propiedad

Enemigo de la propiedad privada. Cinco de ellos. Confiscaciones, regulaciones, injusticia y otros oponentes del derecho a poseer. Una idea de Alberto Mansueti.

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5 enemigos de la propiedad privada

Primer enemigo de la propiedad privada: confiscaciones, expropiaciones e invasiones

Invadiendo cada vez más esferas privadas —agro, industria, banca, educación, deporte, medicina, arte y cultura, ciencia—, los Gobiernos se atribuyen demasiadas funciones.

Así, incurren en demasiados gastos, y se arrogan demasiados poderes.

Gasto público

El gasto público excesivo lleva a los impuestos excesivos, un asalto a la propiedad privada.

Y cuando los impuestos no alcanzan, los Gobiernos recurren a la deuda pública, un impuesto diferido para el futuro. O a la inflación, un impuesto disfrazado.

Poder excesivo

El poder excesivo lleva a las confiscaciones de empresas, activos y otras propiedades privadas. O a tolerar y aún a fomentar invasiones privadas de propiedades privadas.

Segundo enemigo: regulaciones limitativas y otras leyes malas

El poder excesivo también lleva a las ordenanzas arbitrarias, disfrazadas de leyes, que de la propiedad dejan sólo una apariencia.

Tú eres el dueño en tu casa, y dispones libremente, ¿cierto? Supongamos que mañana las leyes decidan hasta qué hora se quedan las visitas.

O cuáles pueden ir o no, o qué reuniones pueden o no haber y en qué horarios. O qué se cocina y cuándo se hace limpieza.

Esas intromisiones gubernamentales en la vida doméstica, ¿serían contrarias al derecho de propiedad …?

Pues igual con las intromisiones en la vida económica: controles de precios y salarios, de cambios, prohibiciones y restricciones al comercio exterior, leyes “protectoras” que garantizan privilegios, leyes del trabajo que protegen la vagancia y matan empleos, y leyes penales que estimulan el crimen. Son las leyes malas.

Las leyes malas provienen de considerar como Ley toda orden del Parlamento, así sea contraria a la justicia, a la equidad, a la razón o a la realidad.

Y de considerar a la voluntad de la mayoría como norma suprema e inapelable, contra la cual no valen argumentos racionales ni derechos naturales.

Constituyen perversiones de los conceptos de Ley y de democracia. Y cuando estos conceptos ya no sirven, y la razón se ha perdido de vista, ¿qué queda? La violencia desnuda.

Tercer enemigo: inseguridad e injusticia

La inseguridad reinante en calles y campos, y la falta de justicia en los tribunales, también representan agresiones contra la propiedad privada.

Como en general el abandono por los Gobiernos de las funciones naturalmente propias del Estado —seguridad, justicia, obras públicas—, descuido que resulta de atribuirse demasiadas funciones.

Así como las obras públicas aumentan el valor de nuestros inmuebles y demás propiedades, su deterioro o ausencia le disminuyen. Y lo mismo pasa con el abandono o descuido de las funciones de policía y justicia.

Cuarto enemigo de la propiedad privada: conceptos engañosos

Tal vez el mayor peligro para la propiedad privada son los disparates. “La propiedad es un robo” dijo el socialista Proudhon, y los ladrones saltaron de alegría.

“El medio es el mensaje” dijo MacLuhan, y ya nos despreocupamos de si los mensajes tienen o no sentido.

“Lo que cree la gente” toma el lugar de la realidad objetiva como criterio de verdad, y vivimos presos de las modas y opiniones cambiantes, y del relativismo.

Ejemplos de conceptos engañosos: democracia “real”; desarrollo “sustentable” (o endógeno ¿?); deuda (o justicia) “social”; responsabilidad social empresarial.

Son conceptos vagos y difusos, equívocos, y con varias interpretaciones (y torcidas muchas de ellas), propios del pensamiento flojo.

Abren inmensas puertas a toda suerte de torpezas, caprichos y abusos, con base en la errónea suposición de que los Gobiernos son intelectual y moralmente superiores a nosotros, conocen mejor que nosotros nuestros intereses y necesidades.

