Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Buen Tema, Mala Realización
Leonardo Girondella Mora
13 junio 2007
Sección: NEGOCIOS, Sección: Análisis
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Muy reciente es la publicación de una obra: Integridad en las Empresas, Ética para los nuevos tiempos, de David Noel Ramírez Padilla, McGrawHill, 2007. Quiero proveer una revisión del mismo —por dos razones: el tema es importante y el tratamiento es decepcionante.

En la introducción se dice que en la actualidad se tiene “una sociedad sedienta de justicia y equidad” y que eso se debe a la “falta de ética de quienes toman decisiones” —me imagino que todos—, y que el libro es uno de “ética aplicada a las profesiones” teniendo como “misión servir de libro de texto a alumnos de las carreras del área de negocios”.

En resumen, creo que dos puntos describen la obra de Ramírez Padilla.

• Las intenciones, los objetivos y las metas son excelentes y admirables —no puede dejarse de reconocer el mérito del autor en este sentido. Los tiempos actuales son tales que requieren creencias y mandatos que orienten y guíen a una libertad tan ardiente que lleva a actos sin sentido. Pocas áreas tan importantes como la de la administración de empresas para recordar a las nuevas generaciones el concepto de responsabilidad.

• Los tratamientos, el tono y los análisis, sin embargo, poseen considerables fisuras —el tono es más bien el de una perorata moral que poco atractiva será para un estudiante acostumbrado a cuestionar y pedir justificaciones; los tratamientos son superficiales y con ello debilitan el admirable mensaje que pretende dar. En demasiadas ocasiones resultaría mejor llevar al estudiante a escritos más refinados y razonados, sobre todo, más penetrantes y que carecen del odioso tono moralizante que envuelve al texto. Es éste un serio defecto de la obra, que muy bien puede ocasionar su rechazo en mentes inquisitivas e incluso provocarles desdeñar toda consideración ética.

Lejos estoy de desechar a la ética, todo lo contrario —pero sí rechazo a los intentos de promoverla que lo hacen de manera que la ética resulta una prédica superficial que corre el riesgo de irritar a alumnos que saben lo suficiente como para cuestionar tesis del autor y encontrar que son simple corrección política.

Con el antecedente anterior, procedo a examinar cada uno de sus 10 capítulos en las páginas siguientes —colocando atención en los pasajes que más llamaron mi atención.

1. Desafíos éticos del mundo actual

Con escasísima bibliografía, de lo que adolece toda la obra, el capítulo pertenece al género del rollo —las explicaciones, reclamos y afirmaciones son los que uno esperaría de una obra de superación personal.

Contiene una lista de lamentos actuales que por desfortuna son tratados con superficialidad —como su ambivalencia ante la globalización, un tema que trata sin el refinamiento de otros comentarios. O como la repetición, sin justificación, de que el interés colectivo está por encima del personal; más la ortodoxa mención del materialismo y la clásica de los escándalos corporativos de Enron y la promoción del vago concepto de la responsabilidad social que luego volverá su gran tema.

Todos eso tópicos son complejos y sutiles, pero su tratamiento es primitivo —más como una reflexión subjetiva incompleta que como un libro de texto profesional.

Tiene también puntos positivos, como las menciones de relativismo y ausencia de la antropología de Dios —pero su exposición es superficial, como una repetición de lo ya dicho muchas veces en otras obras.

Da como un hecho la elevación de la pobreza en el mundo —cuando existen evidencias opuestas: recuérdese el avance de China y la India; y no trata los problemas de medición de pobreza. Confunde pobreza con desigualdad y no entra en los efectos detallados de la globalización. Asigna la creación del empleo a los gobiernos, aunque más tarde, en segundo plano habla de la necesidad de capital privado.

2. Conceptos, criterios y principios éticos de los negocios

Después de algunas páginas de consideraciones generales, se dice que el “dilema ético fundamental” es “cómo lograr un equilibrio entre los resultados financieros o económicos, que para muchos es la razón de crear una empresa, y la responsabilidad social que ésta debe cumplir”.

Esto aclara las cosas: el libro es un promotor de la idea de la responsabilidad social corporativa, a la que toma sin juicio crítico y da como buena a pesar de las opiniones al contrario que existen. Insiste en el punto diciendo que “no se puede aceptar que la empresa sólo esté supeditada a aumentar la riqueza de sus dueños” sin que ella considere la “responsabilidad social que tiene para con las personas que participan en ella”.

