Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Viejo Truco de los Huevos y la Canasta
Eduardo García Gaspar
13 julio 2007
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Análisis
Catalogado en:


Dos opciones y los efectos de una

Una sociedad tiene dos opciones de gobierno. La del Equilibrio del Poder, es decir, de poderes gubernamentales balanceados, mercados libres y libertades culturales. Y la del desequilibrio de esos poderes producida por la intervención estatal en la sociedad.

¿Qué efectos tiene ese desequilibrio de poder gubernamental? Algunos son muy obvios. Otros hay que buscarlos bajo la superficie.

Sin duda, una sociedad con poderes gubernamentales desequilibrados crea desigualdad entre los ciudadanos, pues es natural que quienes toman las decisiones sean más importantes que quienes no las toman y que, por tanto, en la realidad cotidiana reciban un tratamiento de mayor preferencia.

También, una sociedad con un gobierno de poder desequilibrado desperdicia talento de los ciudadanos, ya que sólo quienes están en el poder toman las decisiones de la sociedad, lo que significa que el resto de los ciudadanos dejará de aportar sus habilidades y conocimientos.

Sin embargo, a pesar de todos esos graves defectos, hay algo que atrae hacia los gobiernos grandes, todopoderosos e intervencionistas y algo que repele la noción del Equilibrio del Poder. Quizá sea la belleza simplista del gobierno grande, a la que estamos tan acostumbrados, o simplemente la pereza intelectual de buscar otras explicaciones más satisfactorias, o tal vez la falta de elegancia que se da en los regímenes democráticos.

Vulgaridad democrática y elegancia totalitaria

La verdad es que esos gobernantes democráticos, de poderes limitados, no son las elites aristocráticas, ni centralistas; no tienen esa aura de sabiduría, son fácilmente vistos como vulgares, ciudadanos comunes que poco adornan al gobierno y que son como cualquier otro (Tocqueville, Alexis de, La Democracia en América, tomo I, Aguilar, 1988, p.198).

Quizá parte del temor al Equilibrio del Poder tenga como fuente esa paradoja de otorgar el poder político, si bien reducido y temporal, a un puñado de hombres comunes y hasta groseros y vulgares, a quienes debe respetarse y obedecerse de momento, pero que pueden ser corruptos e inmorales.

No causa sorpresa que la visión de un gobierno de poder limitado haga cuestionar al ciudadano las razones por las que ese gobernante que no es mejor que él deba ser obedecido. Tampoco sorprende que en mentalidades intelectuales surja la intensa duda sobre las supuestas ventajas de poner a la autoridad política en manos de seres comunes. Son ésas apariencias y primeras impresiones que no tienen cabida en mentes analíticas que desean ir al fondo de las cosas. Sería un error sucumbir a esto que es sólo un espejismo.

En la superficie de las cosas, será algo normal para muchos que un gobierno esté formado por las mejores personas de la sociedad, esa elite selecta, real o supuesta, de los más capaces. Quien así piensa, con miopía descartará la posibilidad democrática, pues ésta puede hacer gobernante a cualquiera.

Repito que es un error poner toda nuestra atención en la selección de los gobernantes, pues ello nos hace poner de lado la clave del asunto, que es el cómo se gobierna (Popper, Karl R., The Open Society and its Enemies, 1 Plato, Princeton University Press, 1966, pp. 120-125).

Al ignorar el cómo del gobierno se expone a la sociedad entera a sufrir la inestabilidad y la volubilidad de la elite gobernante. Quizá fue hace muchos siglos que se trató este problema al mencionar que un cuerpo numeroso es más inmune a la corrupción, pues como el agua cuando es mucha, también la multitud está menos sujeta a corrupción que la minoría; la intervención de una gran cantidad de individuos en los asuntos políticos actúa como una especie de seguro (Aristóteles, Política, Editorial Porrúa, Colección Sepan Cuantos, Número 70, 1994, pp. 216-217).

Podemos concluir que es de simple sentido común que ninguna sociedad puede darse el lujo de apostar su bienestar, como en las utopías, a las siempre buenas intenciones y a las siempre acertadas decisiones de unos pocos hombres que por selectos que sean no están exentos de defectos, pasiones y errores.

Existe mucho mayor estabilidad en una sociedad de gobierno institucionalizado con poderes equilibrados, que en una sociedad de gobierno de poder desequilibrado que siempre es personalista. Quizá sea éste el mayor de todos los defectos de un gobierno intervencionista y desequilibrado, el origen del resto de sus vicios y males.

