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Dictadores y su Pequeñez
Selección de ContraPeso.info
13 febrero 2007
Sección: GOBERNANTES, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Gregorio A. Caro Figueroa. Agradecemos a la Fundación Atlas 1853 el gentil permiso de reproducción.

La columna ha sido publicada por la Revista Todo es Historia, Buenos Aires, Argentina. Su tema, el del culto a la personalidad, invita a especular sobre el destino de Fidel Castro y el de Hugo Chávez.

Los dictadores y el culto a la personalidad

El reciente 30° aniversario de la muerte de Mao Tse-tung (1893-1976) no fue conmemorado con actos oficiales. El silencio y la frialdad de las autoridades chinas ocuparon el lugar antes reservado a ceremonias masivas e imponentes. Pese a sus delirantes sueños de inmortalidad, ahora sabemos que los dictadores también son mortales.

Estamos aprendiendo, además, que el culto a sus personas resulta casi tan efímero como sus vidas y que la adulación parece destinada a prolongarse sólo un trecho más allá de sus muertes.

“¿Stalin? De aquí a cincuenta años todos lo habrán olvidado”, aventuró Bertolt Brecht, quince años antes de la muerte del dictador soviético, a quien sus acólitos auguraban inmortalidad. Bretch cometió pecado de optimismo pues en 1956, sólo tres años después de su muerte, Stalin fue arrancado de los altares después del lapidario discurso de Nikita Kruschev en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en el que denunció las “monstruosas proporciones” que había alcanzado el culto de la personalidad detrás del cual se ocultaron millones de crímenes.

Stalin, explicó Kruschev, se valió de todos los métodos imaginables para “apoyar la glorificación de su persona”. Mencionó como uno de los ejemplos de esa “repugnante adulación” la Breve Biografía que el propio Stalin escribió y publicó en 1948 y de la que ordenó imprimir millones de ejemplares.

Aquel autorretrato mostró al dictador como “un sabio infalible, como el más grande dirigente y el más sublime estratega de todos los tiempos y de todos los países”.

La feroz crítica de Kruschev a Stalin no fue bien recibida por Mao Tse-tung, quien descubrió en esas palabras el primer paso que daba la dirigencia soviética en el “camino del revisionismo”, esto es, del alejamiento de la ortodoxia marxista-leninista.

Dos meses después del discurso de Kruschev, el embajador soviético en China conversó con Mao. Éste le advirtió que no estaba de acuerdo con los ataques a Stalin y señaló que “los méritos de Stalin los pone por encima de sus errores”.

Mao añadió que discrepaba con el método usado para cuestionar a Stalin y que también rechazaba las críticas de fondo pues, afirmó,  “la política y la línea fundamentales aplicadas durante el periodo en que Stalin estaba en el poder eran justas, y que no se debía tratar a un camarada como se trata a un enemigo”. Si Stalin cometió errores, ellos fueron secundarios y poco relevantes.

Al defender a Stalin, el dirigente chino estaba ensayando su propia defensa y estaba abriendo un paraguas capaz de protegerlo a él mismo de similares y futuras críticas. Mao debía defender a Stalin no sólo para alimentar la querella chino-soviética, sino también para justificarse y autoprotegerse.

Después de todo, como señala Walter Laqueur, “el endiosamiento de Mao llegó incluso más lejos que el de Stalin, sobre todo desde la Revolución Cultural” (1966-1974)

Fue durante esos años que la batalla contra “la camarilla reformista y burguesa” se cobró entre un millón y un millón y medio de muertos y en los que Mao mandó a imprimir 700 millones de ejemplares de su “Libro Rojo”, cuyas tapas blandían como armas sus jóvenes y fanáticos seguidores de la Guardia Roja.

También fue en aquellos años en que Lin Piao, señalado como sucesor de Mao, aseguró que éste “era inmortal”, afirmación que fue matizada por otros dirigentes chinos que, con más cautela, afirmaron que “Mao vivirá 10.000 años”.

La noticia y las fotos de Mao nadando en el Río Yangtse fueron presentadas como un acontecimiento histórico mundial y como una prueba de la robusta salud del Gran Timonel. La desmesura de la Revolución Cultural se alimentaba también de la inflamación del culto de la personalidad.

“El camarada Mao es el marxista más grande de todos los tiempos”, decían unos. “Mao es el genio más grande que hubiese vivido jamás”, doblaban la apuesta otros. Los chinos que leían los periódicos del partido desayunaban todos los días con frases de Mao que enseñaban a sus hijos.

Como los reyes taumaturgos de la Edad Media, Mao parecía dotado de poderes especiales no sólo porque era el mejor trabajador, el mejor deportista, el más talentoso poeta, el más genial estratega sino porque, con la lectura y aprendizaje de sus enseñanzas, los médicos podían curar enfermos, devolver la vista a los ciegos, el oído y el habla a los sordomudos y hasta “resucitar a los muertos”.

