Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Construcción de un Dictador
Selección de ContraPeso.info
27 diciembre 2007
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Pablo Docimo acerca de la dictadura, los dictadores y lo que estos tienen en común. El autor da sus conclusiones en una especie de manual de medidas tomadas por el dictador, divididas en tres etapas de concentración creciente del poder. Si bien los detalles de cada caso pueden variar, la gran contribución de Docimo es poner sobre la mesa a la vista de todos los síntomas de la presencia de un dictador en el gobierno.

A lo largo de la historia de la humanidad, y lamentablemente en la más reciente, la del Siglo XX, de la cual todavía no hemos podido desprendernos, ha habido muchos dictadores. Indiscutiblemente, este penoso ciclo fue inaugurado por Lenin y la Revolución Rusa, y luego hubo unos cuantos seguidores o imitadores.

En la extensa lista podríamos incluir a Mussolini en Italia, Hitler en Alemania, el Mariscal Tito en Yugoslavia, Mao en China, Francisco Franco en España, Saddam Hussein en Irak, Khaddafi en Libia, e, incluso, de una forma más matizada el mismísimo General Perón en Argentina, aunque este último no haya podido llegar a ser tan profundo.

Todos ellos tienen muchas cosas en común, más allá de vestir uniformes militares, y es, en lo social, la demagogia, en lo político el autoritarismo y en el plano económico, el totalitarismo, sistema por el cual controlan el capital y pueden disponer de él a su antojo, aunque curiosamente todos, absolutamente todos, dicen ser enemigos del capitalismo, cuando omiten, o pretenden omitir, que el capitalismo no es ni de izquierda ni de derecha, sino que es simplemente, una herramienta, la cual en los sistemas totalitarios es —como dijimos— controlada por el monopolio del Estado, que en el caso de los dictadores son, sencillamente, ellos mismos.

Lamentablemente, todavía existen algunos de estos autócratas, y en Latinoamérica tenemos dos casos emblemáticos, Fidel castro en Cuba, y su mejor alumno, Hugo Chávez en Venezuela.

¿Pero existe una receta para la creación de estos dictadores? Parecería que sí, ya que todos, cambiando algunos detalles menores, tuvieron, o tienen, la misma metodología. Así como existen estrategias militares, comerciales, de estudio o económicas, estos personajes parecen haber desarrollado una especie de manual para enquistarse en el poder, y es el siguiente. Este sistema está conformado por tres etapas:

En la primera,  lo más importante, la meta, es “acabar con el imperialismo Yankee”. Inmediatamente —como en los países donde pretenden instalarse los pobres son mayoría— a estos les inyectan desesperanzas, acusando al pasado y a la democracia de todos los  males. Mantienen una línea permanente con el pueblo y están en sintonía con ellos.

Enseguida imponen un  discurso que debe ser simple y contundente: eso les llega muy bien. Emocionan al pueblo, y aparentan tomarlos en cuenta, aprenden a dosificar la ignorancia con una verborrea encendida, cargada de autoridad y poder. No se preocupan por los ricos  y la clase media, ya que nunca son más que el 80% de pobres, que son lo que necesitan.

Al principio, siempre mencionan la Biblia y Cristo ya que los católicos muchas veces son la mayoría. Además, mientras la Iglesia está adormilada, aprovechan la situación para neutralizarla, de modo tal que cuando intente una reacción el régimen ya va a estar instalado. L

os católicos sin liderazgo no son gran cosa y los obispos se abstendrán de reaccionar porque está insertada la falsa idea que toda acción represiva es inmoral. Si existiese un sacerdote alertado de la maniobra, intentarán comprarlo. Si la Iglesia local se rebelase, ese sería su último día como feligresía, pero difícilmente vendrá; los judíos no cuentan, los evangélicos, menos y las demás religiones… para qué nombrarlas.

Cristo siempre será su principal pancarta, ya que permanentemente lo invocarán como el primer socialista de la historia, hablan en su nombre; incluyen banderas y a próceres nacionales, y en cuanto pueden, generan un nuevo nacionalismo, despiertan el odio, dividen a la ciudadanía, esa etapa les da buenos dividendos, ya que se eliminarán unos a otros, la violencia los ayuda a instalarse, más  tarde, por  la fuerza; mientras tanto, hablan de democracia y de la constitución.

