Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Equilibrar el Poder
Eduardo García Gaspar
9 mayo 2007
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
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Punto de salida

Mi punto de arranque es uno muy sencillo. Parto de la idea de la separación entre la iglesia y el estado y la pongo junto a la idea de la separación de los poderes de la autoridad; me refiero a la noción de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

¿Cuál es el común denominador entre esas ideas? Uno básico: la idea de la distribución del poder, de la división del poder, de su fragmentación, de su reparto, fraccionamiento y ruptura.

Hay, desde luego, otras muchas menciones de esta idea de Equilibrio del Poder; por ejemplo, la mención de Ludwig Erhard (Nixon, Richard M., Líderes, Planeta, México, 1987, p. 145) como iniciador en Alemania de un principio de poder distribuido, cimentado en lo peligroso que es acumular demasiado poder en manos públicas o manos privadas.

También, en otra obra (Hayek Friedrich A., The Road to Serfdom, The University of Chicago Press, Chicago, 1972, p. 145) se habla de que la descentralización reduce el poder absoluto y se afirma que el sistema libre de economía es el único sistema capaz de disminuir el poder que puede tener una persona sobre otra.

Igualmente otro libro (Kennedy Paul, The Rise and Fall of the Great Powers, Vintage Books, 1989, pp. 3-30) expresa la noción de que una sociedad con poderes en equilibrio progresa más que una centralizada; y el libro (Sorman Guy, Los Verdaderos Pensadores de Nuestro, Tiempo, Seix Barral, 1991, p. 187-193) que reitera la idea natural de que la armonización de millones de iniciativas conduce a un orden superior, logrado de manera espontánea.

¿Por qué no pensar en aplicar ese mismo principio, el del Equilibrio de Poder, de manera sistemática y consistente a toda la sociedad?

Mi sustento de esto es la tesis de que donde existe equilibrio de poderes tiende a haber más bienestar general.

Es natural y explicable que aún hoy subsistan las ideas tradicionales, contrarias al Equilibrio del Poder, que en su esencia hablan de gobiernos de amplios poderes, fuertes y concentrados. Las personas que así piensan tienen inclinaciones muy añejas, aunque desde luego no hay duda de sus buenas intenciones.

Todos queremos bienestar y felicidad. Intentaré sostener la idea de que hay que redistribuir, no la riqueza, sino el poder, es lo que produce el bienestar general.

Me inclino por ideas menos añejas, más revolucionarias, que lleven a su consecuencia lógica la noción de la democracia; porque, después de todo si un ciudadano es juzgado como capaz de emitir un voto válido para la elección de un gobernante y sufrir sus consecuencias, resulta ilógico que no se le considere capaz también de abrir un negocio, de trabajar en lo que desee, de comprar lo que quiera, de hablar de lo que desee y en general de decidir su propia felicidad.

Quiero, en este ensayo sobre cuestiones políticas, apoyado en los hombros de quienes han escrito antes, más y mejor que yo, proponer la sencilla idea de que el principio del Equilibrio de Poder es uno que apoya una relación de causa y efecto entre el máximo uso de nuestras facultades y el bienestar general.

Es decir, me mueve la misma razón que motiva a quienes proponen de manera conservadora gobiernos poderosos y grandes, que es la elevación de los niveles de bienestar general; pero voy a diferir notablemente de sus propuestas con ideas que considero más frescas, nuevas, lógicas y mucho menos añejas.

Bienestar general, bien común y felicidad personal

Entro entonces ya en el tema, como primer paso, tratando de definir las ideas de bienestar general, bien común y felicidad personal.

Tan vagas son esas ideas que se prestan a ser usadas de maneras ilegítimas por quien desea el poder y abusar de él (Hayek Friederich A., The Road to Serfdom, The University of Chicago Press, Chicago, 1972, p. 57).

¿No hemos oído acaso esas ideas repetidas por dictadores que se erigen en tales pretextando que ellos son quienes nos llevarán al bienestar y nos darán el bien común? ¿No hemos sido prevenidos desde hace cientos de años (Chafuén, Alejandro A., Christians for Freedom, Ignatius Press, 1986, p. 71) que bajo el disfraz inocente del bien común puede encontrarse al peor de los demonios?

Intentaré definir estas nociones haciendo que sus definiciones ayuden a establecer las reglas de su consecución. Son, desde luego, definiciones sustentadas en su capacidad de hacer más claras estas cuestiones y de ayudar a derivar de ellas soluciones prácticas.

Como punto de partida, propongo considerar que el bienestar general de una sociedad es un concepto global que incluye al bien común y a la felicidad personal. El bienestar general, por tanto, pasa a ser una especie de suma algebraica de los dos conceptos siguientes, el bien común y la felicidad personal.

Por su parte, el bien común es la existencia de satisfactores de necesidades de los miembros de la sociedad, entendiendo por satisfactores a bienes, servicios, leyes, juicios, instituciones, circunstancias y facilidades en general que las personas usan, consumen, o gozan para elevar su felicidad personal.

Visto así, el bien común es la suma de los satisfactores que existen en una sociedad, lo que incluye su disponibilidad; cuantos más satisfactores se produzcan mayor será el bien común y cuanto más baratos sean mayor lo será también.

No se refiere exclusivamente a satisfactores materiales, como automóviles o tomates, sino también a satisfactores políticos, como un buen sistema policiaco y leyes confiables, y a satisfactores espirituales o culturales, como periódicos libres y tolerancia religiosa.