Esa terrible costumbre de dividir

Pero sigamos ahora con otro defecto, por diseño, de los gobiernos de poderes desequilibrados, los que ven a la sociedad como dividida en grupos que revelan diferencias problemáticas que desean corregir.

Es fácil ver en los gobernantes con poderes desequilibrados una pasión hacia todo lo que signifique formar grupos de personas de acuerdo a algún criterio que marque diferencias entre ellos. En esa apasionada creencia justifican su existencia y su misión, ya que de no haber grupos diferentes, no tendrían esos gobiernos razón de vivir.

Es lógico que la adopción de una clasificación de grupos de ciudadanos requiere, se quiera o no, de un criterio de clasificación, el que sea.

Todos hemos leído de gobiernos que han clasificado a los ciudadanos en categorías de ricos y pobres, arios y otros, indígenas y resto, blancos y negros, norte y sur, empresarios y obreros, explotadores y explotados, campesinos y resto, pueblo y aristocracia, burgueses y revolucionarios, capitalistas y trabajadores, y otras más.

En esas sociedades existe, además de esos grupos contrarios, otro, el gobierno mismo que se considera como un algo aparte dentro de esa sociedad. Entonces, esa mentalidad concibe grupos en conflicto natural que sólo puede remediar otro grupo, que es el gobierno y el que toma partido por uno de los dos grupos antagónicos. El efecto neto es crear división dentro de la sociedad, usando las imágenes simplistas del villano, la víctima y el héroe que entra al rescate, lo que va a exigir condiciones especiales para el héroe, el merecedor de poderes adicionales y mayores para lograr su misión redentora.

Los sistemas de poder desequilibrado, por tanto, introducen elementos de división interna dentro del país cuando crean grupos destinados a remarcar contrastes entre los ciudadanos y difunden la existencia de esos sectores promocionando sus diferencias.

Desde luego, la división interna de la sociedad ataca de raíz el sentimiento de pertenencia del individuo a la sociedad y corroe la colaboración y cooperación entre los ciudadanos que se verán entre sí con recelo y temor. Con poco sentido de unión y confianza entre los ciudadanos habrá debilidad (Fukuyama, Francis, Trust, the social virtues and the creation of prosperity, 1996, Free Press Paperback, chapter 4 Scale and trust, chapter 5, Languages of good and evil, pp. 23-41) y en esa nación la consecución del bienestar general será obstaculizada sistemáticamente (Fajardo Diego, Las Empresas, mencionado en Luis Nueda, Mil libros, Aguilar, Madrid, 1980, edición revisada y aumentada por Antonio Espina).

Debe añadirse que es peligro muy grave el creer que una cierta clasificación de ciudadanos en grupos irreconciliables puede explicar el funcionamiento de una sociedad.

Quien así piensa, cae en el error de contemplar a la sociedad como un escenario de luchas entre intereses incompatibles y adversos. Sin quererlo, por tanto, el gobierno de poderes desequilibrados es un impulsor infatigable de la división interna y de los conflictos en su población . Cuando se presupone que el bienestar de unos es la causa del mal estar de otros, se termina fomentando sin remedio un odio destructivo, pues el beneficio de un sector se entenderá como el perjuicio de otro. Aunque falsas, estas ideas del gobierno de poder desequilibrado son simples y contagiosas, cualquiera las puede memorizar y repetir.

Y ahora en una panadería

Vayamos a otro terreno e imaginemos que el que esto escribe ha abierto una panadería. Si vivo dentro de un régimen de Equilibrio del Poder, voy a poder atraer clientes vendiendo pan de alta calidad para mis clientes a los precios más bajos posibles.

La causa de mi beneficio es el beneficio de mis clientes. Obviamente podría ganar más si pudiera prohibir a los demás su derecho a abrir una panadería y si pudiera robar las recetas secretas de algún competidor exitoso. Pero bajo un esquema de leyes respetuoso de los derechos de los demás, esas actividades están prohibidas y son castigadas; por tanto, tengo un incentivo fuerte para no realizarlas.

Bajo estas condiciones mi panadería solamente puede tener éxito si respeto las leyes y si doy el mejor pan posible al consumidor; no tengo otras alternativas de acción que ésas.

Mi deseo de felicidad personal, por otro lado, me puede llevar no solamente a ampliar mi casa, sino también a adquirir prendas de vestir, comestibles, libros, insumos para la panadería, inversiones y demás. En cada uno de estos actos produje un aumento de bienestar a otros. Ninguno de estos intercambios que realicé ha producido un daño y en todos el motor fue la búsqueda del bienestar mío, no del ajeno.