Y, por tanto han de dirigir nuestras vidas, acciones y conciencias, y disponer a su antojo de nuestras propiedades.

Quinto enemigo de la propiedad privada: abandono de la razón como criterio de juicio y conducta

Mientras se guarde el puesto de la razón como superior criterio de apelación y examen, los conceptos engañosos no pasan.

Y mientras haya tiempo y ganas de pensar, y no maten por completo las frases efectistas a las razones, las imágenes a las palabras, las emociones a las evidencias, y los sentimientos a los hechos, aún queda esperanza.


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Y unas pocas cosas más…

Debe verse:

La relación entre propiedad y prosperidad

Otras ideas:



[Actualización última: 2020-09]

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Notas extras sobre los enemigos de la propiedad: el caso de Rouvillois

Por Leonardo Girondella Mora 

El libro al que quiero hacer referencia se titula La Empresa Humana Perdura. Contiene la transcripción literal de tres conferencias que dio el padre Samuel Rouvillois, dentro de un coloquio que fue realizado por la Parroquia Francesa en la Ciudad de México en marzo de 2007.

Mientras que me agradan sobremanera las intenciones del sacerdote, debo decir que sus ideas se encuentran, muchas de ellas, en el terreno de lo idealista imposible.

A una de esas ideas, muy concretas quiero referirme —la que está contenida no en sus conferencias, sino en una de las respuestas que dio a la pregunta de un asistente.

Las palabras de Rouvillois

Dijo textualmente que,

«Si el derecho… estuviese realmente fundado en el derecho natural, debería obligar al accionista, a partir de cierta tasa de rentabilidad de su acción, a no seguir ganando dividendos; de la misma manera debería obligar al poseedor de una riqueza en términos de capital o en términos monetarios a no disponer libremente de su capital cuando rebase cierto valor».

El problema de definir «cierto valor» no es solucionado allí. Quizá sea imposible. Dijo también que,

«… si hace 10 años invertí mil pesos y hoy esto me da un millón de pesos, me costaría trabajo considerar que tengo derecho a utilizar ese millón como si me perteneciese íntegramente. Legalmente tengo el derecho, pero no me cabe en mente que humanamente hablando, que lo puede usar nada más para mí. Sería bueno tener un cuadro que me indicara cuál es la parte del dinero que puedo tomar para mi bolsillo, cuál pertenece a mi familia y cuál a los demás, no a cuáles otros se lo voy a dar por caridad, sino a cuáles otros pertenece por derecho».

Otro problema de definición. No es solamente con cuanto debe quedarse la persona, sino también a quiénes tienen derecho a parte de la propiedad privada del primero.

La idea central de Rouvillois

Los dos párrafos contienen una misma idea. Debe existir, por derecho natural, una limitación a la riqueza que la persona produce y por ello, posee. Una limitación que se convierte en enemiga de la propiedad privada.

La idea podría aplicarse por medio del establecimiento de una tasa determinada, por encima de la cual lo ganado por la persona ya no es suyo, sino de otros por derecho y ley. Como un sistema de conversión automática de propiedad privada a pública.

Más concretamente, debería existir un cuadro que con diversas casillas contuviera una serie de número con cifras que limitaran los ingresos y propiedades a los que tienen derecho las personas y cuyo excedente debe ser entregado a otros como obligación legal.

Varias posibles críticas

La propuesta de un límite a los ingresos y propiedad privada, contenida en la idea explicada brevemente por su autor, puede ser criticada en varios planos:

Problema de asimetría

Tiene un problema de simetría ya que deja de considerar las pérdidas del accionista.

Si se propone poner un techo a su ingreso y propiedad resultaría lógico que eso también se hiciera con sus pérdidas. Esto que revelaría un problema no previsto: ¿quién aceptaría pagar las pérdidas que rebasen ese límite de pérdidas?

Problema de tiempos

Tiene un problema de tiempos, a los que deja de considerar en los ingresos —¿cuál sería el plazo de los dividendos permitidos, un año, dos, más? 

