Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dar y recibir
Leonardo Girondella Mora
3 enero 2007
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
Catalogado en:


No hace mucho que todos recibimos algún regalo, por pequeño que haya sido. Sé que lo que recibí es un regalo porque no tengo la obligación de dar nada a cambio del objeto recibido —aunque sienta quizá la obligación de corresponder a quien me dio el obsequio.

Ésa es la naturaleza de los regalos, el no requerir nada a cambio y ser el resultado de la acción de una persona que regala porque así lo ha decidido voluntariamente.

Un regalo, para el que lo da, es una abstención propia: lo que regala es algo que va a otro y le impide consumir y ahorrar —en términos más comprensibles, un regalo suele verse como un sacrificio de alguien por otro, pequeño e insignificante, o enorme e importante. Y ese sacrificio sólo puede entenderse por la decisión propia de que regala: el sacrificio percibido le representa un beneficio personal —quiere mostrar aprecio, amor, cariño, compasión, lo que sea y por eso regala. De lo contrario no lo haría.

La tradición de los regalos de los días pasados viene de la narración de los Reyes Magos, los monarcas de oriente, paganos, que encuentran la estrella, la siguen y reconocen a Jesús como rey —obsequiando oro, incienso y mirra. De esa circunstancia divina se va al mundo terrenal con una idea similar, la de dar a quien se ama —lo que incluye amigos, familia y otros a quienes no se conoce y a quienes se dan donativos de algún tipo.

Los regalos no son intercambios —cuando entro al cine, pago mi boleto y veo una película, realizando un intercambio que beneficia a los involucrados y todos terminan mejor, desde el que asiste a la función hasta el dueño del cine y sus empleados, y los que hicieron la película, todos. Pero con los regalos no hay intercambios, al menos de esa manera.

Un regalo entra en la categoría de las donaciones —alguien da algo a una persona sin que esta persona tenga obligación de corresponder de alguna manera equivalente al valor de lo que recibe. Un simple “gracias” basta, o cualquier otra forma de agradecimiento. Siendo seres sociales los hombres hacen intercambio y dan regalos —ambas son acciones humanas, ninguna superior a la otra en el sentido de dejar de hacer una de las dos.

Digo eso porque existen personas que ven con desprecio a las actividades económicas como si ellas fueran inferiores a las de las donaciones. No lo son. Necesitamos de ambas. Y para mostrarlo uso un ejemplo escrito por el Rev. Robert A. Sirico en una columna reciente: los regalos de los Reyes Magos fueron seguramente comprados a terceros que los crearon: tal vez un mercader o varios vendieron esos regalos, los que obtuvieron de fabricantes que a su vez obtuvieron las materias primas de otros.

Hay una relación —sin intercambios no podría haber regalos. Pero hay más. Me refiero a un tema que causa cierto escozor, el de querer entender a los regalos como un sacrificio personal que necesariamente representa un daño para el que regala. No lo creo. Es más, sostengo que como en el caso de los intercambios, la persona que regala termina mejor después de dar sus obsequios. La comparación es simple:

• En un intercambio normal, llego a una tienda y compro, por ejemplo, un paquete de cervezas. Con esta acción todos ganan: fabricantes, comercios, consumidores. Los beneficios de estas acciones son fáciles de percibir y constituyen la materia de estudio de la Economía.

• En el caso de un regalo, quiero insistir, no hay un intercambio necesariamente, es decir, no se espera nada a cambio —y esto es lo que suele usarse como argumento para decir que un regalo es un tipo de sacrificio personal. Todo por no esperar nada a cambio del regalo. Es cierto, pero resulta una explicación parcial, tanto que resulta falsa —y lo explico de la manera siguiente.

Después de un intercambio tradicional, todas las partes ganan —eso se sabe de sobra. La pregunta siguiente es ¿ganan todas las partes después de un dar/recibir un regalo? La respuesta estándar es no, sólo gana la parte que recibe el regalo, lo que se percibe con claridad, por ejemplo, al ver a un niño con un carro de juguete. Pero esa percepción coloca toda su atención en el receptor y no en quien da. ¿Qué le sucede a ese que da el regalo?