El aumento de felicidad mío al comprar, por ejemplo, un disco, sólo es posible si pongo mi panadería al mejor servicio de los demás, cuya preferencia es la que me lleva a elevar mi felicidad. Es decir, mi felicidad está íntimamente ligada a mis contribuciones a la felicidad de los demás.

Veamos ahora algunas de las situaciones que se dan en el fondo de esa panadería que poseo. Dentro de la sociedad, mi libertad de comprar y trabajar una panadería es ejercida dentro de un marco en el que existen pesos y contrapesos, limitaciones y normas. Los extremos de esa libertad son limitados por las leyes y el código ético.

Por tanto, el egoísmo abstracto del máximo beneficio personal que carece de consideraciones por los demás no tiene una correspondiente conducta real individual. Yo y el resto de los ciudadanos estamos rodeados de limitaciones a nuestra conducta: los mandamientos de las iglesias, los deberes hacia la familia, la obediencia a las leyes, los valores de la sociedad, las costumbres de las comunidades y otros factores que actúan como frenos.

Es decir, la libertad absoluta abstracta se convierte siempre en una libertad concretada a situaciones específicas y moderada por normas, valores, leyes y costumbres.

Esa conducta específica y limitada toma la forma general de intercambios. Por definición, nadie sale lastimado en esos intercambios porque son voluntarios. Nadie en su sano juicio realizaría un intercambio si después de él termina en una situación peor que la que se encontraba antes del intercambio. Esos intercambios entre los ciudadanos buscan el aumento del bienestar individual. Cada individuo en cada intercambio persigue mejorar su posición personal (Skousen, M. Y Taylor, K.C., Puzzles and Paradoxes in Economics, Edward Elgar Publishing, 1997, p.193). Cuantos más intercambios se realicen más felicidad habrá.

Intercambios libres y otras acciones voluntarias

La clave está en la cualidad voluntaria del acto, que es la que hace que ambas partes se beneficien al mismo tiempo. Ninguna de las partes busca necesariamente el beneficio de la otra, pero termina lográndolo sin quererlo, al mismo tiempo que alcanza el beneficio propio. Es obvio que en una situación así, los ciudadanos estarán interesados en realizar el mayor número de intercambios posibles, ya que con cada uno se elevará su felicidad personal.

Y la única manera posible de realizar intercambios es hacerlos atractivos a otros. Es así que al buscar mi propio bien personal, y ser voluntarios los intercambios, me veo forzado sin darme mucha cuenta de ello, a hacer depender mi felicidad de las contribuciones que hago a la felicidad de los otros (Smith Adam, Wealth of Nations, Oxford University Press,1993, p. 22). Esta es una relación en la que todos ganan.

Pero no siempre se realizan intercambios de bienes, propiedades y trabajos. Es frecuente la realización de actos de donación, cuando un ciudadano da algo que es de su propiedad a alguien y nada exige a cambio.

Es el caso de los regalos por motivos de cumpleaños, de la caridad dada al mendigo en la calle, del donativo a la institución de caridad, del patrocinio de un hospital o de una institución educativa. Desde luego, la caridad no está limitada a algún tipo de limosna, pues ella puede incluir la dedicación de tiempo personal a visitas a enfermos e incluso la consagración de la vida a alguna causa.

Es la idea de la caridad entendida como amor en el sentido Cristiano y que se refiere a nuestra relación con los demás, al tratarnos como si nos amáramos, por tanto, no debe tenerse una visión limitada de la caridad a aspectos económicos (Lewis C.S., Mere Christianity, Collier Books, MacMillan Publishing Company, 1952, Book III Christian Behaviour, I, The three parts of morality, pp 55-59.).

Ningún hombre tiene derecho a exigir de otro el sacrificio personal (Uyl Den, J. Douglas y Douglas B. Rasmunssen , Capitalism, en The Philosophic Thought of Ayn Rand, University of Illinois Press, 1984, p. 188. Rand Ayn, et al ., The Voice of Reason: essays in objectivist thought, Nal Books, 1988, pp. 40 y 4).

Pero sí hay cabida al sacrificio voluntario, lo que es el terreno de la convicción personal. Nadie puede demandar de otros ayuda como por derecho y sería moralmente inválido el sacrificio de uno por el bienestar de otro, cuando este sacrificio se hace obligatorio por parte del beneficiado o de un tercero.