Sobornan la fidelidad de sus súbditos, y los preservan mientras cumplan los objetivos y logren lo que les pide el dictador. Si se oponen o los aconsejan, los desechan, o en el mejor de los casos, los envían a alguna embajada o les dan dinero para acallarlos; los destierran para que la prensa no los utilice.

A los que se oponen les siembran delitos, eso los descalifica para siempre. Por todos los medios, mantienen  mayoría en el poder legislativo, y también, como mínimo, en las fiscalías y el poder judicial.

Una parte fundamental de esta primera etapa es contar con el poder militar, y para ello, corrompen a los militares en servicio con migajas; les proporcionan ropa y equipo para sus tropas, a la vez que les incentivan la lealtad con suplementos diferenciales, que nunca serán remunerativos, de modo que si fallan al sistema, son expulsados y condenados a la pobreza. A los comandantes de los ejércitos los sitúan en el manejo del erario castrense, instalando la corrupción en el alto mando para lograr la fidelidad incondicional.

Se premiará la delación, y la inteligencia interna viciará de tal modo el sistema que el pánico se propagará en las filas. Las guarniciones más importantes —especialmente— serán la pista de examen de su gente. Ofrecerán cursos en el extranjero para persuadir a los indecisos al acceso de puestos clave para avanzar en sus carreras, y cuando logran obtener la complicidad de 200 a 300 militares de alto rango, con comando de tropa, son prácticamente indestructibles. Si tienen duda de algunos, los ponen a prueba. Por ejemplo, instándolos a alzarse en un golpe de estado que terminará siendo una emboscada depuradora, porque allí se filtrarán los elementos nocivos al régimen.

Es necesario controlar los medios de producción del Estado. Compran, entonces, tanto a los banqueros y a los grandes comerciantes. A los empresarios de la construcción les darán contratos y facilidades de trabajo.

En la segunda etapa es donde se profundiza la misión de “el cambio”. Para ello, ya tienen que haber formado un comité en defensa del mismo. Convocan a los progresistas y organizan trabajos comunitarios para ellos, otorgándoles el liderazgo. Para que se sientan agradecidos, les pagan generosamente para que sigan los lineamientos, marchas y concentraciones de los comités.

Seleccionan a los más agresivos para una fuerza de choque armada que puedan necesitar si la cosa se pone difícil. Controlan la policía, la destruyen y la ponen a su disposición. Es ahí donde comienzan a transformar el “cambio” por la palabra “revolución”, ya eso emociona a  los menesterosos. Aquí también es donde se empieza a fracturar a la unión de trabajadores y de empresarios que puedan hacer oposición, y es cuando tienen que lograr que los trabajadores estén afiliados a una central paralela, con dinero se logra.

Ahora atacan a  los empresarios, a quienes acusarán de provocar el desabastecimiento y el hambre,  de fascistas y, gradualmente los tildarán de golpistas. Se disfrazan de débiles, ya que la mente del hombre es proclive a defender la Justicia que, lógicamente, debe velar  siempre por el más  débil.

En cuanto a los medios de comunicación, si no pueden comprarlos, los enmudecerán. Se apoyan especialmente en las empresas del Estado, que son las que producen el dinero del  proyecto. Crearán una Junta Directiva Revolucionaria, de donde provendrán los técnicos, que reemplazarán a los más capacitados.

En la tercera etapa, ya pueden violar la constitución, porque nadie se los va a impedir. Ordenan allanamientos a los opositores, siembran armas, drogas, dinero, los acusan de espías o corruptos, los desprestigian. Reclutan muchos periodistas, empresarios, líderes sindicales; los demás escaparán del país o deberán aceptar el escarmiento. Conforman un nuevo gabinete, aquí pueden deshacerse de sus colaboradores “no confiables”, a unos pueden premiarlos y a otros desecharlos, pues ya no hay oposición. Tienen que poner cómplices.

Establecen el estado de excepción, suspenden las garantías, lanzan  el toque de queda. Cierran todos los medios de comunicación opositores, destituyen alcaldes y gobernadores de la oposición.  Anuncian la reestructuración de todas  las áreas del Estado y la restitución de  toda  la  constitución. Forman un concejo de gobierno con nuevos miembros, quienes lógicamente, estarán comprados. Por último, cuando ya se sienten dioses, y ven que su poder está consolidado y afianzado, fusilarán a los opositores, ya que es el medio más económico de silenciar la protesta.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan explicaciones.





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