Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Esclavitud e impuestos
Eduardo García Gaspar
3 enero 2007
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Las épocas de fin de año son en México las de alegría y gozo, como en cualquier otro lugar. Pero son también momentos de servidumbre y esclavitud.

En serio: si lo vemos fríamente, los impuestos implican que usted trabaje obligatoriamente para el gobierno una parte del año, equivalente a la proporción de sus ingresos que pague en impuestos. Si es de, por ejemplo, 25 por ciento, eso es una cuarta parte del año en la que usted es esclavo.

Entiendo que algunas partes de los impuestos se encuentren plenamente justificadas, como las que van a cubrir gastos de representación diplomática, de policía, de tránsito y otras para servicios que no puedan ofrecer otros. Pero carece de toda justificación cobrar impuestos para que el gobierno haga publicidad para sí mismo, subsidie a partidos por los que yo no votaría, dé pensiones a gente que no conozco, pagos a agricultores que son ineficientes o no los necesitan y demás.

Y sin embargo se hace eso porque el gobierno ha sido muy exitoso en convencer a los ciudadanos de que él debe gastar sustituyendo a nuestras decisiones individuales. Podíamos decidir la escuela a la que irán nuestros hijos, pero el gobierno toma esa decisión. Podíamos decidir a qué hospital ir, pero el gobierno lo hace por nosotros. Podíamos comprar la marca de gasolina que deseáramos, pero él nos cancela esa decisión.

Podíamos dar donativos a las obras que más nos convencieran, pero también el gobierno lo hace por nosotros. En otras palabras, lo que los impuestos involucran es más que esclavitud, también es sustitución de decisiones: retirando el dinero de nuestros bolsillos, lo gasta por nosotros y nos quita libertades. Eso es erróneo por tratarse de un ataque a la libertad de las personas y sus derechos.

Los impuestos, por esas razones, son un campo en extremo sensible y debe ser guiado por principios centrales sobre los que sean decretados. Uno de esos principios es el de la simplicidad: ser de tal naturaleza que pueden ser calculados y pagados con extrema sencillez… lo que desde luego no ocurre, pues se tienen leyes de complejísima redacción y confusa interpretación. Strike one.

Otro de esos principios es el de la igualdad. Si todas las personas son iguales, entonces debe ser tratadas de esa manera en todas las leyes, lo que incluye a los impuestos. No tiene sentido cobrar menos impuestos a unos que a otros, ni poner impuestos especiales a ciertos productos pero no a otros. Incluso los impuestos progresivos estarían en tela de juicio. Strike two.

También, los impuestos deben ser administrados con cuidado equivalente al que le daría el dueño original. La tradición en esto es la que todos sabemos: los impuestos son utilizados en buena medida con el objetivo del beneficio político de los gobernantes y no del ciudadano.

Un reciente ejemplo de este tercer strike es lo declarado por el alcalde de la Ciudad de México: los burócratas aumentarán sus sueldos por encima de la inflación y por encima de los ingresos de ese gobierno. Si esta persona trabajara en una empresa, ella habría quebrado. Lo mismo va para las concesiones sindicales en el IMSS, Pemex y demás.

Luego, también hay otro principio, el de la cantidad de impuestos a pagar: los más bajos posibles, de tal cuantía que la afectación sufrida sea la menor posible en los ciudadanos. Es una cuestión de justicia el permitir que el ciudadano mantenga en todo lo posible la misma posición original previa al pago de impuestos. Así el ciudadano estará en capacidad de contar con recursos manejados por él según lo crea mejor de acuerdo a su conveniencia individual. Si fuera posible, éste sería el cuarto strike.

Contra esos principios, me parece que las nuevas disposiciones fiscales mexicanas no pasan la prueba y siguen mostrando la muy escasa liberalización de la economía mexicana. No somos un país liberal como suele suponerse y para prueba de ello allí están los impuestos nacionales en conjunto con el excesivo burocratismo y mercados escasamente libres.

Si nuestra economía no crece lo suficiente, allí está una causa fundamental: el gobierno metiendo la mano en su bolsillo con leyes complejas, inequitativas y que desperdician recursos. Estos son los asuntos de fondo a tratarse y no el de poner o no un impuesto a los refrescos o a los cigarros.


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