El problema radica en la obligatoriedad de la caridad y no en la caridad en sí misma, pues cuando a la caridad se le considera como un derecho de unos sobre otros, se rompe el principio de Equilibrio del Poder y se afecta negativamente al bien común, el bienestar social y las felicidades personales de los ciudadanos.

¿A quién gustaría vivir en una sociedad en la que sea legítimo que algunas personas puedan entrar a las casas y exigir comida so pena de ser castigados con penas corporales en caso de no dar el alimento? La caridad obligatoria, desde luego, deja de ser caridad, pero además sólo puede darse donde el poder está desequilibrado y alguien tiene el poder suficiente para afectar posesiones sin autorización del propietario.

El talento tirado a la basura

Otro de los varios efectos de la concentración del poder es el desaprovechamiento del talento y las habilidades de los ciudadanos.

Veamos una sociedad con Equilibrio de Poder y entenderemos que en ella enfrentamos una gran cantidad de decisiones a tomar, pues con excepción de unas pocas reglas que llaman al respeto de los derechos de los demás, todo nos está permitido sin que intervenga el gobierno. En cada una de esas decisiones nos veremos obligados a usar nuestra inteligencia y nuestros talentos.

En cambio, al vivir nosotros en una sociedad con un gobierno de poderes desequilibrados, encontraremos que no necesitamos tanto de nuestros talentos, pues muchas decisiones han sido tomadas ya por ese gobierno y nosotros debemos limitarnos a obedecerlas.

La implantación de medidas de planeación central implica por definición que no han sido consideradas necesarias las contribuciones de juicio y elección por parte de los ciudadanos; esas decisiones ya han sido tomadas por la elite gubernamental y van a ser impuestas sobre la sociedad.

Si al ser los humanos falibles e imperfectos su éxito depende de su habilidad para aumentar su conocimiento, entonces ese gobierno ha renunciado al beneficio del conocimiento que tienen sus ciudadanos (Uyl Den, J. Douglas y Douglas B. Rasmunssen, Capitalism, en The Philosophic Thought of Ayn Rand, University of Illinois Press, 1984, p. 166).

Dentro de un sistema de poder desequilibrado, el ciudadano es menos libre, puede realizar menos actos. Por tanto tomará menos decisiones, lo que significa que utilizará menos su talento, su capacidad. El resultado de las limitaciones a la libertad es una menor cantidad de talento en uso (Lane, Rose W., The Discovery of Freedom, Laissez Faire Books, 1984, p. 225).

Y de aquí podemos obtener una conclusión que es contundente.

Cuando un gobierno impide la entrada de particulares, por ejemplo, en las tareas educativas y crea sus propios y únicos programas de educación, deja la población entera de beneficiarse de las ideas que otros podrían tener y que pudieran ser mejores que los programas educativos del gobierno que son de una sola talla para todos (Richman, Seldon, Separating School & State, The Future of Freedom Foundation, 1995, p. 29).

Igualmente, cuando los ingresos de los obreros dependen de movimientos en los salarios mínimos fijados por la ley, los sindicatos dejan de preocuparse por encontrar otras maneras de elevar los salarios de sus agremiados para dedicar su talento a influir en las tareas de los legisladores.

A mayor intervención gubernamental menor uso de las capacidades de los ciudadanos para producir satisfactores, es decir, menor bien común.

Los números del asunto

Quizá el siguiente ejemplo ayude a explicar con mayor claridad esto. Supongamos dos países iguales en todo, excepto en el tipo de gobierno que tienen.

En ambos países los habitantes tienen la misma capacidad, la que medida en hipotéticas calificaciones de talento, es de 9 puntos en promedio para cada habitante de las dos naciones, es decir, una cantidad total de talento igual a noventa millones de unidades cada uno de los países, pues en cada país hay diez millones de personas.

De acuerdo con esto, los dos países debían progresar a ritmos iguales.

Pero en el país A existe un gobierno de poder desequilibrado y en el país B existe un gobierno de poder equilibrado que deja actuar con un mínimo de regulaciones.

En el caso del país B, con un gobierno limitado, sus regulaciones hacen que el ciudadano no pueda tomar el 20% de las decisiones que pudiera bajo un sistema de libertad sin limitaciones innecesarias, mientras que en el país A, con un gobierno de poder desequilibrado ese porcentaje es del 40%.

