no como virtuosa.

Para ellos, la libertad nada tiene que ver con el bien natural en la persona, ni con la verdad, ni con la felicidad. Para ellos, la libertad es una cuestión de voluntad, de hacer lo que se quiere, lo que sea, hasta no llegar al enfrentamiento con otra voluntad superior.

Si la voluntad lo es todo y por esta razón la libertad es únicamente la aseveración de mi persona, incluso con la condición de no lastimar a otros, la libertad no puede justificarse más allá de eso, de la imposición de mi voluntad.

Es una justificación en extremo débil, sobre la que no podría construirse una sociedad democrática que necesita una comprensión de la naturaleza humana que justifique sus leyes y sus valores. Son los que creen que pueden tocar el piano sin aprender las reglas.

Sí, las ideas tienen consecuencias.

Bonus scriptum: más sobre el significado de la libertad.

Y la abuela decía: «Eso no está bien»

Por Eduardo García Gaspar –   22 marzo, 2007

Entre los remedios de las abuelas, en caso de malestares de la garganta, se recomendaba un cocimiento de higos. Había muchas otras cosas de ese tipo, todas sencillas y al grano.

Como cuando la abuela decía, «eso no está bien». Y salían de su boca esas palabras seguramente sin saber que daba la razón a Aquino más que a Ockham.

Me vino a la mente esto, por escuchar una conversación de estudiantes que caminaban detrás de mí en una calle. Su lenguaje era soez y el contenido daba pena ajena.

Volteé la cabeza. Todas eran mujeres. Y recordé una columna de Peggy Noonan del Wall Street Journal sobre el tema. La abuela tenía razón, hay cosas que no están bien.

No necesitaba ella explicar las razones, las daba por descontadas. Nosotros las sabíamos también. Nos habíamos portado mal. Y eso no era bueno.

Quizá nos faltan esas abuelas que decían esas cosas y que tenían un muy claro sentido de por dónde debe irse.

Es desear tomar a la abuela y pedirle que hable con el narcotraficante, con el delincuente, con el corrupto, con las estudiantes que escuché conversar.

Todo para decirles «eso no está bien». La libertad no se hizo para eso. Pero también hablar con la gente que hace algunos programas de televisión y que creen que decir albures malos es cómico, o que piensan que hablar de sexo libre es romper tabúes artificiales.

Noonan escribió que un buen indicador de que estamos en presencia de algo que a la abuela no le gustaría es nuestra propia reacción: fruncimos el ceño siquiera un poco y con eso nos damos cuenta de que eso frente a lo que estamos haría a la abuela decir que «eso no está bien».

Pero quizá a quienes más bien haría escuchar a la abuela es a los gobernantes. A los que obtienen dinero por corrupción, a los que hacen cosas indebidas, a los que todo lo resuelven protestando en las calles.

Y es que la abuela era una mezcla fabulosa de experiencia, sentido común, sentido del deber, prudencia, virtudes y creencias religiosas. Al irse las abuelas, parecen haberse también ido esas cosas. Y así nos olvidamos de que la libertad no es algo que sirve para hacer lo que nos da la gana.

Los sucedáneos de las abuelas

A las abuelas las han sustituido psicólogos, sociólogos, terapeutas, adivinadores, lectores de cartas y otros personajes que no son igual de efectivos para hacer lo que la abuela hacía como nadie: distinguir lo bueno de lo malo.

Ella lo hacía en un segundo y sin grandes complicaciones de pensamiento. Sabía lo que debíamos tomar en caso de un catarro y también sabía que lo que habíamos hecho estaba mal.

Hablaba ella de decoro, de decencia, de propiedad al actuar y otras cosas que hoy, por lo visto, se han dejado en el cesto de la basura. Era la abuela una buena influencia y desarrollaban la conciencia de los nietos, los que crecían aprendiendo a distinguir lo bueno de lo malo.

Supongo que ahora esas abuelas nos hacen mucha falta porque los especialistas actuales no han hecho bien esa tarea.

Recuerdo a una sexóloga que promovía la idea de que los niños debían «explorar su sexualidad». Cuando le pregunté qué significaba eso, me respondió que dejáramos que hicieran todo.

A continuación mencionó el caso de la hermana embarazada por el hermano, sin que por su mente pasara lo que diría la abuela, «eso no está bien». La libertad tiene sus límites que están en nuestra naturaleza.

El problema es que los que sobrevivimos hemos olvidado la frase y ya no sabemos distinguir lo que está bien de lo que no lo está.

Creemos quizá que todas esas ideas de decoro, de decencia, de propiedad al actuar, buen lenguaje y otras están pasadas de moda. El problema es que ellas no son modas. Son parte de los fundamentos de lo que sostiene a la sociedad y que nos permite vivir en armonía.

Quite usted lo de «eso no está bien» y al rato tendremos alta criminalidad, consumo de drogas, adolescentes libertinos, políticos corruptos, empresarios abusivos, trabajadores incumplidos, ladrones, conductores vulgares en televisión, películas sucias… y expertos que todo lo justifican con teorías incomprensibles.

Al final me quedo con una idea. Como escribió Noonan, la señal nos la da nuestra propia naturaleza. Es ese fruncir el ceño y saber por eso que algo no está bien.

No lo hacemos conscientemente, sino de manera involuntaria. Podemos ignorarlo, pero también podemos recordar a la abuela que frente a eso mismo que vemos u oímos, nos diría «eso no está bien».