El problema es serio, ya que de no resolverse alteraría el problema del ahorro para necesidades futuras, cuando ya no se tienen ingresos personales. 

O, peor aún, cuando esos dividendos son usados para tener otras propiedades, como nuevas aperturas de empresas.

Problema de incentivos

Una dificultad con los incentivos. Cuando se pone un techo a la posibilidad de un ingreso, los riesgos aceptados serán menores y, por tanto, disminuirían las acciones destinadas a la creación de nuevas tecnologías cuyas inversiones son más riesgosas.

Quien sea que reciba la propiedad y los recursos, más allá del límite permitido, carecerá de incentivos para realizar esfuerzos y producir bienes.

Problema con los riesgos

Conectado con lo anterior, también tiene un problema de falta de consideración de riesgos —mayores riesgos merecen mayores ingresos, al igual que mayores plazos. 

Si la tasa de beneficio se normaliza con ciertos topes máximos, los mayores riegos serán evitados y tenderá a existir una menor actividad innovadora. 

También, los préstamos a países serían afectados dañando a los menos desarrollados, que son los más riesgosos en general.

Problema de memoria

Tiene un problema de olvido —la autoridad actual ya hace eso que propone Rouvillois por medio de otra vía: el cobro de impuestos a las personas y que tiene el efecto de reducir el ingreso disponible de ellas. 

Lo que el autor hace es aún más extremo. Propone no límites porcentuales, sino absolutos y que llevan a establecer la cantidad máxima que ese necesaria para vivir según algún criterio que no determina.

Pero la crítica mayor es otra

Las anteriores observaciones —y sin duda otras muchas más—, podrán hacerse a la propuesta de Rouvillois, pero quiero colocar mi énfasis en la que considero más grave.

Lo que el autor dice es una semilla que abre la puerta a la justificación teórica y moral de un sistema totalitario estático.

Debe recordarse lo que dijo,

«Si el derecho… estuviese realmente fundado en el derecho natural, debería obligar al accionista, a partir de cierta tasa de rentabilidad de su acción, a no seguir ganando dividendos; de la misma manera debería obligar al poseedor de una riqueza en términos de capital o en términos monetarios a no disponer libremente de su capital cuando rebase cierto valor… Sería bueno tener un cuadro que me indicara cuál es la parte del dinero que puedo tomar para mi bolsillo, cuál pertenece a mi familia y cuál a los demás, no a cuáles otros se lo voy a dar por caridad, sino a cuáles otros pertenece por derecho».

Llamando a un dictador absoluto

La propuesta, por necesidad lógica, necesita que alguien determine esa tasa de rentabilidad por encima de la cual su dueño ya no puede disponer de su ingreso.

O bien, ese cuadro que indique qué parte de los ingresos de una persona deben ir a otras. 

La respuesta de Rouvillois es clara, aunque está implícita: debe ser el gobierno quien determine esa tasa o ese cuadro, los vuelva ley y use la coerción para aplicarlos.

Se necesita un agente social con poder para determinar la vida de los ciudadanos. 

La propuesta, por tanto, es una justificación moral del totalitarismo: buscando el beneficio de unos, a todos se anula su libertad personal y se alteran mecanismos espontáneos de acción humana, lo que producirá efectos colaterales indeseables. 

Uno de ellos es particularmente odioso: la anulación de la posibilidad de mérito personal.

Lo que el autor dice es que la autoridad debe aplicar la coerción y, por derecho legal, quitar a unos para dar a otros en la proporción que esa misma autoridad establezca. 

Lo que no sólo anula el mérito de la caridad libremente decidida, sino que también otorga un poder extremo al gobierno que necesariamente terminará en abusos, cohechos, corrupción y clientelismo.

En resumen

La idea de Rouvillois, sin duda, es otro caso que combina dos elementos que en conjunto son letales y se convierten en enemigos de la propiedad privada

Por un lado, le mueven las más admirables de las intenciones, pero al mismo tiempo su propuesta es una justificación moral de un poder político con poder excedido —el enemigo que tanto temían Montesquieu y muchos otros.