“No podemos ni debemos ignorar que la vida es más importante que el capital”, dice, sin considerar que el capital representa labores humanas previas que merecen igual respeto. La empresa no es una oposición entre capital y trabajo, sino una colaboración. En este campo son mucho mejores los tratamientos de Rafael Termes, por ejemplo.

Vuelve a repetir la idea, “… de ninguna manera se puede aceptar como ético que el fin y razón esencial de una empresa sea generar la máxima riqueza para los accionistas… una empresa con verdadero compromiso… no sólo se preocupa de donar un porcentaje del dinero obtenido a causas nobles, sino por garantizar la calidad de vida del trabajo, por no violar los derechos de los niños…”. De nuevo, rollo: no entra en la problemática de quién da los donativos, por ejemplo: si lo hace la empresa o lo hace el accionista en lo personal, si es justo que el consumidor pague un precio que cubre donativos que él no daría.

Confunde competencia con competencia perfecta: critica al empresario que actúa en competencia si cree que ello le hace actuar éticamente, porque “creer que el mercado opera en una competencia perfecta es irreal”. Las consideraciones económicas no son fuerte del autor y eso es una gran desventaja para alumnos de carreras en las que esos conocimientos suelen ser profundos (en el siguiente capítulo alaba a la competencia por los incentivos que provee y con eso tiene una posición vaga al respecto).

Habla de tres tipos de justicia: distributiva, conmutativa y social diciendo que todo acto ético debe respetar las tres, balanceándolas sin entrar en el cómo del dilema que ello implica. Habla de la justicia capitalista y de la socialista contraponiéndolas como inferiores a sus conceptos de balance entre esas tres justicias. Y justifica la entrada del Estado para obligar a las empresas a regímenes de salarios establecidos, seguridad social, reparto de utilidades —eso que se llama conquistas laborales. Los tratamientos de esos temas por parte de otros son muy superiores.

3. Visión integral de la empresa

Vuelve al punto anterior: dice que no puede aceptarse que “la misión de la empresa sea incrementar el patrimonio de los accionistas” —justificado porque no sólo ellos aportan recursos a la empresa pues también lo hacen los trabajadores y otros. Se le olvida que esos otros reciben compensaciones más confiables y seguras que los accionistas y que el incremento del valor de la empresa es la compensación por el riesgo que corre el propietario y que es la única que puede con facilidad llegar a ser negativa. El riesgo empresarial, ni la labor del emprendedor, juegan un papel en el libro.

Comete un error de lógica. Dice que “Si aceptamos que la razón de ser de una empresa es incrementar el patrimonio de los accionistas, sería irrelevante actuar éticamente con los clientes y proveedores”. La equivocación es clara: querer elevar el valor del patrimonio de los accionistas jamás supone que necesariamente se actuará de manera contraria a la ética —es perfectamente posible hacerlo dentro de la ética más estricta.

Más tarde dice que “el primer requisito para el éxito de un negocio… es tener utilidades sostenibles”, es decir incrementar el patrimonio de los accionistas —una contradicción con lo dicho antes y que revela un defecto serio de la obra: una colección de admirables deseos que comparto, pero tratados de manera incompleta y tosca.

Dice más tarde que los accionistas “deben tener claro que la misión de una empresa no puede restringirse a crear más riqueza solamente para ellos” —el autor no distingue entre medios y objetivos. Un empresario muy bien puede tener como única meta incrementar su patrimonio, que eso en nada es reprobable excepto por los medios que para ello utilice. No puede ser inmoral querer ganar más y si lo fuera, entonces también lo sería el querer aumentos de salario. Los conceptos que sobre el emprendedor tienen otros autores con ignorados y ninguna mención hay de la colaboración en el mercado.

Pone en el mismo plano a las empresas que intentan pagar el mínimo de impuestos con las que tratan de evadirlos —no es lo mismo: resulta perfectamente moral pagar legalmente el menor impuesto posible, lo que da recursos adicionales a la empresa; pero evadirlos es un acto ilegal.

4. La ética de los accionistas

El empresario, dice, siempre debe tener la aspiración de crear valor “para los empleados y trabajadores, a través de una remuneración justa…” —con lo que vuelve el problema de la obra: su falta de definición. Remuneración justa es un asunto que merece más que una mención de pasada y repetida; hay análisis mejores que el dado en la obra.