Y la felicidad personal es el nivel de satisfacción de las necesidades que cada persona tiene. Esto es una especie de suma algebraica de la cuantía en la que cada necesidad de cada persona está satisfecha, ponderada por la importancia subjetiva de esa necesidad.

Es, por definición, un concepto individual y personal, que podría verse de manera agregada en una población general.

Es un concepto personal e individual formado por necesidades que en cada persona son diferentes y tienen distintos niveles de satisfacción; en ella está incluida la naturaleza humana como una limitación que impide concebir como parte válida de la felicidad la necesidad percibida por alguna persona de encontrar su felicidad en el robo, por ejemplo.

Es decir, una parte de la felicidad está sustentada o limitada por una ética posible de ser concluida partiendo de la naturaleza humana.

Todas estas definiciones tienen aspectos materiales, políticos, legales, económicos y espirituales, que están tan ligados entre sí y que sólo es factible separar por razones de estudio. ¿Es un libro sobre religión un satisfactor espiritual, material, o político? Es todo a la vez.

Por tanto, hay en estas cuestiones aspectos materiales, políticos y espirituales y ninguno de ellos es separable del otro, pues entre ellos existen ligas indisolubles. La vida es una e indivisible y si la separamos en cuestiones biológicas, mentales, sociales o de otra naturaleza, eso es sólo por facilidad de estudio.

No puede aceptarse, por ejemplo, que alguien proponga la felicidad material haciendo de ella una cosa separada de las cuestiones espirituales, o educativas, o políticas.

Bienestar material

Veamos, a modo de introducción, algo del bienestar material . Las personas trabajamos y por ello logramos un ingreso que usamos para satisfacer nuestras necesidades de todo tipo, sea comprar pan o dar un donativo.

Con ese ingreso satisfacemos alguna proporción de las necesidades que tenemos al hacer posible nuestro acceso a bienes y servicios de mil diversas naturalezas, como vestido, alimento, diversión, caridad, educación y otras muchas.

¿Cómo hacemos eso? Lo hacemos con intercambios, dando algo de lo que es nuestro a cambio de algo que otro posee, un mecanismo sencillo que viene de tiempos inmemoriales cuando alguien pensó que hacer eso era mejor que robar la posesión del otro.

Ver sin perspectiva total sólo los aspectos materiales del bienestar general ha llegado a producir la noción de la división de los bienes materiales en unos que son necesarios y otros que son superfluos. Se nos dice que hay cosas sin las que podemos vivir y que, por tanto, debemos hacerlas a un lado, que comprarlas, usarlas o tenerlas puede constituir seria falta y desconsideración hacia los demás.

La verdad es que no hay nada que justifique esa clasificación de bienes. ¿Es superfluo tener veinte libros, cien libros, mil libros? ¿Son más superfluas las novelas que las obras de filosofía?

No hay posibilidad de determinar con exactitud lo que es superfluo, porque esa manera de pensar me tendría que indicar que a partir de los 458 libros, por ejemplo, esas posesiones son ya superfluas, lo que es ridículo a todas luces.

¿En qué precio exacto y con qué accesorios precisos deja un automóvil de ser superfluo? Quienes propugnan esta clasificación de bienes enfrentan estas dificultades que son insolubles y, por eso, son ideas imposibles de realizar.

La única manera de implantarlas en una sociedad es una dictadura que asignara una partida de su presupuesto al envío semanal de un inspector a cada casa para verificar que no se hubiera rebasado el máximo de cinco camisas y de dos bolígrafos.

Igualmente, esa visión parcial ha creado otra idea que confunde a muchas mentes y que trato aquí en breve. Me refiero a la idea de la igualdad material. La igualdad de ingresos es un concepción pobremente justificada y ampliamente difundida que nubla las luces que pueden ayudar a resolver los terribles problemas de pobreza.

La igualdad o similitud de ingresos podrían lograrse, en teoría, haciendo que todos fueran igualmente pobres. Más aún, es de experiencia diaria el hecho de que dos ingresos iguales de dos personas diferentes no significan felicidades iguales.

Hecho cotidiano es también la realidad de personas esforzadas y trabajadoras junto a personas perezosas y sin iniciativas. ¿Deben tener un ingreso igual quien trabaja y quien no lo hace pudiendo hacerlo? ¿Pueden tener un ingreso igual quien hace trabajos especializados y quien hace trabajos que cualquiera puede realizar?

Es una situación muy lamentable que gobernantes con loables intenciones hayan creído en la posibilidad de la igualdad material y hayan tomado decisiones emotivas, aplaudidas por los ingenuos, con graves efectos secundarios. No es la emoción de un médico lo que nos cura, sino su conocimiento y experiencia.

Hay más promesas de riqueza y de solución de la pobreza al dejar que quien lo quiera hacer abra el negocio que planeó, permitiendo que el que quiera producir algo lo haga, dejando libres las iniciativas de los hombres y de las mujeres, que hagan realidades sus sueños, que creen los satisfactores que ellos piensan que a otros servirán.

Haciendo que las leyes respeten esas iniciativas y que las fomenten, que sea fácil y sencillo abrir esos negocios, fábricas y plantas; haciendo barato el costo de apertura y de mantenimiento de esas instituciones; respetando el fruto de ese trabajo y de esas iniciativas.

La sociedad que eso haga, progresará y sus habitantes serán más felices. Es un error poner límites a los frutos que produce el trabajo, así ocasionen ellos grandes diferencias de ingresos, que el problema no es tener individuos millonarios, sino personas pobres.

