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Comercio y Guerra
Selección de ContraPeso.info
12 febrero 2007
Sección: DIPLOMACIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el gentil permiso de traducción y reproducción.

La guerra es una situación indeseable, provocada en mucho por  la creencia falsa de pensar que lo que uno gana el otro pierde. La sociedad comercial tiene otra creencia, una que ayuda a evitar guerras.

Una de las mejores maneras para promover la civilidad en una sociedad comercial —la que podíamos definir como una cultura dominada y formada por la actividad de negocios— implica que las personas se abstengan de usar la violencia para el logro de sus metas.

En el mundo pre-comercial, la guerra era percibida, por parte de figuras que van de Alejandro Magno a Napoleón, como el camino a la grandeza y la gloria. En contraste, la sociedad comercial florece gracias al valor de la paz que ella inculca. Aunque es cierto que las sociedades comerciales se han involucrado en guerras, ellas tienden a dar mayor peso a la paz que sus predecesoras.

La guerra es comercialmente beneficiosa para industrias como la manufactura de armas, pero generalmente rompe con el comercio libre, la formación de enlaces comerciales y el bienestar material general de la sociedad.

Como el arzobispo François Fenélon of Cambrai (1651-1715) escribió a Luis XIV, hacia el final de las muchas guerras del Rey Sol:

Su pueblo muere de hambre. La agricultura está casi inmóvil. La industria languidece por doquier, todo el comercio está destruido… Sus victorias no causan ya gozo. Sólo hay amargura y desesperación… Usted relaciona todo consigo mismo como su usted fuera Dios en la tierra.

La habilidad de la sociedad comercial para promover la paz está íntimamente asociada con el debilitamiento de la falsa noción de que lo que uno gana es siempre la pérdida de otro. Parte de la crítica de Adam Smith a las prácticas mercantilistas de su tiempo fue el presuponer que lo que un país gana sólo puede ser a costa de otros. Tales teorías facilitaron mucho la conducta agresiva de unas naciones contra otras al pelear para asegurar colonias y derechos exclusivos de comercio.

“Cada nación —escribió Smith— ha sido hecha para verse con una mirada de envidia por la prosperidad de todas las naciones con las que comercia, y considerar su ganancia como la propia pérdida. El comercio, que debía naturalmente ser un lazo de unión y amistad entre las naciones, como lo es entre los individuos, ha sido convertido en la más fértil fuente de discordia y enemistad”.

En la mente de Smith, “una nación que se enriqueciera por su comercio internacional es ciertamente probable que lo haga si sus vecinos son ricas e industriosas naciones comerciales”.

Existen por ende, considerables incentivos para que las naciones comerciales eviten la guerra. “La paz es el efecto natural del comercio”, escribió el filósofo francés Guy de Montesquieu. “Dos naciones que comercian entre sí se tornan recíprocamente dependientes; porque si una tiene interés en comprar la otra lo tiene en vender; y así su unión se fundamenta en sus necesidades mutuas”.

Otro filósofo francés, Alexis de Tocqueville, subrayó la manera en la que el comercio socava los incentivos para la guerra, al observar que, “El siempre creciente número de personas con propiedades devotas de la paz, el crecimiento de la propiedad personal que la guerra tan rápido devora, la suavidad de creencias, la gentileza del corazón, esa inclinación a la compasión que la igualdad inspira, ese frío y calculado espíritu que deja poco espacio a la sensibilidad de las emociones poéticas y violentas de la guerra —todas estas causas actúan juntas para reducir el fervor guerrero”.

La menos apreciada paradoja es que el comercio permite a las naciones lograr muchos objetivos que previamente perseguían por medio de la guerra. Esto fue claro para el liberal francés del siglo 19, Benjamin Constant:

Hemos llegado finalmente a la edad del comercio, una edad que debe necesariamente reemplazar a la de la guerra, como la de la guerra estaba destinada a antecederla. La guerra y el comercio son sólo dos maneras de lograr el mismo fin, el de poseer lo que es deseado. El comercio… es un intento de obtener por mutuo acuerdo lo que uno ya no tiene esperanza de obtener por la violencia…

La negativa de la sociedad comercial para embarcarse en la guerra no es simplemente una cuestión de resentir las restricciones financieras y las pérdidas potenciales asociadas por su realización, la victoria o la derrota. También incluye la protección de las libertades de las que dependen las sociedades comerciales.

La guerra tiene una lógica de organización propia. Las sociedades en guerra toman formas dirigidas a la exitosa realización de la guerra. Cuando las naciones van a la guerra, los gobiernos reciben la autoridad para hacer cosas que tendrían prohibidas hacer en tiempos de paz y a menudo se les permite expandir sus poderes en en campos en los que ya ejercen autoridad considerable.

Esto puede incluir la adquisición de poderes que diminuyen las protecciones proveídas por la propiedad privada y el estado de derecho, permiten la elevación de impuestos a niveles exorbitantes y redirigen las energías creativas de la sociedad comercial a campos de un carácter decididamente no comercial.

Quizá el mayor problema de largo plazo que la guerra crea a una sociedad comercial es que el estado a menudo rehusa renunciar a los nuevos poderes adquiridos, por lo que se reduce la esfera de libertad que sostiene a la sociedad comercial y le permite florecer.

[Este texto es un fragmento de la obra de Samuel Gregg “The Commercial Society – Foundations and Challenges in a Global Age”, Lexington Books.  El Dr. Samuel Gregg es Director of Research en el Acton Institute y autor de On Ordered Liberty (2003), A Theory of Corruption (2004), and Banking, Justice and the Common Good (2005).]


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