A eso añade que también el “accionista tiene el derecho de exigir un rendimiento justo sobre la inversión realizada” —a lo que más tarde añade que “los accionistas deberán realizar una sana y justa distribución de la riqueza entre los diferentes grupos involucrados en la empresa”.

Todo debe ser justo, lo que nada tiene de original, pero el asignar a las empresas la tarea de distribuir la riqueza es absurda —todo lo que pueden intentar es tratar a los demás como quisieran ser tratados los accionistas. Recuérdese que en una economía libre no hay acciones de distribución, sino de intercambio, lo que no impide que existan acciones de benevolencia por parte de personas individuales.

Vuelve a insistir en la responsabilidad social corporativa al decir que “un empresario tiene responsabilidad social cuando se preocupa por generar empleos, por tratar con dignidad a sus trabajadores… por el tratamiento del agua, por cumplir sus obligaciones ante el Estado… aunque todo esto suponga un esfuerzo económico”. A lo que más tarde añade que debe serse socialmente responsable “sin importar los recursos que ello implique” —lo que supone que deben sacrificarse las utilidades que antes fueron calificadas como necesarias. El alumno que esto lea terminará confundido al menos.

El autor sucumbe una idea de moda, la responsabilidad social de las empresas, una idea criticada por otros y que él toma sin el juicio que merece un texto académico.

Dice que “la justa distribución de la riqueza” no debe estar “sujeta a los intereses particulares de los dueños” —lo que resulta interesante porque abre la puerta a la intervención estatal y a la pérdida de libertades y derechos de propiedad: el gobierno así justifica su derecho a repartir. Es claro que el autor tiene una mentalidad distributiva y se preocupa muy poco por la creación de riqueza. que debe ser la preocupación central en las posiciones futuras de los alumnos.

Propone que la utilidad sea ”vista también socialmente”, sin que exista una definición de eso —y que “pensar primero en la utilidad para el productor, antes que la ofrecida al consumidor pone en riesgo la solidaridad social” Confirma esto la ensoñación del autor, quien se mueve en un plano irreal, pues ignora análisis más profundos la respecto. Simplemente no entiende el funcionamiento de un mercado y sus precios.

Hacia el final dice que “el sistema capitalista es un sistema que propicia el libre juego de las fuerzas del mercado, pero que deben ser reguladas por el derecho y orientadas por la ética”. Para decir esto, no hace falta el rollo previo —el capitalismo es un sistema éticamente neutral, igual que la contabilidad: pueden ser usados en un negocio de venta de drogas o en la administración de un convento. La moralidad depende de las personas, no de las cosas.

Hasta aquí, quizá el alumno, futuro empresario o ejecutivo, corre el riesgo de sentirse culpable por ser exitoso, como lo han tratado Tapia y Shaeffer.

5. La ética de los directivos

El autor insiste en su punto —los directivos deben “obtener una rentabilidad justa para el empresario” y, además tienen la función de “una retribución equitativa y justa para los empleados y trabajadores”.

El problema sigue siendo el de una definición de lo que es justo en una acción que se repite una y otra vez: “Se debe tener cuidado de pagar lo justo a los empleados”; más tarde dice que “no es ético afirmar que el salario se determina en función del mercado” —y no ofrece la solución específica, excepto la de brindar una vida digna considerando las necesidades de la empresa y tomando en cuenta la preparación de la persona. La vaguedad desespera.

También hay insistencia en que se “deberá actuar con responsabilidad social” y que es definida como “involucrarse en proyectos y programas tendientes a promover el desarrollo integral de la comunidad donde se encuentra la empresa”.

El significado de esto es la obligación ética de dar donativos con dinero de la empresa y que se cargan a resultados —con lo que al autor desprecia la otra posibilidad, la de la persona haciendo eso mismo, sea el accionista, el empleado, o cualquier otro: una posibilidad más personal y directa. Recuérdese el principio de subsidiariedad y que mandaría a que la empresa no sustituyera al individuo en su capacidad de hacer donativos.

