Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dentro de la Ley Electoral
Eduardo García Gaspar
18 septiembre 2007
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es común que en las grandes controversias sus aspectos menos importantes sean los que más atención reciban. El resultado es terrible: ignorar lo más importante y atender a lo menos conducirá inevitablemente a errores. Eso ha sucedido en México con la cuestión de las nuevas leyes electorales.

Lo que ha recibido más atención es la ahora prohibida compra de tiempos en medios para campañas electorales. Lo que he leído ve a esto como el corazón del problema: la queja de los medios lastimados por la anulación de un sustancial ingreso. Quizá sea por la habitual manera de pensar que nos lleva a entender todo como una lucha de poder económico.

La verdad es que hay más en este asunto. Más y mucho más importante, como la pérdida de la libertad del IFE, un factor crucial e indeseable especialmente después de las elecciones pasadas. Lo de los ingresos de los medios y el impuesto de uso de tiempos en medios, son para considerar, pero no son lo vital.

La libertad amenazada del IFE y la no intromisión en los asuntos internos de los partidos son aspectos de mayor consideración y que resultan curiosos: las leyes en México establecen que nadie puede entrometerse en los asuntos internos de sindicatos ni de partidos, pero que el gobierno sí puede entrar a regular la vida de las familias, diciéndoles dónde deben estudiar sus hijos, qué gasolina comprar, a qué hospital ir y quitándoles dinero para dárselo a quien no rinde cuentas de eso.

Destituir sin sustento a miembros del IFE es erróneo y establece un precedente de remoción que los partidos controlarían y nada deseable ahora cuando están en proceso investigaciones que podrían resultar en multas a partidos.

La imposibilidad de destituir a esos consejeros es lo que da credibilidad a las elecciones y el IFE no es un organismo de representación partidista, que es en lo que se convertirá. Además, será auditado por los legisladores.

Y hay otras cosas. Se prohibe la compra de publicidad en medios electrónicos y se sustituye con el uso de los tiempos oficiales en medios. Se reduce el tiempo de campañas y el presupuesto de ellas, pero no el subsidio para gastos de los partidos.

Se suspende la publicidad gubernamental durante las campañas. Hay nuevas reglas en el financiamiento a partidos, más ligado al tamaño del padrón electoral. Se prohibe que terceros hagan campañas por su cuenta y que exista publicidad denigrante (lo que sea que ello signifique).

Estas y otras reglas pretenden elevar la calidad del debate, de las elecciones y tener una democracia mejor. Pero ellas ignoran lo más básico: no puede legislarse el mundo perfecto e intentarlo conduce a más problemas más grandes. Todas esas reglas tienen un origen en la conducta de los partidos, fueron ellos quienes cometieron esas faltas pudiéndolas evitar.

Para mí, esto es lo vital y no lo de los medios y su pérdida de ingresos. Lo que esa nueva ley electoral pretende es corregir excesos cometidos que un partido piensa que cometieron sus opositores y no él.

Son intentos de corregir la conducta ajena, no la propia. Y en este deseo tonto de perfección se impide, por ejemplo, que los ciudadanos expresen, individual y colectivamente, sus preferencias y opiniones. Se viola la libertad de expresión. Los partidos son los únicos que pueden hacer campañas. Es ridículo.

En el fondo es la vieja equivocación, la de creer que a fuerza de leyes puede crearse una utopía, en este caso una utopía electoral. No se puede. Es imposible. Unas pocas reglas bastarían estableciendo que cada partido fuera independiente y que sobre todo se reconociera que incluso dentro de la mejor legislación, el papel central lo juegan las personas y sus intenciones.

Si las intenciones de los partidos no son decentes, la mejor de las legislaciones servirá de nada. Y la mejor legislación es una simple, sencilla y de escasas reglas que todos entienden, no la llena de reglas y detalles que pocos comprenden.

Esa mejor legislación, realmente sana, comenzaría por obligar a los partidos a ser auto suficientes en sus finanzas y a respetar el resto de las leyes, especialmente la de la libertad de expresión y la de la división de los poderes.

Preocuparse por el lío de los medios y sus ingresos es de una miopía grave. La reforma electoral tiene aspectos más graves y serios que alegra que comiencen a verse.

Post Scriptum

Tan poco acostumbrados estamos en México a las libertades que parece una afición masiva el inventar leyes y reglas que la regulen. Lo mejor que podría pasar, a la larga, es que cada partido obtuviera sus fondos y que con ellos comprara la publicidad que deseara, diciendo lo que se le antojara. Los ciudadanos somos listos y sacaremos nuestras conclusiones de lo que los partidos hagan.

Esa ley, tenga aciertos o desaciertos, es en sí misma un error: no podrá nunca crear elecciones perfectas.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información para el interesado en buscar explicaciones.





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