Es algo natural que si las leyes de un país persiguen objetivos distributivos de la riqueza sucederán dos cosas.

• Primero, se creará pobreza. Hagamos el cálculo y distribuyamos la totalidad de los recursos de un país por igual entre todos los habitantes y veremos que lo repartido es menos que lo recolectado, ya que el proceso de distribución tiene costos.

Veremos también que en poco tiempo esa riqueza repartida vuelve a redistribuirse, que muchos no saben qué hacer con lo que recibieron, que lo desperdician y que al final de cuentas termina habiendo una nueva desigualdad, lo que forzará a la autoridad a una nueva secuela de distribución.

• Segundo, en el fondo, las leyes distributivas provocan una realidad, que es la de individuos luchando por influir en el gobernante que hace esa distribución, para proteger sus propiedades o para hacerse de nuevas (Bastiat Frederic, The Law, The Foundation for Economic Education, 1987, p. 17).

La única forma de lograr la igualdad material es la eterna intervención gubernamental en la vida de todas las personas, con un efecto colateral que es la supresión de toda iniciativa individual. ¿Qué incentivo tendría el inventor de un nuevo y mejor sistema de frenos para autos si sabe que el gobierno le retirará el fruto de su esfuerzo?

El nuevo invento quedará en sus cajones y algunas vidas que podrían haberse salvado por causa de esos mejores frenos se perderán. ¿Qué pensará el que desea estudiar un doctorado en microbiología al enterarse que sus ingresos no podrán ser diferentes a los de quien sólo llegó a preparatoria?

Cuando el gobierno persigue esos objetivos igualitarios asesta un golpe a la gallina de los huevos de oro que es la iniciativa individual y los beneficios que ella produce; genera un incentivo a la inactividad del ciudadano quien opta por esperar la rebanada del pastel de otros en lugar de trabajar para crear su propio pastel.

Las personas, por medio de sus esfuerzos, perciben un fruto, una recompensa que es una extensión de ellas mismas y que traduce en bienes y posesiones, físicas y espirituales. Esos bienes y posesiones son parte de la persona y son tan respetables como ella misma. Nuestra casa es parte de nuestras personas mismas porque es la extensión y manifestación de nuestros esfuerzos y trabajos.

Bienestar político

Pasamos ahora a ver aspectos del bienestar político, que se refiere a los ciudadanos en sus relaciones con la autoridad, donde el gobierno es un instrumento para facilitar la vida en sociedad y no puede usar la fuerza contra los ciudadanos, a menos que ellos la hayan usado primero.

Quienes nos gobiernan son hombres como el resto, no son peores, pero tampoco son mejores, aunque puedan con facilidad ser torpes (Ortega y Gasset, José, La Rebelión de las Masas, Austral, 1986, p.137).

Al comprender esta similitud entre gobernantes y gobernados es que vemos la lógica conclusión de la democracia, seres electos por tiempo definido, por sus iguales y sin más luces, ni mejor entendimiento, ni mayor capacidad, lo que hace imposible la concepción de seres iluminados capaces de llevar a los pueblos a destinos elegidos por rutas por ellos solamente conocidos.

Si el bienestar económico conlleva la idea de una independencia personal, el bienestar político acarrea la misma idea, la de la autonomía individual, que no es otra cosa que la imposibilidad de que la autoridad viole los derechos que son naturales al hombre.

Es la limitación de los actos de gobierno al cumplimiento de aquello que es su misión y que es el cuidado de las vidas de las personas y sus propiedades, con la consecuencia lógica de que tampoco el gobierno puede violar los derechos de la persona, pues resultaría incongruente que quien tiene el deber de evitar las violaciones de los derechos en los tratos entre los hombres fuera una institución que los violara ella misma.

Esta posibilidad de mal comportamiento gubernamental es la que ha originado mecanismos para el control de su poder: representantes de la sociedad dentro del gobierno, selección periódica de gobernantes, posibilidad de establecer querellas contra actos de autoridad, división de poderes, la separación entre gobierno y empresas, federalismo, autonomía municipal y todo aquello que contiene al gobierno dentro de estrechos límites.

Para explicar mejor esto, hay que considerar que es dentro del bienestar político que se ponen sobre la mesa las reglas de la sociedad que regulan el comportamiento de los ciudadanos y del gobierno.

Son las leyes de respeto a la propiedad personal y de los otros derechos que surgen del respeto a la vida humana; son las leyes que rigen los intercambios entre los ciudadanos y las leyes que rigen las relaciones coercitivas derivadas del poder del gobierno (Buchanan James, What Should Economists Do?, Liberty Press, Indianapolis, 1979, p. 34).

Es razonable decir que el bienestar político coincide con la existencia de una estructura de leyes que son propicias a la consecución de la felicidad personal, es decir, que permiten la máxima expresión real posible de las iniciativas humanas.

Dentro del bienestar político estamos obligados a plantear una pregunta muy sencilla. ¿Para qué existe un gobierno?

La única explicación razonable es la de que un gobierno sólo sirve para prestar servicios de protección a los derechos de las personas que viven bajo su autoridad de manera que pueda elevarse en bien común y la felicidad personal.

El gobierno es como una fuerza común que hace lo que haríamos cada uno de vivir en una situación anárquica, que es defender lo que creemos que es nuestro viendo a la ley como la fuerza común que frena a la injusticia (Bastiat Frederic, The Law, The Foundation for Economic Education Inc, Irving-on-Hudson, New York, 1987, p. 67).