Asegura que a los trabajadores “se les debe hacer partícipes en las utilidades que se generan, por lo que no es válido creer que lo único que les corresponde es el pago de su salario” —lo que manda a incrementar el costo del trabajo y por eso alterar la oferta de empleo y despreciar además la libertad del trabajador de optar por otra opción, como los premios por desempeño. La participación en las utilidades es un bono muy indirectamente relacionado con el desempeño laboral y que presenta problemas de justicia al presuponer que todos los trabajadores tuvieron un desempeño idéntico.

6. La ética de los empleados y trabajadores

Con una estructura similar a los capítulos anteriores, ahora el autor entra en complicaciones al decir que “el trabajador le vende al empresario su capacidad de trabajar, no el producto de su trabajo; de allí que el producto pertenezca al empresario, que es quien contrata la capacidad de trabajo del trabajador” —lo que no deja de tener una cierta aura marxista e ignora el otro enfoque más prometedor, el de un intercambio voluntario entre las partes, que beneficia a ambas.

Hay otro nuevo empeño en asignar a la empresa una labor distributiva: “Las comunidades dependen de las empresas para crear riqueza y distribuirla” —cuando la realidad es que no hay función distributiva en una empresa sino una de intercambios entre partes libres.

Dentro del capítulo, una de sus secciones trata sobre la globalización, en el que asevera que ella genera “un incremento significativo en el desempleo” —es decir, la apertura comercial eleva el desempleo, para lo que no ofrece datos como otros casos. Y no sólo la globalización tiene ese efecto, también lo tiene la tecnología. Dice que “el desarrollo tecnológico sustituye cada vez más la mano de obra [y esto] ha incrementado aún más el desempleo en varios países”. El estudiante que lea esto se quedará con la idea de lo bueno que sería cerrar las fronteras y detener el avance científico.

7. La ética para los clientes, proveedores y competidores

Dice el autor que “Son los compradores y no los vendedores los que hacen que el mercado siga avanzando. Los mercados mueven bienes y servicios en el punto en el que se cruzan las curvas de la oferta y la demanda” —la inexactitud es obvia: un mercado se mueve por acciones de compradores y vendedores también, y lo que señala una intersección de esas curvas en simplemente un precio en un momento dado.

Pero, más tarde, el autor asegura que la fidelidad al cliente obliga a venderle a “un precio justo” — que debe suponerse es el de la intersección de las curvas de oferta y demanda, ¿o no? El autor es ambiguo al respecto y deja al alumno en la incertidumbre.

Escribe luego que “Los consumidores, y no tanto los propietarios, son la causa de la reducción de personal, de los despidos y de otras medidas para bajar los costos. Los consumidores no están en el negocio de subsidiar a los trabajadores ni a los propietarios comprando a precios más altos que los necesarios” —es cierto y entonces eso pone en tela de juicio a aseveraciones anteriores que colocaban la responsabilidad de salarios “justos” y donativos en las empresas: los consumidores no están en el negocio de donar a obras que no conocen ni de pagar salarios “justos”.

Dice que “cuando las empresas visualizan la generación de las utilidades como su fin último, pueden asignar precios que representen un alto margen de utilidad pero que no corresponden a la calidad de los productos” —el tema es bastante más intrincado que eso: las empresas pueden manejar el precio o la cantidad ofrecida, pero no ambos al mismo tiempo y, desde luego, es sabido desde hace tiempo que los costos de producción son independientes del valor que al bien asigna el consumidor.

En otra parte reprueba a las empresas que “en lugar de satisfacer una necesidad urgente de la sociedad, se dedican a crear nuevas necesidades entre los clientes, de las que estos ni siquiera tenían idea, creando así necesidades superfluas” —la práctica diaria es más enmarañada que eso: definir a lo superfluo es difícil, decir que las necesidades se inventan implica afirmar que los clientes son tontos y aplicar lo que el autor recomienda necesitaría la intervención estatal para planear a la economía.

El autor dice que “Es frecuente encontrar que la publicidad [manipula] los sentimientos, logrando con eso la adhesión incondicional de los clientes a un determinado producto” —lo que equivale a insistir en que el consumidor es tonto, que hay muy pocas fallas de productos nuevos y que ya que todos son consumidores, también son tontos los directivos, los empleados y los trabajadores.