El resultado neto de lo anterior es que el país con un gobierno que permite libertad de acción contará con 72 millones de unidades de talento (el 80% de 90 millones). Por su parte, el país con poder desequilibrado contará con 54 millones de unidades de talento (el 60% de 90 millones).

Es obvio que el país B progresará con mayor rapidez que el A, simplemente por contar con mayor talento libre y en uso, 72 millones contra 54.

O bien, supongamos otro caso en el que existen mil personas excepcionalmente preparadas que son las encargadas de planear centralmente un país y cien mil ciudadanos medianamente inteligentes.

Si los expertos del gobierno tienen en promedio una calificación de diez para su talento y los ciudadanos una calificación promedio de cinco, la mitad, tendríamos aún así más talento en la población, pues habría diez mil unidades de talento en el gobierno y quinientas mil en la sociedad (Mill, John Stuart, Principles of Political Economy, Penguin Classics, 1970, p. 311).

La diferencia es abrumadora (Sowell, Thomas, A Conflict of Visions, William Morrow, 1987, p. 17).

Con o sin esos ejemplos, es de simple sentido común concluir que un gobierno de poder desequilibrado pone frenos a las iniciativas del ciudadano y que eso impide el aprovechamiento de las ideas y contribuciones de ellos.

Con menores ideas, con menor tiempo de trabajo, con menor posibilidad de iniciativas, es natural que exista menos bienestar general del posible cuando gobierna un gobierno así. Es un simple y llano desaprovechamiento del talento y de las capacidades de millones de personas, por lo que resulta posible la predicción de que a la larga al menos el gobierno de poder desequilibrado enfrentará problemas insolubles que le llevarán al fracaso pues sus ciudadanos habrán creado el hábito de no tomar iniciativas y de esperarán la solución de sus problemas sólo de la fuente gubernamental.

Las probabilidades de fracaso

Voy a cambiar de terreno para dar una prueba de otros de los efectos colaterales negativos de un gobierno que actúa con poderes desequilibrados.

Empecemos con un poco de teoría: supongamos que tenemos un dado de seis caras, numeradas del uno al seis y en el que todos los números tienen igual oportunidad de salir, por lo que la probabilidad, expresada en números, de que salga una de las seis caras, es de un sexto.

El mismo razonamiento puede aplicarse a las probabilidades de sacar un as de una baraja: ya que hay 52 cartas y cuatro ases en ellas, la probabilidad es de 4/52 (Blalock Jr. H.M., Social Statistics, MacGraw Hill, New York, 1960, p. 102 y siguientes).

Sabemos que es posible conocer las probabilidades de dos números iguales consecutivos: la probabilidad de dos cuatros en dos tiradas continuas de un dado es un sexto multiplicado por un sexto, 1/36, lo que significa que hay una probabilidad de que una en cada 36 tiradas dobles sea de dos cuatros consecutivos.

Ahora, con lo anterior en mente, vayamos al caso de un gobierno de poder desequilibrado que ha declarado de interés nacional la actividad de extracción de petróleo, por lo que en ese país existe un monopolio de petróleo propiedad del gobierno; y comparemos eso con el caso de otro país con un gobierno limitado que permite la explotación del petróleo por los ciudadanos.

Pensemos ahora en la capacidad de las personas que tienen a su cargo las grandes decisiones de esas empresas petroleras en los dos países y aceptemos que son personas muy capaces en los dos casos. Por inteligentes que sean, sin embargo, siempre correrán el riesgo de equivocarse, por ejemplo, de cada cien decisiones importantes que esas personas toman, tienen un riesgo de error de cinco decisiones equivocadas.

Esto equivale a una probabilidad de error del cinco por ciento: de cada cien decisiones, se esperará que sean equivocadas cinco de ellas y las noventa y cinco restantes serán decisiones acertadas.

Dentro del monopolio estatal petrolero del país con el gobierno interventor de nuestro ejemplo, la probabilidad de que su cuadro directivo tome una decisión equivocada es del 5%. Exactamente la misma proporción de error que tendrán los ejecutivos de las varias empresas petroleras independientes del país con un gobierno limitado.

¿Es la industria petrolera de ambos países manejada con el mismo nivel de certidumbre? No, absolutamente no. El monopolio estatal controla toda la producción petrolera del país en cuestión, lo que significa que ese cinco por ciento de probabilidad de una decisión mala es aplicable a toda la industria petrolera de esa nación.

Pero en el caso del país que tienen varias empresas petroleras, cada una de ellas actúa de manera independiente, por lo que todas ellas tienen que equivocarse en su decisión para que se afecte a toda la industria del petróleo.