Al gobierno hemos cedido esos poderes de defensa personal legítima ante ataques de otros con la única idea de que así seamos más felices, de que otros no abusen de nosotros y por tanto, mucho menos deseamos abusos de la propia autoridad.

Pero no podremos ser felices sin gobierno, requerimos de esa autoridad para que ella impida abusos y violaciones de nuestros derechos.

Bienestar espiritual

Pasemos ahora a examinar algunas cuestiones relativas al bienestar espiritual, sin que ello signifique que estén separadas de las cuestiones materiales y de las políticas. Está aquí lo que llamamos espiritual, cultural, o moral; las más grandes facultades que tenemos y que constituyen nuestra naturaleza humana.

Podemos pensar, analizar, estudiar, descubrir, sistematizar, aprender, rezar. Podemos reproducir nuestras ideas en lenguajes y hacerlos accesibles a otros, en varios lugares y tiempos. Gozamos, sentimos, amamos, tenemos sueños, deseamos logros, tenemos inquietudes religiosas.

Ninguna de estas capacidades tendría sentido sin ir acompañadas de satisfactores y de la posibilidad de compartirlas con el resto, en un proceso que enriquece a los demás y les hace posible disponer de lo que ellos solos no podrían crear, perdiendo por eso posibilidades de felicidad.

Si en la esfera de lo económico se intercambian bienes, en la esfera de lo espiritual se intercambias ideas, bienes, información y formación.

Esto algo que supera a la idea tradicional de la libertad de expresión, pues se refiere a los intercambios de conocimientos, revelaciones, descubrimientos, datos, acontecimientos, sentimientos y sucesos; intercambios que nos enriquecen. Quien tiene formación, información y educación tiene independencia y más probabilidad de ser feliz.

Así como no es posible poner un límite máximo al ingreso, tampoco es posible poner un límite a la riqueza cultural o espiritual. Las personas seleccionamos lo que está más acorde con nuestra definición personal de felicidad y para elevarla requerimos satisfactores como la existencia de un templo cercano al que podamos asistir al servicio religioso que deseamos.

Leemos periódicos, escuchamos la radio que nos place más, vemos la televisión que nos gusta, estudiamos en la cantidad que queremos, estamos rodeados de informaciones y de formaciones que usamos a nuestra elección.

Para eso necesitamos bienes y satisfactores de todos tipos, sean tan materiales como el agua para beber, o tan difíciles de clasificar como una biblioteca, incluyendo bienes en el más amplio sentido, como el bien de la tolerancia religiosa.

Bien común

Eso es el bien común, la existencia de los más variados satisfactores que las personas usamos para elevar la felicidad personal que cada uno ha decidido.

No puede dictarse la felicidad personal de nadie sin que exista una imposición obligatoria sobre la persona; pero sí es posible establecer que para que cada persona logre su propia felicidad debe facilitarse la creación de grandes cantidades de satisfactores de la más variada naturaleza, que es lo que constituye el bien común.

Por eso, quien desee el bienestar general de la población tiene ante sí un sólo problema que es el de lograr la creación de tantos bienes y servicios como puedan tenerse dentro de un sistema de respeto a los derechos naturales.

Cometería grave falta quien procediera a establecer cuál es la felicidad personal para cada ciudadano, pues cada persona es única e individual, con diferentes necesidades que ni ella misma quizá pueda establecer con claridad.

Puede argumentarse, con razón, que no es posible lograr la felicidad máxima de las personas, puesto que no hay satisfactores que alcancen. Sí, efectivamente, existe escasez de bienes y servicios a disposición de las personas.

Ese es nuestro problema terrenal, trabajar con inteligencia para tener una vida terrenal mejor en todos sentidos y con los más altos posibles niveles de felicidad. No tendremos un paraíso terrenal jamás, pero sí podremos solucionar muchas de nuestras carencias y llegar a niveles de felicidad mayores.

Espero haber dado una dirección, una en la que juegan un papel importantísimo el respeto a las personas y los frutos de su trabajo y el sistema de intercambios voluntarios de esos frutos.

No podemos ir más allá de un arreglo social de gobierno y leyes que respete y promueva la creación y el intercambio de satisfactores, es decir, de los frutos mismos de nuestro trabajo (Nozick Robert, Anarchy, State and Utopia, Basic Books, New York, 1974, pp. 333 y 334).

Porque los satisfactores de unos son los frutos del trabajo de otros y sabiendo esto, el problema único que enfrentamos es el de procurar la máxima creación de satisfactores, lo que por lógica aplastante sólo puede lograrse facilitando las iniciativas y las realizaciones del trabajo.

La idea más profunda a la que he apelado es la del uso máximo de nuestras habilidades y capacidades para con ese esfuerzo producir satisfactores en cantidades que permitan elevar nuestra felicidad personal.

Esto es lo que pone a nuestro alcance el remedio a la pobreza; podemos tener niveles de felicidad insospechados cuando obremos haciendo que nuestra sociedad sea propicia al máximo aprovechamiento de las capacidades de cada persona y por tanto, a la creación de satisfactores y nos permitamos la selección de nuestra propia vida bajo el respeto a nuestra naturaleza humana, su libertad y su igualdad (Den Uyl, Douglas J. y Rasmunssen, Douglas B., The Philosophic Thought of Ayn Rand, Den Uyl, Douglas J. y Rasmunssen, Douglas B., editores, University of Illinois Press, Urbana, 1984, pp. 165-182).

Podemos decir que la justificación de un arreglo social está fundamentada en el hecho de permitir al hombre ser hombre, alcanzar su felicidad aprovechando la capacidad de raciocinio, que es el uso de nuestra inteligencia y la aceptación de las consecuencias de nuestras acciones.