Hay una nueva insistencia en “se debe vender a un precio justo”, a lo que añade al fin una definición, que es la de ese precio que genere a los accionistas “entre un 10 y un 15% sobre el capital”. Y más aún dice: “No es válido afirmar que cuando hay mucha demanda y poca oferta es el momento de obtener utilidades y rendimientos extraordinarios” A lo que añade que “No olvidemos que no siempre las leyes del mercado son éticas”.

Para el estudiante de negocios esas ideas son al menos superficiales y notables por su desconocimiento —un rendimiento de esos niveles es más o menos el doble de una tasa pasiva de interés en estos momentos y resultaría una inversión extraordinariamente atractiva, que no es estática: la economía se mueve, los rendimientos varían drásticamente y alterar eso también modificaría los incentivos de innovación y creación de capital. Las leyes económicas no son éticas jamás, son simples descripciones de la realidad. Éticamente son neutrales y describen al universo —la ética está en las personas no en la economía.

Lo anterior muestra uno de los grandes defectos de la obra: su confusión en la asignación de las responsabilidades éticas —el autor oscila confusamente en asignarlas a la empresa, a las leyes económicas y a las personas. La verdad es que el único sujeto ético es la persona, la que siendo libre puede actuar de acuerdo a la ética o no —ni una empresa, ni un mercado, ni una curva de oferta son éticas. Por medio de esta confusión, el autor pierde la preciosa oportunidad de recordarle al estudiante que en él está la responsabilidad moral.

Habla de la competencia y la califica de positiva, asignando a los directivos la responsabilidad de que “eviten acciones que puedan obstaculizarla [porque] es importante respetar las reglas de la competencia perfecta [sic]” —creo no necesario decir que esa competencia no existe.

En cuanto a las patentes o propiedad intelectual, el autor recomienda que su exclusividad no debe “ser por toda la vida” y que la innovación no debe ser orientada por “aquello que sea lo más rentable” —la vaguedad será causa de frustración en el estudiante. Si ya la empresa, dice el autor, debe dar donativos y los donativos son función de la rentabilidad, resulta contradictorio no buscar lo rentable.

8. El papel del Estado…

El autor asigna correctamente al gobierno un papel importante en la “creación de las condiciones que permitan el adecuado funcionamiento de las empresas… de crear un marco jurídico que promueva la creación de empresas de manera expedita y segura…” Y dice que los gobiernos tienen responsabilidades de estabilidad política, evitar corrupción, realizar infraestructura básica y crear un estado de derecho —pero dice que también tiene responsabilidades para la educación.

También afirma, al tratar sobre los sistemas económicos, que “no se ha encontrado el sistema económico que beneficie a todos y no sólo a unos cuantos” —repite por tanto esa mantra falsa que iguala a los sistemas económicos y los hace a todos reprobables: el alumno terminará con la idea de que no vale la pena defender a los sistemas sustentados en la libertad humana.

Con lo anterior entra a una exposición histórica de los sistemas económicos —enfatiza la rivalidad del socialismo y el capitalismo, sin mención del mercantilismo, da su aprobación al Estado de Bienestar y sobre todo al intervencionismo económico.

Dice que “alguna intervención del poder público es necesaria como complemento del mercado” —una afirmación demasiado vaga, pero que posteriormente enfatiza diciendo que “El Estado tiene que compensar las deficiencias del mercado”, lo que parte del supuesto idealista de que esa intervención no tiene fallas.

Es partidario de la idea de los derechos sociales: “El Estado debe garantizar los derechos sociales, poniendo medios para que los ciudadanos puedan disfrutar de ellos” —es decir, apoya al estado paternalista que garantiza derechos al trabajo, a la educación, a vivienda, a salud, sin considerar costos ni definiciones. Ni siquiera entra en la idea de distinguir entre derechos naturales y sociales, por lo que el alumno terminará con datos parciales.

Confirma su tendencia estatista al decir que “hoy se espera que el Estado asuma el papel de promotor de un crecimiento sostenido de la economía, pero de ninguna manera debe ser el protagonista de la economía; ese papel le corresponde al sector privado” —el lenguaje es vago y de escasa claridad. Dice que el Estado “debe participar en aquellas áreas que demanda la sociedad y que no pueden ser satisfechas a través del sector privado, como la educación, la salud… y la vivienda entre otros” —¿en verdad no pueden? Eso es precisamente lo que sucedía antes de que los gobiernos se hicieran cargo de esas funciones.