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El donador ha decidido regalar y si lo ha hecho voluntariamente y sin coerción alguna, la acción es libre y espontánea. Es intencional. Ésta es la clave para comprender que también en el donador existe un beneficio —si no lo hubiese, esta persona no habría decidido regalar. Ahora queda por preguntarse qué tipo de beneficio tiene la persona que hace el regalo. Obviamente no es algo que se percibe de inmediato —no es la botella de vino que se compra en una tienda.

Pero debe haber un beneficio de todas maneras para quien hace el regalo —no un beneficio tangible desde luego, pero beneficio al fin y al cabo. La persona se sentirá mejor después de hacer el regalo. ¿Por qué? Las respuestas pueden ser diversas. Puede ser que los padres quieran ver alegres a los hijos que aman; que se desee ayudar a una familia pobre cuyos hijos no tendrán regalos en Navidad; que quiera demostrarse el cariño por los amigos. Ninguno de estos beneficios son tangibles como en el caso de un intercambio, pero no dejan de ser beneficios del donador.

Visto desde otro ángulo: la persona A regala un libro a la persona B —en esta situación es claro el beneficio que recibe la persona B, la que acaba con un bien que antes no poseía. Por lógica, la persona A también debe terminar mejor pues de lo contrario no daría el regalo. La clave radica en la dificultad de ver el beneficio de la persona A pues ese beneficio se encuentra en su estado de ánimo y no es tan visible como el libro.

Otra ilustración: en los evangelios se cuenta de la caridad de la viuda que deposita unas pocas monedas en el templo, lo que Jesucristo menciona como un sacrificio mayor. Creo que es cierto, pero la interpretación que supone que la viuda no tiene un beneficio es errónea —desde luego que lo tiene, pero no es del tipo de beneficio que produce un intercambio, es de otra naturaleza.

La viuda dio las monedas por una decisión propia —esta voluntariedad tiene causas que explican el beneficio: ella consideró mejor dar las monedas que comer y eso le produjo un beneficio que no es fácil de encontrar ni comprender. Quizá su amor por Dios le hizo pensar que esas monedas serían mejores para el templo que para ella y actuó en consecuencia con sus creencias.

Y sí, desde luego, sin intercambios y sin propiedad privada, los regalos, las donaciones y la caridad serían imposibles. He tratado de ampliar la visión de los regalos, las donaciones y la caridad sosteniendo que quien las realiza ejecuta una acción voluntaria lo que por necesidad lógica revela que también recibe un beneficio —si bien uno de naturaleza diferente al de un intercambio. Propongo que ese beneficio sea entendido genéricamente como la satisfacción de haber cumplido con un deber.

Diferentes personas actuarán diferente al respecto. El avaro seguramente entenderá como su beneficio la abstención de gastos y evitará dar regalos —pero un misionero en un hospital sólo es comprensible porque esa persona cumple con el deber que él se ha asignado y eso necesariamente es satisfactorio, aunque para el resto de los mortales sea percibido como un sacrificio.

Un intercambio es diferente de un regalo —pueden distinguirse uno de otro, pero no puede despreciarse uno en favor del otro. Ambos son necesarios y están conectados causalmente, pues sin intercambios los regalos no existirían; y ambos son acciones humanas. Un mundo sin intercambios sería miserable y una existencia sin regalos sería fría. También, ambos son producto de la acción libre de las personas y por eso necesariamente significan un beneficio mutuo de las partes involucradas.

La dificultad de ver el beneficio en la persona que da regalos o que hace donaciones no puede ser usada para argumentar que existe un sacrificio —existe ese sacrificio en el sentido material: la persona ha preferido dar un donativo y no emplear ese dinero en comprar un automóvil.

Pero existe un beneficio que la persona evalúa como superior al del sacrificio material realizado. A ese beneficio lo he llamado satisfacción de cumplir con el deber, con las creencias y con valores propios —la persona juzgó que era mejor dar el donativo que comprar el coche y eso produce inevitablemente satisfacción.

Es una satisfacción no monetaria —un ingreso no monetario, pero satisfacción al fin y esto es lo pone sobre la mesa a la libertad humana y lo que ella significa, la opción de hacer el bien, vía intercambios o donaciones de los recursos con los que cuenta la persona y que no son sólo materiales. Las personas tienen talentos, habilidades, tiempo y recursos —todos ellos son sujetos de intercambios, pero tambén de donaciones.


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