Si bien parece obvio que al definir al bien común como la disponibilidad de satisfactores de necesidades, se entiende que nuestra felicidad personal es un problema que se resuelve con medidas que logren el máximo aprovechamiento de nuestras capacidades humanas, existen aún muchas nociones anticuadas que llaman a la centralización del poder, lo que tiene como consecuencia el desaprovechamiento de esas capacidades.

Gobierno como centro gravitacional

Imaginemos, por un momento, que vivimos en la época de Ptolomeo. Entonces, nosotros estaremos seguros de que la tierra es el centro del universo y que todo lo demás gira en círculos perfectos.

Tenemos pasiones por las formas perfectas, redondas, simétricas y sucumbimos con facilidad ante las primeras impresiones.

Tenemos amores y pasiones por formas que creemos perfectas y de lógica aparente, que son cosas que nos simplifican la vida, pues explican lo desconocido con nuestras propias convenciones de lo que es atractivo, ordenado y adecuado a las ideas imperantes. La tierra tenía que ser el centro del universo y los planetas tenían que girar en órbitas circulares perfectas.

Nos burlamos ahora de la idea de que la tierra es el centro del universo, pero hay una idea similar que se mantiene hoy en día.

Sufrimos todavía esa pasión injustificada por los cánones perfectos, agradables al sentido común y al orden intuitivo, cuando aún vemos en el gobierno a uno de esos centros fáciles de la gravitación humana, que nos hace girar a su alrededor, cuando es esa autoridad la que debería girar alrededor de los hombres.

Hay en muchos lados todavía una mentalidad conservadora, que es la de solicitar para todo la intervención del gobierno, como si fuésemos incapaces de solucionar nada sin la ayuda del gobierno (Mises Ludwig von, Planning for freedom, Libertarian Press, 1980, p. 223).

Peor aún es esa manera de pensar tan corriente y general, que cree que lo que el gobierno otorga no tiene costos para nadie, como si las autoridades pudieran realizar milagros de multiplicación de bienes (Ortega y Gasset, José, La Rebelión de las Masas, Austral, 1986, p. 111).

Más de uno hará la pregunta natural, ¿cómo puede ser mejor una sociedad llena de actividades personales desordenadas en apariencia al menos e incongruentes entre sí, cuando del otro lado se tiene una sociedad ordenada por un gobierno regulador? ¿Acaso no es mejor el orden que el desorden y no es la autoridad la que impone el orden?

A primera vista y dominados por las pasiones del orden aparente, nos hemos inclinado a pensar que es mejor la sociedad ordenada por la autoridad, pero cabe la sana posibilidad de que no lo sea, de que existan otras maneras de llegar al bien común y a la felicidad personal.

Es un deber explorar esa posibilidad, pues lo que puede encontrarse quizá sea una mejor forma de remediar los problemas de tanta pobreza y miseria.

Las soluciones a estos problemas han sido en lo general demasiado conservadoras, pues han tomado al gobierno como el agente principal alrededor del que giran las soluciones. La disyuntiva, desde luego, no está entre el orden y el caos; la opción está entre un gobierno dedicado a hacer respetar los derechos personales y un estado dedicado a imponer su noción de felicidad personal en los ciudadanos; entre un gobierno que gira alrededor de nosotros y del de un estado que nos hace girar alrededor de él.

¿Qué es mejor, un arreglo social ordenado bajo los dictados del estado o la sociedad que deja libres las iniciativas de sus miembros para que cada uno de ellos haga realidades esas iniciativas de la mejor forma que crea factible respetando los derechos personales?

Debe haber una respuesta razonable, que es el origen de este ensayo, pues podemos aún en estos tiempos seguir afectados por lógicas aparentes.

Debemos enfrentar esta tarea sin el prejuicio del gobierno como centro de la sociedad: seamos escépticos de esa noción y aceptémosla sólo si ella es la solución a esos problemas, no por costumbre, ni por falta de imaginación, ni por comodidad intelectual.

Debemos evitar también, la aceptación de propuestas sociales sólo porque ellas tienen buenas intenciones. Demasiado acostumbrados estamos a aceptar todo lo que tenga como propósito algo bueno y loable.

Cuando abordamos un avión, no resulta suficiente que el capitán de la nave tenga las mejores intenciones de llegar al destino anunciado, también esperamos que tenga los conocimientos y la experiencia necesarios para hacerlo. Las intenciones y la razón son los dos criterios que determinan la bondad de un acto humano.

Tan inmoral puede ser el realizar algo con malas intenciones y extraordinaria inteligencia, como el hacer otra cosa con muy buenas intenciones y pésimo uso de la razón. Mil veces hemos oído mencionar la necesidad de la intervención del gobierno, suponiendo que basta estar lleno de buenas intenciones y loables objetivos.

Bajo esta manera de pensar cualquier acto humano sería visto como positivo si tiene objetivos buenos. Porque con las mismas intenciones una autoridad puede expropiar todas las industrias y otra privatizarlas.

¿Cómo saber qué es lo mejor, independientemente de las intenciones? Esa es la pregunta que debemos explorar para encontrar si el Equilibrio del Poder es el principio buscado.

Más aún, de las obras que realizamos los hombres podemos esperar inteligencia, imaginación y talento. A diario vemos a nuestro alrededor verdaderos milagros de adelantos e innovaciones y, sin embargo, la perfección no es algo esperado.