Este sencillo hecho de tener empresas independientes es lo que hace cambiar absolutamente las probabilidades de éxito o fracaso de la industria petrolera en total de cada uno de los dos países.

Si sólo existen dos empresas de petróleo dentro del país con el gobierno limitado, la probabilidad de que ambas se equivoquen es 5% x 5%= 0.25%, un cuarto de un uno por ciento. Esta reducción de riesgos es un efecto producido por la mera existencia de más de una empresa actuando de manera independiente una de otra.

En cambio, el país con una empresa petrolera el porcentaje de error sigue siendo el mismo, de 5%, que es veinte veces superior al del país con dos empresas petroleras independientes.

Para los que son curiosos, en la realidad sucede algo más complicado. Dentro del país con monopolio estatal petrolero, las probabilidades se mantienen, 5% de errores y 95% de aciertos. Pero dentro del país que tiene dos empresas privadas de petróleo, las cosas que pueden suceder son las siguientes.

Primero, las dos empresas aciertan en sus decisiones, lo que sucederá el 90.25% de las veces, que es el producto de multiplicar 95% x 95%. Segundo, las dos empresas se equivocan, lo que sucederá, como se dijo, el 0.25% de la veces. Tercero, el resto de las probabilidades, para sumar cien por ciento, es de 9.5% y corresponde a las veces en las que una empresa se equivoca y la otra acierta.

Las cosas tardan en verse

Es necesario anotar también que una decisión equivocada, o una medida mal aplicada no tiene una manifestación inmediata y claramente notoria. Los detalles de todos los días las oscurecen y no las dejen ver sino hasta después que haber pasado tiempo.

Incluso, hay decisiones que pueden aparecer como buenas al principio y que no lo son al cabo del tiempo, o que podrían haber sido notablemente mejores. Los grandes fracasos, como los grandes éxitos, están rodeados de una multitud de detalles técnicos, burocráticos y administrativos que los hacen difíciles de percibir de inmediato.

Un fracaso dentro de un monopolio, no significa que esa empresa se declarará en quiebra al día siguiente, pero sí quiere decir que puede estar operando bajo condiciones que no son todo lo favorables que pudieran haber sido. Esas condiciones desfavorables alterarán la calidad de sus productos, sus precios, sus tiempos de entrega, su manejo de efectivo, su estructura financiera, las prestaciones y los sueldos de sus empleados y otros similares.

Todo eso afectará negativamente el bienestar general de la sociedad, como se ha visto con claridad en los casos de fondos para jubilaciones que varios años después han acabado por agotarse a causa de la imprevisión de gobernantes.

Desde luego, esa misma situación podría darse dentro de una empresa privada en competencia con otras, pero la empresa independiente no tiene a su alcance los recursos oficiales que tendría el monopolio estatal y que pueden hacer que éste opere bajo condiciones artificiales debido a la ayuda que el mismo gobierno le da para financiar su operación con cargo al erario público.

Y cabe recordar que para el gobernante que siente poseer la verdad, esa situación de fracaso de alguna empresa gubernamental va a ser difícilmente aceptada, tal vez ni creída siquiera, y él hará lo que sea con tal de mantenerla.

De regreso a las probabilidades

Sigamos con estas consideraciones y pensemos en tres probabilidades de decisiones de empresas, sean o no monopolios. Supongamos que la decisión con aciertos muy notables es del 5%. La decisión con errores graves es de 5% también. El resto de las probabilidades es de 90%, para sumar cien todas, y corresponde a decisiones ni muy buenas ni muy malas. Veamos lo que sucede con estos números.

Si hay una empresa monopólica, sea o no gubernamental, la probabilidad de error es de 5%. Si existieran dos empresas, la probabilidad de error de ambas es de 0.25%. Si fueran tres empresas, la probabilidad de error de las tres sería de 0.0125%.

Concluimos viendo que las probabilidades de errores conjuntos bajan conforme aumenta el número de empresas. Lo mismo exactamente sucede con las probabilidades de acierto. Si existiera sólo una empresa, su probabilidad de muy buenas decisiones sería de 5%, si existieran dos las probabilidades serían de 0.25% y con tres esas probabilidades serían de 0.0125%. Las probabilidades de muy buenas decisiones para todas las empresas bajan también conforme aumenta el número de empresas.

Para las decisiones intermedias, ni muy buenas ni muy malas existe el mismo comportamiento.

