Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Confiar o no Confiar
Eduardo García Gaspar
23 febrero 2007
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Quizá usted haya oído hablar de él. Me refiero al Sentido Común, ese hombre vestido de gris, con zapatos negros, brillantes, y una camisa blanca. Hacía muchos, muchos años que no lo veía. Muchos lectores  me preguntaron por él más de una vez. Pues, sin aviso previo lo vi. Me acerqué para saludarlo y se entabló una conversación.

—Yo tampoco lo había visto—me dijo—. ¿Cómo ha estado? Espero que bien. Me imagino que sigue escribiendo sus columnas en el periódico y está en busca de un tema porque se le acabó la imaginación. No se preocupe, ahora encontramos uno muy sencillo. Dígame, por ejemplo, en qué personas confía más la gente en general. No se quede mudo. Respóndame.

Lo miré con temor porque no sabía detrás de qué iba. Bebí un trago de mi cerveza. Me le quedé viendo esperando que siguiera con su tema. Y así fue. El Sentido Común continuó hablando.

— Es claro que su mente no llega a mucho. Bien, si se hace una lista de las personas en las que en general confía la gente, en esa lista los gobernantes ocuparán los últimos lugares. Escasamente la gente confía en ellos. Los acusan de corrupción, de abusos, de ineficiencia, de lentitud, de todo. De todas las profesiones que existen, la de los políticos es una de las peores calificadas. ¿Qué me dice de eso?

Asentí con la cabeza y con una mirada de afirmación. En varias encuestas de confianza en profesiones de hace tiempo, había leído eso precisamente, que los gobernantes no inspiraban confianza en la gente. Vaya, yo no confiaría mis ahorros a uno de ellos.

— Supongo que esa mirada suya sea para expresar que usted está de acuerdo conmigo. Lo que le he dicho no es nada nuevo. Todos lo sabemos. Pero es precisamente en las cosas que todos saben donde se encuentran los más ocultos misterios. Las certezas populares presentan las más grandes paradojas y aquí hay una de consideración. Como usted es un poco obtuso trataré de ser claro, más que de costumbre.

Le dije que no me insultara diciéndome obtuso. Me miró con compasión. Tomó un Camel sin filtro y lo encendió con un Zippo muy viejo. Siguió hablando con las siguientes palabras.

— Si ya sabemos que los políticos son un grupo que inspira muy escasa confianza, entonces existe algo que no va con eso. ¿Se lo imagina? No, estoy seguro de que no. Y es que no es sencillo de ver. Se lo explico: los políticos no inspiran confianza, al contrario; luego, los políticos son los que gobiernan; y de allí la conclusión sería una muy lógica, la de que no debe confiarse en los gobiernos.

Le dije que creía estar siguiendo su línea de pensamiento y que sonaba lógica, pues si los gobernantes gobernaban y al mismo tiempo no inspiran confianza, eso significaba que no debíamos confiar demasiado en el sitio en el que los gobernantes trabajaban, es decir, el gobierno. Tomé otro sorbo de cerveza.

— Muy bien, ya me está entendiendo a pesar de ser usted medio obtuso y de cortas luces. En fin, la conclusión es que no debemos confiar en los gobiernos, ¿verdad? Al menos no demasiado, porque están llenos de personas en las que no confiamos en lo general. Y allí está precisamente la paradoja, una de las más grandes de nuestros tiempos: no confiamos en los políticos pero estamos dispuestos a confiar en los gobiernos. Es muy curioso.

Casi me atraganté con la cerveza que bebía en ese momento. Yo pensé que el Sentido Común había explicado mucho mejor lo que yo lo que había intentado antes. Pero le dije que me diera ejemplos de la confianza depositada en los gobiernos,

— Ejemplos quiere usted. Ejemplos tendrá. En su país, México, estoy seguro que la mayoría no desea la privatización del petróleo, es decir, coloca ese artículo en manos de gente en la que no confía. Tiene su gracia. Igual con la educación de su país, la mayoría pone a sus hijos en manos de personas en las que no confía. Y, peor incluso, muchos mexicanos desean que la economía de su país sea planeada por el gobierno, lo que significa poner el progreso personal en manos de esos en quienes tiene muy poca confianza.

Terminó de hablar. Me miró con una sonrisa muy expresiva que enfatizaba esa paradoja. Se levantó de la mesa y se fue. El Sentido Común hizo lo mismo que practicó por años. Me dejó con la cuenta, pero también con un tema que estoy aprovechando en esta columna.


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