Nuestro camino está lleno al mismo tiempo de grandes logros y de grandes equivocaciones; no somos perfectos, somos inteligentes pero podemos errar, poseemos valores pero podemos hacer el mal y por eso nuestra sociedad no puede ser perfecta.

Pero queremos que lo sea y como prueba de ello están los sueños que describen con seriedad o como fantasía arreglos sociales ideales; sueños que suelen apoyarse en el estatocentrismo.

Utopías

Platón, por ejemplo, en La República afirma que cinco mil cuarenta es el número ideal de familias para una sociedad y que quien debe gobernar es naturalmente alguien como él, un filósofo.

Pueden leerse a dos autores que ven como utopía al ideal platónico (Sabine, George H., Historia de la Teoría Política, Fondo de Cultura Económica, México, 1982, p. 57 y Toynbee, Arnold, Estudio de la Historia (1), Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 271).

Por cierto, el ideal de cinco mil cuarenta familias por sociedad se debe a que ese número tiene 59 divisores, diez de ellos correlativos comenzando por la unidad, lo que es sumamente conveniente, según Platón (Platón, Las Leyes, Editorial Porrúa, México, 1985, p. 97).

H.G. Wells tiene su utopía también, donde habla de una sociedad en la que todos los servicios e industrias de interés básico están en manos del gobierno, el que también interviene en la regulación de los matrimonios, la eugenesia y el control de los nacimientos.

Para facilitar la tarea de buscar más utopías, perdón, recurrí a un resumen (Mil Libros, Luis Nueda, Aguilar, Madrid, 1980, edición revisada y aumentada por Antonio Espina).

Por ejemplo, Edward Bellamy en Mirando Hacia Atrás, habla de una sociedad en la que el gobierno puede darle total seguridad al individuo desde que nace hasta que muere mediante una detallada planeación gubernamental.

Tomás Campanella escribió La Ciudad del Sol, donde describe una comunidad con comunidad de bienes, en la que se comparten los dormitorios y los comedores, todos visten igual, los magistrados están para dirimir discordias de acuerdo a una clasificación basada en las virtudes, el comercio no tiene importancia y el dinero sólo se usa en las transacciones con el exterior.

La imaginación humana es capaz de crear fantasías y cuentos de grande imaginación y riqueza literaria enorme. Sin embargo, lo que debe preocuparnos es que haya quien crea que eso es posible y escriba utopías pensando que son metas alcanzables.

No hay grandes diferencias entre esas obras de ficción y otras que también se fundamentan en la gravitación alrededor del gobierno.

En Mi Lucha, Adolfo Hitler habla de un estado en el que se dará la máxima importancia a la formación del carácter y al desarrollo del espíritu de sacrificio, la lealtad y la discreción, todo esto por encima de la educación escolar, haciendo llegar a la humanidad a una época en la que a cada uno se le dará lo que necesite para su existencia, dentro de una gradación de sal arios sabiamente establecida y que no haga depender al hombre de los goces materiales.

Federico Engels, en Origen de la Familia, de la Propiedad Privada y del Estado, pronostica una sociedad perfecta, posible sólo con la destrucción de lo existente y sin justificar nunca que la abolición de la propiedad privada de los medios de producción es el remedio práctico de los males de la sociedad.

En El Estado y la Revolución, Lenin afirma algo similar a Hitler, que en el arribo a la fase superior del comunismo, la sociedad sin clases, los hombres ya no serán los tontos que dilapidan la riqueza social, porque la llegada de la fase superior de desarrollo del comunismo presupone hombres que no sean los actuales filisteos, capaces de dilapidar a tontas y a locas la riqueza social y de pedir lo imposible.

Fourier, en su utopía, consideraba esencial crear una nueva clase de comunidad, en la que todos encontrarán su lugar y en donde cada quien haría el trabajo que más le gustara, por ejemplo, los niños serían los encargados de hacer el trabajo sucio, porque los niños gustan ensuciarse cuando juegan (Cozer Brian y Seldon Arthur, Socialism, the Grand Delusion, Universe Books, 1986, p. 80).

Corren en esas utopías y propuestas las mismas ideas, repetidas una y otra vez, con variaciones no muy importantes. Hay en ellas invenciones y perfiles de sociedades detenidas que se sirven a sí mismas en sacrificio de sus miembros y con vanagloria de su propia perfección se detienen para admirarse en la eternidad: los hombres giran alrededor de las órdenes estatales.

Hay además énfasis en lo idílico, en la vida romántica e idealizada, sin la menor atención a los problemas de la vida diaria, como si ellos ya hubieran sido solucionados por medios en los que los autores no se detienen a analizar.

Fue Platón quizá el primer autor que se planteó la idea de ese estado idílico del hombre, sin los inconvenientes de la vida de la sociedad civilizada, pero también hizo su aportación Séneca (Sabine George H., Historia de la Teoría Política, Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 140), lo mismo que Rousseau que glorificó el culto romántico del grupo social y, luego, también los socialistas.

Es común denominador de todas las fantasías, sean literarias o no, el imaginar un gobierno dictatorial, centro de la sociedad, que cuida de sus ciudadanos con extrema bondad y al que ellos se someten gustosamente dentro de un sistema muy reglamentado de vida, en donde los ciudadanos tienen papeles y funciones impuestas sobre ellos, como en Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, que parte del supuesto de que el industrialismo moderno sólo puede hacerse tolerable por una rígida separación de castas naturales.

Los Primeros Hombres en la Luna, de H.G.Wells, retrata también una sociedad en la que todo ciudadano conoce su lugar.

