Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Escribir, Factor de Riesgo
Leonardo Girondella Mora
2 noviembre 2007
Sección: Sección: Asuntos, SEXUALIDAD
Catalogado en: ,


Un lector tuvo la gentileza de enviarme hace ya tiempo la copia de una columna publicada el 18 de septiembre —“Matrimonio, factor de riesgo”, escrita por Josefina Leroux y publicada por El Norte en Monterrey, México.

El título es muy indicativo de la tesis que sostiene —el matrimonio es un factor de riesgo porque, según se escribe allí, es lo único autorizado por las iglesias para tener relaciones sexuales, lo que es un riesgo en cuestiones de salud pública.

“En su intento de favorecer la monogamia y evitar el contagio de infecciones y enfermedades de transmisión sexual, [las iglesias] promueven la virginidad de la mujer, pero no fomentan con la misma vehemencia la castidad del varón. El valor que las religiones han conferido a la virginidad femenina se infiltró en las familias y en las conciencias hasta convertirse en un reto narcisista masculino: ser el primero”.

Si entiendo bien el razonamiento, dice que la monogamia promueve el contagio de enfermedades sexuales —cosa extraña pues toda lógica indicaría que fuese lo opuesto: la fidelidad conyugal disminuiría el número de contactos sexuales con terceros y con ello se reducirían las enfermedades sexuales.

Pero la autora explica también que ese riesgo de salud pública es causado por la promoción de la castidad femenina, pero no en igual monto la castidad masculina —otra cosa difícil de entender: la mera promoción de la castidad, así sea en uno de los dos sexos, sería suficiente para ayudar a evitar contactos sexuales indiscriminados. Y, hasta donde se sabe, al menos en el cristianismo, no hay diferencia en los mandatos y virtudes, que aplican por igual a hombres y mujeres.

Si la autora intentó probar su punto, fracasó —se necesitarían más pruebas, razonamientos y mayor sutileza para probar una tesis de tal envergadura, que el matrimonio es un factor de riesgo de salud pública porque promueve la castidad femenina. Si eso fuera real, entonces la manera de evitar enfermedades sexuales sería lo opuesto, el fomentar la promiscuidad femenina, algo en extremo difícil de admitir aún en los círculos más progresistas.

La parte siguiente de la columna es una serie de frases que exaltan la pérdida de la virginidad de las mujeres —no muy claras en su idea central y que prefiero poner de lado. Sigue la columna con otra parte, ahora dedicada a citar estadísticas,

“Las jóvenes en México experimentan su primer acto sexual a los 19 años, ellos a los 17.5 años en promedio, y tienen varias parejas sexuales antes de casarse. En promedio, el 24 por ciento de los varones utiliza condón. En el matrimonio, 8 de cada 10 maridos son infieles y aproximadamente la mitad, 4 de cada 10 esposas, viven alguna experiencia de infidelidad a lo largo de su vida”.

Los números son usados por la autora para explicar las razones por las que han proliferado las enfermedades sexuales —me parece que aquí tiene razón: la infidelidad, los contactos sexuales múltiples tienden a aumentar las probabilidades de contagio. No es nuevo esto, sino de mero razonamiento simple, que apunta en la dirección que aconsejaría promover la fidelidad, la abstinencia y la limitación de contactos sexuales, incluso el empleo de condones.

Dice la columna que esos números son prueba de que valores como la abstinencia y la fidelidad no son respetados todo lo que se debiera —es cierto. No defiendo los datos específicos de esa encuesta citada, pero el razonamiento básico es legítimo. Aquí la autora da un brinco demasiado grande —dice que eso es una prueba de que los programas de educación sexual que promueven esos valores no sirven, que ellos no previenen los riesgos de salud pública que tanto le preocupan.

Cita ella un estudio de Douglas Kirby (que supongo sea este), para probar que de los programas de educación sexual, los que “instruían sólo en la abstinencia” no tuvieron resultados tan positivos en retrasar en el inicio de la vida sexual como los que impartían una visión más integral: usando condones, reduciendo número de contactos y ese retraso en el inicio del sexo. El estudio que encontré en realidad no dice eso, sino que,

“… current evidence about the success of these programs [sólo abstinencia] is inconclusive. This is due, in part, to the very limited number of high-quality evaluations of abstinence-only programs available and because the few studies that have been completed do not reflect the great diversity of abstinence-only programs currently offered”. (30 mayo, 2001)

La cita de la autora es una nota periodística, con declaraciones de Kirby anotadas por una reportera de un sitio que defiende la libertad sexual indiscriminada y que contiene una información interesante: “[Según Kirby] los programas de educación sexual integral no incrementaron el comportamiento sexual, como las organizaciones conservadoras han aseverado con el fin de evitar que las y los adolescentes reciban educación en la sexualidad”.

Es desafortunado que la autora no saque conclusiones de esos datos —con facilidad puede verse que en el fondo los buenos programas de educación sexual son los que tienen resultados en retrasar el inicio de la vida sexual, es decir, en prolongar la castidad; en reducir el número de contactos sexuales, o sea, una forma de elevar la fidelidad; y en, desde luego, tomar precauciones sanitarias.

Es decir, no importa tanto qué tipo de programas de educación sexual son más exitosos o no —lo interesante es que la autora los considera exitosos si promueven el retraso del inicio de actividades sexuales y eso es abstinencia aunque sea momentánea. La autora desconoce esa implicación y de inmediato procede a otro tema.

Dice que las mujeres casadas son más vulnerables a ser contagiadas por tener relaciones con hombres que a su vez ya están contagiados —ellas tienen miedo a negarse o pedir que el marido use condón. Y luego termina con un clásico caso de rollo —dice que,

“Solamente trabajando por la equidad de género y desentrañando creencias y mitos para dar paso a realidades podrán las parejas hacerse responsables de su salud sexual en lugar de guardar apariencias. Mientras sigan fingiendo y simulando continuarán los contagios y los entierros. La felicidad conyugal será cuando empiecen a ver el matrimonio no como un complemento de dos mitades que conforman una sola cosa, sino como un acuerdo reflexivo y consensuado de dos personas maduras que pueden escucharse y resolver juntos problemas vitales, además de amarse, complacerse y reproducirse. La fidelidad ocurrirá espontáneamente”.

En medio de una mala redacción e ideas incomprensibles, sin embargo, termina negando el título mismo de su artículo —dijo que el matrimonio es un riesgo de salud y ahora dice que la fidelidad es buena.

Finalmente, se ha dicho que aún en las cosas más pueriles hay ocasión de aprendizaje —quizá sea éste un caso de esos. Entre líneas, sin prestar atención a la idea que podía haberse explorado, hay algo de interés: el tema de los programas de educación sexual que son exitosos y cuyo éxito se mide en resultados como los mencionados.

Consideran positivo retrasar el inicio de la vida sexual —es decir, el ideal sería retrasarla hasta el punto en el que se logre otro de los objetivos buscados, el de reducir contactos sexuales. Las dos cosas en su conjunto son otra forma de ver una situación ideal, la de iniciar la vida sexual con una relación de fidelidad prolongada al máximo. Es decir, el matrimonio. Y resulta así que el matrimonio, lejos de ser un riesgo de salud pública, es su solución.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan explicaciones.





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