Mao no sólo no ignoraba aquel montaje y su tramoya, sino que la fomentaba. “El pueblo chino está acostumbrado a dirigir su mirada hacia su Emperador”, justificaba de idéntico modo que, sin importar el ateísmo ni hacer asco del “opio del pueblo”, Stalin fue proclamado por Zinoviev “Jefe por la gracia de Dios”.

Si Mao ocupó el lugar del Emperador, Stalin se sentó en el trono del Zar. El mismo Zinoviev explicó que Stalin era uno de esos raros líderes “que nacen una vez cada 500 años”. Dado que la originalidad no es atributo de dictadores, Francisco Franco acuñó monedas que lo consagraban como “Caudillo de España por la gracia de Dios”.

Bernard Shaw, uno de los intelectuales europeos hechizados por Stalin, se equivocó en esa admiración pero acertó cuando observó que “el arte del gobierno es la organización de la idolatría”.

Stalin, Mao, Hitler y, en menor medida, Mussolini, se entregaron a la organización y a la imposición de sus propias idolatrías. El culto a Stalin comenzó  en 1929 con los festejos de su 50 cumpleaños, siete años antes de los Procesos de Moscú para “purgar” a sus opositores cuyas críticas al régimen terminaron en el paredón de fusilamiento.

Inspirado en la moda faraónica, un año después de abierta la tumba de Tutankhamen Stalin construyó estatuas propias y de Lenin de cien metros de altura, y también el mausoleo de Lenin, a pesar de que éste había rechazado el culto de la personalidad y reafirmado que un hombre no podía colocarse por encima de las masas para hacerse adorar.

Aquel gesto fue también uno de los modos con los que Stalin comenzó a preparar su propia canonización y a buscar su lugar en el mausoleo de la Plaza Roja, donde esperaba seguir siendo venerado como Padre de los Pueblos.

Ciudades, calles, plazas, escuelas, puentes e instituciones fueron bautizados con el nombre de Stalin. La Constitución Soviética de 1936 se llamó Constitución de Stalin. El carácter internacional del comunismo permitió que el culto a su personalidad traspasara fronteras. Si, como bien advierte Laqueur, era explicable que los comunistas oficiaran ese culto, no lo era que intelectuales europeos pacifistas y humanistas hayan elevado loas a Stalin mientras éste organizaba el mayor exterminio de seres humanos, disputando a Hitler tan macabra primacía.

Es insatisfactorio explicar esta sed de perpetuación por la mera megalomanía de los dictadores. También lo es decir que se trata de una necesidad social. Para ellos, el ejercicio del poder en la tierra no es más que una escala intermedia hacia una inmortalidad que debe prolongar y perpetuar su poder, más allá de la muerte, a través del eterno culto a sus personas.

El poder sin gloria imperecedera no es poder, al menos no es poder total como el que apetecen dictadores y mandones. Se tiene y retiene el poder para apoderarse de la gloria y monopolizarla más allá de la vida.

Los dictadores encuentran tiempo para construir sus propios pedestales, tallar sus estatuas y cincelar sus biografías con la misma energía y convicción con la que creen que modelan la historia. Son iconoclastas para hacer adorar a sus propias imágenes; derogan viejos cultos para instaurar el culto a sí mismos. La adulación en vida debe prolongarse en una devoción que sigue a la muerte, la atenúa, la desafía y también intenta negarla.

Ese culto es un privilegio exclusivo del poder, y no el menor. La inmortalidad del Gran Hombre no es un mero deseo o una metáfora sino una posibilidad cierta y realizable. El culto a la personalidad de los dictadores se apropia del culto religioso y lo suprime, pero antes lo plagia, luego lo amplifica y lo impone como único, provocando una “transferencia de pasiones”. Se apoderan del antiguo profetismo para fundar la “religión secular”, en reemplazo de las otras.

En pocos años, en menos de los cincuenta calculados por Bernard Shaw, la imagen de los dictadores se ve sometida a la inexorable transición que va desde el culto a la personalidad, al panteón del olvido o del recuerdo no-grato. Quizás sin la demolición que hizo Kruschev de la estatua de Stalin, su culto se hubiera prolongado. Si ello no hubiera ocurrido, es seguro que esa devoción se hubiera diluido en ese olvido pasivo al que hoy parece condenado.

¿Qué son los grandes hombres? Preguntaba Carlyle al final de El culto de los héroes. Son esbozos, diseños rudos, sin labrar. “Pero ¿acaso son otra cosa los grandes hombres?” Sometidos a la memoria crítica y a la erosión del tiempo, esos dictadores resultan algo más que “diseños rudos, sin labrar”. Aunque se hayan empeñado en presentarse como hombres providenciales, hombres del destino o superhombres, terminan siendo una mezcla inhumana de pequeñez, de sordidez, de grotesco y de criminalidad.


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