Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Capacidad de Discutir
Eduardo García Gaspar
18 enero 2007
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Escuché la siguiente historia por parte de una de sus protagonistas y la resumo como sigue. Un grupo de mujeres de diversas edades más tendientes a los 50, amigas que se reúnen para tomar café, desayunar, ir al cine, y lo hacen con frecuencia.

Hablan de todo tema, o al menos solían hacerlo. Porque ahora no hablan de un tema, de política. Lo han suspendido por mutuo acuerdo.

Las buenas relaciones entre ellas comenzaron a deteriorarse a raíz de ese tema, particularmente porque algunas de ellas partidarias de uno de los candidatos a la presidencia en las elecciones mexicanas pasadas, tomaron muy a pecho el tópico.

Y llegaron a enemistarse con las amigas que sostenían otras preferencias electorales. Ya no hablan de política y eso es una pena.

Parte de la educación propia del ciudadano es la política. No es para que sea un experto, pero sí para que esté informado y se mantenga ese proceso de aprendizaje de toda la vida. Por lo que he oído y visto, no creo que sea un caso aislado. Quizá se trata de un efecto de la emotividad que la política produjo en los ciudadanos de México, quienes más acostumbrados al fútbol que a las cuestiones de gobierno se volvieron en parte fanáticos e hinchas, más que ciudadanos.

Me recordó eso un texto de Nathan Tarcov y Thomas L. Pangle , que resume ideas de Leo Strauss, un filósofo de la política con muy propias y valiosas ideas.

Al tratar el tema de las discusiones políticas habla de varias nociones que comparto con usted. Una de ellas es la que podría llamarse el “sano escepticismo”, una actitud que no lleva a dudar de todo, sino a querer saber más reconociendo la propia ignorancia. Saberse ignorante es ya conocer y coloca a las ansias del conocimiento por encima del resto de las pasiones.

Si lo anterior le suena a Sócrates es porque de él viene esa actitud, la de investigar conversando sin límites, lo que produce el gozo más intenso posible, el de pensar y conocer. Pero conversar es un arte aparentemente no dado a todos por igual y que consiste en la disputa amigable. Nada se gana con la controversia arrebatada, al contrario, ella pierde el objetivo de saber más.

Ésa es la dialéctica original, la de la conversación amigable entre personas cuya meta es conocer. Personas con diferentes ideas y de diferentes posiciones, las que hablan de lo que ellas piensan y sus ideas son sujetas al estudio de sus implicaciones y significado. Se necesita cierta madurez para reconocer una equivocación propia y la validez del punto de vista del contrario.

Por eso en ese texto se habla de la cuidadosa selección de las personas con las que se discute. Debe existir prudencia al entablar una discusión, no tanto por el tratamiento que se da al tema, sino por la elección de quienes participar en la conversación amigable, que puede transformarse en disputa, pero no perder lo amigable.

Dice el autor que en los diálogos se escoge no a cualquiera, sino a quienes muestran más inteligencia y mayor apertura. En pocas palabras no todos tienen la capacidad de ser protagonistas de una discusión política, o de otro tipo, en la que no se trata de convencer a otros, sino de explorar el conocimiento.

Las ideas expuestas allí son pesimistas: sólo una minoría tiene las capacidades necesarias para realizar una discusión amigable. Una prueba de esto es el caso de las amigas que no hablan ya de política, pero más aún, hay otra prueba aún mayor: los viejos dichos de que no debe hablarse de religión ni de política, porque eso produce enojos.

Es una pena, porque entonces las conversaciones tienden a reducirse a un común denominador tan bajo como la última acción Paris Hilton… y con ello, cesa la posibilidad de aprender.

¿Conozco gente de ese tipo? Sí, pero son pocas, muy pocas personas. De una de ellas aprendí una lección muy valiosa hace tiempo, cuando se hablaba de un cierto tema se le preguntó su opinión, a lo que él respondió: “No tengo una opinión, no sé lo suficiente del tema como para emitir una opinión con la que esté satisfecho”.

Solemos todos ser más fanáticos de nuestras opiniones que del conocimiento… como el caso de una persona que presumía no leer el periódico, pero que sobre todo opinaba con una certeza proporcionalmente inversa a su conocimiento.

POST SCRIPTUM

• El texto referido está en Strauss, Leo, Cropsey, Joseph (1987). HISTORY OF POLITICAL PHILOSOPHY. Chicago. University of Chicago Press. 0226777081 0226777103, pp. 907 y ss.


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