Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Futuro es Predecible
Eduardo García Gaspar
8 enero 2007
Sección: EFECTOS NO INTENCIONALES, Sección: Una Segunda Opinión
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La realidad es que no, el futuro no es predecible. Lo que sí lo es es eso que sucede cuando se hace algo cuyas consecuencias son conocidas. Un ejemplo: usted no sabe si su vecino se tirará del piso 20 de un edificio, eso es imposible de prever; pero lo que sí se sabe con gran certidumbre es lo que le sucederá a su vecino en caso de hacer eso.

Un caso claro en meses pasados eran las acciones de la APPO en Oaxaca. Sus organizadores reclamaba estar representando a los oaxaqueños, defendiendo sus intereses. Eso decían, pero sus acciones, que no eran posibles de prever con anticipación, sí tenían consecuencias conocidas: iban a causar daño a la economía de ese estado y por eso a los ciudadanos.

La confirmación se dio hace unos días, cuando Grupo Imagen reportó que

“Oaxaca fue la única entidad del País que perdió empleos formales durante 2006, según estadísticas de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social. Este año fue el mejor en materia laboral en la Administración de Vicente Fox para todas las entidades, con excepción de Oaxaca que hasta noviembre pasado había perdido 2 mil 122 plazas formales, los empleos con mayor calidad ya que cuentan con seguridad social y contrato indefinido. Estos resultados contrastan con las 66 mil plazas generadas en el Distrito Federal, las 53 mil en Jalisco o las 49 mil en Nuevo León”.

No había que ser Merlín, ni tener una esfera de cristal para predecir esa pérdida de empleos. Lo único que no podíamos saber era cuántos exactamente. Resultaron más de 2 mil empleos formales perdidos.

Tome usted otro caso, el de las pensiones universales a los adultos mayores de 70 años que se está implantando en México. Un diputado ha dicho que es un acto de justicia social, lo que es muy bonito de decir cuando el dinero que se usa no es el de él.

¿Qué sucederá al tener esas pensiones a adultos mayores? No sabemos la cuantía exacta de los efectos, pero es realmente sencillo predecir una pérdida en el estímulo para ahorrar para el retiro personal. Si tengo ahora, digamos, 40 años y sé que existe esa pensión, tendré menos apremio para ahorrar ahora. ¿Cuánto estímulo se perderá? Imposible de decir, pero sí sabemos que se perderá en alguna cantidad.

Otra cosa también: podemos predecir que se perderá en parte el sentido de cooperación familiar de hijos a padres. Si yo tengo 30 años y sé que mis padres recibirán una pensión por vejez por parte del gobierno, mi interés en ayudarles se reducirá. ¿Cuánto? Tampoco lo sabemos, pero sí sabemos que existirá esa pérdida.

La idea de fondo en este asunto es de nuevo la prudencia de los gobernantes, es decir, su capacidad para evitar efectos colaterales negativos en sus acciones. Obviamente es un terreno en el que predominan las visiones de corto plazo: sabemos que esos subsidios producirán popularidad al gobierno y los partidos, aunque a la larga dañen al país por sus efectos económicos y sociales. P

ara combatir la pobreza existen otras formas mejores, como el facilitar a la acción económica en mercados libres, lo que no es ningún secreto.

También sabemos que esos programas de ayuda presionan los presupuestos de gobierno y si acaso algún día quisieran ser retirados, podemos anticipar una oposición grande por parte de los beneficiados. En lo general, los programas de asistenciales deben ser temporales y muy focalizados a casos identificados de pobreza extrema.

Pero los argumentos económicos no son los realmente importantes, ni tampoco las cuestiones de efectos indeseables. El real problema es uno de derechos humanos: la realización de esos programas requiere que el gobierno use la coerción para obtener los fondos necesarios, es decir, la autoridad confisca propiedades personales de los ciudadanos. Aunque el fin fuese bueno, eso no es de justicia, lo que en este caso empeora porque los medios son defectuosos.

Es decir, esas pensiones son en realidad actos de caridad por la fuerza, realizados por el gobierno con dinero que confisca a sus propietarios para emplear en programas que más buscan la popularidad política y que, se sabe, tienen efectos colaterales indeseables. Es, insisto, una muestra grave del defecto actual de nuestros gobernantes, la falta de la cualidad que más necesitan, la prudencia.


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