Un sueño como esos es en realidad una pesadilla mayor.

¿Quién puede garantizar que nunca se presente en esas sociedades utópicas un conjunto de hombres sin escrúpulos que convierta a esa buena sociedad paternalista en una cruel dictadura? ¿Quién puede garantizar que las decisiones de esos poderosos serán siempre las correctas?

Es sencillo imaginar una utopía. Es difícil escribir una buena obra sobre alguna fantasía de éstas.

Es una locura proponer que una de el las puede ser llevada a la realidad. El carácter humano que se describe en las utopías no es real, los hombres que formamos las sociedades somos imperfectos y no podemos volver realidad sueños imposibles.

Debe verse con extrema sospecha toda propuesta que no considere la imperfección humana, que no acepte la posibilidad de gobernantes con fallas, que no considere la posibilidad de ciudadanos que sucumben a pasiones, vicios y tentaciones.

Recordemos palabras sabias: sería equivocado dejar todo el sistema ejecutivo al arbitrio de una sola persona, por excelente que ella sea (Burke Edmund, Textos Políticos, Fondo de Cultura Económica, 1984, p. 269).

Y es que no resulta razonable apostar nuestras vidas y logros por entero a la hipótesis de que una cierta persona es en todos sentidos incapaz de cometer el más mínimo abuso.

Simplemente es inaceptable la idea de dejar todos los asuntos de la sociedad en manos de gobernantes que se presupone actuarán siempre movidos por los más loables intereses y que tomarán siempre las más sabias decisiones. Porque eso es precisamente el fundamento necesario de los regímenes que de una u otra forma proponen gobiernos de grandes dimensiones y poder desequilibrado.

Imperfección humana

Para examinar mejor esto nos ayudará la división de la imperfección humana en dos facetas. La primera hace referencia al abuso del poder y la segunda a los errores en la toma de decisiones.

El abuso del poder se refiere a la carencia de eterna justicia, nobleza, virtud, honestidad y altruismo en las intenciones de todos los miembros de la sociedad, especialmente de los gobernantes, pues es fácil entender que un mal sueño del gobernante por la noche es pesadilla al día siguiente para el gobernado (Leibnitz, Gottfried W., Political Writings, Cambridge University Press, 1992, P. Riley (editor), pp. 82 y 168).

Sin esa eterna perfección del gobernante y del ciudadano no son realizables las utopías que suponen gobiernos muy interventores o sociedades sin gobierno. Estas sociedades serían extremadamente vulnerables a la existencia de personas que sin escrúpulos deciden abusar del resto de los ciudadanos.

Es consecuencia de esto que todo arreglo social suponga, si desea verse como una propuesta seria, que la sociedad tiene miembros que, en ocasiones al menos, tendrán conductas negativas: que robarán, que lastimarán, que defraudarán, que mentirán.

De lo contrario, esa sociedad estaría afilando el cuchillo mismo que ha de matarla.

Pero, además, toda sociedad formada por personas de carne y hueso está expuesta a que sus miembros cometan errores, que se equivoquen en las decisiones que por necesidad tomarán.

Podrán tener las mejores y más loables intenciones, pero eso no significa que no se cometan yerros y descuidos, lo que es especialmente grave en las cuestiones del gobierno. Incluso en los casos de los gobiernos formados por las personas más preparadas y educadas ésta es una posibilidad real, la de tomar decisiones que sean erróneas.

Por tanto, si se nos encargara la tarea de diseñar un sistema de gobierno que pudiera garantizar el máximo bienestar de los ciudadanos, uno de los primeros supuestos en los que tendremos que pensar será el de la imperfección humana (Mises Ludwig von, Planning for freedom, Libertarian Press, 980, p. 217), lo que nos llevará a intentar el diseño de mecanismos que la minimizaran en sus efectos negativos, o incluso llegaran a capitalizarlos; mecanismos para evitar que gente sin escrúpulos se apodere del poder y cometa abusos contra otros, y mecanismos para minimizar los impactos que tengan las inevitables decisiones erróneas que tomarán los ciudadanos, incluyendo los gobernantes y que permitieran su rápida corrección.

Pero no es sólo la imperfección de los hombres lo que hace imposible imponer utopías en las sociedades, pues también existe otro grave inconveniente, que es un supuesto necesario de esas propuestas idealistas.

Todas ellas, por necesidad natural de sus razonamientos, suponen que ciertas personas son superiores a otras. Si Andrés impone su utopía en Benito, se deduce que Andrés es superior a Benito, ya que este último no puede imponer su utopía en Andrés.

Pero, si es reconocida la igualdad humana, no existe justificación a la imposición de la utopía de Andrés sobre Benito. ¿Si Andrés tiene el derecho a implantar sus planes, por qué razón no tiene Benito derecho a implantar los suyos?

La única posible contestación a esa pregunta equivale a darle a Andrés una naturaleza diferente y superior a la de Benito, lo que negaría la igualdad entre ambos (Bastiat Frederic, The Law, The Foundation for Economic Education Inc, Irving-on-Hudson, 1987, p. 71).

Peor aún para las utopías es la cuestión de otra hipótesis de la que parten. En ellas, de una manera u otra, no existe un problema de creación de recursos y aparece todo el sistema social como si nada más tuviera que fabricarse o crearse, como si se hubiera solucionado el problema de recursos escasos y necesidades ilimitadas.

El peligro de esas utopías y fantasías no es sólo el ignorar las imperfecciones de los humanos, sino también las faltas del mundo en el que existen pocos recursos y es necesario trabajar para sobrevivir.

