Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Banca latinoamericana
Textos de un Laico
10 mayo 2007
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el gentil permiso de traducción y reproducción. Gregg es Director of Research en el Acton Institute y autor de On Ordered Liberty (2003), A Theory of Corruption (2004), Banking, Justice and the Common Good (2005), y The Commercial Society (2007)

Para los inversionistas globales, América Latina es el primo pobre de China y la India. Al mismo tiempo que consistentemente leemos sobre el crecimiento tremendo de Asia, América Latina se asocia invariablemente con populistas enemigos de las empresas, o con especulaciones acerca del posible default de sus deudas.

Desafortunadamente, esta imagen oscurece el progreso económico real de la región en los pasados cuatro años. Desde 2003, el crecimiento del PIB acumulado de América Latina ha sido mayor de 18%. Sólo en 2003, la energía y exportaciones mineras ayudaron a la región creciendo 5.3%. La inflación en la región cayó por debajo de 5% en 2006 (pero elevándose en Venezuela 15.8%).

Estas son buenas noticias para América Latina. Aunque continúa la reacción negativa contra los programas de liberalización económica de los años 90, un penetrante artículo reciente de McKinsey Quarterly señaló que algunos gobiernos de la región permanecen calladamente comprometidos con la prudencia fiscal, el libre comercio y la atracción de inversión extranjera.

No obstante, los problemas internos se mantienen limitando la creación de riqueza en toda América Latina.

En 2006, el Banco Mundial reportó que había menos obstáculos regulatorios para iniciar un negocio en Irán que en Brasil. En los EEUU toma en promedio 5 día realizar el papeleo para iniciar un negocio. En Brasil esto toma 152 días.

Con razón el McKinsey Quarterly reporta que aproximadamente 38% de la economía de América Latina está en el sector informal.

Otra área donde la regulación excesiva limita indebidamente el crecimiento de la región es el sector bancario.

En Agosto de 2006, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Luis Alberto Moreno, con astucia hizo notar en su discurso que en Colombia los topes legales a las tasas de interés creaban obstáculos para el acceso al crédito de los pequeños negocios. Esos topes, añadió, eran a menudo la herencia de leyes contra la usura que prevalecen en América Latina.

Moreno estaba subrayando una realidad económica muy establecida: cuando los topes a las tasas de interés resultan en una tasa menor a la del mercado, el monto de crédito disponible decrece. Porque si quienes prestan son incapaces de cubrir sus costos y tener una utilidad suficiente sobre los recursos disponibles, ellos transfieren su capital a otras partes —generalmente a mercados de crédito en los que no aplican los topes a las tasas de interés.

La gente que pierde es precisamente ésa que se supone debe ser protegida por los topes de tasas de interés, como los empresarios principiantes. Quienes intentan crear un nuevo negocio a menudo tienen una limitada historia crediticia.

Por tanto, están dispuestos a pagar tasas de interés mayores para comprar el capital que necesitan para hacer realidad su sueño. Sin embargo, los topes a las tasas de interés, con perversidad impiden a quienes prestan cargar el precio que los emprendedores están dispuestos a pagar.

La ironía es que las leyes de América Latina sobre la usura tienen más que ver con la historia mercantilista de la región que con los escrúpulos morales sobre el interés.

Incluso desde los inicios del siglo 13, los teólogos medievales identificaron muchas situaciones en las que quienes prestan dinero podían cargar intereses legítimos en sus préstamos. Habiendo establecido que el dinero no es estéril sino más bien una forma de capital, ellos concluyeron que no era inmoral todo cargo por tasas de interés  —especialmente cuando compensaba a la persona por utilidades que de otra manera habrían tenido con el capital prestado a otros.

De este punto en adelante, los cargos por interés proliferaron rápidamente en Europa y por extensión en las colonias europeas en el mundo. La gente terminó por entender que, como el economista Ludwig von Mises escribió en Theory of Money and Credit (1912), “el dinero es un bien económico con sus  propias fluctuaciones de valor”.

Se sigue que el precio óptimo y justo para comprar el uso del dinero como capital es el mismo que el de cualquier otro bien económico —el precio que se consigue en el mercado.

Esta visión de las cosas, sin embargo, no fue compartida por las teorías económicas mercantilistas, las que dominaron el pensamiento de los administradores europeos que gobernaron a América Latina a partir del siglo 16.

Los mercantilistas insistieron en un gran control estatal de la economía, en parte porque vieron a la vida económica como un juego de suma cero: la idea equivocada de que uno sólo puede ser rico cuando otro se convierte en pobre.

Pero el mercantilismo también ayudó a mantener el poder de la clase administradora asociada a la ascensión del absolutismo real europeo. A través de América Latina, los topes a las tasas de interés formaron parte de una elaborada estructura de control burocrático de la vida económica diseñado para fortalecer la posición de los oficiales coloniales de las colonias españolas y portuguesas, no sin obstaculizar el desarrollo de un sector comercial independiente.

Abolir los topes a las tasas de interés en América Latina no es simplemente una cuestión de quitar leyes redundantes. Como Moreno dijo el año pasado, la banca en la región también es débil por una competencia limitada. Retirar los topes de las tasas de interés promovería más competencia de crédito en América Latina y por eso, atraería más capital para la inversión.

Más importante aún, mucho del crecimiento actual de América Latina está fundado en los precios de materias primas. Cualquier reducción en los precios de esos bienes tiene el potencial de debilitar el crecimiento —quizá de manera peligrosa. Retener las regulaciones de la era colonial que obstruyan la creación de riqueza en otros sectores, es un lujo que América Latina ya no puede darse.


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