Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Con la Misma Piedra
Eduardo García Gaspar
14 febrero 2007
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Le voy a hacer una propuesta que de seguro usted no aceptará. Es más, se negará a aceptarla con todo su brío. Mi propuesta es sencilla: yo voy a poner un espectáculo, el que sea, deportivo, artístico, y usted me va a pagar por los boletos para asistir a eso, por adelantado, lo quiera o no.

Pero hay una condición, su entrada no está garantizada. Además, yo lo he hecho la oferta a todo México pero no todos van a poder entrar.

Más aún, he obligado a todos a pagar por tener ese espectáculo al que no tienen garantía de asistir y el  costo de ese espectáculo lo pagarán los mexicanos y sus hijos y nietos durante cuarenta años o más, aunque el espectáculo dure sólo un mes en cartelera.

Le insisto: usted se negará a pagar durante cuarenta o cincuenta años los boletos a un espectáculo al que usted no fue o no iría y que dura unas pocas semanas.

La única manera para hacer que usted acepte esa oferta es usar la fuerza. Amenazarlo de ir a la cárcel en caso de no aceptar pagar por ese espectáculo, que es precisamente lo que sucedió en este país. El espectáculo fue el de las Olimpiadas de 1968 y la forma de pago, un impuesto, la tenencia a los autos, pagada incluso por quienes nacieron después de esas Olimpiadas. Peor negocio no puede hacerse.

Todo es una cuestión de mentalidades. Y la del gobierno es muy diferente a la del empresario. Este último intentará ganar dinero y eso resultará en ahorro para todos, especialmente para los consumidores.

Pero el gobernante no tiene la menor idea de lo que es ganar dinero, para él todo se resume en gastarlo porque si lo necesita, lo toma de los impuestos o crea nuevos, como la tenencia, un impuesto a la posesión de coches, adicional al impuesto a la venta.

Podía haberse intentado volver a las Olimpiadas un negocio con utilidades y los mexicanos lo hubiéramos agradecido. Ese afán de lucro del empresario nos hubiera beneficiado ahorrando una gran cantidad de dinero, pero el altruismo del gobierno terminó por dañarnos.

A ningún empresario le hubiéramos aceptado esa propuesta, pero ya que el gobierno tiene la facultad de usar la fuerza, nos obligó a pagar por algo que terminó hace cuarenta años.

Usted dirá que la inteligencia es en parte la habilidad de aprender de la experiencia y que ese error no debiera volver a cometerse. Pero no, otra de las cualidades de los chicos que crean las crisis económicas e insisten en ser capaces de manejar a toda la economía, es olvidarse de lo aprendido y tropezar dos veces con la misma piedra. Ahora eso sucede en el estado de Nuevo León.

A su gobernador se le ha ocurrido celebrar una cosa que se llama Foro de las Culturas o algo por el estilo, a partir de septiembre de este año. No hace falta ser Einstein para saber que el foro no lo pagará ese gobernador en lo personal, ni sus parientes. Lo pagarán los ciudadanos, es decir, se trata de otro caso en el que nos cobrarán por espectáculos a los que no asistimos, ni queremos. Si Rigoberta Menchú quiere venir a decir sus letanías, o el pintor Toledo hablar de sus teorías, que lo hagan.

Pero que no me cobren los gastos a mí. No es justo. Si eso lo hiciera una empresa privada, no tardaría un segundo la demanda legal. En el fondo de la cuestión hay dos problemas, uno de justicia y otro de lógica.

Considero una violación de los derechos humanos el que se nos obligue a pagar por shows a los que no iremos, por traer a personas que no escucharemos. Y, más aún, no es lógico gastar dinero es ceremonias innecesarias cuando esos fondos podrían se usados en tareas necesarias.

Por el otro lado, ese foro tiene una ventaja, la de producir una risa incontenible y crear otra evidencia más de lo tonto que es conceder más poder a los gobernantes. Visto así, las Olimpiadas de hace cuarenta años y el foro de dentro de unos meses se vuelven pruebas invaluables de lo ridículo que resulta poner responsabilidades de planeación económica en los gobiernos.

Si el gobernador de Nuevo León estuviera a cargo de planear la economía mexicana, estaríamos en la quiebra en unas pocas semanas. Pero esa quiebra acontecería en medio de los más fastuosos festejos y en medio de las conferencias de los más renombrados intelectuales, los que nos llenarían de mensajes sociales y de pobreza y miseria.


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