Por tanto, las propuestas que dan demasiado poder a los gobernantes, contienen dosis grandes de idealismo que las convierten en utopías irrealizables por diseño propio. Pero además poseen fallas que significan peligros que cualquiera puede entender, pues son esas propuestas armas muy peligrosas en manos de los sedientos de poder; dan a ellos justificaciones de apariencia científica que salvan, libran y escudan las más terribles acciones. Nos puede aparecer como un santo con su propia y justificable teología quien en realidad es un demonio que ha aprovechado las ideas de un soñador.

Fragmentar el poder

Pero hay una solución realista que, sin orden, hago comenzar con Adam Smith, quien tuvo una idea que puede ser vista así: para que el gobierno no se equivoque tanto, la solución es que tome menos decisiones. ¿Pero entonces quién las toma?

Las personas individuales, cada uno de los miembros de la sociedad actuando por separado. La misma esencia de esa idea se encuentra en la división de los poderes del gobierno que evita la concentración de poder. Así, el gobierno se controla a sí mismo y supervisa en las decisiones que toma gracias a la representación de los ciudadanos dentro de él y a la existencia de frenos y contrapesos en las decisiones de los diversos poderes.

La separación entre iglesia y gobierno, igualmente, puede ser vista bajo esta misma óptica de la fragmentación: el poder de la iglesia es separado del poder político.

Son éstas, tesis como las que mencioné al principio de este ensayo y que proponen separar los poderes económicos, políticos y morales; ellas están ligadas íntimamente al advenimiento de la democracia y del reconocimiento de la libertad del hombre, incluyendo la libertad de creencia y culto.

Por ejemplo, la idea que dice que un orden social sano y bien diferenciado depende de la separación de sistemas político, económico y moral-cultural (Novak Michael, Visión Renovada de la Sociedad Democrática, Centro de Estudios en Economía y Educación, 1984, p. 52).

Hay desde luego autores que son contrarios a las ideas de la división de los poderes, que claramente se oponen a la fragmentación del poder porque dicen que los poderes divididos se destruyen mutuamente (Hobbes Thomas, Leviatán, Fondo de Cultura Económica, México, 1984, pp. 148 y 267).

No hay que ceder, sin pensar, ante las ideas políticas tradicionales que tanto abundan y que buscan la solución a la miseria y la pobreza en la imposición de un orden aparente con poder centralizado.

No cometamos el error de Séneca que pensaba que los hombres eran malos, pero que proponía al gobernante como la solución a esa maldad, sin darse cuenta que los gobernantes también son hombres; que es lo mismo que Milton propone para que el ciudadano renuncie a toda subjetividad personal, elegir a los mejores hombres al poder y dejarlos en el gobierno con cargos vitalicios (Sabine George H. , Historia de la Teoría Política, Fondo de Cultura Económica, México, 1982, p. 378).

No nos dejemos llevar por ideas que afirman que los gobernantes son los únicos que tienen esa capacidad especial que les hace comprender las cuestiones públicas, ya sea por conocimientos científicos, o por una especie de instinto especial que les hace poder conducir a la sociedad a su bienestar general.

Veamos que en la historia la solución de gobierno siempre propuesta ha sido la del gobierno fuerte y central y que ella aparece en diferentes tiempos bajo nuevos ropajes y apariencias novedosas de modernismo engañoso. La revolución real no está en esa vieja mentalidad del estatocentrismo, sino en el Equilibrio del Poder.

El ser humano

No debe dejar lo anterior una impresión pesimista sobre el humano, pues la realidad es que el Equilibrio del Poder parte de una tesis profundamente optimista y alentadora del hombre.

Solicitar la desconcentración del poder, necesariamente significa reconocer capacidad, inteligencia y talento en el hombre. Los hombres tienen la capacidad para decidir por sí mismos su felicidad y para aceptar las responsabilidades de la desconcentración del poder.

Esto significa una concepción de talentos y capacidades muy repartidos y muy variados entre los ciudadanos, es decir, la visión de ciudadanos capaces de realizar aportaciones con esos talentos y esas capacidades (Lavoie, Don, National Economic Planning, What is left?, Ballingrer, 1985, p. 241).

Y esto es lo contrario de quienes piensan en dar a los gobierno grandes poderes, pues por definición presuponen ciudadanos con enormes deficiencias de talento, tan grandes que el poder debe otorgarse con desequilibrio a los gobernantes, quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones a nombre del resto.

Los hombres, todos, son talentosos y tienen habilidades. Cuando ellos actúan de manera privada, buscando su propia felicidad, resultan benignos, pero cuando ocupan puestos públicos, esos talentos y habilidades se ocupan en actividades peligrosas para el resto de la sociedad (Murray Charles, In Pursuit of Happiness and Good Government, Simon and Schuster, 1988, p. 18).

Consecuentemente, la sociedad con Equilibrio del Poder será una en la que predominen las costumbres y las instituciones, producto de las contribuciones de millones de personas, cada una con escaso poder.

Mientras tanto, una sociedad con poder concentrado en el gobierno será una en la que predominen los personalismos pues su estructura está cimentada en unos pocos hombres que argumentan saber en exclusiva lo que es el bienestar de la sociedad que gobiernan. Esto significa estabilidad para la sociedad que se rija por el Equilibrio del Poder y vaivenes para la sociedad de poder concentrado.

[Tomado de Equilibrio del Poder (PDF)]


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1 comentario en “Equilibrar el Poder”
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