Si existiera una sola empresa, la probabilidad de decisiones intermedias sería de 90%. Si hubiera dos empresas, la probabilidad conjunta de este tipo de decisiones sería de 81%. Con tres empresas, la probabilidad conjunta de estas decisiones intermedias sería de 72.9%. Con cuatro empresas, sería de 65.61%.

Sucede lo mismo, pues las probabilidades de que todas las empresas tomen las mismas decisiones ni muy buenas ni muy malas baja conforme aumenta el número de empresas.

Dicho de otra manera, las probabilidades de que todas las empresas tomen decisiones de la misma naturaleza siempre bajan conforme aumenta su número.

Pero sabemos que la suma de todas las probabilidades debe sumar cien. Si todas bajan al elevarse la cantidad de empresas, ¿cuáles son las probabilidades que se elevan para sumar cien todas las posibles situaciones? La respuesta es clave para entender a una sociedad con Equilibrio de Poder: se eleva la combinación de todas las probabilidades restantes, es decir, esas ocasiones en las que unas empresas toman decisiones muy buenas, otras toman decisiones muy malas y otras toman decisiones intermedias.

Aunque el cálculo de esas probabilidades puede ser complicado, es fácil obtenerlo al sumar las anteriores y restarlas de cien.

Por ejemplo, el caso de sólo tres empresas: la probabilidad de que todas tomen decisiones muy malas es de 0.0125%. La probabilidad de que todas tomen decisiones muy buenas también es de 0.0125%. Y la probabilidad de que todas tomen decisiones intermedias es de 72.9%. La suma de todas esas probabilidades es de 72.925%. Es decir, la probabilidad de decisiones combinadas o mezcladas, de todos los tipos, es de 27.075%, que es la cifra que falta para que todo sume cien por ciento.

Si se ponen en gráficas esos cuatro porcentajes, veremos que todos se reducen conforme aumenta el número de empresas. Todos excepto uno de ellos, el de las probabilidades combinadas, cuando unos tienen grandes aciertos, otros grandes errores y los demás toman decisiones intermedias: una situación de aparente desorden con fracasos, al mismo tiempo que éxitos, donde unas empresas crecen, otras desaparecen, algunas se mantienen.

El Equilibrio del Poder presenta, pues, una paradoja que es importante tratar. En apariencia el equilibrio presenta un panorama de desorden, en el que hay continuas iniciativas, sin coordinación entre sí, unas fracasadas y otras exitosas. Sin embargo en realidad, por debajo de esa superficie de grande actividad y aparente desorden, el Equilibrio del Poder otorga estabilidad y protección a la sociedad contra fracasos grandes y ruinosos.

Es decir, la situación que presenta el sistema del Equilibrio del Poder es en el fondo más estable a pesar que su apariencia diga lo contrario: van a verse con facilidad los números de la gráfica que se eleva, pero no se verán los números de las gráficas que se reducen.

Si mi panadería cierra sus puertas porque tomé malas decisiones de negocios, hay otras más que la sustituyen con pocos inconvenientes para el resto de los ciudadanos. Si quiebra un restaurante, hay otros a donde ir. Y esto mismo también sucederá donde existan varios proveedores de petróleo, de electricidad, de correo.

Donde exista multiplicidad de acción económica y no donde todos tengan que seguir un solo plan central de la economía, allí habrá, gracias al Equilibrio del Poder, más estabilidad y, por tanto, mayor bienestar.

El otro tipo de intervención

La intervención del gobierno en la vida social no toma sólo la forma de empresas de propiedad estatal, pues también surge por el camino de lo que hemos conocido como planeación de la economía o dirigismo estatal: sin necesidad de ser propietario de empresa alguna, el gobierno pueden emitir tal cantidad de leyes y regulaciones que las decisiones de las empresas privadas carezcan de autonomía y se tornen de hecho en una empresa gubernamental.

Es fácil entender que la planificación central de la economía significa en la realidad práctica el retiro del poder independiente de decisión de cada individuo y empresa para concentrarlo en el gobierno.

Puede llegar a haber poca diferencia real entre un monopolio y una serie de empresas que son obligadas a seguir todas los mismos lineamientos, lo que provoca que los riesgos de una decisión errónea aumenten al igual que en el caso de un monopolio. Ese poder independiente de decisión, que es el centro del mecanismo de autoprotección pública contra malas decisiones, se pierde cuando la economía o la vida social son planificadas centralmente.