Y, peor aún, “si el empresario o la empresa en general no cumple con la función natural de apoyar al bien social, es al Estado al que compete regular y sancionar” —una idea de tal vaguedad que es precisamente la que usa Hugo Chávez en Venezuela para justificar sus decisiones. El autor, como comentó Karl Popper, pertenece a la categoría de los que apelan a los más altos sentimientos para, sin quererlo, lograr los más bajos propósitos.

Insiste en la idea de la distribución: las empresas “deben respetar las políticas económicas públicas que el Estado implemente… siempre y cuando… tengan como prioridad distribuir correctamente los recursos que por fallas del mercado están mal distribuidos” —un mercado libre, puede verse en cualquier básico, no tiene funciones distributivas. Todo lo que se da es una serie de intercambios más la posibilidad de donaciones y, peor aún, el autor supone que el intervencionismo carece de fallas.

9. La ética de las funciones de la empresa

El capítulo se dedica a examinar diversas funciones internas de la empresa y las ideas éticas que el autor tiene al respecto —nada que no haya sido comentado antes.

10. La responsabilidad social de la empresa

El cierre del libro —sin considerar los anexos, se dedica a ese tema al que da un tratamiento positivo haciendo entender al alumno que es una obligación que la empresa acepte esa responsabilidad.

El problema, de nuevo, es uno de vaguedad. Dice que en una primera etapa se pensaba que la empresa debía producir utilidades para financiar su crecimiento; que más tarde se creía que también ella debía realizar acciones filantrópicas, pero se va más allá, cuando “se le pide a la empresa que actúe con un compromiso solidario con la sociedad”.

El significado de ese compromiso de la empresa es “tener una visión de largo plazo de la relación” con su comunidad, y contribuir al mejoramiento de la vida de la comunidad —y eso, dice el autor, es importante ante recientes escándalos corporativos y ante “el hecho de que vivimos en una sociedad en donde pocos se vuelven más ricos y muchos se vuelven más pobres”.

La responsabilidad social de la empresa “consiste en contribuir, junto con el Estado, a elevar la calidad de vida de la comunidad… económica y espiritual… [evitar] las diferencias sociales y… la brecha entre los que más tienen y los que tienen poco… evitar promover una sociedad netamente de consumo… evitar promover la visión de que las estructuras económicas están por encima de las estructuras humanas… contribuir a la creación de una sociedad que aspire al desarrollo sustentable… como un instrumento de justicia social en lugar del gobierno”. En fin, según esto, de la empresa se espera casi lo mismo que de una iglesia, un gobierno, o una universidad, en adición a tener utilidades.

Esa responsabilidad, dice el autor, tiene cuatro aspectos: tratar “dignamente a los que trabajan en ella”, tener “un comportamiento ético con los consumidores, realizar “acciones sociales en la comunidad donde está establecida” y preocuparse “por preservar el medio ambiente”. Y entonces, la empresa puede anunciarse como tal y vender más, según dice el autor.

Pero hay más —es necesario que se satisfagan los reclamos de “los activistas de la justicia social [que] intentan transformar a las empresas en instrumentos para un fin público” y presentar “un informe público sobre todas sus actividades, de tal manera que sus decisiones puedan ser supervisadas y analizadas por [los] activistas”. Es decir, autor dice que los no propietarios de las empresas deben tener poder sobre ellas para satisfacer los objetivos de esos activistas —una muestra de la ensoñación del autor que parece volverse vocero de lo políticamente correcto sin sentido crítico y minando a la propiedad privada.

Recomendaciones

Si el alumno quiere en verdad profundizar sobre el tema, podrá hacerlo en otras fuentes:

• IEA: Misguided Virtue: False Notions of Corporate Social Responsibility —una crítica del tema, pero que da una mejor explicación (gratuito). El IEA de Londres tiene varias publicaciones al respecto, realmente informativas.

• Del ASI, es recomendable Respectable Trade (gratuito).

• El libro de Termes, Rafael (2001). ANTROPOLOGÍA DEL CAPITALISMO. Madrid. Ediciones Rialp. 8432133698, es excepcional al explicar los vericuetos de la economía y la moral. Termes es un autor es extremo aconsejable en estos temas.

• También puede verse a Vidalón de Pino y a Llano.

• El Instituto Acton también contiene análisis de gran utilidad, como un comentario acerca de la globalización.


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