No nada más son estos principios aplicables a asuntos económicos, también lo son a todos los aspectos de la sociedad. Por ejemplo, si el gobierno de un país ha decretado el monopolio de la educación, las probabilidades de error en toda la educación de ese país serían mayores a las que se tendrían en otro en el que los particulares pudieran tener escuelas e independencia de decisión en materias educativas.

Una intranquilidad que calma

Es útil reiterar la simpleza tranquilizadora de la noción de un gobierno planificador, pues ella crea la impresión de una sociedad plácida, sosegada y apacible, cuando en la realidad es todo lo opuesto; es una sociedad en riesgo innecesario, con altas probabilidades de problemas y fracasos.

Por el contrario, una sociedad que vive bajo el principio del Equilibrio del Poder es impredecible e imprevisible en su superficie, siempre está en movimiento y, sin embargo, tiene una mayor estabilidad en sus cimientos.

Creo que, desafortunadamente, en lo general atrae más la noción de la tranquilidad organizada, que la del dinamismo desordenado. Se requiere un esfuerzo para percibir que ese aparente caos de actividades de la sociedad con Equilibrio de Poder constituye un sistema estable en el fondo y capaz de generar grandes niveles de bienestar.

En ese sistema de poderes equilibrados habrá muchas quiebras y cierres de empresas, habrá muchas ideas nuevas, buenas, malas y extrañas; muchos más que en una sociedad con un gobierno desequilibrado.

Eso creará la impresión de recursos desperdiciados, de demasiados errores, de demasiada actividad. Por el contrario, un sistema de planeación estatal dará una impresión de estabilidad, de muy pocas quiebras, de pocos errores, de estabilidad. Se trata sólo de impresiones, porque la realidad es exactamente la contraria. Bajo ese caos aparente de actividades y quiebras y cierres y éxitos y errores, existen mecanismos difíciles de ver, que operan para aprovechar los recursos de la manera más productiva, y así hacer más probable una sociedad estable en la que son más probables el bienestar general, el bien común y la felicidad personal.

La comunidad que vive el Equilibrio del Poder es una sociedad viva, llena de movimiento, de apariencia alocada, con novedades continuas, creadora de modas, innovaciones y descubrimientos, donde abren y cierran empresas, en la que el cambio y los cuestionamientos son una forma de vida; es la sociedad que alimenta al resto de innovaciones y adelantos, donde nace lo nuevo y lo diferente.

En ella hay obras científicas, libros con nuevas ideas, todo género de medios de comunicación y alta generación de información. Esa sociedad crea gran diversidad de estilos de vida y de oportunidades de realización personal. La sociedad abierta, de poderes equilibrados, está en continuo movimiento, siempre vive pequeñas crisis que jamás paran, siempre enfrenta nuevas situaciones que nunca frenan. Casi puede entenderse como entrenada y preparada para enfrentar pequeñas crisis continuas.

Esta sociedad, tan viva, innovadora y cambiante, produce una impresión de caos y desorden que, según algunos, puede y debe ser corregido por la planeación central.  Se cree que esta planeación corregirá ese caos y ese desorden aparentes. La verdad es exactamente la contraria.

La sociedad que en apariencia es caótica y desordenada es mucho más estable que la sociedad centralmente planeada. La sociedad centralista, de poderes concentrados, es débil e inflexible, capaz de romperse con alguna crisis. No sabe solucionar problemas, es estática y sufrirá, por diseño, repetidamente, crisis y problemas mayores.


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1 comentario en “El Viejo Truco de los Huevos y la Canasta”
  1. carlixyz Dijo:

    Honestamente creo que ya esta por demás demostrado que la teoría de la auto-regulación de los mercados libres NO FUNCIONA. (sino pregúntenle a Obama de donde vino el rescate financiero de los bancos en su crisis, la plata la puso el estado, no Adam Smith). primero por que es utópico suponer que estos nunca incurran en practicas fraudulentas con o sin ayuda del estado y lamentablemente tenemos mucho que avanzar para convivir con la corrupción y el soborno, mientras tanto con la economía: o la intervienen oligopolios privados o la interviene el estado. Al menos a estos últimos los conozco y si no me gustan puedo cambiarlos con el voto. NOTA DEL EDITOR: gracias por su comentario. El tema central es la imperfección de este mundo y dado eso, la diversificación de riesgos que provee el libre mercado es muy superior. Otra cosa: recuerde que la crisis financiera (rescate de Obama en sus palabras) tuvo su origen en acciones gubernamentales.





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